sábado, 8 de abril de 2017

CRÍTICA: "TOWER" (Keith Maitland, 2016)


TOWER êêê
      
  
   Tower es una interesante película documental que fusiona imágenes reales con imágenes animadas para situarnos justo el día 1 de agosto de 1966. Ese caluroso día, Charles Whitman, un ex marine de 25 años, mató a 15 personas e hirió a otras tantas en el campus de la Universidad de Texas en Austin. Pertrechado en el mirador de la famosa Torre del Reloj del centro universitario y armado con un arsenal, disparó indiscriminadamente con un rifle de precisión a todas las personas que asomaban por la mira telescópica. Previamente había asesinado a su madre y a su esposa (para que, según él, no sintieran vergüenza ante lo que iba a hacer), así como a tres personas dentro de la torre. Algunos de los heridos murieron posteriormente y Whitman fue abatido por los agentes de policía Ramiro Martínez y Houston McCoy.


      El mensaje se repetía insistentemente en los medios de comunicación de Austin ese 1 de agosto de 1966: “Aléjense de la zona universitaria, hay un francotirador en la torre y está disparando”. El sitio del campus de la University of Texas duró 96 minutos, lo mismo que esta magnífica película dirigida por Keith Maitland, que poniendo en práctica una fascinante técnica que combina imágenes de archivo del suceso con la animación, nos acerca a la reconstrucción de una tragedia que ha quedado reflejada en la historia como el primer tiroteo masivo en un centro educacional. Luego, desgraciadamente, vinieron muchos otros.

   
   Tower cuenta con un prodigioso montaje para desarrollar una técnica visual y narrativa innovadora que Maitland desarrolla con excelencia para ofrecer diferentes perspectivas y puntos de vista sobre aquel infernal tiroteo perpetrado por Whitman (un tipo blanco, rubio y de clase media), que escupía muerte con su rifle mientras el calor derretía el asfalto. Utilizando como banda sonora grandes éxitos de la época e intercalando entrevistas con los supervivientes de la matanza y los héroes que jugándose la vida ayudaron a algunas víctimas heridas tendidas en el suelo del campus (como la joven embarazada de ocho meses Claire Wilson, cuyo feto murió y que quedó tendida junto a su novio muerto) el film nos ofrece un enfoque humanista, y lo hace con dignidad y precisión, sin mencionar al autor de la masacre ni contarnos nada sobre su vida.

       
    Si lo hubiera hecho, sabríamos que Charles Whitman tenía un tumor cerebral aunque él lo ignoraba, pero que algunos exámenes médicos señalaron como maligno y situaron en la zona emocional del cerebro. Seguramente el tumor le hubiera matado en poco tiempo y no sabemos qué hubiera ocurrido si se le hubiera diagnosticado antes… pero esa es otra historia. La animación rotoscópica es muy realista, tanto que nos acercan a los personajes con la edad que tenían entonces, su estado de ánimo, sus sentimientos e ilusiones. Y es que algunos de los personajes reales están ahí para evocar aquél día aciago que, aunque distante, ha dejado una huella indeleble en todos lo que sobrevivieron o estuvieron allí para narrar el inmenso drama que se vivió.  

      
   Claire Wilson es el alma de la función, pero en el suceso tuvieron un papel preponderante otros personajes: un adolescente repartidor de periódicos que fue alcanzado por una bala, dos policías, una joven que se acercó hasta Claire y se quedó tendida junto a ella en el suelo del campus, un dependiente de unos grandes almacenes que subió a la torre con los policías, un estudiante de 21 años que junto a un amigo ayudó a Claire y un locutor de radio que narraba y advertía de cómo se iban desarrollando los acontecimientos. Después del terrible episodio, todos los involucrados perdieron el contacto, eran otros tiempos, pero la herida sigue abierta hoy, y Tower sólo puede servir de catarsis y desahogo… de consuelo purificador que hace aflorar las lágrimas al rememorar la estancia en un infierno sobrevenido en un ya lejano día de verano. Una película espléndida.

jueves, 6 de abril de 2017

CHARLIZE THERON EN 8 GIFS HOT


   Nacida el 7 de agosto de 1975, la actriz sudafricana Charlize Theron presenció a los 16 años un hecho trágico que iba a marcar de forma indeleble su vida: el asesinato de su padre a manos de su madre, acabando así con los continuos ataques, amenazas y vejaciones que venía soportando por parte de su marido. A pesar de su Oscar por Monster (Patty Jenkins, 2003), correcta recreación de la vida de Aileen Wuornos, una prostituta convertida en asesina en serie, nunca he considerado a Charlize una gran intérprete, puede que sí una actriz resultona no exenta de talento para el drama. Recuerdo la irrupción de su poderosa sensualidad en el thriller 2 días en el valle (John Herzfeld, 1996), su participación en el musical The Wonders (1996) debut como director de Tom Hanks, aunque su papel más relevante en aquella época lo obtuvo en Pactar con el diablo (Taylord Hackford, 1997), en la que se comía con papas a un sobreactuado Pacino y un insulso Keanu Reeves. 


    
   Charlize, que comenzó su carrera profesional como bailarina de ballet clásico, actividad que tuvo que abandonar por una lesión de rodilla, dedicándose a la profesión de modelo, ha trabajado a las órdenes de Woody Allen en Celebrity (1998) y La maldición del escorpión de jade (2001), en el sólido y exitoso film de Lasse Halströn La casa de las normas de la sidra (1999), en el film de acción The Italian Job (2003) y por el papel protagónico, junto a Frances Mcdormand, en la película de tono social En tierra de hombres (2005) volvió a ser nominada al Oscar a la mejor actriz.  

      
   Resulta farragoso hacer un recorrido por las mejores películas de Charlize Theron, pero sí podemos incluir, además de las citadas, El Valle de Elah (Paul Haggis, 2007) una intriga criminal que tiene de fondo la Guerra de Irak; Lejos de la tierra quemada (Guillermo Arriaga, 2008) un drama familiar que como todos los films del mexicano se desarrolla sobre historias cruzadas; La carretera (John Hillcoat, 2009) magnífica aventura postapocalíptica según el best seller de Cormac McCarthy; Mad Max. Furia en la carretera (George Miller, 2015) sin duda su mejor película y la mejor de aquel año, una obra maestra del cine de acción incontestable. Charlize tiene pendiente el estreno este mes de Fast & Furious 8 (F. Gary Grey, 2017) que batirá récord en las taquillas de todo el mundo y Atomic (David Leitch, 2017) film de espionaje ambientado en la Guerra fría en el que encarna a una bella espía encargada de encontrar una lista en donde figuran los nombres de todos los agentes encubiertos que trabajan en Berlín oriental.  


PARA LOS AFICIONADOS DEL ATLETI COMO YO... CHARLIZE, LA INSPIRACIÓN


... Y VIN DIESEL, FUERZA PARA EL DERBI

martes, 4 de abril de 2017

"LADRÓN DE BICICLETAS" (1948), ESCENA ESENCIAL


"LADRI DI BICICLETTE" (Vittorio De Sica, 1948)
    

    Sinopsis: en la Roma de la posguerra, el obrero en paro Antonio Ricci (Lamberto Magiorani) consigue a través del ayuntamiento un trabajo como pegador de carteles, pero para poder realizarlo necesita la bicicleta que ahora tiene empeñada. El empleo es vital para sacar a su familia -mujer y dos hijos- de la miseria, por lo que no le queda más remedio que empeñar lo poco que tiene para desempeñarla, y una vez que la ha recuperado comienza a trabajar. Un día, mientras se encuentra trabajando, alguien igual de pobre que él se la roba aprovechando un descuido. Antonio, acompañado de su pequeño hijo Bruno (Enzo Staiola) inicia entonces una dramática odisea por los barrios de la ciudad para intentar recuperarla, pues la bicicleta se impone como el único elemento capaz de librarles de la pobreza.
      
   
     Obra cumbre del Neorrealismo y la cinematografía mundial rodada con actores no profesionales, con Ladrón de bicicletas Vittorio De Sica logra un impresionante fresco sobre la prolongación del sufrimiento, a la vez que un demoledor documento panorámico de la Roma mísera y herrumbrosa de la posguerra. Paisaje en donde las huellas de la reciente guerra son claramente identificables, una ciudad que padece las consecuencias de la crisis económica y el desempleo y en donde una legión de seres harapientos buscan cobijo en los centros de caridad y las parroquias, lugares que, por otra parte, se  han convertido en sedes ocasionales de obreros, cómicos y sindicalistas. Antonio Ricci, desesperado, intenta incansablemente recuperar su bicicleta, sabe que de ella depende su futuro inmediato, su pan, y lo más importante, el de su mujer y sus hijos, empero, su búsqueda se presume vana cuando arrastrando la sombra de la desdicha por las entrañas de la ciudad, comprueba lo poco que le interesa a nadie su problema, evidenciándose, entre la indiferencia de todos, su abatimiento y soledad. De  Sica declara: “el Neorrealismo es la poesía de la vida misma”, tal vez por eso rechazó un contrato de producción que le habría impuesto dirigir a Cary Grant y le otorga el papel protagonista a un verdadero obrero.


       Hay quien ha definido el Neorrealismo como una mera formalidad documental, casi siempre brutal e instantánea, acusando a sus teóricos y directores de utilizar la cámara como elemento estático que atrapa sin concesiones la realidad circundante.  Me niego a aceptar estos enjuiciamientos porque -como queda demostrado en esta obra magistral- su capacidad de análisis, la fuerza y emoción  de su expresividad narrativa queda -con la excusa del rodo de la bicicleta- claramente confirmada y definida, al captar de forma brillante cómo se va dilatando la angustia del padre al mismo tiempo que  su humillación se ve reflejada en los ojos de su hijo. El estilo poético de planos depurados y travellings de evolución dramática, nos revela por qué esta corriente influyó de manera viva en todo el cine posterior. 


    Ladrón de bicicletas se impone (al igual que las monumentales obras de su compatriota Roberto Rosellini: Roma, ciudad abiertaPáisaAlemania, año cero) por su arrebatador encanto de naturaleza lírica y atemporal, como una respuesta de su creador ante la tragedia última, ocasionada por un régimen que les había llevado a la ruina, y en palabras del cineasta “les había obligado a vivir de manera hipócrita y falsa”. El relato, convertido en la historia de un hombre en permanente lucha por la supervivencia, concluye con una escena esencial que eleva hasta la congoja y las lágrimas el tono emocional, cuando un hastiado Antonio Ricci es pillado in fraganti robando una bicicleta; su inabarcable dolor, el llanto de su hijo, enmarcan un retrato sentido sobre la amargura humana y sus continuos desengaños. Obra maestra absoluta.