martes, 2 de mayo de 2017

LAS MEJORES PELÍCULAS DEL NUEVO MILENIO: "ZODIAC" (2007)


    El director David Fincher nació en Denver pero residía cuando niño en San Francisco en la época (finales de los sesenta y principio de los setenta) en que el asesino del zodiaco actuaba a sus anchas por la zona norte de la ciudad. Siempre me ha fascinado el modo de asumir riesgos, de explorar nuevos caminos y crear atmósferas perturbadoras del firmante de la filmografía más enfermiza de la historia del cine (Alien 3, Se7en, The Game, El Club de la Lucha, La habitación del pánico) y resultar innovador en cada una de sus creaciones. Zodiac  no es sólo un thriller o una excelente película policíaca, el realizador utiliza el MacGuffin del asesino en serie para realizar una rigurosa introspección sobre la convulsa sociedad norteamericana de aquel tiempo, tarada por los ritos de la contracultura, la guerra de Vietnam, los escándalos políticos... y los serial killlers.
      
    
    Teniendo siempre presente esa cuestión, la historia abarca la investigación real y obsesiva llevada a cabo por policías y periodistas sobre las andanzas de un asesino en serie desde que se inició a finales de los sesenta y hasta los postreros ochenta. Tras su segundo asesinato confeso, Zodiac comienza a enviar cartas a los más importantes periódicos de California, esas misivas contienen datos de sus anteriores crímenes y mensajes cifrados que tienen como único objetivo poner en evidencia la perspicacia de la policía. Cuando una de esas cartas llega a la redacción del San Francisco Chronicle, el periodista de sucesos Paul Avery (Robert Downey Jr.) Y el ilustrador Robert Graysmith (Jake Gyllenhaal) comienzan a obcecarse con el caso hasta el punto de descuidar sus vidas profesionales y personales. Paralelamente el film sigue la pesquisas policiales a cargo de dos inspectores del departamento de San Francisco, David Toschi (Mark Ruffalo) y William Armstrong (Anthony Edwards) a quienes se le hace muy cuesta arriba realizar con eficacia su trabajo ante la falta de medios, el exceso de burocracia y el enfrentamiento entre las distintas jurisdicciones policiales. Aun así, ponen todo su empeño por encontrar una cierta lógica a los crímenes cometidos por el Asesino del Zodiaco.



      Manejando influencias fácilmente reconocibles (Todos los hombres del presidente y Klute, las dos de Alan J. Pakula, La Conversación de Francis F. Coppola y J. F. K. de Oliver Stone) y basándose en los libros “Zodiac” y “Zodiac Unmasked” escritos por el caricaturista Robert Graysmith -a quien da oxígeno magistralmente Jake Gyllenhaal en el film- el director de El Club de la Lucha desarrolla una obra muy alejada de los parámetros estéticos y narrativos de Se7en, para alumbrar un artefacto de tintes psicológicos, filosóficos y sociológicos que aun teniendo ambas como eje las correrías de un asesino en serie y la investigación incansable para darle caza, la pulsión dramática, la estructura y el aroma son diametralmente opuestos. Pausada, elegante, meticulosa, asfixiante, tan densa, sobrecogedora y sobresaturada de datos que es posible que algunos se nos escapen y nos sintamos extenuados. 


    Si uno de los mayores logros de la función es no caer en el autoplagio y saber medir inteligentemente los tiempos de un relato pensado ser saboreado en su toda su dilatada amplitud (como la historia de la investigación que se prolonga a lo largo de dos décadas) otro de sus grandes aciertos es la elección de un reparto en el que nadie brilla por encima de nadie, tal vez Jake Gyllenhaal por su mayor peso, por eso de que la historia se nos sirve narrada a través de su mirada panorámica y obsesiva. A pesar de todos los esfuerzos, Zodiac nunca fue capturado, Graysmith apuntó como conclusión de sus investigaciones a Arthur Leigh Allen (interpretado por John Carroll Lynch) un tipo gris y anodino que estuvo en la cárcel acusado de pedofilia a mediados de los setenta, justamente en la época en que dejaron de ser enviadas las crípticas misivas por el zodiaco.

  
    Puede que el ilustrador tuviera razón, pero pruebas en su mayoría circunstanciales (un reloj Zodiac con el mismo logo utilizado por el asesino para firmas las cartas, cierta referencia a El malvado Zaroff de la que era un fan declarado, un zapato suyo encontrado en la zona de uno de los asesinatos) no fueron evaluadas con el peso suficiente como para evitar que siguiera en libertad, muriendo de un ataque al corazón en agosto de 1992.  Lo que si consiguió el enigmático psicópata es poner patas arriba las vidas de los implicados en la investigación, siendo absorbidos por ella. Es el caso del periodista Paul Avery, que dejó el San Francisco Chronicle para convertirse en alcohólico y drogadicto, aunque no le fue mucho mejor a Graysmith, que también dejo su labor en el periódico para dedicarse en exclusiva a la resolución del caso, lo que afectó de forma corrosiva a su matrimonio. 


     Todavía hoy sigue siendo uno de los sucesos más famosos de la criminología estadounidense, e infinidad de películas y personajes han surcado referencialmente aquel famoso caso que seccionó la yugular del paisaje humano de una ciudad abierta, bohemia y señorial cuando todavía se estaban deshojando las margaritas del mítico verano del amor. Fincher capta todo ese ambiente, el pánico y el bullicio de las redacciones y las comisarías con una puesta en escena sosegada y prodigiosa, nos atrapa en un subyugante laberinto aunque sepamos de antemano que no hay salida, entre otras razones porque los asesinatos no seguían ninguna pauta o ritual y los mensajes cifrados jamás condujeron a ninguna pista sólida. 


    Hay momentos en que uno siente miedo, pese a que la finalidad sea indagar en las líneas de la justicia y cómo si no se pone límite a la obsesión te acaba destruyendo, el miedo aparece en terribles fogonazos descubriendo la impunidad de unos asesinatos aterradores (la pareja tiroteada frente al campo de golf de Vallejo, la muerte del taxista, el apuñalamiento de los amantes en el lago Barryessa) cometidos seguramente con el único objetivo de poner en jaque a la policía y buscar un lugar privilegiado en el Olimpo de la crónica negra. Fincher alcanza la plenitud, la madurez de un autor insólito y superdotado para cualquier desafío, demostrando a todos aquellos que simplifican y relativizan la labor del cineasta que, se necesita más cerebro para hacer buen cine que para extirpar un tumor cancerígeno en el útero. Obra maestra.

lunes, 1 de mayo de 2017

ALBA GALOCHA, LA MODELO Y ACTRIZ DE MODA

   

   Alba Galocha (Santiago de Compostela, 1990) es una de nuestras modelos más internacionales, pero además, desde el pasado año, es uno de los rostros femeninos que más se repiten en el cine español. Fue en 2008 cuando decidió trasladarse desde Galicia a Madrid para estudiar diseño, y en 2010 ya protagonizó una campaña de la marca Malababa. El reconocimiento le llegó en 2012, cuando con L´Oreal ganó el premio a la Mejor Modelo en la 56ª edición de Mercedes-Benz Fashion Week Madrid. Un año después fue el rostro de la campaña Tales of Spain de Loewe, y en 2014 Nicolas Ghesquière la subió a la pasarela de París para presentar la colección primavera-verano 2015 de Louis Vuitton.


   Tiene un blog para Vogue, y en el año 2016 participa en dos producciones españolas, la comedia No culpes al karma de lo que te pasa por ser gilipollas (María Ripoll) junto a Verónica Echegui y Álex García, y el thriller El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez) una eficaz película basada en las peripecias del espía Fernando Paesa y el que fuera director de la Guardia Civil Luis Roldán. Mis colegas me dicen que tiene poco pecho, pero es que Alba, que mide 1´71 m hace campaña a favor de una belleza natural. En cualquier caso, a mí me gusta así, si acaso con varios kilitos más.


      En el presente año ya ha estrenado otro thriller, Plan de fuga (Iñaki Dorronsoro) cuya crítica puedes leer un poco más abajo en este blog, y seguro que tendremos la oportunidad de verla de nuevo en alguna otra película antes de que termine el año. Alba piensa combinar las dos profesiones y seguir trabajando y divirtiéndose. Confiesa que en el mundo de la moda hay mucho egocentrismo y que lo mejor de ser modelo es tener la oportunidad de viajar por todo el mundo. Si se le pregunta qué papel desearía realizar en el cine contesta: “el de una psicópata”. Atrevida la nena.


CRÍTICA: “PLAN DE FUGA” (Iñaki Dorronsoro, 2017)


PLAN DE FUGAêê

     
    Inferior a su ópera prima La distancia (2006), un thriller protagonizado por Miguel Ángel Silvestre y José Coronado que tiene como trasfondo el mundo del boxeo y la corrupción policial, Iñaki Dorronsoro nos entrega casi once años después esta película de atracos en donde Víctor (Alain Hernández) es un atracador profesional experto en perforar cualquier cosa que se le ponga por delante. El joven se une a una banda de delincuentes de la Europa del Este, que necesitan ayuda para robar un banco tras la muerte de uno de sus miembros. El trabajo consiste en perforar la cámara acorazada de un banco mientras un policía (Luis Tosar) sigue los pasos a la banda.


    Plan de fuga no es una película absolutamente desdeñable, pero el thriller español nos tiene últimamente tan acostumbrado a la excelencia que cuando se baja el listón nos sentimos decepcionados. El problema de este segundo largometraje de Dorronsoro es que no genera tensión, y eso en una película de atracos es un lastre importante. Nada que achacar a la factura técnica del film que cuenta además con un reparto competente y cierto aroma a cine negro, pero tendremos que concluir que el imposible guión, rebosante de giros y retruécanos inverosímiles, se nos antoja tan confuso como arbitrario, lo que hace que el público pierda interés por la trama en escenas verdaderamente soporíferas.

      
    El mayor hándicap de Plan de fuga es las múltiples batallas argumentales que abre la trama -a veces sin conexión- y la falta de ritmo debido a unos diálogos poco inspirados y a unas escasísimas secuencias de acción rodadas de forma blanda, nada impactantes. Temas como la amistad, la traición, el remordimiento, los inextricables senderos del amor, la lealtad y la redención conforman un tótum revolútum en la película sin que los intérpretes, que hacen lo que pueden gracias a sus grandes recursos, sepan qué traje enfundarse, consecuencia de un farragoso libreto y la exigua pericia demostrada por el director, que incluso mete con calzador unas secuencias pseudoeróticas rodadas de forma torpe que protagonizan Alain Hernández y Alba Galocha. Un film irregular que no deja poso.