martes, 14 de marzo de 2017

JOYAS DEL CINE ERÓTICO: “ORQUIDEA SALVAJE” (1990)


    Zalman King (1942-2012), actor, escritor, guionista y director estadounidense que había colaborado con Adrian Lyne en el guión de Nueve semanas y media (1986) y conocido por incluir el erotismo en casi todas sus películas, dirigió en 1990 este fallido film con un guión propio  y de Patricia Louisianna Knopp, una historia que nos presenta a Emily Redd (Carré Otis) una joven y hermosa abogada que viaja a Río de Janeiro acompañada de Claudia (Jacqueline Bisset) una importante mujer de negocios, para cerrar un trato multimillonario. En Brasil, no puede sustraerse a la sensualidad que la rodea. Un antiguo amor de Claudia, Wheeler (Mickey Rourke) guiará a Emily a través de un mundo excitante que desatará en ella sus más primitivos deseos.

     
    Suponemos que lo que deseaba Zalman King con este truño era repetir el apoteósico éxito en taquilla de Nueve semanas y media, pero también era fácil adivinar que con un guión tan zarrapastroso, una dirección tan obtusa y plana y unas interpretaciones sonrojantes la cosa derivaría en un despropósito de dimensiones siderales. Aun así, funcionó bastante bien en un plano comercial porque el engendro nos regala el debut de la bellísima modelo y actriz californiana Carré Otis en unas secuencias de desnudo en las que brilla de manera deslumbrante. La modelo de 1´76 m de estatura inició su carrera a los 16 años y apareció en la portada de Elle en 1986.

     
     A partir de entonces, todas las revistas de moda requirieron su concurso, incluso Playboy por motivos más que evidentes. Dos años después de intervenir en esta película se casa con Mickey Rourke, un turbulento y escandaloso matrimonio que duró seis años y que la modelo detalla en un libro autobiográfico, en donde cuenta los maltratos físicos y psicológicos que sufrió por parte del actor, y cómo intentó suicidarse con un cóctel de somníferos y alcohol y su temprana adicción a la heroína. Carré, que ahora tiene 49 años, ha declarado que no le guarda rencor. Pero en 1990 la actriz tenía 22 años y Rourke 38, aun así entre la pareja parecía existir química y el glamour que rodea a los estrellas de cine, a pesar de que Mickey Rourke había comenzado ya su etapa de decadencia, con sus ridículos en los cuadriláteros y sus adicciones a las drogas y el alcohol.

    
    Orquídea salvaje es un engendro pretencioso, irritante y de un pobre esteticismo, jamás supera las cotas mínimas de los valores cinematográficos exigibles y ni siquiera guarda una cierta coherencia argumental, pues la trama es sólo es un pretexto para desarrollar varias escenas tórridas y perversas a las que ni la fotografía pone énfasis  y que están punteadas por una plúmbea banda sonora. Todo está contado sin gracia ni talento y lo primero que hace la “ingenua” protagonista nada más llegar al hotel de Río es tener un ardiente encuentro con un atractivo brasileño. 


     Chirría, por otra parte, el aislamiento en el que vive Rourke (con el aro en la oreja y su rosario en la mano) y su fobia a tocar a las mujeres, sin embargo, se nos presenta como un pervertido sexual. Tal vez, el aficionado voyeur piense que todo se puede dar por amortizado si se puede disfrutar de escenas de alto voltaje como la que clausura el film y que se impone como la más cuidada de la función junto con el paseo en Harley por las rutas de Río de Janeiro. En fin, seducción, dominación, prostitución y voyeurismo para un relato que jamás encuentra la nota dramática y que ni el concurso de Jacqueline Bisset y Asumpta Serna logran evitar el más absoluto desastre.  


lunes, 13 de marzo de 2017

CRÍTICA: "KONG: LA ISLA CALAVERA" (Jordan Vogt-Roberts, 2017)


"KONG: SKULL ISLAND" êêê


El director norteamericano Jordan Vogt-Roberts será el encargado de trasladar a la pantalla grande el popular juego de Konami Metal Gear Solid que, en principio, tiene previsto su estreno para este año y que tiene ansiosos a los fans. Curtido en el campo de la televisión en series como Death Valley y Eres lo peor, su debut en el largometraje se produjo con Los reyes del verano (2013), un interesante relato sobre tres adolescentes que se van a vivir a una cabaña en el bosque independizándose de sus padres para disfrutar de una vida salvaje al margen de las normas de la sociedad.

       
   Si Vogt-Roberts ha podido enfrentarse con éxito a una producción descomunal como Kong: La Isla Calavera, puede hacer frente a otros proyectos de envergadura sin que le tiemble el pulso. Y es que esta tercera versión de la mítica cinta de 1933 pergeñada por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack ha contado con un presupuesto de 200 millones de dólares y desprende un agradable aroma a serie B, una monster movie entretenidísima que fusiona con ingenio a clásicos como Apocalypse Now, Jurassic Park y la leyenda fundacional de King Kong, una sugerente miscelánea no exenta de magia, aventura y poesía.

    
   Kong: La Isla Calavera nos sitúa en el año 1973 cuando se acaba de firmar el armisticio por la Guerra de Vietnam. Es entonces cuando un variopinto grupo de exploradores y soldados es reclutado para viajar a una isla remota del Pacífico. Entre ellos se encuentran el capitán James Conrad (Tom Hiddleston), el teniente coronel Packard (Samuel L. Jackson) y una reportera fotográfica, Mason Weaver (Brie Larson). Al incursionar en la misteriosa isla, el grupo se encontrará con algo realmente sorprendente. Sin saberlo se están adentrando en los dominios del mítico Kong, el gorila rey gigante de la isla. Será Marlow (John C. Reilly), un peculiar habitante del lugar que está en la isla desde la segunda gran guerra, quien les enseñará los secretos de la Isla Calavera, además del resto de criaturas monstruosas que la habitan.


      Con guiños y homenajes constantes a “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad y su magistral adaptación a la pantalla grande con el título de Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979), no sólo en el espectacular despliegue de helicópteros al que pone la banda sonora clásicos del rock de los 70, también en el nombre de Conrad de Hiddleston y Marlow de John C. Reilly, autor y protagonista de la excelente obra literaria, haciendo uso de un humor agudo y rehuyendo la vana pretenciosidad incluso en el dibujo de los personajes (meros arquetipos al servicio del espectáculo), Vogt-Roberts dota de un sentido lúdico a una historia que en ocasiones ha resultado demasiado pomposa, eliminando los michelines de las largas presentaciones (versión Peter Jackson) y apostando por un estilo chispeante y pulp que convierte en una montaña rusa de sensaciones la aventura vivida por un puñado de héroes de pacotilla que nos van a regalar algunos gags desternillantes. La ausencia de complejos hace que Kong: La Isla Calavera se imponga como un relato libérrimo que no da un solo momento de respiro al espectador, desarrollando una imaginación desbordante, gran sentido del suspense y rindiendo un sentido homenaje al mito fundacional, ese guardián de la isla convertido en muralla infranqueable entre los ritos de la salvaje civilización y la naturaleza virgen en toda su crudeza.

     
   Con momentos gloriosos (Samuel L. Jackson sosteniendo la mirada a Kong, Shea Whigham y el gag de las granadas, el momento íntimo de la reportera y Kong) y unos exuberantes efectos digitales, la función, de argumento simple pero eficaz concreción, se eleva como un viaje apasionante viaje hacia un recóndito lugar tan terrorífico como hermoso y lleno de amenazas (magnífica la escena de la araña gigante), un lugar donde el heroísmo patriotero no vale una mierda (“no hemos perdido la guerra, la hemos abandonado”, dice el patético militar encarnado por Samuel L. Jackson sobre Vietnam), Vogt-Roberts pone toda la carne en el asador para que la degusten los amantes de los blockbusters inteligentes, desplegando una imaginería visual apabullante desde el primer y trágico ataque a Kong de los helicópteros, que como todas la secuencias de acción está rodada con un realismo insultante. Kong: La Isla Calavera es evasión pura y dura, una agradable sorpresa.


sábado, 11 de marzo de 2017

CRÍTICA: “THE ASSIGNMENT” (Walter Hill, 2016)

   

     El regreso a la dirección del veterano Walter Hill tras la olvidable Una bala en la cabeza (2012) irregular action movie creada para mayor gloria de Sylvester Stallone soltando mamporros, es ésta peliculita de serie B que nos presenta a un asesino a sueldo de élite Frank Kitchen (Michelle Rodríguez barbuda) que tras ser traicionado por unos gángsters liderados por John “El Honesto” (Anthony Lapaglia) es enviado a un cirujano plástico con la licencia retirada, la Dra. Rachel Kay (Sigourney Weaver) que le convierte en una mujer. Ahora, transformada y con otra identidad pero con su genética de asesino implacable, buscará la venganza ayudada por Johnnie (Caitlin Gerard) una enfermera que también oculta sus propios secretos.


      Con música de Ry Cooder y un libreto escrito por Denis Hamill y el propio Hill, The Assignment cuenta con un ajustadísimo presupuesto de 5 millones de dólares y tiene como mayor atractivo  ver a la hermosa Michelle Rodríguez totalmente desnuda por primera vez en su carrera y en su doble papel de hombre y mujer en una de las peores labores de maquillaje que se han visto en una pantalla de cine: primero en su papel  de asesino letal y gatillo fácil: más tarde, reconvertida en una mujer con sed de venganza que irá eliminando uno tras otro a todos los que participaron en la operación que le ha transformado en mujer en contra de su voluntad. Y lo hará con la determinación de un loco.


     Olvidándonos de la polémica de los grupos trans, la función no puede ser considerada transfóbica, sólo un clásico thriller de venganza, pues es imposible obviar que despertar con el sexo opuesto puede ser una experiencia terriblemente traumática para mucha gente. Y ese es el tema central de la película.


      Con Sigourney Weaver interpretando bien el papel de doctora fría, calculadora, sarcástica y pragmática, que desprecia a todo el mundo desde su atalaya de superioridad intelectual, The Assignment es una película de acción rebosante de violencia seca y contundente en la que el odio y la traición se mezclan con cuestiones psicológicas y filosóficas derivadas del salvaje cambio de sexo que le practican a la protagonista y las razones de la doctora para llevar a cabo tal acción. Por supuesto que no hay que tomarse muy en serio la propuesta, que sólo es un divertimento extravagante con cierto tono ochentero, con set pieces de acción bastante simples, la utilización del flash back para explicar lo innecesario y unas extraordinarias carátulas comiqueras intercaladas que ponen énfasis en la condición de serie B de la producción, y que puede elevarse como un pequeño film de culto para muchos aficionados.