lunes, 27 de febrero de 2017

JOYAS DEL CINE ERÓTICO: “EL CARTERO SIEMPRE LLAMA DOS VECES” (1981)


“THE POSTMAN ALWAYS RINGS TWICE” (Bob Rafelson, 1981)
     

     El clásico de la novela negra de James M. Cain ya tuvo una excelente adaptación a la pantalla grande en 1946 de la mano de Tay Garnett, que protagonizada por la mítica Lana Turner y el no menos legendario John Garfield está considerada la mejor película de la filmografía de un autor que nunca volvió a rayar a tanta altura, consiguiendo una de las mejores muestras de cine negro de la época dorada de Hollywood. Si estas palabras parecen estar escritas con cemento, no es menos cierto que Bob Rafelson consigue con este remake una de sus obras más celebradas, recordadas y valoradas junto a Mi vida es mi vida (1970) con el protagonismo también de Jack Nicholson.

       
   La trama nos sitúa en los Estados Unidos durante la época de la Gran Depresión. Hasta un restaurante situado en una carretera secundaria llega el vagabundo Frank Chambers (Jack Nicholson). El dueño, Nick Papadakis (John Colicos) un inmigrante griego, le ofrece trabajo, pero él lo rechaza. Sin embargo, cuando ve a la mujer del propietario, Cora (Jessica Lange) decide aceptar, se enamora perdidamente de ella y desea que sea solo y exclusivamente suya, aunque eso implique matar al marido. Ambos traman el asesinato perfecto, pero finalmente no todo saldrá como habían imaginado.

     
     Aceptable muestra del cine neo-noir ochentero que es sobre todo memorable por el potencial erótico de Jessica Lange –una derramaplaceres absolutamente exquisita y sensual que nos regala esa ya mitológica secuencia que se desarrolla sobre la camilla de la cocina toda rebozada de harina- más que por los códigos de una intriga criminal mucho mejor desarrollados en el film de Garnett y en la que fue la primera adaptación cinematográfica de la novela de Cain, Ossessione (Luchino Visconti, 1943), que representó el debut del realizador italiano y que está considerada como una obra seminal del movimiento neorrealista. Cora encuentra la horma de su zapato  en Frank (un Jack Nicholson más contenido que de costumbre), dos almas en la hoguera que víctimas de su avaricia, del desarraigo, de su pasión desmedida, de los sombríos tiempos que les ha tocado vivir, inician una tórrida relación a espaldas del marido de Cora, un tipo vulgar que carece de atractivo físico, mucho mayor que ella y que no puede satisfacerla. Así, la atracción física imanta la primera parte de la función poniendo énfasis en las miradas, en la gestualidad corporal y en la química incendiaria de las distancias cortas.

      
     El guión del dramaturgo David Mamet centra su atractivo en el torrente pasional que brota de la pareja de amantes, que irá in crescendo al mismo tiempo que la progresión dramática y la intriga, lugar común para todo buen cinéfilo y amante de la novela negra. Aun así, hay momentos de gran poder emocional en la relación de unos personajes que movidos por el deseo y la ambición, pronto imaginamos que caminan tocados por el fatalismo y la maldición. El cartero siempre llama dos veces es la historia de un sin techo, un vividor, un buscavidas con un rosario de antecedentes penales y una camarera prisionera de una vida gris e insatisfactoria que la oprime, pero es también la historia de un crimen chusco que no dejará que la pareja viva con plenitud su amor porque el destino golpea dos veces. Toda la función está bañada por una atmósfera sórdida y desesperanzada, consecuente con un final tan absurdo y demoledor como la vida de los ordinarios protagonistas y sus imposibles sueños, un final que cubre con un manto de fracaso y pesimismo el drama existencial de dos perdedores.

domingo, 26 de febrero de 2017

CRÍTICA: "T2: TRAINSPOTTING" (DannyBoyle, 2017)


T2: TRAINSPOTTINGêêê


     Trainspotting (Danny Boyle, 1996) fue uno de los más apoteósicos éxitos de crítica y público de la década de los 90. Su director, que había comenzado en el campo de la televisión dirigiendo capítulos de series británicas, acertó de pleno adaptando a la pantalla grande la novela de Irvine Welsh con un excelente libreto de John Hodge sobre las correrías de cinco jóvenes escoceses y su relación con la droga (especialmente la heroína), el sexo y la violencia. Pero antes de esta magnífica película, Danny Boyle ya había sorprendido a propios y extraños con su potente ópera prima, Tumba abierta (1994), una cinta que entre el thriller y la comedia negra sirvió para lanzar a la fama a su protagonista y, en menor medida, a otros jóvenes intérpretes británicos.


      Veinte años después, nos entrega esta secuela que, con un guión también de Hodge, nos narra cómo transcurrido ese tiempo desde que Renton (Ewan McGregor) abandonara Escocia y la heroína, vuelve a su Edimburgo natal con el objetivo de rehacer su vida y reencontrarse con sus amigos de toda la vida: David “Spud” Murphy (Ewen Bremmer) y Simon “Sick” Boy Williamson (Jason Lee Miller), al mismo tiempo que Francis “Franco” Begbie (Robert Carlyle) sale de prisión con sed de venganza.


      Basada en “Porno”, la siguiente novela de Irvine Welsh, era previsible que T2: Trainspotting se nos presentara como una secuela de tono nostálgico y melancólico, tanto en el desarrollo de la trama como en las sensaciones evocadoras de los aficionados. Era fácil predecirlo porque como los personajes, todos somos más viejos, menos entusiastas y estamos más cansados. Es cierto que este reencuentro de los viejos amigos no nos procura ninguna escena verdaderamente memorable (de esas que el film seminal nos regalaba una tras otra), que tal vez esta secuela no era necesaria y que tendrá muy poco sentido para quien no haya visto el film original, a los que no les dirán nada las imágenes intercaladas de aquella que nos reubican en el tiempo.


   T2 no descubre la pólvora ni lo pretende, y debe ser entendida como un autohomenaje, un guiño apenas irreverente a aquel momento de efervescencia sublime en el que no importaba el futuro, y las drogas, el dinero, el sexo y la música lo eran todo para una generación empeñada en vivir deprisa para dejar un bonito cadáver. Al fin, una mirada melancólica al retrovisor para comprender el presente de unos personajes que ni eran tan nihilistas ni tan autodestructivos, pero sí muy efusivos e insensatos.


       Salvo Tommy, el único del grupo que se quedó por el camino, todos, Renton, Simon, Spud han hecho lo imposible por sobrevivir, es decir, “eligieron la vida”, una vida que a ninguno de ellos ha tratado bien, y  es por eso que Renton vuelve a la ciudad y el barrio que le vio nacer y crecer, para reencontrarse consigo mismo pero también para reconocer ante sus amigos una verdad lacerante: nada de lo que ha hecho desde entonces ha mejorado su vida, y la sensación de fracaso le impide  escuchar el mítico tema de Iggy Pop “Lust for Life”, que sólo tendrá agallas para escuchar al final de la función inflamándose de optimismo.


       Tras otra retahíla verborréica ante la bella Verónica (Anjela Nedyalkova) no tan excelsa como la del film original pero igual de cáustica y punzante sobre estos tiempos banales de paranoia tecnológica. Renton paga las cuentas pendientes y se enfrenta al psicópata de Franco, pero sabe que es la sombra de lo que un día fue, un holograma autorreferencial, un eco apenas audible, pero qué es la vida sino un eterno déjà vu, una dolorosa obsesión por recuperar las esencias perdidas.   

viernes, 24 de febrero de 2017

CRÍTICA: “NOCTURAMA” (Bertrand Bonello, 2016)


La película que se negó a programar el Festival de Cannes

NOCTURAMA êêê

     
    Pienso, como Immanuel Kant, que el arte debe mostrarlo todo a pesar del horror que puede provocar. Así, no entendí que Nocturama fuera despreciada para su exhibición en el Festival de Cannes debido a los terribles atentados terroristas que asolaron la capital francesa y que estaban aún recientes. Bertrand Bonello, cuya mejor película sigue siendo para este cronista Casa de tolerancia (2011), nos sitúa en París una mañana cualquiera. Allí, un grupo de adolescentes de diversa procedencia pululan por el metro y otros lugares de la capital actuando de una manera extraña pero sincronizada. Al parecer todo obedece a un plan. Sus gestos, sus acciones son siempre precisas, se reúnen en el mismo lugar, unos grandes almacenes, a la hora del cierre. Varios lugares fácticos saltan por los aires. París entra en erupción. La noche acaba de comenzar.

       
     Nocturama sí fue exhibida en el pasado Festival de San Sebastián representando una grata sorpresa para algunos críticos y espectadores. Me quedo a medias, pues el inconformismo y desencanto de una generación se eleva como una fabulosa coartada para las acciones terroristas –y los daños colaterales- que llevan a cabo un puñado de chavales -que son tildados de enemigos del Estado- carecen de una justificación política real y de peso para dar una cobertura razonada a tan tremendos atentados contra el presidente de un banco, el Ministerio del Interior e incluso la dorada estatua de Juana de Arco. Su rabia no parece tener un soporte consistente sobre todo en Francia, tal vez el país en el que mejor se vive del mundo y que se ve acechado por las zarpas de la ultraderecha más ultramontana y se ha convertido en uno de los objetivos principales del terrorismo yihadista aunque nada tiene que ver aquí con la historia narrada.

     
   Es cierto que Bonello no toma partido y desarrolla su propio guión con un estilo documentalista, que plantea, reflexiona e interroga sin aportar respuestas ni soluciones, que todo puede suceder como consecuencia de la decadencia política, social y económica de una sociedad que vive de espaldas a las miserias humanas, pero la furia e incluso el odio que atesoran las generaciones jóvenes no pueden servir de pretexto para la denuncia desaforada ni mucho menos para tan salvaje como estéril respuesta

      
    Por supuesto, el castigo para los jóvenes protagonistas será contundente, expeditivo y sin asomo de piedad. De esta forma el discurso de Bonello adquiere una alarmante coherencia si se compara con la impunidad con la que actúa el desalmado sistema hipercapitalista, amparado por las leyes y la justicia. Resulta curioso e incluso extravagante el caótico encierro que protagonizan el grupo de muchachos en un lugar tan icónico del capitalismo como lo son unos grandes almacenes, un quilombo que no puede pasar desapercibido para las fuerzas de seguridad y que contrasta brutalmente con la medida y exquisita precisión en la planificación de los atentados. Al final, la función deja claro que son sólo críos que obnubilados se dejan hipnotizar por el embrujo consumista y hedonista en un islote creado para ese fin. Lo que acabará delatándoles y actuando como reflejo patético y a la vez frívolo del presagio de la muerte. El Estado y la Banca siempre ganan.