La modelo estadounidense Nina Daniele (Nueva York, 27 de
diciembre de 1988) no responde al estereotipo frívolo que equivocadamente se
tiene de las modelos, pues estudió escritura creativa en la universidad y
obtuvo una titulación en poesía. Pero fue su aparición en la revista masculina
Playboy en abril de 2017 lo que enseguida que su número de seguidores en
Instagram aumentase de forma masiva. Si echamos un vistazo a su cuenta veremos
que tiene casi 250.000 fieles seguidores.
Elegida Playmate de ese mes junto a la
también modelo Camille Rowe, lo mejor estaba por llegar cuando fue nombrada Playmate
del Año 2018, la primera tras la muerte del fundador de PlayBoy Hugh Hefner. Ella
cuenta que fue su amor por la escritura lo que la ayudó a terminar la escuela,
es decir, gracias a su habilidad para plasmar sus pensamientos en un papel. Confiesa
que descubrió el amor por los posados gracias a su pasión por la moda y la
fotografía.
Pero en realidad, antes de que se decidiera
por la carrera de modelo en 2011, lo que tenía en mente era unirse a la Fuerza
Aérea tras su graduación. Fue su novio, el modelo Jhanelle Castillo, quien la
convenciópara que dedicase sus
esfuerzos al mundo del modelaje. Ahora se lo alegra porque no sabe cuánto
hubiera durado sometida a esa disciplina.
Amante de los animales, siempre ha tenido
gatos y perros, y cuenta que uno de sus sueños es construir una especie de
santuario para gatos y perros para que vivan los últimos años de sus vidas sin
jaulas, dolor y abandono. Nacida y criada en el Bronx neoyorquino, Nina es un
encanto de risa contagiosa que tiene una idea muy particular de la sensualidad:
“Es todo lo que tú proyectas, el conocimiento puede ser muy atractivo, ya se
trate de un talento natural, la forma en la que hablas y te manejas o todo lo
que proviene de la vida y la experiencia. Todo estas cosas me resultan sexys”.
Amén.
Lo mejor del debut de Christopher McQuarrie hace 18 años con Secuestro infernal (2000)
fue precisamente el trabajo con la cámara. Aquel aceptable y primer trabajo nos
dio a conocer a un director que pasada más de una década iba a iniciar una
fructífera colaboración al lado de Tom Cruise que comenzó con Jack
Reacher (2012) film de acción y espionaje que adapta la novela de Lee
Child. Contento con su trabajo en esa primera colaboración juntos, Cruise le
llama para que se sitúe detrás de la cámara en Misión imposible: Nación secreta
(2015) que aunque no es desdeñable no está a la altura de esta Misión
imposible: Fallout, sin duda la mejor entrega de la franquicia que
inició Brian De Palma en 1996.
Como sabrán mis lectores, todo comenzó con
la serie de televisión homónima creada por Bruce Geller y que se emitió desde
1966 hasta 1973 convirtiéndose en todo un clásico que alojó en la memoria
colectiva de manera indeleble la música de Lalo Schifrin. En Misión imposible: Fallout,
sexta entrega de la saga, nos volvemos a encontrar con Ethan Hunt (Cruise) agente de operaciones de campo para el IMF, una
agencia de élite de espionaje que se encarga de llevar a cabo peligrosas y
sensibles misiones internacionales consideradas como “imposibles”.
Con un
incremento de la tensión en el mundo, la CIA, tras perder un cargamento de
plutonio, toma cartas en el asunto para recuperar este peligroso material y
manda a uno de sus mejores agentes, August
Walker (Henry Cavill) aunque el equipo de Hunt desconfía de él, pero la
seguridad mundial depende del éxito de esa misión y sólo una persona puede
completarla.
Si no consideramos Mad Max: Furia en la carretera como
un film puro de acción (yo sí lo hago), Misión imposible: Fallout se impone
como la mejor película de acción en lo que va de siglo. Lo es porque rindiendo
tributo a la fuente catódica de donde procede originariamente, McQuarrie evita
saturarla de efectos visuales que siempre dan brillo a la inverosímiles
secuencias de acción (para las que Cruise no utiliza dobles) y que ponen en
entredicho cualquier ley de la física o la gravedad, también porque toda la
función está imbuida de un vértigo alucinante, de una fiebre que te invita a
caminar constantemente suspendido en el vacío. Lo de menos, una vez más, es el
MacGuffin, ese maletín de plutonio sustraído por un error propio que Hunt y su
equipo tendrán que enmendar. Lo que
verdaderamente importa es conducir cada etapa de la peligrosa misión por un
cauce de emociones; sentimentales, con Hunt debatiéndose entre el recuerdo de
su esposa, Michelle Monaghan, y la siempre escurridiza Rebecca Ferguson; de
amistad, inquebrantable hacia su fiel equipo; y épica y heroica, con la entrega
absoluta del protagonista para salvar a la humanidad de la catástrofe.
En Misión imposible: Fallout hay ritmo, alta tensión, romanticismo y unos
escenarios tan atmosféricos como fascinantes. McQuarrie y su equipo nos ofrecen
una lección magistral de cómo rodar secuencias sumamente arriesgadas con motos,
coches y helicópteros convirtiendo cada persecución en un chute de adrenalina.
Por supuesto, a Tom Cruise se le van notando ya los años (56), pero es ahora en
plena madurez cuando está dotando al personaje de mayor profundidad psicológica
y de una atractiva naturalidad, desplegando todo un magnífico abanico de
recursos interpretativos. La franquicia
toma impulso por el empeño del actor, y aunque tal vez ahora el cálculo de la
acción y su vertiginoso in crescendo esté más milimétricamente estudiado con la
intención de mantener al espectador más joven pegado a la butaca, es la figura
trágica del héroe la que se impone con una personalidad desbordante dejándonos
vislumbrar sus debilidades humanas y su incansable lucha contra el mal en sus
nuevas formas. Un musculoso espectáculo.
Tras el díptico costumbrista formado por Barcelona,
noche de verano (2013) y Barcelona, noche de invierno (2015),
Dani de la Torre dirigió El
pregón (2016) una fallida comedia rural protagonizada por los inefables
Berto Romero y Andreu Buenafuente. La cosa en cuanto a inspiración artística no
ha mejorado mucho desde entonces, como se puede comprobar en su nueva criatura
titulada El mejor verano de mi vida, remake del film italiano inédito en
nuestro país Sole a catinelle (Gennaro Nunziante, 2013)
Veamos: Curro (Leo Harlem) es un fantasioso vendedor de robots de cocina
que sueña con introducirseen el mundo
de las finanzas. En plena crisis de pareja y con importantes deudas, hace una
promesa que no puede cumplir: si su hijo Nico
(Alejandro Serrano) saca sobresaliente en todas las asignaturas, le llevará a
unas vacaciones de verano inolvidables. El niño lo consigue y padre e hijo
emprenden un viaje que les llevará a conocer gente y vivir situaciones que
jamás hubieran imaginado.
Estamos ante una comedia fuera de época
(de siglo) que como muy bien ha apuntado alguien no dista mucho de las
protagonizadas por Paco Martínez Soria en los años 60. En realidad, uno es el
resultado de cómo le han tratado, del entorno familiar y social que le ha
tocado en suerte. Y al pequeño Nico no le queda más remedio que bandear entre
el oleaje de un padre perdedor y soñador que vive de falsas ilusiones sin pegar
un palo al agua, y una madre convertida en activista sindical por necesidad
para defender su puesto de trabajo en una fábrica textil que sus dueños quieren
cerrar. El prometido viaje de padre e hijo se realizará con un coche que tienen
que arrancar a empujones, pero ese iniciático viaje veraniego servirá para que
conozcana una serie de personajes que
finalmente cambiará la vida de los protagonistas y sus destinos. El
mejor verano de mi vida habla de las ambiciones, del azar y la importancia
de estar unidos para superar cualquier crisis. Un Leo Harlem omnipresente con
su típica verborrea es lo más destacable de un film simple pero con buenas
intenciones que apela al sentido profundo de las tradiciones.