Ópera prima del director británico Benedict
Andrews, adaptación de una obra teatral, Una nos narra el reencuentro de una joven (Rooney Mara) con un
hombre (BenMendelsohn) con el que tuvo una relación íntima cuando ella tenía 13
años. Han pasado 15 años desde entonces, y ella se ha convertido en una mujer
llamada Una, y él se ha cambiado de nombre de Ray a Peter. El inesperado
encuentro entre ambos sacudirá de nuevo sus vidas.
Tema peliagudo éste de las
relaciones sentimentales y sexuales entre adultos y menores de edad que nos
conduce al mito de “Lolita”. Cierto que el relato no imprime un corrosivo
arco dramático, aunque hay momentos (las confesiones de la pareja tras el
reencuentro en el lugar de trabajo de Peter) que pueden resultar lacerantes con
el apoyo emocional de unos flash backs muy bien diseñados que nos cuentan cómo
se gestó la relación tan lejana ya en el
tiempo.
Una vive esclava de aquellos
indelebles momentos que marcaron su pubertad y que nunca ha dejado que se
pierdan por el sumidero del olvido; Peter, que era el mejor amigo del padre de
Una, aunque mantiene los recuerdos intactos, tiene ahora una familia y una vida
acomodada, está muy bien considerado en su trabajo y no puede dejar que los
lacerantes fantasmas del pasado arruinen la vida que ha construido.
Aquí, el flamígero tema de la
pedofilia está tratado con una
sensibilidad insólita, y los intérpretes nos brindan una sentidas y creíbles
actuaciones, y aunque en el film no hay nada visualmente explícito que
escandalice, se hace necesario observar la expresividad de la pareja
protagonista para comprender la gama de grises que esconde una historia que
edifica su andamiaje sobre los límites y las obsesiones que pueden resultar
enfermizas a determinada edad. En los ojos de Rooney Mara hay más verdad que en
todas las líneas de diálogo, y es su hiriente desesperanza lo que nos hace
vislumbrar el vacío de su existencia.
Pibón total, esta chica
fitness llamada Jacqueline Petzak,
que se define a sí misma como modelo urbana. Con más de 1´3 millones de
seguidores en Instagram, nuestra chica realiza entrenamiento con pesas,
crossfit y deportes de contacto. La podemos ver en fotos utilizando algunos
trucos habituales entre las mujeres fitness, como los corseles reductores que
ayudan a quemar grasa y la pérdida de agua en sitios localizados.
Sabemos poco de esta modelo de fitness
urbana, pero es fácil observar por las fotos y vídeos que es dueña de unas
curvas espectaculares, conservando la cintura estrecha y grandes piernas y
glúteos. Sabemos, por ejemplo, que nació el 28 de enero de 1985 y aunque
desconocemos su lugar de nacimiento, nos
dicen que vive en Los Ángeles y, también nos cuentan que tiene una variada
genealogía (mexicana, polaca, francesa, irlandesa).
Jacqueline, a diferencia de otras
fitgirls, pide a las mujeres que conserven sus grandes curvas. Sólo hay que verla a ella
y entenderemos que es un buen modelo para romper el mito de la fragilidad
femenina. Además, comenta que en su rutina diaria es muy importante mantener
elevada autoestima. Así, debe ser, y es cierto que el canon de belleza es de
esta escultural mujer es rompedor, y se reafirma en su cuenta de Instagram en
donde presume de sus tremendos y sexys atributos, que vuelve locos a sus
seguidores. Disfruten…
Fue su ópera prima Pi,
fe en el caos (1998) la película que dio un barniz de prestigio al
director Darren Aronofsky y sentó
las bases para que un devoto y selecto club de seguidores situara su nombre en
un altar inaccesible. El film, rodado con un exquisito blanco y negro, cuenta
cómo un brillante matemático descubre la decodificación del sistema numérico
que rige el aparente caos del sistema bursátil. No obstante, su mejor obra la
firma dos años después, Réquiem por un sueño (2000), un
relato sobre la ambición y los sueños rotos que nos presenta a una madre que
sueña con participar en su concurso televisivo favorito y su hijo y la novia de
éste que sueñan con hacerse ricos vendiendo drogas. Tras esta escalofriante
radiografía sobre las peligrosas adicciones y obsesivas ensoñaciones, estrena La
fuente de la vida (2006) que sin ser un film detestable es su obra más
floja. Levanta el vuelo con la rotunda y emocional El Luchador (2008), lo
mantiene a duras penas con la sobrevalorada Cisne negro (2010) tal
vez su película más aplaudida por el gran público, y sale mínimamente airoso
con la irregular adaptación bíblica Noé (2014).
Con un guión firmado por el propio
director, Madre! nos narra la historia de una mujer (Jennifer Lawrence)
que se queda sorprendida cuando su marido (Javier Bardem) un poeta al que han
abandonado las musas, deja entrar en su casa a unas personas que no conoce.
Poco a poco el comportamiento de su marido va siendo más extraño, y ella
comienza a estresarse e intenta echar de su casa a toda esa gente desconocida
que ha invadido su hogar.
El comienzo de la función, sin apenas
mecanismos narrativos, no da ni un segundo de respiro al espectador, y el
director de origen polaco nacido en Brooklyn consigue tensionar el ambiente con
un inquietante y enigmático prólogo que nos presenta a Jennifer Lawrence
(actual pareja de Aronofsky) recorriendo las estancias de la mansión;
inmediatamente el espectador intuye que algo va a pasar. Pero el caso es que
sólo estamos ante la presentación de los personajes protagonistas: una pareja
que vive aislada en un caserón en medio del campo que ella se encarga de
reformar mientras él busca la inspiración para plasmar versos en papel en
blanco. A los pocos minutos irrumpe en el hogar un desconocido visitante (Ed
Harris), y a partir de ahí… el vértigo, el delirio, el caos, el averno, la
tremenda sensación de que la armonía reinante ha mutado en desasosiego para
siempre; ha bastado la chispa de una visita inesperada para dinamitar la paz y
perturbar el sueño.
Nunca le ha hecho ningún bien a Aronofsky
ser tildado de visionario y desde hace algún tiempo se viene gestando una
corriente crítica que le señala como un megalómano impostor. El director, poeta
de las angustias existenciales y las pesadillas claustrofóbicas, lo sabe, y consciente de que casi siempre gana,
se relame con la bilis de esos cafres fracasados. Sin ser una película redonda
(lo podía haber sido sin ese desfasado final), Madre! amplifica la sensación
de zozobra y desesperanza que siempre impregna la obra del director y plantea
reflexiones sobre la sublimación del arte hasta niveles de misticismo y alucinación,
denuncia el desprecio de la lírica del amor en aras de la fama y el poder, y se
eleva como una metáfora sobre la maternidad como ofrenda maldita a un mundo
decadente.
Todo el corpus de la función, microcosmos
construido conmínimos y sugerentes
elementos, está dotado de una pátina multirreferencial que nos hace escuchar
los ecos del Polanski de La semilla del diablo y El
quimérico inquilino y tal vez el Buñuel de El ángel exterminador y
el Haneke de Funny Games, pero con su habilidad para transgredir la
literalidad narrativa y las formas estilísticas, escénicas y visuales,
Aranofsky carga con la cámara al hombro para captar, de manera tan magnética
como indeleble, el rostro de la mujer sufriente a la que da oxígeno una atormentada
Jennifer Lawrence como epicentro de la tragedia –y el horror-, como contenedor
de vida frente a la distraída misantropía de su pareja, un Javier Bardem que pasará de
la amargura al encantamiento, venerado como gurú de una peculiar secta de epígonos que ansía el
sacrificio y contagia la fiebre.
Abucheada en el pasado Festival de Cannes
por los mismos críticos engreídos que orgasman con las más variopintas
sandeces, Madre! se puede entender como una tétrica alegoría ecologista sobre
la capacidad depredadora y destructiva de los seres humanos con su planeta
(simbolizado por la casa), aunque el modo de desarrollar el relato dentro de
ese subgénero llamado homeinvasion (invasión del hogar) me lleva a
pensar en el aislamiento y la rabia del autor como ángel caído y amarrado a las
cadenas del infortunio, que busca desesperadamente revitalizarse vampirizando
la energía de sus devotos, elevándose así hacia la inmortalidad… o inmolándose
en la hoguera de pasiones en un clímax arrebatador entre la anarquía y el
éxtasis.