viernes, 6 de octubre de 2017

CRÍTICA: "UNA" (Benedict Andrews, 2016)


“UNA” êêê
   
   
   Ópera prima del director británico Benedict Andrews, adaptación de una obra teatral, Una nos narra el reencuentro de una joven (Rooney Mara) con un hombre (BenMendelsohn) con el que tuvo una relación íntima cuando ella tenía 13 años. Han pasado 15 años desde entonces, y ella se ha convertido en una mujer llamada Una, y él se ha cambiado de nombre de Ray a Peter. El inesperado encuentro entre ambos sacudirá de nuevo sus vidas.


    Tema peliagudo éste de las relaciones sentimentales y sexuales entre adultos y menores de edad que nos conduce al mito de “Lolita”. Cierto que el relato no imprime un corrosivo arco dramático, aunque hay momentos (las confesiones de la pareja tras el reencuentro en el lugar de trabajo de Peter) que pueden resultar lacerantes con el apoyo emocional de unos flash backs muy bien diseñados que nos cuentan cómo se gestó  la relación tan lejana ya en el tiempo.


    Una vive esclava de aquellos indelebles momentos que marcaron su pubertad y que nunca ha dejado que se pierdan por el sumidero del olvido; Peter, que era el mejor amigo del padre de Una, aunque mantiene los recuerdos intactos, tiene ahora una familia y una vida acomodada, está muy bien considerado en su trabajo y no puede dejar que los lacerantes fantasmas del pasado arruinen la vida que ha construido.


     Aquí, el flamígero tema de la pedofilia  está tratado con una sensibilidad insólita, y los intérpretes nos brindan una sentidas y creíbles actuaciones, y aunque en el film no hay nada visualmente explícito que escandalice, se hace necesario observar la expresividad de la pareja protagonista para comprender la gama de grises que esconde una historia que edifica su andamiaje sobre los límites y las obsesiones que pueden resultar enfermizas a determinada edad. En los ojos de Rooney Mara hay más verdad que en todas las líneas de diálogo, y es su hiriente desesperanza lo que nos hace vislumbrar el vacío de su existencia.  

miércoles, 4 de octubre de 2017

JACQUELINE PETZAK ROMPE EL MITO DE LA FRAGILIDAD FEMENINA


   Pibón total, esta chica fitness llamada Jacqueline Petzak, que se define a sí misma como modelo urbana. Con más de 1´3 millones de seguidores en Instagram, nuestra chica realiza entrenamiento con pesas, crossfit y deportes de contacto. La podemos ver en fotos utilizando algunos trucos habituales entre las mujeres fitness, como los corseles reductores que ayudan a quemar grasa y la pérdida de agua en sitios localizados.


    Sabemos poco de esta modelo de fitness urbana, pero es fácil observar por las fotos y vídeos que es dueña de unas curvas espectaculares, conservando la cintura estrecha y grandes piernas y glúteos. Sabemos, por ejemplo, que nació el 28 de enero de 1985 y aunque desconocemos su lugar de nacimiento,  nos dicen que vive en Los Ángeles y, también nos cuentan que tiene una variada genealogía (mexicana, polaca, francesa, irlandesa).

    
  Jacqueline, a diferencia de otras fitgirls, pide a las mujeres que conserven  sus grandes curvas. Sólo hay que verla a ella y entenderemos que es un buen modelo para romper el mito de la fragilidad femenina. Además, comenta que en su rutina diaria es muy importante mantener elevada autoestima. Así, debe ser, y es cierto que el canon de belleza es de esta escultural mujer es rompedor, y se reafirma en su cuenta de Instagram en donde presume de sus tremendos y sexys atributos, que vuelve locos a sus seguidores. Disfruten…



lunes, 2 de octubre de 2017

CRÍTICA: "MADRE!" (Darren Aronofsky, 2017)


"MOTHER!" êêê
   
  
    Fue su ópera prima Pi, fe en el caos (1998) la película que dio un barniz de prestigio al director Darren Aronofsky y sentó las bases para que un devoto y selecto club de seguidores situara su nombre en un altar inaccesible. El film, rodado con un exquisito blanco y negro, cuenta cómo un brillante matemático descubre la decodificación del sistema numérico que rige el aparente caos del sistema bursátil. No obstante, su mejor obra la firma dos años después, Réquiem por un sueño (2000), un relato sobre la ambición y los sueños rotos que nos presenta a una madre que sueña con participar en su concurso televisivo favorito y su hijo y la novia de éste que sueñan con hacerse ricos vendiendo drogas. Tras esta escalofriante radiografía sobre las peligrosas adicciones y obsesivas ensoñaciones, estrena La fuente de la vida (2006) que sin ser un film detestable es su obra más floja. Levanta el vuelo con la rotunda y emocional El Luchador (2008), lo mantiene a duras penas con la sobrevalorada Cisne negro (2010) tal vez su película más aplaudida por el gran público, y sale mínimamente airoso con la irregular adaptación bíblica Noé (2014).

  
   Con un guión firmado por el propio director, Madre! nos narra la historia de una mujer (Jennifer Lawrence) que se queda sorprendida cuando su marido (Javier Bardem) un poeta al que han abandonado las musas, deja entrar en su casa a unas personas que no conoce. Poco a poco el comportamiento de su marido va siendo más extraño, y ella comienza a estresarse e intenta echar de su casa a toda esa gente desconocida que ha invadido su hogar.

     
   El comienzo de la función, sin apenas mecanismos narrativos, no da ni un segundo de respiro al espectador, y el director de origen polaco nacido en Brooklyn consigue tensionar el ambiente con un inquietante y enigmático prólogo que nos presenta a Jennifer Lawrence (actual pareja de Aronofsky) recorriendo las estancias de la mansión; inmediatamente el espectador intuye que algo va a pasar. Pero el caso es que sólo estamos ante la presentación de los personajes protagonistas: una pareja que vive aislada en un caserón en medio del campo que ella se encarga de reformar mientras él busca la inspiración para plasmar versos en papel en blanco. A los pocos minutos irrumpe en el hogar un desconocido visitante (Ed Harris), y a partir de ahí… el vértigo, el delirio, el caos, el averno, la tremenda sensación de que la armonía reinante ha mutado en desasosiego para siempre; ha bastado la chispa de una visita inesperada para dinamitar la paz y perturbar el sueño.


     Nunca le ha hecho ningún bien a Aronofsky ser tildado de visionario y desde hace algún tiempo se viene gestando una corriente crítica que le señala como un megalómano impostor. El director, poeta de las angustias existenciales y las pesadillas claustrofóbicas, lo sabe, y consciente de que casi siempre gana, se relame con la bilis de esos cafres fracasados. Sin ser una película redonda (lo podía haber sido sin ese desfasado final), Madre! amplifica la sensación de zozobra y desesperanza que siempre impregna la obra del director y plantea reflexiones sobre la sublimación del arte hasta niveles de misticismo y alucinación, denuncia el desprecio de la lírica del amor en aras de la fama y el poder, y se eleva como una metáfora sobre la maternidad como ofrenda maldita a un mundo decadente.

  
  Todo el corpus de la función, microcosmos construido con mínimos y sugerentes elementos, está dotado de una pátina multirreferencial que nos hace escuchar los ecos del Polanski de La semilla del diablo y El quimérico inquilino y tal vez el Buñuel de El ángel exterminador y el Haneke de Funny Games, pero con su habilidad para transgredir la literalidad narrativa y las formas estilísticas, escénicas y visuales, Aranofsky carga con la cámara al hombro para captar, de manera tan magnética como indeleble, el rostro de la mujer sufriente a la que da oxígeno una atormentada Jennifer Lawrence como epicentro de la tragedia –y el horror-, como contenedor de vida frente a la distraída misantropía  de su pareja, un Javier Bardem que pasará de la amargura al encantamiento, venerado como gurú de una peculiar secta de epígonos que ansía el sacrificio y contagia la fiebre.


   Abucheada en el pasado Festival de Cannes por los mismos críticos engreídos que orgasman con las más variopintas sandeces, Madre! se puede entender como una tétrica alegoría ecologista sobre la capacidad depredadora y destructiva de los seres humanos con su planeta (simbolizado por la casa), aunque el modo de desarrollar el relato dentro de ese subgénero llamado home invasion (invasión del hogar) me lleva a pensar en el aislamiento y la rabia del autor como ángel caído y amarrado a las cadenas del infortunio, que busca desesperadamente revitalizarse vampirizando la energía de sus devotos, elevándose así hacia la inmortalidad… o inmolándose en la hoguera de pasiones en un clímax arrebatador entre la anarquía y el éxtasis.