lunes, 9 de abril de 2018

45 AÑOS DEL ESTRENO DE "MALAS TIERRAS", ADMIRABLE FILM DE CULTO.


MALAS TIERRAS (1973)
(BADLANDS)
DIRECTOR: TERRENCE MALICK.
INTÉRPRETES: MARTIN SHEEN, SISSY SPACEK, WARREN OATES, RAMÓN BIERI.


    Tras licenciarse en el American Films Institute, Malas tierras es el debut de Terrence Malick en la dirección. Con sólo tres películas en 32 años -se le conocía como el J. D. Salinger del cine- para el casting del film, La delgada línea roja (1998), un alegato antibelicista sumamente poético, casi hubo puñetazos para trabajar a sus órdenes, y los que lo lograron tuvieron que rebajar mucho sus salarios en pos de trabajar con el mítico director de culto, lo que da una idea de lo que representa esta leyenda viva para el mundillo cinematográfico norteamericano. Cineasta excéntrico -al igual que su espejo literario-  no concede una entrevista desde el estreno de su ópera prima, y tan difícil como eso es obtener una foto suya. En 1978 rueda su segundo film, Días del cielo, un drama sobrio y realista ambientado en la segunda década del pasado siglo que cuenta con la presencia de un casi debutante Richard Gere. Con esta película gana el Premio al Mejor Director en el Festival de Cannes y un Oscar a la Mejor Fotografía para el español Néstor Almendros.
    

   Ambientada en el Middle-West norteamericano, Badlands es un film admirable, inspirado en unos trágicos acontecimientos reales ocurridos en 1958 por los que dos jóvenes de Lincoln (Nebraska), de nombre Charlie Starkweather y Caril Ann Fugate, se situaron a temprana edad al margen de la ley, convirtiéndose en los fugitivos más buscados del país y dejando un reguero de once asesinatos absurdos. Strakweather, un individuo descarado y sin moral, fue condenado a morir en la silla eléctrica, y cuando alguien le preguntó por qué lo había hecho, el adolescente libertino que soñaba con ser vaquero, contestó: “supongo que matar tenía para mí cierta emoción”. Típica película de auto-cine, de una luminosidad deslumbrante, a medio camino entre el thriller y la road-movie adolescente, expresa ya lo que será una constante en el cine de Malick; el predominio de la naturaleza sobre el hombre. 


     Imágenes del edén para historias tristes, grandes extensiones de paisaje polvoriento, la naturaleza virgen que eleva su belleza con imponentes crepúsculos, cegadores amaneceres, la noche serena con su manto de silencio sólo roto por algún disparo lejano. El hombre aislado en su concepto banal de la existencia es allí insignificante. Por eso a Kit Carruthers (Martin Sheen) un joven solitario que trabaja de basurero, le gusta el campo, porque allí se siente solo, con la única compañía de Holly (Sissy Spacek) una joven e inconsciente quinceañera. Juntos han iniciado una huida hacia adelante que empezó, trágicamente, con el asesinato del padree de Holly, papel que encarna Warren Oates,  y que irá degenerando en una lucha infernal donde los acontecimientos les acabarán rebasando ampliamente.
    

   Terrence Malick, aun cambiando radicalmente de registro argumental, siempre nos cautivará con la misma poesía visual, su cámara está siempre dispuesta para captar la esencia del medio y proyectarla sobre nuestros errores y defectos. Una cosmovisión natural que poseen los genios, y que en cualquier caso sirve para enseñarnos que valores como la libertad y la paz siempre han formado parte de la creación, desde el principio de los tiempos están ahí y no es difícil encontrarlos, por el contrario, es el hombre con sus eternos dilemas morales, tinieblas interiores y egocentrismo ridículo quien degrada el universo, logrando imponer una voluntad tan cruel e ínfima como su propia existencia. 


    Nos encontramos otra vez -y es lo de menos- con un relato de perdedores huyendo hacia ninguna parte. Estamos, una vez más, en la carretera, siguiendo el rastro de una serie de crímenes sin sentido, enmarcando sofismas filosóficos de una juventud desarraigada y desorientada de finales de los cincuenta. Cando Kit es detenido, uno de los policías al observale detenidamente le dice que se parece a James Dean, Kit sonríe, pero es un héroe de pacotilla, el verdadero Charlie Starkweather dijo: “si me van a freír en la silla eléctrica, que Caril se siente en mis rodillas”. 


sábado, 7 de abril de 2018

RACHEL MORTENSON, UN ESPEJISMO EN TIERRAS DE ÁRIDAS



   La modelo norteamericana Rachel Mortenson (12 de enero, Coolidge, Arizona) bien conocida por sus trabajos para marcas como Guess y Fila, tiene un bonito cabello rubio, unos serenos ojos azules y mide 1´75 m, y sus perfectas medidas (86-62-86) lograron que agencias californianas como Wihelmina Models y Look Model Agency se fijaran en ella y le ofrecieron un jugoso rescate.

     
   Esbelta, dinámica y curvilínea, ella surgió de los inmensos paisajes de Arizona como un espejismo en tierras áridas. Rachel comenzó su itinerario por el mundo de los posados cuando apareció en los explosivos calendarios de Hooters, sin embargo, sus infartantes medidas le ofrecieron la oportunidad de abrirse paso hacia un territorio más profesional.

   
   Pero es que no sólo llama la atención su impactante cuerpo, también sus profundos y magnéticos ojos azules, que hacen juego de manera armónica con su adorable cabellera rubia. Es así como Rachel cautiva a cada fotógrafo que enfoca hacia ella su objetivo, una verdadera bomba sensual que proyecta un gran erotismo, que por ejemplo, queda patente en la nueva campaña publicitaria que ha realizado para la firma de lencería Frederick´s of Hollywood, para la que lleva trabajando desde hace un par de años.


En fin, intención es, como siempre, presentar a mis seguidores y lectores a esta hermosa modelo que es para mucha gente una gran desconocida, por si les apetece seguirla en su cuenta de Instagram y demás redes sociales. Sé que ello sólo les procurará un rosario de suspiros, pero soñar es tan barato… Mi consejo es “no renuncies a tus sueños… sigue durmiendo”.

viernes, 6 de abril de 2018

CRÍTICA: "READY PLAYER ONE" (Steven Spielberg, 2018)


Viaje al futuro con la mochila de los 80
READY PLAYER ONEêêê
DIRECTOR: STEVEN SPIELBERG.
INTÉRPRETES: TYE SHERIDAN, OLIVIA COOKE, MARK RYLANCE, SIMON PEGG, T. J. MILLER.
GÉNERO: CIENCIA FICCIÓN / EE. UU. / 2018 / DURACIÓN: 140 MINUTOS.


     
   No engañaré a nadie afirmando que Ready Player One está entre lo más granado de la treintena de películas que conforman la filmografía de Steven Spielberg, que se encuentra en un momento de gran efervescencia creativa a pesar de sus 71 años, pero no cabe duda de que el film tiene cierto interés sin más aspiraciones ni trascendencia que resultar entretenido… que tampoco es una tarea que resulte fácil.
     
     
    Basada en la novela de Ernest Cline, la historia nos sitúa en el año 2045 y sigue a Wade Watts (Tye Sheridan) un adolescente al que le gusta evadirse del cada vez más sombrío mundo real a través de una utopía virtual a escala global llamada “Oasis”. Un día, su excéntrico y multimillonario creador, Halliday (Mark Rylance) muere, pero antes ofrece su fortuna y el destino de su empresa al ganador de una elaborada búsqueda del tesoro a través  de los rincones más inhóspitos de su creación. Con la ayuda de Samantha (Olivia Cooke) será el momento de  que Wade se enfrente a jugadores, poderosos enemigos corporativos y otros competidores despiadados dispuestos a hacer lo que sea, tanto dentro de Oasis como en el mundo real, para hacerse con el cotizado premio.


     He de confesar que no soy un gran entusiasta de los videojuegos, y Ready Player One, además de ser un homenaje multirreferencial a la mitología y cultura (música, cine, cómics) de los 80, está centrada en un juego virtual que actúa como una droga y un refugio para huir de una sociedad decadente y herrumbrosa que vive en auténticos guetos, sin referentes morales y en donde reina la injusticia, la contaminación y las desigualdades. Así, el relato se centra en un chico que vive con su tía, solitario y melancólico, su sueño es ganar una carrera virtual a modo de acertijo y cuyo premio será heredar el imperio del propio creador del invento.


      Queda apuntado, Ready Player One es ante todo una oda crepuscular al imaginario colectivo de los 80, a la cultura, moda, diseño, música, cómics, cine y forma de vivir de aquella década: el VHS, el cubo de Rubick, los vídeos musicales del grupo noruego A-ha (de cuyo vocalista, Morten Harket, es un alter ego el protagonista), el Comecocos, El Resplandor, Regreso al futuro, Chucky, el muñeco diabólico… un viaje nostálgico al pasado que también puede ser entendido como un autohomenaje del director. Una época alegre y creativa pero también un tiempo frivolidades, en donde a punto estuvo de quedar enterrado el cine de autor por la apisonadora de los blockbusters (Menahem Golan y Yoram Globus de la Cannon y Don Simpson) cuya propuesta chusca de cine de acción superficial e hiperbólico construía una realidad paralela que las consolas y videojuegos se encargarían de prolongar.

   
    Visualmente, Ready Player One  es un prodigio, su textura brillante y vintage y su chillón juego cromático dan lustre a un travesía hacia el futuro repleta de retrovisores. Spielberg atrapa al espectador con un arranque enérgico y dinámico, con el protagonista saltando de barraca en barraca por esa arquitectura imposible a modo de oxidadas favelas. Un primer tramo que sirve de presentación de unos personajes apenas esbozados (Mark Rylance es el que sale mejor parado) pero que capta el sentido evanescente de la aventura que se desarrolla con ese juego infantilmente épico de las tres llaves. El conjunto carece de profundidad narrativa y sin atisbo de reflexión filosófica más allá de la retahíla de referencias ya apuntadas, pero la función contiene algunos momentos sublimes (toda la hipnótica escena tributo a El Resplandor) y muestra la impresión de que su director se lo ha pasado en grande durante el rodaje. Un ligero y nada trascendente artefacto.