jueves, 16 de marzo de 2017

LAS MEJORES PELÍCULAS DEL NUEVO MILENIO: "PROMESAS DEL ESTE" (2007)


    En esta ocasión con la excusa de los tejemanejes de la mafia rusa asentada en Londres y transitando el género noir, como ya hiciera en su anterior y excelente trabajo, Una historia de violencia (2005), y en otras ocasiones inundando el universo de la ciencia-ficción con la estética y la filosofía de la nueva carne (ese mundo habitado por extraños parásitos, enfermedades venéreas, carne en continua mutación y excéntricos comportamientos sexuales), el realizador canadiense David Cronenberg (Toronto, 1943) es un caso peculiar dentro del actual panorama cinematográfico, porque con un increíble dominio, dejando atrás aquella etapa que le valió ser coronado como “El rey del terror venéreo”, ha sabido reformular el thriller imprimiendo al género un sello personal y haciendo uso de una maestría y una precisión envidiable. Cuando pasen los años y exégetas e historiadores de este invento repasen de manera sesuda la trayectoria de este autor, destacarán el giro -o trazo- de esta nueva fase que, aparentemente, cubre de cemento los despojos de laboratorio, dependencias obsesivas y transmutaciones, para abrirse camino por laberintos donde perseguimos sombras más reales -si cabe más siniestras-, tal vez procurando subrayar que la edad y el grado de sensatez adquirido han llevado al cineasta a decantarse por historias más lineales e inteligibles. La reflexión es errática si pensamos en esos calificativos como sinónimos de cine meramente comercial, Cronenberg no ha mutado, su talento atormentado sigue rastreando las llagas de un mundo en tinieblas, la naturaleza oscura, torturada del alma y su imposible liberación. 
     
     
    Promesas del este se abre de forma magistral con dos escenas de violencia demoledoras. En la primera, asistimos al chapucero asesinato de un hombre con una navaja barbera en una peluquería. Seguidamente, una adolescente embarazada, Tatiana (Sarah-Jeanne Labrosse) entra en una farmacia gravente herida y perdiendo mucha sangre. Tatiana es trasladada urgentemente a un hospital donde fallece después de dar a luz un bebé, sus únicas pertenencias son un diario escrito en ruso y entre sus páginas la tarjeta de un restaurante. Anna (Naomi Watts) la comadrona que atendió a la chica en el parto, está intrigada por saber las confesiones escritas en el diario, por lo que siguiendo el rastro de la tarjeta, concierta una cita con Semyon (Armin Mueller-Stahl) un anciano de apariencia respetable y trato afable que utiliza el restaurante como tapadera para las actividades criminales de una organización mafiosa afincada en Londres. Semyon tiene un hijo crapuloso y con males pulgas, Kirill (Vincent Cassell), que siempre va acompañado de un hombre de confianza que además ejerce como chófer, Nicolai (Viggo Mortensen). Los caminos de Nicolai y Anna acabarán cruzándose de forma fatal cuando comiencen a conocerse los horrores sexuales descritos por Tatiana en el diario, una prostituta de catorce años al servicio de los mafiosos, la verdadera implicación de Semyon en su muerte y el interés de Nicolai por ascender dentro de la familia mafiosa.


      A veces las historias más terribles ocurren en navidad, ese es el espacio temporal en donde el director sitúa su desgarrador relato, otra historia de violencia, redención, traición sin límite y falsas identidades. Promesas del este es una majestuosa obra maestra que, como una muñeca rusa, esconde secretos -en ocasiones inconfesables-, personajes que surcan anhelos y suspiran en soledad por la ausencia,  concernidos por los desengaños y la evocación melancólica. El maestro Cronenberg confirma su gran momento de forma y sus especiales dotes para el thriller tomando como base un rotundo libreto firmado por Steve Knight y la exultante luz creada por Peter Suschitzky, que retrata de manera sórdida y romántica un Londres umbrío, como un circuito cerrado donde todas las voces acaban ahogándose en el Támesis. La película pasa como un suspiro, cada plano, cada fotograma desprende un poder hipnótico de imposible inhibición, las imágenes surgen vigorosas acompañadas de una narrativa sublime, al hilo de que cada sílaba, cada gesto, cada mirada, tiene un interés crucial, una cascada de emociones que no parece tener fin, ni deseamos que lo tenga. 


     Nos encontramos ante un excelente ejemplo de cine que combina la mirada de autor (exponiendo diáfanamente los rasgos de su personalidad), con el tirón en taquilla, para cuyo fin se hace especialmente atractivo su elenco, con un disoluto Vincent Cassell al que le importa más la riqueza y el poder que la lealtad y los lazos familiares, una Naomi Watts deslumbrante en su lánguida y sencilla belleza, y cómo no, un Viggo Mortensen pulcro e imponente desplegando mil matices, debatiéndose desde el interior de su trágica e impasible figura -ese compendio cartográfico en que ha convertido su cuerpo- entre sus dilemas morales y la emotividad... Y todo sin perder la calma. 


    Más alla del excelente diseño de producción o la soberbia puesta en escena, de la magnífica dirección de actores, más allá de que todo resulte convincente y de lo que, mayestáticamente, se le supone a artistas de este calibre, la película contiene una escena que brillará entre los fastos de la historia cinematográfica y será estudiada minuciosamente en las escuelas de cine: Nicolai (genial el duro Viggo) enfrentándose desnudo en una sauna a dos asesinos a sueldo chechenos, una bestial pelea rodada con hiriente, dolorosa nitidez y que dura cuatro intensos minutos. Y eso que Cronenberg no busca nunca el clímax poderoso, le basta con diseccionar las relaciones para que aflore la tensión y los sentimientos, enredados en una atmósfera de violencia soterrada marcada por unos códigos de moralidad tan turbios como el espíritu de los nuevos tiempos. Magistral, señor Cronenberg.


martes, 14 de marzo de 2017

JOYAS DEL CINE ERÓTICO: “ORQUIDEA SALVAJE” (1990)


    Zalman King (1942-2012), actor, escritor, guionista y director estadounidense que había colaborado con Adrian Lyne en el guión de Nueve semanas y media (1986) y conocido por incluir el erotismo en casi todas sus películas, dirigió en 1990 este fallido film con un guión propio  y de Patricia Louisianna Knopp, una historia que nos presenta a Emily Redd (Carré Otis) una joven y hermosa abogada que viaja a Río de Janeiro acompañada de Claudia (Jacqueline Bisset) una importante mujer de negocios, para cerrar un trato multimillonario. En Brasil, no puede sustraerse a la sensualidad que la rodea. Un antiguo amor de Claudia, Wheeler (Mickey Rourke) guiará a Emily a través de un mundo excitante que desatará en ella sus más primitivos deseos.

     
    Suponemos que lo que deseaba Zalman King con este truño era repetir el apoteósico éxito en taquilla de Nueve semanas y media, pero también era fácil adivinar que con un guión tan zarrapastroso, una dirección tan obtusa y plana y unas interpretaciones sonrojantes la cosa derivaría en un despropósito de dimensiones siderales. Aun así, funcionó bastante bien en un plano comercial porque el engendro nos regala el debut de la bellísima modelo y actriz californiana Carré Otis en unas secuencias de desnudo en las que brilla de manera deslumbrante. La modelo de 1´76 m de estatura inició su carrera a los 16 años y apareció en la portada de Elle en 1986.

     
     A partir de entonces, todas las revistas de moda requirieron su concurso, incluso Playboy por motivos más que evidentes. Dos años después de intervenir en esta película se casa con Mickey Rourke, un turbulento y escandaloso matrimonio que duró seis años y que la modelo detalla en un libro autobiográfico, en donde cuenta los maltratos físicos y psicológicos que sufrió por parte del actor, y cómo intentó suicidarse con un cóctel de somníferos y alcohol y su temprana adicción a la heroína. Carré, que ahora tiene 49 años, ha declarado que no le guarda rencor. Pero en 1990 la actriz tenía 22 años y Rourke 38, aun así entre la pareja parecía existir química y el glamour que rodea a los estrellas de cine, a pesar de que Mickey Rourke había comenzado ya su etapa de decadencia, con sus ridículos en los cuadriláteros y sus adicciones a las drogas y el alcohol.

    
    Orquídea salvaje es un engendro pretencioso, irritante y de un pobre esteticismo, jamás supera las cotas mínimas de los valores cinematográficos exigibles y ni siquiera guarda una cierta coherencia argumental, pues la trama es sólo es un pretexto para desarrollar varias escenas tórridas y perversas a las que ni la fotografía pone énfasis  y que están punteadas por una plúmbea banda sonora. Todo está contado sin gracia ni talento y lo primero que hace la “ingenua” protagonista nada más llegar al hotel de Río es tener un ardiente encuentro con un atractivo brasileño. 


     Chirría, por otra parte, el aislamiento en el que vive Rourke (con el aro en la oreja y su rosario en la mano) y su fobia a tocar a las mujeres, sin embargo, se nos presenta como un pervertido sexual. Tal vez, el aficionado voyeur piense que todo se puede dar por amortizado si se puede disfrutar de escenas de alto voltaje como la que clausura el film y que se impone como la más cuidada de la función junto con el paseo en Harley por las rutas de Río de Janeiro. En fin, seducción, dominación, prostitución y voyeurismo para un relato que jamás encuentra la nota dramática y que ni el concurso de Jacqueline Bisset y Asumpta Serna logran evitar el más absoluto desastre.  


lunes, 13 de marzo de 2017

CRÍTICA: "KONG: LA ISLA CALAVERA" (Jordan Vogt-Roberts, 2017)


"KONG: SKULL ISLAND" êêê


El director norteamericano Jordan Vogt-Roberts será el encargado de trasladar a la pantalla grande el popular juego de Konami Metal Gear Solid que, en principio, tiene previsto su estreno para este año y que tiene ansiosos a los fans. Curtido en el campo de la televisión en series como Death Valley y Eres lo peor, su debut en el largometraje se produjo con Los reyes del verano (2013), un interesante relato sobre tres adolescentes que se van a vivir a una cabaña en el bosque independizándose de sus padres para disfrutar de una vida salvaje al margen de las normas de la sociedad.

       
   Si Vogt-Roberts ha podido enfrentarse con éxito a una producción descomunal como Kong: La Isla Calavera, puede hacer frente a otros proyectos de envergadura sin que le tiemble el pulso. Y es que esta tercera versión de la mítica cinta de 1933 pergeñada por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack ha contado con un presupuesto de 200 millones de dólares y desprende un agradable aroma a serie B, una monster movie entretenidísima que fusiona con ingenio a clásicos como Apocalypse Now, Jurassic Park y la leyenda fundacional de King Kong, una sugerente miscelánea no exenta de magia, aventura y poesía.

    
   Kong: La Isla Calavera nos sitúa en el año 1973 cuando se acaba de firmar el armisticio por la Guerra de Vietnam. Es entonces cuando un variopinto grupo de exploradores y soldados es reclutado para viajar a una isla remota del Pacífico. Entre ellos se encuentran el capitán James Conrad (Tom Hiddleston), el teniente coronel Packard (Samuel L. Jackson) y una reportera fotográfica, Mason Weaver (Brie Larson). Al incursionar en la misteriosa isla, el grupo se encontrará con algo realmente sorprendente. Sin saberlo se están adentrando en los dominios del mítico Kong, el gorila rey gigante de la isla. Será Marlow (John C. Reilly), un peculiar habitante del lugar que está en la isla desde la segunda gran guerra, quien les enseñará los secretos de la Isla Calavera, además del resto de criaturas monstruosas que la habitan.


      Con guiños y homenajes constantes a “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad y su magistral adaptación a la pantalla grande con el título de Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979), no sólo en el espectacular despliegue de helicópteros al que pone la banda sonora clásicos del rock de los 70, también en el nombre de Conrad de Hiddleston y Marlow de John C. Reilly, autor y protagonista de la excelente obra literaria, haciendo uso de un humor agudo y rehuyendo la vana pretenciosidad incluso en el dibujo de los personajes (meros arquetipos al servicio del espectáculo), Vogt-Roberts dota de un sentido lúdico a una historia que en ocasiones ha resultado demasiado pomposa, eliminando los michelines de las largas presentaciones (versión Peter Jackson) y apostando por un estilo chispeante y pulp que convierte en una montaña rusa de sensaciones la aventura vivida por un puñado de héroes de pacotilla que nos van a regalar algunos gags desternillantes. La ausencia de complejos hace que Kong: La Isla Calavera se imponga como un relato libérrimo que no da un solo momento de respiro al espectador, desarrollando una imaginación desbordante, gran sentido del suspense y rindiendo un sentido homenaje al mito fundacional, ese guardián de la isla convertido en muralla infranqueable entre los ritos de la salvaje civilización y la naturaleza virgen en toda su crudeza.

     
   Con momentos gloriosos (Samuel L. Jackson sosteniendo la mirada a Kong, Shea Whigham y el gag de las granadas, el momento íntimo de la reportera y Kong) y unos exuberantes efectos digitales, la función, de argumento simple pero eficaz concreción, se eleva como un viaje apasionante viaje hacia un recóndito lugar tan terrorífico como hermoso y lleno de amenazas (magnífica la escena de la araña gigante), un lugar donde el heroísmo patriotero no vale una mierda (“no hemos perdido la guerra, la hemos abandonado”, dice el patético militar encarnado por Samuel L. Jackson sobre Vietnam), Vogt-Roberts pone toda la carne en el asador para que la degusten los amantes de los blockbusters inteligentes, desplegando una imaginería visual apabullante desde el primer y trágico ataque a Kong de los helicópteros, que como todas la secuencias de acción está rodada con un realismo insultante. Kong: La Isla Calavera es evasión pura y dura, una agradable sorpresa.