Fórmula clásica, ninguna novedad
“LA MONJA” êê
DIRECTOR: CORIN
HARDY.
INTÉRPRETES: DEMIAN
BICHIR, TAISSA FARMIGA, JONAS BLOQUET, BONNIE AARONS, CHARLOTTE HOPE.
GÉNERO: TERROR / EE.UU. / 2018 / DURACIÓN: 96
MINUTOS.
El director irlandés Corin Hardy debutó con el largometraje The Hallow (2015), una
coproducción con Reino Unido que es un aseado relato de terror sobrenatural
sobre una pareja que se traslada a una zona rural con su hijo recién nacido y
comienza a percibir pronto las advertencias de los malos espíritus que pueblan
la zona. No he tenido la oportunidad de ver su mediometraje Butterfly
(2003) film de animación de extraña temática.
Hardy da el salto a Hollywood con esta
supertaquillera La monja, que nos narra cómo una joven monja se suicida en un
convento de clausura de Rumanía. Hasta allí son enviados por el Vaticano un
sacerdote, el Padre Burke (Demian
Bichir) y una novicia, Hermana Irene
(Tissa Farmiga) para investigar el funesto suceso. Juntos descubren el profano
secreto de la orden arriesgando no sólo sus vidas, también su fe y hasta sus
almas. Así se enfrentarán a una fuerza maléfica en forma de monja demoníaca en
una lúgubre abadía que se convierte en campo de batalla del horror entre los
vivos y los condenados.
Nuevo spin-off de Expediente Warren: The Conjuring (James
Wan, 2013), todo un universo del que se irán extrayendo “perlas” hasta el
hastío. Pero la pela es la pela, y tras las dos películas centradas en la
muñeca Annabelle (hay una tercera en preproducción), los responsables
del invento, con James Wan a la cabeza, abren otro cauce derivado de las
inquietantes historias investigadas por la pareja de parapsicólogos Lorraine y
Ed Warren. La monja no aporta ninguna novedad al género y su esquematismo puede
resultar irritante si uno observa la pobre maquinaria que se esconde tras el
cortinaje. Y es que los previsibles sustos acompañados de contundentes efectos
de sonido no representan un aliciente como para dar entidad a lo que ocurre en
esa fantasmagórica abadía rumana.
Tomando
como base un libreto simplón y una narración tramposa, La monja sólo resulta sugerente por su aspecto visual y la
espectral atmósfera creada en el ancestral convento. La aparición de la monja
demoníaca se hace esperar y los clichés se acumulan en el alarmante microcosmos
creado para la ocasión: camposantos con sepulturas de las que cuelgan unas
campanitas, sótanos oscuros, la tenue luz de las velas y una puerta convertida
en entrada al averno. Todo tan estereotipado, tan formulario.
La monja es algo así como el pasaje del terror de una barraca
de feria, con escenarios y decorados tenebrosos pero rebosantes de viejos
trucos y cartón piedra. Es en esos elementos donde la función se acerca a la
iconografía clásica del terror italiano y español de los años 70 y a las
producciones Hammer, en donde lo gótico se fundía con lo sobrenatural. No es suficiente porque son lugares demasiado
comunes muy explorados ya por el aficionado. Los efectos especiales son muy
simplones, la figura del sacerdote perseguido por los fantasmas del pasado se
impone como recurrente y eso sí, su propuesta de serie B con 22 millones de
dólares de presupuesto verá multiplicado sus ingresos hasta el infinito.



























