La preciosa modelo
norteamericana Rachel Cook (Seattle,
8 de enero de 1995) es uno de los rostros más atractivos en el actual universo
de las modelos. Auspiciada por las agencias Elite Model Management, SMG, Pulse
Management y Star Model, mide 1´75 m, y sus medidas son 84-56-85. Como mujer y
modelo, uno de sus puntos fuertes son sus ojos, serenos y azules como las aguas
caribeñas, en perfecta armonía con el color castaño claro de sus cabello.
Rachel es muy activa en las redes sociales,
tiene un gran carisma y son muchos los prestigiosos fotógrafos que han
capturado su hermoso rostro y grácil figura.
Es muy poquita la información
que disponemos sobre ella, pero se impone seguir su itinerario en redes como
Instagram para seguir su evolución ya que cuenta con sólo 23 años recién cumplidos.
Cierto que para los que no nos gusta la excesiva delgadez, creemos que está
necesitada de unos kilitos, pero ya sabemos que las modelos tienen una
verdadera obsesión con la báscula.
En fin, Rachel es una belleza distinta,
casi exótica, chispeante, con un potencial que amplifica su mirada. Nuestra musa
ha servido como modelo para emporios como Amazon en una sesión que tuvo lugar
el verano de 2015, para marcas como Nordstrom en el otoño de 2014, y para Dolce
Vita en la misma época. Dejemos que Rachel siga creciendo tanto personal como
profesionalmente y alimentando los sueños de sus millones de seguidores en las
redes y su canal de YouTube. Desde aquí le deseamos toda la suerte en una profesión para la que es
necesaria una gran fortaleza mental.
INTÉRPRETES: TOM HANKS, MERYL
STREEP, BRUCE GREENWOOD, JESSE PLEMONS, BOB ODENKIRK, MATTHEW RHYS.
GÉNERO: DRAMA / EE.UU. / 2017 / DURACIÓN: 116
MINUTOS.
El cine cuenta ya con una larga tradición
de películas que tocan de manera sustancial o marginal el tema del periodismo. Desde
las más recientes El desafío: Frost contra Nixon, Buenas noches, y buena suerte,
Spotlihgt
o Matar
al mensajero hasta las clásicas Ciudadano Kane, El cuarto poder, Primera
plana y Todos los hombres del presidente. Una larga y sugerente lista a
la que Steven Spielberg ha querido
aportar su granito de arena, pues no había incursionado nunca en una materia
que ha regalado espléndidos films al Séptimo Arte.
Como si de una secuela del film Todos
los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976) se tratara, Spielberg
nos presenta ahora Los archivos del Pentágono, película que sitúa su acción en
junio de 1971, cuando los principales periódicos de los Estados Unidos tomaron
una valiente posición a favor de la libertad de expresión, informando sobre los
documentos del Pentágono y el encubrimiento masivo de secretos por parte del gobierno,
que había durado cuatro décadas con cuatro presidentes norteamericanos. En ese
momento Katherine Graham (Meryl
Streep), propietaria del Post, y el editor Ben
Bradlee (Tom Hanks), intentaban relanzar un periódico en decadencia y decidieron
apoyar al New York Times y luchar contra el intento de la administración Nixon
de restringir la Primera Enmienda. Los documentos contenían información
clasificada sobre la Guerra de Vietnam, y su publicación generó un encendido
debate sobre la libertad de prensa que acabó en una batalla legal en el
Tribunal Supremo.
Centrada más en la línea de investigación
periodística del film de Pakula que en la azarosa y peligrosa labor de los
reporteros de guerra de películas como Los gritos del silencio, Salvador
o El
año que vivimos peligrosamente, Spielberg se apoya en un buen libreto y
un reparto solvente para narrar uno de los affaires más terribles e infames de
la historia, unos informes secretos que negro sobre blanco y con todo lujo de
detalles se filtraron a la prensa y fueron conocidos como “El informe McNamara”,
el Secretario de Defensa interpretado en el film por un magnífico Bruce
Greenwood. Estos papeles revelaban con meridiana claridad que la Guerra de
Vietnam estaba perdida desde el inicio, y que aun siendo conscientes de ello, se
siguió enviando soldados al matadero y provocando carnicerías pavorosas,
incluso entre la población civil. Todo para tratar de evitar la expansión del
comunismo en aquella zona del hervidero asiático y que la maquinaria de guerra
continuara siendo un negocio muy rentable.
Se
confirmó así lo que ya se sabíamos, que la primera víctima de la guerra es la
verdad. Con su demostrado oficio para narrar con ritmo y claridad las historias
más laberínticas, el director de Tiburón rinde tributo a aquellos periodistas
que se enfrentaron al poder omnímodo del Estado (políticos y jueces) para dejar
claro que no puede existir democracia sin periodismo, y que luchando contra las
presiones políticas decidieron preservar
la libertad de expresión y de prensa aunque su periódico, The Washington
Post, se hundiera en la miseria.
La duda entre publicar o no esos informes
clasificados la tenía que despejar la directora del periódico (una soberbia Meryl
Streep) que en realidad tenía más que perder
que el editor del mismo (un correcto Tom Hanks dando oxígeno al mítico
Ben Bradlee) que cierto es se encontraba igual de agobiado que ella ante el
dilema y las horas bajas que estaba viviendo el periódico. Aquella decisión de
Katherine Graham dio brillo a uno de los momentos más épicos y esperanzadores
de la historia del periodismo, y sobre todo, representó un punto de inflexión
en las relaciones entre política y prensa.
Todo ocurrió antes del todavía más famoso escándalo
Watergate que tuvo lugar en junio de 1972 y que acabó con la carrera
presidencial de Richard Nixon (Dick “el Tramposo”) en 1974. Así, Spielberg
clausura su film conectando con el momento en que cinco hombres fueron
descubiertos intentando robar documentos en la sede del Partido Demócrata en el
complejo Watergate. Como demócrata
liberal convencido, la mirada de Spielberg no es tan cáustica, amarga y
pesimista como la de Pakula, y la función parece aceptar que la corrupción es
una tara asumible por el sistema. Personalmente, me gusta más Todos los hombres del presidente, pero
estaremos de acuerdo en que el antaño apodado rey Midas de Hollywood nos
entrega un film muy digno.
Con un ajustado presupuesto de tan sólo ocho
millones de dólares, el guionista DanGilroy (hermano del director TonyGilroy) firma una de las mejores óperas prima que este cronista ha
visto en los últimos años, lo hizo a la edad de 55 años, un dato que debería
servir para no desanimar a nadie. Su nombre como guionista lo podemos encontrar
en films como Apostando al límite (D. J. Caruso, 2005) un aceptable drama
deportivo protagonizado por Al Pacino, Matthew McConaughey y la mujer del
guionista y director Rene Russo. También en la fallida (por no decir
despreciable) comedia dirigida por Dennis Hopper Misión explosiva (1994),
nada que veladamente pudiera anticipar esta tremenda sorpresa titulada Nightcrawler,
la auténtica sleeper de la aquella temporada
y una de las mejores películas del nuevo milenio.
Tras ser testigo de un
accidente, Lou Bloom (Jake Gillenhaal) un joven que no consigue
encontrar un trabajo estable, descubre el mundo del periodismo freelance en un
ambiente nada seguro para esta profesión: el mundo criminal en la ciudad
californiana de Los Ángeles. La vida del apasionado joven va a cambiar mucho a
partir de entonces, traspasando la difusa línea existente entre el riesgo y la
peligrosidad.
Hay quien ha apreciado en el film algunas
resonancias o ecos referenciales de films míticos como Taxi Driver e incluso de la más reciente y magnífica Drive, sin embargo, la historia de este
trastornado sociópata sin amigos ni escrúpulos está más cercana a El gran carnaval de Billy Wilder, Network: un mundo implacable de Sidney
Lumet y El ojo público de Howard
Franklin, tres magníficos relatos que reflejan con poderosa y audaz maestría el
estado de una sociedad enferma que alimenta sus espíritu con toneladas de
basura servida con el más mínimo y apestoso detalle por unos medios de
comunicación que hacen de las miserias cotidianas un espectáculo tan cruel y
bochornoso como adictivo, y que sirve para saciar la voracidad insaciable de un
mundo corrompido y abonado al éxtasis de la perversidad.
Jake
Gillenhaal, un actor como la copa de un pino que sabe elegir sus papeles y
que se merece un reconocimiento mayor que la mayoría de sus contemporáneos, da
oxígeno a un tipo, vulgar, torpe, obsesivo y solitario, un espécimen que camina
por el abismo de la marginalidad sin saber qué camino elegir, y que encuentra
su lugar en el sol como reportero de sucesos en una ciudad, Los Ángeles, que
los crea por miles. Nightcrawler
ilumina con espeluznante pulcritud los oscuros recovecos de la mente humana y
los meandros del alma donde encontramos el espantoso reflejo de en qué nos hemos convertido.
A Lou Bloom, un lobo con piel de
cordero, nunca le importan los medios para conseguir cualquier fin; trata de
manera denigrante a su ayudante, manipula el escenario del crimen, despista a
la policía y oculta información para modelar ad hoc sus reportajes, que serán
vendidos a los programas amarillistas de televisión ávidos de sensacionalismo
sangriento. Al espectador le resulta imposible empatizar con ninguno de los
personajes, ni mucho menos con quienes hacen que un sujeto tan depravado como
el protagonista sea aceptado socialmente y se imponen como piezas claves para
su triunfo profesional, un triunfo que va aumentando en la misma escala
proporcional que sus niveles de inmoralidad y degradación. Bloom, queda
apuntado, es un tipo mediocre, desalmado, demacrado, ojeroso, con una vida
insulsa, monótona, que plancha meticulosamente sus camisas mientras ve viejas
películas en blanco y negro y que desea reafirmar su triunfo profesional
haciendo realidad su mayor anhelo: follarse a la madura y atractiva productora
de televisión interpretada por Rene Russo, al frente de un macabro programa
dedicado a mostrar vídeos escabrosos. La fantasía queda en el aire, pero Rene
Russo insinúa de forma perceptible el deseo.
En
cualquier caso, el triunfo de Bloom se deja ver cuando cambia su viejo
automóvil por un musculoso deportivo como seña de identidad, una herramienta
muy práctica para las huidas y persecuciones, un triunfo que se hará más
palpable en la elocuente escena final. Nightcrawler
actúa como espejo de una sociedad enferma en donde cualquier don nadie puede
alcanzar el éxito, el trillado sueño americano sin importar los cadáveres que
tengas que pisotear para conseguirlo, todo para lograr mayores índices de
audiencia, y Bloom es el estereotipo monstruoso de nuestra era, elevado a los
altares por unos medios de comunicación en gran parte culpables de nuestro
derrumbe ético y moral. Obra maestra.