jueves, 16 de febrero de 2017

JOYAS DEL CINE ERÓTICO: “TOKYO DECADENCE” (1992)



"TOKYO DECADENCE" (Ryu Murakami, 1992)
     

     Para ser un director japonés, Ryu Murakami no es un autor prolífico. Debutó en el año 1979 con el drama Almost Transparent Blue, y desde entonces sólo ha realizado cinco largometrajes, el último en 1996, Kyoko. En 1992 estrenó su película más conocida en Occidente, Tokyo Decadence, un drama erótico que nos presenta a Ai (Miho Nikaido) una bella y tímida universitaria de 22 años que ejerce de prostituta especializada en BSDM (Bondage y Disciplina; Dominación y Sumisión; Sadismo y Masoquismo) y se dedica a satisfacer cualquier fantasía de sus ricos y poderosos clientes. Por muy perversa que ésta sea.

     
    A pesar de su oficio, ella conserva cierta inocencia y no deja de sorprenderse ante las cosas que le obligan a hacer para ganarse su salario, y por ello se siente infeliz y sabe que debe encontrar otra vía para conseguir ingresos y de paso poder centrarse en Sudoh, el hombre que ama.


   Tokyo Decadence nos presenta en sus dos primeros tercios cuatro secuencias sexuales en las que se emplean dildos, espejos y se practica la asfixia erótica, en acciones que alternan a la mujer y el hombre en el papel de dominante o sumiso. No obstante, la historia gira sobre el amor no correspondido de Ai con un artista casado que rompió la relación con ella. En el comienzo de la función, Ai visita a una adivina que le da varios consejos. Uno de ellos es que encuentre una piedra rosa y forme con ella un anillo. Más tarde. Ai pierde el anillo y arriesga su vida para recuperarlo. En el último tercio vemos a la protagonista bajo la influencia de una droga dirigiéndose a la casa del artista por el que suspira, pero no revelaré como se resuelve el tema de la bella e ingenua prostituta y el artista.

          
    Película al mismo tiempo erótica y enfermiza, Tokyo Decadence basa todo su efecto en explotar la inocencia de Ai, su búsqueda de la pureza del amor y el contraste con la visión perversa del Tokyo nocturno, rebosante de vicios y tentaciones. Un Tokyo tan moderno como inquietante, atravesado por chillonas luces de neón, consumista y sin alma. Murakami combina lo bizarro y obsceno  con un impactante look visual, para otorgar vida y atmósfera a una historia ceremoniosa; el ritualismo de la cultura japonesa y las secretas perversiones nocturnas. Estamos, amigo lector, ante un film de indudable tono voyeurista (observen las imágenes), un artefacto ideado para fetichistas redomados que ven en Ai y su proyección como animal sexual irresistible su sueño más codiciado… Sin dibujos profundos de personajes, pero con una mirada lasciva, enfermiza y, tal vez debido a ello, sugerentemente frívola.  

martes, 14 de febrero de 2017

JESSICA ALBA EN “EL DEMONIO BAJO LA PIEL”


“THE KILLER INSIDE ME”
(Michael Winterbottom, 2010)

     
   Adaptación del clásico de la novela negra “The killer inside me” del especialista Jim Thompson, que ya tuvo una versión cinematográfica en 1976, El asesino dentro de mí (Burt Kennedy), y que dirigida por el irregular y fluctuante Michael Winterbottom, que sólo en contadas ocasiones ha demostrado ser un cineasta con talento: Wonderland, 24 Hour Party People.  

   
     El demonio bajo la piel nos sitúa en 1957 en Central City, una pequeña ciudad petrolera al oeste de Texas. En ese aburrido microcosmos nos encontramos con Lou Ford (Casey Affleck), el ayudante del sheriff, un tipo afable y sencillo, que empieza a sufrir los ataques de la enfermedad que le llevó a cometer un crimen en su juventud.


     La América profunda es recreada aquí con exultante realismo, un escenario que acoge una negrísima y brutal trama que tiene como protagonista a un vulgar, ramplón, cínico, frío y bestial representante de la ley, un psicópata encarnado con notable eficacia y sadismo por Casey Affleck, figura cruel y despiadada que protagoniza dos de las palizas más naturalistas, creíbles y terroríficas de la historia del cine, tan insoportables y salvajes que buena parte del público salió en desbandada de la sala cuando asistí al estreno, sobre todo tras la tremenda tunda que recibe Jessica Alba.


      Pero Lou Ford tiene la máscara de la sonrisa, fachada que esconde al atroz y sanguinario asesino que habita bajo su piel, dueño de una mirada limpia, casi inocente, que camufla el Mal en su estado puro, una mente perversa y una moral desvencijada absolutamente inmune al arrepentimiento y la redención. El demonio bajo la piel no es una película redonda, pero si un ejercicio de estilo dotado de una atmósfera malsana y un acertado uso de la voz en off del propio Lou Ford. Chirría un poco el machacón recurso del flash back en un intento por explicar el pozo fecal de donde brota tanta violencia y ferocidad en un tipo de aspecto intachable, un poco tonto y paleto, pero con tal apariencia de buen chico que obtendría la bendición de cualquier madre como novio de su hija. En contraste con el anodino, soso y gélido Lou Ford, nos encontramos con un elenco fascinante de féminas encabezado por Kate Hudson y Jessica Alba, que derrochan un flujo sensual absolutamente electrizante.


domingo, 12 de febrero de 2017

CRÍTICA: "CINCUENTA SOMBRAS MÁS OSCURAS" (James Foley, 2017)


FIFTY  SHADES DARKERê
     

    Segunda entrega de la saga cinematográfica basada en la trilogía literaria de E.L. James que nos narra la relación de la recién graduada universitaria Anastasia Steele (Dakota Johnson) y el joven magnate de los negocios Christian Grey (Jamie Dornan) que comienza justo donde lo dejó la primera, con Anastasia abrumada y desolada ante el poder que ejerce sobre ella el misterioso Christian, en una relación que ha derivado en un peligroso juego de dominación sexual. Es por eso que la joven decide alejarse de él lo máximo posible y empezar desde cero una nueva vida. Tras esa ruptura, acepta un trabajo en una editorial de Seattle. Allí conoce a Jack Hyde, su jefe, que poco a poco se encapricha con ella e intenta seducirla a toda costa para disgusto de Christian. Mientras lucha contra sus propios demonios, el joven no se quita a Ana de la cabeza, y ella debe enfrentarse a la ira que le provocan todas las mujeres que la precedieron como amantes/sumisas de Grey.      


        Debe extrañar mucho (no a mí, por razones que me niego a explicar) el predicamento que tienen estos engendros machistas entre el público femenino cuando tantas asociaciones feministas demuestran tener la piel tan fina al denunciar todos los días una retahíla de nimiedades ridículas. En Cincuenta sombras más oscuras nos encontramos con más ñoñería romántica que en su predecesora y resulta en todos los aspectos menos desafiante, sobre todo en la vertiente sadomasoquista, pero permanece inalterable la condición de sumisa de Ana entregada de nuevo al dominio de un Christian Grey dotado del poder omnímodo que le otorga su enorme fortuna, pues está claro que esto es lo más atractivo para ella. Es fácil observar que en las planificadas escenas sexuales los dos protagonistas se encuentran incómodos y de ahí la simpleza, la falta de pasión y la escasez de química que proyectan.


      Jamie Dornan es un buen actor (quien tenga dudas que vea la serie La caza), pero aquí solo necesita lucir su esculpido cuerpo y aprenderse una escueta y ramplona línea de diálogos para poner a prueba la escasa resistencia de Anastasia, que sólo tiene que dejarse llevar. Christian Grey está arrepentido y desea volver a poseer a Anastasia y dejar atrás su eterna angustia por una infancia traumática que se adueña de sus sueños para convertirlos en pesadillas. La pobre intriga de la película va a depender más del grado de sumisión de ella que de las elucubraciones sobre ese villano al que apunta el final de la función para la próxima secuela. 


   Lo que debería ser una apetecible muestra de cine guarrindongo sólo es cine tonto y vulgar (como esas bolas chinas cuya función desconoce la ingenua universitaria), y las embestidas sexuales de un Christian amante del látigo y las pinzas para los pezones, sus recuerdos tormentosos, la jornada en un yate de lujo, la escasa progresión dramática y unas subtramas colgadas en el vacío hacen de esta película (por llamarla de alguna manera) una de las peores experiencias cinematográficas de los últimos años, y tal vez uno de los artefactos más misóginos que se han visto en una pantalla de cine, que además cuenta con el fervor y la bendición de un público femenino que llena a reventar las salas.


    Como invento literario, las novelas eróticas de E.L. James son material de deshechos, literatura de aeropuerto o quiosco de lectura efímera que no deja ningún poso, pero esta esta segunda cinta que nos entrega James Foley (que hubiera tenido más sentido si estuviera dotada de humor y un tono autoparódico) se impone como una memez irritante para un público adulto que siendo consciente de que el material de base es un bodrio, espera al menos que se asuma un poco de riesgo con las imágenes en movimiento. 


    No es así, y Foley castra las escenas de sexo y desaprovecha personajes secundarios que podían haber dado mucho más juego, como es el caso de Kim Basinger (que parece la hija de Kim Basinger debido al botox y las operaciones que acumula) y que sólo está ahí como guiño a Nueve semanas y media, un ejemplo más lucido y lúcido de este subgénero softcore. Porque lo más terrible de Cincuenta sombras más oscuras no son sus nulos valores cinematográficos, sino que fracasa en su intento de poner verriondo al personal, lo peor que se puede decir de un producto fast food creado para pajilleros solitarios y reprimidas cuya educación castrante actúa de rémora para no dejar volar libre la cometa de sus fantasías.