lunes, 20 de marzo de 2017

CRÍTICA: "RAF: FACCIÓN DEL EJÉRCITO ROJO" (Uli Edel, 2009)


Falaz y glamourosa visión de la bestia del terrorismo
RAF: FACCIÓN DEL EJÉRCITO ROJO êêê
DIRECTOR: ULI EDEL.
INTÉRPRETES: MARTINA GEDECK, MORITZ BLEIBTREU, JOHANNA WOKALEK, HEINO FERCH.
GÉNERO: DRAMA POLÍTICO / ALEMANIA / 2009  DURACIÓN: 150 MINUTOS.         

     
     Siempre he pensado que al igual que el agresor o delincuente sexual suele sufrir trastornos psíquicos y problemas de impotencia y raramente llega al orgasmo si no es a través del sometimiento y la agresión de la víctima, el terrorismo es también la cruel representación de la impotencia política e intelectual de un grupo de cobardes sociópatas incapaces de crear un proyecto alternativo ilusionante que, por cauces únicamente democráticos, cale en la opinión pública.  A veces sólo hace falta un par de mentes enfermas como las de Andreas Baader y Ulrike Meinhof para dar a luz un monstruo que acaba fagocitando a sus padres y sólo acierta a diseñar –en una batalla estéril- un escenario de sangre y desolación entre sus víctimas. RAF: FACCIÓN DEL EJÉRCITO ROJO es una de las producciones más caras del cine alemán basada en el libro de Stefan Aust que ya inspiró otro film sobre el tema: El Proceso, (Reinhard Hauff, 1986). Dirigida por el veterano director alemán Uli Edel (Última salida: Broocklyn), la película queda alejada de la excelencia demostrada por Steven Spielberg en Munich (2005), que recordemos, narraba el atentado cometido por el comando terrorista palestino “Septiembre Negro” contra el equipo olímpico israelí el 15 de septiembre de 1972 durante las Olimpiadas celebradas en Munich. Para quien esto firma, la mejor película sobre terrorismo de la historia.            
     

   Este crítico era sólo un niño cuando se desarrollaron las “hazañas” de esta violenta banda de descerebrados, lo cual no fue obstáculo para que siguiese con interés su proceso de (auto) destrucción a través de la prensa. La acción del film nos sitúa en la agitada Alemania de la década de los 70: la muerte de un joven estudiante por un disparo de la policía durante una manifestación en 1967 es el punto de inflexión que funde la alianza entre Andreas Baader (Moritz Bleibtreu), su novia Gudrum Ensslin (Johanna Wokalek) y más tarde la periodista de izquierda Ulrike Meinhof (Martina Gedeck), que librarán una violenta guerra contra el capitalismo representado en el imperialismo norteamericano en connivencia con el establishment alemán. Comienzan sus acciones violentas colocando artefactos explosivos en grandes almacenes, robando bancos, secuestrando a políticos y, finalmente, dejando un sangriento reguero de 47 víctimas mortales hasta su desarticulación a mediados de los años setenta. Aunque el objetivo del grupo era crear una sociedad más justa y humana, al emplear medios violentos e inhumanos provocan el terror y pierden su propia humanidad. El encargado de darles caza es el jefe de la policía alemana, Horst Herold (Bruno Ganz), que logra su propósito tratando de comprender las raíces del problema.    
     
   
    Si bien no podemos considerar la cinta de Edel como fallida, se atisba algo infame en su mirada salvífica, sentimental e incluso heroica (en la línea de aquellos repulsivos mensajes proyectados por films nacionales de la transición: Operación Ogro, La fuga de Segovia, El proceso de Burgos) con la que el director parece jalonar el corto aunque sangriento itinerario de la referida banda terrorista RAF, también denominada Baader-Meinhof. A partir de in libreto dinámico del también productor Bernd Eichinger seguimos los pasos del grupo armado desde su formación hasta el suicidio en prisión –no tengo por qué dudar de la versión oficial- de sus principales líderes en octubre de 1977, para lo que sus responsables han necesitado dos horas y media de metraje. 


    Haciendo uso de un tono documentalista que ofrece a la acción un carácter de rigor histórico, poniendo el acento en un cuidado diseño de producción que mima con detalle la ambientación, así como un poderoso ritmo que casa a la perfección con el vértigo del cine de evasión, el film resulta tan eficaz en su planteamiento que se puede disfrutar sin que resulte plúmbeo o tedioso.
     
      
    Insisto, en términos cinematográficos la película resulta vigorosa y de impecable factura, pero a este crítico se le hace indigesto conectar con la equidistante, incluso glamourosa visión con la que sus responsables armonizan las correrías asesinas de una banda retratada como si de un grupo de glam-rock se tratara (además de las poses y posturitas, de la vestimenta chic, de los coches deportivos y la música cañera, Andreas Baader se comporta como una estrella rockera perturbada y peligrosa, mientras Ulrike Meinhof, que abandona su tribuna incendiaria en una revista cultural, aporta la coartada intelectual a las repugnantes acciones armadas de sus compañeros), ya que por muy seductor que pueda resultar hoy el perfil icónico de unos personajes definitivamente nada románticos y carentes de escrúpulos, que desde su aburguesada posición social defendían un imaginario atroz desde enfoques de extrema izquierda, el auténtico lastre de RAF: FACCIÓN DEL EJÉRCITO ROJO es la golosa tentación de camuflarlos de descarriados luchadores por la libertad y la justicia que, con el apoyo inicial de una parte de la sociedad que pronto les dio la espalda al ver su  verdadera y monstruosa faz, consiguieron autodestruir el mito enredados en una espiral de asesinatos sin sentido. 


    La exploración, más artificiosa que analítica, resulta aún más peligrosa cuando Uli Edel planifica las brutales gestas de estos delincuentes con la espectacularidad de un thriller de diseño hollywoodiense, exponiéndose a la terrible duda de si el lugar que ocupan hoy esos macarras criminales en el más funesto coronario pop le ha inducido a un ejercicio de perversa nostalgia. 


domingo, 19 de marzo de 2017

CRÍTICA: "MEAN DREAMS" (Nathan Morlando, 2016)


"MEAN DREAMS" êêê
Interesante película que sirve de homenaje póstumo a Bill Paxton


El director canadiense Nathan Morlando debutó en el año 2011 con El Gangster, un drama basado en hechos reales sobre un padre de familia que se convierte en atracador de bancos. Sin ser una película redonda, se adivinada ya el buen pulso de un cineasta llamado en un futuro para emprender empresas mayores. Aquella película ganó el premio al mejor largometraje canadiense en el Festival de cine de Toronto, y como curiosidad apuntaremos que la cinta estaba proyectado que la dirigiese Denis Villeneuve, pero el retraso en la producción hizo que finalmente fuera Morlando quien tuviera la oportunidad de realizar su ópera prima. Por otra parte, y aunque está pendiente el estreno de El círculo (James Ponsoldt, 2017), el film puede servir de homenaje póstumo al gran Bill Paxton, fallecido el pasado 25 de febrero tras una serie de complicaciones durante la cirugía cardiaca a la que se sometió. ¿Negligencia? El asunto está ya en los tribunales.  

      
    Siempre recordaré el excelente debut de Bill Paxton como director con el original y terrorífico thriller Escalofrío (2001), un film que fue aclamado por el escritor Stephen King y el director James Cameron. Pero como olvidar su participación como actor en una larga lista de películas como Calles de fuego, Terminator, Aliens: el regreso, Los viajeros de la noche, Un paso en falso, Apolo XII, Un plan sencillo y tantos otros. Además dirigió otra película nada despreciable sobre un joven talento del golf titulada Juego de Honor (2005). Descanse en paz este secundario de lujo que se comía con papas a muchos actores principales.

  
    Mean Dreams es una interesante película que nos narra la historia de Jonas (Josh Wiggins) un adolescente que ayuda a su padre en las labores de la granja y encuentra el amor en su nueva vecina, Casey (Sophie Nélisse) una chica huérfana de madre que vive con su padre, Wayne (Bill Paxton) un agente de la policía corrupto y alcohólico que la maltrata y culpable de la muerte de su esposa en accidente al conducir bebido. Jonas toma la iniciativa y decide robarle al padre de Casey una bolsa con casi un millón de dólares proveniente de las drogas e inicia una escapada peligrosa con la chica de la que está enamorado.


       Película de deslumbrante esteticismo, Mean Dreams sorprende por su concreción argumental en la presentación de los personajes y su entorno, el ambiente rural de cualquier población agrícola canadiense. Cierto que ese ejercicio de síntesis inicial con el encuentro de la joven pareja, sus respectivas familias y la atmósfera que envuelven ambos hogares se desarrolla de un modo acelerado si lo comparamos con el largo desenlace, que impide un mínimo sosiego en el casi inexistente nudo central. A Nathan Morlando le interesa sobre todo captar la energía y el impulso poético del amor adolescente, la pasión, la confusión y la soledad que se apodera de ellos en una huida infernal, perseguidos por el violento, cruel, padre de Casey, un agente de la ley borracho, posesivo, maltratador y que se demostrará un criminal sin escrúpulos. Jonas (magnífico Josh Wiggins) lo hará todo para proteger a su amor, porque él es un romántico valiente al que no le importa el dinero más allá de la coartada que supone para hacer daño al tipejo que atormenta la vida de su amada.


      El interés de Morlando por explorar la belleza y las complejidades del primer amor, está plasmado con una fotografía naturalista que planea por unos campos amarillos que vestidos de otoño nos recuerda la influencia que tiene todavía hoy Terrence Malick y su magistral Malas tierras (1973) en muchos directores jóvenes, y el cineasta canadiense refleja ese paisaje de hierbas ondulantes, intersecciones de caminos y cultivos agrícolas para lanzar una oda al viento sobre la ternura e inocencia del amor de dos adolescentes solitarios.

   
    Estaremos de acuerdo en que la premisa de Mean Dreams no resulta muy original (adolescentes rebeldes con causa, policías corruptos, moteles de carretera baratos, una bolsa de dinero sucio, el refugio del bosque), pero alcanza un gran atractivo plástico debido a la magia estética que imprime Morlando, proyectando una visión fascinante del entorno, con exuberantes postales de lagos entre la nebulosa y el follaje oxidado del otoño. Hay en la mirada de los adolescentes un halo de tristeza que refleja el miedo, la ausencia y la incomunicación que ha presidido sus vidas, lo que les lleva a construir apresuradamente un amor idealizado, que pondrá a prueba su errática huida llena de obstáculos y enfrentamientos. El camino sin retorno que han iniciado tal vez les libere de sus respectivas cargas familiares y el ambiente asfixiante de sus hogares… pero la senda que se abre ante ellos es un misterio que quedará para la imaginación del espectador.

jueves, 16 de marzo de 2017

LAS MEJORES PELÍCULAS DEL NUEVO MILENIO: "PROMESAS DEL ESTE" (2007)


    En esta ocasión con la excusa de los tejemanejes de la mafia rusa asentada en Londres y transitando el género noir, como ya hiciera en su anterior y excelente trabajo, Una historia de violencia (2005), y en otras ocasiones inundando el universo de la ciencia-ficción con la estética y la filosofía de la nueva carne (ese mundo habitado por extraños parásitos, enfermedades venéreas, carne en continua mutación y excéntricos comportamientos sexuales), el realizador canadiense David Cronenberg (Toronto, 1943) es un caso peculiar dentro del actual panorama cinematográfico, porque con un increíble dominio, dejando atrás aquella etapa que le valió ser coronado como “El rey del terror venéreo”, ha sabido reformular el thriller imprimiendo al género un sello personal y haciendo uso de una maestría y una precisión envidiable. Cuando pasen los años y exégetas e historiadores de este invento repasen de manera sesuda la trayectoria de este autor, destacarán el giro -o trazo- de esta nueva fase que, aparentemente, cubre de cemento los despojos de laboratorio, dependencias obsesivas y transmutaciones, para abrirse camino por laberintos donde perseguimos sombras más reales -si cabe más siniestras-, tal vez procurando subrayar que la edad y el grado de sensatez adquirido han llevado al cineasta a decantarse por historias más lineales e inteligibles. La reflexión es errática si pensamos en esos calificativos como sinónimos de cine meramente comercial, Cronenberg no ha mutado, su talento atormentado sigue rastreando las llagas de un mundo en tinieblas, la naturaleza oscura, torturada del alma y su imposible liberación. 
     
     
    Promesas del este se abre de forma magistral con dos escenas de violencia demoledoras. En la primera, asistimos al chapucero asesinato de un hombre con una navaja barbera en una peluquería. Seguidamente, una adolescente embarazada, Tatiana (Sarah-Jeanne Labrosse) entra en una farmacia gravente herida y perdiendo mucha sangre. Tatiana es trasladada urgentemente a un hospital donde fallece después de dar a luz un bebé, sus únicas pertenencias son un diario escrito en ruso y entre sus páginas la tarjeta de un restaurante. Anna (Naomi Watts) la comadrona que atendió a la chica en el parto, está intrigada por saber las confesiones escritas en el diario, por lo que siguiendo el rastro de la tarjeta, concierta una cita con Semyon (Armin Mueller-Stahl) un anciano de apariencia respetable y trato afable que utiliza el restaurante como tapadera para las actividades criminales de una organización mafiosa afincada en Londres. Semyon tiene un hijo crapuloso y con males pulgas, Kirill (Vincent Cassell), que siempre va acompañado de un hombre de confianza que además ejerce como chófer, Nicolai (Viggo Mortensen). Los caminos de Nicolai y Anna acabarán cruzándose de forma fatal cuando comiencen a conocerse los horrores sexuales descritos por Tatiana en el diario, una prostituta de catorce años al servicio de los mafiosos, la verdadera implicación de Semyon en su muerte y el interés de Nicolai por ascender dentro de la familia mafiosa.


      A veces las historias más terribles ocurren en navidad, ese es el espacio temporal en donde el director sitúa su desgarrador relato, otra historia de violencia, redención, traición sin límite y falsas identidades. Promesas del este es una majestuosa obra maestra que, como una muñeca rusa, esconde secretos -en ocasiones inconfesables-, personajes que surcan anhelos y suspiran en soledad por la ausencia,  concernidos por los desengaños y la evocación melancólica. El maestro Cronenberg confirma su gran momento de forma y sus especiales dotes para el thriller tomando como base un rotundo libreto firmado por Steve Knight y la exultante luz creada por Peter Suschitzky, que retrata de manera sórdida y romántica un Londres umbrío, como un circuito cerrado donde todas las voces acaban ahogándose en el Támesis. La película pasa como un suspiro, cada plano, cada fotograma desprende un poder hipnótico de imposible inhibición, las imágenes surgen vigorosas acompañadas de una narrativa sublime, al hilo de que cada sílaba, cada gesto, cada mirada, tiene un interés crucial, una cascada de emociones que no parece tener fin, ni deseamos que lo tenga. 


     Nos encontramos ante un excelente ejemplo de cine que combina la mirada de autor (exponiendo diáfanamente los rasgos de su personalidad), con el tirón en taquilla, para cuyo fin se hace especialmente atractivo su elenco, con un disoluto Vincent Cassell al que le importa más la riqueza y el poder que la lealtad y los lazos familiares, una Naomi Watts deslumbrante en su lánguida y sencilla belleza, y cómo no, un Viggo Mortensen pulcro e imponente desplegando mil matices, debatiéndose desde el interior de su trágica e impasible figura -ese compendio cartográfico en que ha convertido su cuerpo- entre sus dilemas morales y la emotividad... Y todo sin perder la calma. 


    Más alla del excelente diseño de producción o la soberbia puesta en escena, de la magnífica dirección de actores, más allá de que todo resulte convincente y de lo que, mayestáticamente, se le supone a artistas de este calibre, la película contiene una escena que brillará entre los fastos de la historia cinematográfica y será estudiada minuciosamente en las escuelas de cine: Nicolai (genial el duro Viggo) enfrentándose desnudo en una sauna a dos asesinos a sueldo chechenos, una bestial pelea rodada con hiriente, dolorosa nitidez y que dura cuatro intensos minutos. Y eso que Cronenberg no busca nunca el clímax poderoso, le basta con diseccionar las relaciones para que aflore la tensión y los sentimientos, enredados en una atmósfera de violencia soterrada marcada por unos códigos de moralidad tan turbios como el espíritu de los nuevos tiempos. Magistral, señor Cronenberg.