Dejando atrás la devastadora
política que ha presidido Cuba en los últimos 60 años, hay muchas cosas de este
país hermano tropical que nos resultan atractivas a los europeos y
especialmente a los españoles. Como no tenemos tiempo ni espacio para
profundizar en otras, hemos elegido a sus hermosas mujeres como uno de los
mayores encantos del país latino. Y en esta ocasión he fijado mi mirada en Dayami Padrón (La Habana, 15 de
diciembre de 1988), modelo, cantante, presentadora y actriz que dentro de pocos
días cumplirá 29 años y lo celebrará en su residencia de Miami (Florida).
Belleza de ojos acaramelados, cabello
castaño oscuro y 1´68 m de estatura, Padrón vivió parte de su adolescencia en
La Habana antes de emigrar a los Estados Unidos, pues cuando tenía 16 años se
obsesionó con la idea de ser actriz de Hollywood. En 2008 presentó su
candidatura para la segunda edición de Nuestra
Belleza Latina. Aunque no ganó la corona quedó entre las tres mujeres más
bellas de esa temporada. Fue el comienzo de su carrera como modelo.
En 2010 debutó como actriz en la cadena
Telemundo, interviniendo en varias novelas para la cadena como Una maid en Manhattan, Perro amor, Alguien te mira y Sábado
gigante entre otras. También trabajó en una novela titulada Eva Luna, dando vida a una modelo
llamada Anyris. En 2013 contrajo nupcias con Michell León Vásquez, un
multimillonario peruano, jugador profesional
de Defense of Acient y guitarrista, con quien tuvo un hijo. La relación
terminó un año más tarde aduciendo la pareja problemas personales, aunque
mantienen una buena relación.
En 2014 Dayami aparece en un
videoclip de la canción “Como yo te doy”
de Pitbull y Don Miguelo. Sabemos que de ella impacta su sensualidad y
exuberante figura, pero esta joven cubana es el ejemplo palmario del sueño
americano cumplido, debido a su perseverancia y fe. Como ella misma contó, tras
casi una veintena de intentos fallidos, de tragedias propias y ajenas en alta
mar, consiguió tocar tierra estadounidense y dar comienzo a una nueva y exitosa
etapa en su vida. Por supuesto, desde aquellos 16 años hasta ahora han pasado
muchas cosas en la vida de Dayami, también conocida como “Dayami, la Musa”, que
aprovecha la publicidad de las redes sociales para mostrarse al mundo.
Su penúltima película El Bar no es un film despreciable aunque muchos coincidamos que
está alejada de la excelencia demostrada por el director bilbaíno Álex de la
Iglesia en obras como El día de la bestia o La
Comunidad, en cualquier caso mucho más aseada que la flojita Mi
gran noche. Hacía años, concretamente desde el 2006 que realizó el
magnífico telefilm La habitación del niño incluido en la serie Películas para no dormir, que De la
Iglesia no rayaba a la altura que lo hace en este remake del film homónimo
italiano dirigido por Paolo Genovese. Película que no se ha estrenado en
España, que recuerdo que vi subtitulada y que a pesar de las deficiencias en la
traducción me pareció un buen hallazgo.
Seamos sinceros, son pocos los móviles que
resisten una simple mirada, tan llenos están de secretos y vergüenzas que hay
quien lo esconde bajo siete llaves cuando se va a dormir por si su pareja se ha
convertido en experto/a en romper contraseñas. La película nos cuenta la misma
historia que el film seminal: En una cena entre cuatro parejas de entre 45 y 50
años, que se conocen de toda la vida, deciden jugar a un juego que pondrá sobre
la mesa sus peores secretos: leer en público todos los mensajes y las llamadas
de sus móviles. Su vida entera volcada en público durante la cena.
Rayando incluso por encima del film
original, Álex de la Iglesia, un director dinámico e inconformista cuya
filmografía abre un amplio abanico multigenérico y que ha demostrado
sobradamente su talento, domina bien los escenarios únicos, los espacios
reducidos que a medida que avanza el metraje se van tornando cada vez más
claustrofóbicos y opresivos. Lo demuestra aquí sumergiendo al espectador en una
cáustica comedia rebosante de situaciones hilarantes, peripetéticas, amargas,
jocosas y ridículas. El tono teatral de la función, la gran dirección de
actores, la precisión del director para colocar la cámara en el sitio exacto,
el gran nivel interpretativo de todo el elenco que hace imposible que nadie
sobresalga y que todos gocen de su momento de gloria, conforman los ingredientes
básicos del éxito de Perfectos desconocidos, además de contar
un argumento de rabiosa actualidad.
A pesar del ingenio que atesora, hacía tiempo que no veíamos al director vasco medir con tanta pulcritud las pautas de la
función, mostrarse tan sinuoso a la hora de captar una actitud, un gesto, una
mirada, un detalle, dotando de gran agilidad al torrente de diálogos y a la
intensidad de las emociones. Surgidas todas ellas de un juego avieso y con más
peligro que un barbero con hipo. Un juego con mil aristas envenenadas que
destapa secretos, desnuda sentimientos y mentiras y hurga en las humillaciones
que se derivan del turbio concepto que tenemos las personas sobre la ética y la
moral.
Con una sublime puesta en escena y una
ejemplar lección de complicidad artística, la reunión de amigos se ve presidida
en la terraza por una impresionante superluna que se va tiñendo de sangre. El eclipse
es cuanto menos motivo de inquietud para
los que piensan que puede afectar a los estados de ánimo, más si se está
inmerso en un juego nada inocente en donde saldrán a relucir las miserias y
secretos más indecentes de los personajes. En
la historia es posible escuchar los ecos del Buñuel de El ángel exterminador y del Polanski de Un Dios salvaje, pero dentro de las sorpresas que nos depara esas
tremendas cajas de Pandora que son los smartphone vale la pena subrayar la emotiva
y genial conversación con el manos libre que mantiene un superlativo Eduard
Fernández con su hija. Un prodigio de ejecución y contención.
Estamos posiblemente ante la mejor
película española del año, y tanto Juana
Acosta (bebiendo vino como si no existiera un mañana), Dafne Fernández (mancillada por el engaño), Eduardo Noriega (un pitodulce incapaz de controlar sus
debilidades), Belén Rueda (a quien
se le hace insoportable el paso del tiempo), Ernesto Alterio (víctima de su personalidad infantil y sus errores)
y Pepón Nieto (sin fuerzas para
convertirse en la brújula moral de esa panda de desdichados), dan el do de
pecho para que la trama alcance una progresión tragicómica nada previsible y
siempre interesante. Hay quien dice que el final carece de la energía y del
tono rompedor del conjunto, pero a mí, irónicamente me resulta devastador.
BONO REGALO: FOTOS DE DAFNE FERNÁNDEZ, UNA DE LAS PROTAGONISTAS DE "PERFECTOS DESCONOCIDOS" Y UNA DE LAS ACTRICES MÁS BELLAS DEL CINE PATRIO.
Jean-Jacques
Beineix logró un gran éxito en las taquillas francesas partiendo de un
guión propio basado en la novela de Philippe Dijan que narra la historia de Betty (Bétrice Dalle) y Zorg (Jean-Hugues Anglade) una pareja
de apasionados amantes que viven en una cabaña en la playa. Él es un manitas
que se gana la vida haciendo pequeños trabajos que le permiten sufragar los
gastos diarios y pagar las facturas. Su vida tranquila y pacífica transcurre
trabajando en unos bungalows de la playa y escribiendo en su tiempo libre. La relación
con Betty es al principio puramente sexual, pero con el paso de los días, Zorg
será consciente de que su bella y salvaje amante se empieza a descontrolar, que
la mujer que ama y desea enferma lentamente.
Sabemos que Betty dejó su trabajo de
camarera porque su jefe la acosaba, ahora ella anhela una vida mejor. Un día,
el jefe de Zorg le encarga que pinte 500 bungalows que están en la playa,
aunque él le hace creer a Betty que sólo es uno. Cuando ella se entera del
número real, entra en cólera. Su airada respuesta no se hará esperar y le pinta
el coche de rosa al jefe de Zorg, al que acusa de abuso y sobreexplotación a su
compañero. El deterioro mental de Betty causa dolor e impotencia en Zorg.
Con el título original 37º le matin, Beineix dirigió
esta historia de una pasión obsesiva, de un amor enfermizo que con tres horas
de metraje en la versión del director representó un hito y paradigma del cine
de autor postmoderno de los 80, un relato en donde las escenas de sexo y desnudos
representan un refugio ante la soledad y una metáfora sobre la indefensión más que
una oda festiva al erotismo.
Enorme
historia de amor en la que Zorg lo da todo por la persona amada, y juntos
recorrerán el sendero del deseo y la locura, un trayecto impredecible en donde
Betty impone la vitalidad, la energía, la luz y los sueños hasta que la deriva
de su enfermedad psíquica la hace cada vez más vulnerable y frágil. Es lo que tiene el amourfou, que nunca se
sabe por qué derroteros acabará bifurcándose. Pero es tan romántico y tentador dejarse
arrastrar por la vida intentando desbrozar un camino cuyo final se adivina tan
poético como trágico.
Con Betty Blue el espectador comprende
que finalmente la amistad se impone al amor, que quizás éste sea un sentimiento
más fuerte y sincero. Betty y Zorg se beben la vida a tragos como si no
existiera un mañana, pero el drama sobrevuela aunque nunca afecte o domine al
amor puro y verdadero. Con grandes interpretaciones de la pareja protagonista y una impresionante
fotografía de Jean-François Robin sirve para dar énfasis a un fresco sobre el
sentimiento espiritual y carnal llevado al paroxismo, sin normas ni prejuicios,
lejos de convencionalismos, un amor empujado por la imperiosa necesidad de
derribar muros allí donde el tiempo agoniza en su letargo. Una de las películas
más rabiosamente románticas de los 80.