Leo (Damien Bonnard) es un cineasta que mientras busca
lobos al sur de Francia es seducido por Marie
(India Hair) una pastora de espíritu libre. Transcurridos nueve meses de ese
encuentro, ella da a luz un bebé. Pero tras sufrir una depresión postparto y
convencida de que Leo no va a cambiar, de que va a seguir yendo y viniendo a su
antojo, toma la difícil decisión de abandonarlos. Entonces Leo se encuentra con
un bebé al que cuidar y sin ninguna ayuda. A través de una serie de inesperados
encuentros y problemas para encontrar la inspiración para su próxima película, Leo
hará lo que sea necesario para seguir en pie.
Quinto largometraje de Alain Guiraudie, que obtuvo el Premio
al Mejor Director por su anterior trabajo, El desconocido del lago (leer
crítica en este blog). Sin llegar a la altura de ésta, Rester vertical (mantenerse
vertical o mantenerse de pie) es un film que tiene un comienzo pero su
zigzagueante narrativa se aleja de academicismos y rígidos formulismos para
construir un relato libérrimo, caótico y de estructura radial en el que los personajes
entran y salen de la pantalla (sobre todo Leo) sin rumbo fijo víctimas de su
confuso estado mental y una profunda angustia existencial.
Una vez
más el sexo vertebra una historia que tiene como escenario la Francia rural, un
entorno por el que el director tiene debilidad; el sexo como un automatismo primario
pero también como un acto de entrega cercana a la compasión, objetivo al que
atiende una escena de sodomía que es lo más comentada de la cinta, y que
saltará a los titulares de la prensa local sobre la que Guiraudie lanza una
incendiaria denuncia. Leo no
encuentra ni el tiempo ni la inspiración ni las ganas de escribir ese guión que
los productores le reclaman, mucho menos cuando tiene su mente escindida entre
el cuidado del bebé y algunos asuntos que considera éticamente inaplazables. Sus
problemas no los va a solucionar una peculiar psicóloga en el único segmento
cómico de la función.
Rester vertical supera todos los
esquematismos sociales para configurar una fábula que tiene al lobo como
símbolo de una amenaza latente (un pueblo de corderos engendra un gobierno de
lobos), al que el hombre tiene que encarar manteniéndose de pie, sin miedo, con
dignidad. De ahí ese final con un mensaje político tan rotundo y expresivo como
heróico, tan hermoso como valiente, tan lírico como ilusionante.
Son muchos los aficionados
que me comentan que sin estar considerada por casi nadie una de las actrices
más bellas del Olimpo hollywoodiense, Jessica
Chastain (Sacramento, California, 24 de marzo de 1977) es, a punto de cumplir
los 40 años, una de las actrices que más verriondos les pone. Tal vez sea por
su pelo de fuego, su piel de nata, tal vez porque además de su escultural (y
natural) anatomía física, todos amamos a una de las actrices con mayores dotes
dramáticas de todo el panorama actual.
Lo cierto es que Jessica es
una gran actriz de teatro, cine y televisión que apareció allá por 2005 en un
capítulo de la serie Ley y orden, y ha participado en
films tan potentes como La deuda (John Madden, 2011), Take
Shelter (Jeff Nichols, 2011), El árbol de la vida (Terrence
Malick, 2011), Sin ley (John Hillcoat, 2012), La noche más oscura
(Kathryn Bigelow, 2012) por cuya actuación obtuvo el Globo de Oro a la Mejor
Actriz, El año más violento (J. C. Chandor, 2014), Interstellar (Christopher
Nolan, 2014) y Marte (Ridley Scott, 2015).
Jolene es un film aseado que sigue a
una huérfana de quince años, Jolene
(Jessica Chastain) que habiendo crecido en casas de acogida, emprende un largo
viaje de diez años a través de todo el país, cosechando experiencias en busca
del amor, padeciendo por el camino la angustia y enfrentándose a las pruebas que
le pone la vida. Película desconocida para el gran público pero que se impone
como un apreciable drama sobre la odisea vital de una preciosa adolescente que
ha pasado su infancia en hogares de acogida, y que una vez llegada la primera
juventud, vagabundea sin rumbo, tratando de dejar atrás su proceloso pasado. Dirigida
con buen pulso por Dan Ireland y
escrita por Dennis Yares según una obra de E. L. Doctorow, Jolene se ve surcada por
una serie de personajes interesantes que la joven se encuentra a su paso a lo
largo de un tormentoso itinerario existencial. Entre ellos un peculiar
matrimonio formado por Theresa Russell y Dermot Mulroney, una celadora lésbica
interpretada por Frances Fisher y un Chazz Palminteri en un personaje de mafiosillo que se le ajusta como un guante. Si eres un fan de Jessica, Jolene
es la película en la que más hermosa aparece.
La belleza más profunda se encuentra en las pequeñas cosas
“PATERSON” êêêê
Paterson es una ciudad que cuenta con
cerca de 150.000 habitantes y que está situada en el condado de Passaic (New
Jersey, Estados Unidos). Conocida como la ciudad de la seda, en ella se
encuentra la gran catarata del río Passaic y sus habitantes presumen de que en
esta ciudad, fundada en 1831, han nacido personajes tan famosos como el poeta
Allen Ginsberg y el actor Lou Costello, entre otros. El siempre peculiar Jim Jarmusch, firmante de títulos
míticos del cine independiente como Bajo el peso de la ley (1986), Mistery
Train (1989) y Noche en la tierra (1991) y de ese
extraño e hipnótico western titulado Dead Man (1995), sitúa en esa ciudad
su última y hermosa película que sirve de homenaje a las personas que, aun en
tiempos tan malos para la lírica, saben apreciar las cosas sencillas y
hermosas.
Paterson
(Adam Driver) trabaja como conductor de autobuses en Paterson (Nueva Jersey).
Cada mañana se levanta temprano y ejecuta la misma rutina: sin utilizar el
despertador se despierta y consulta su reloj de muñeca, da un beso a su mujer,
su amada Laura (Golshifteh
Farahani), desayuna, camina hasta su lugar de trabajo, conduce el autobús y
escribe en una libreta algunos poemas. Por la noche pasea al perro (Marvin, un personaje más de la función) y visita el
bar de su amigo, en donde se rinde homenaje a figuras clave de la ciudad, se
toma una cerveza y otra vez de vuelta a casa. Paterson, poeta en su tiempo
libre, vive tranquilo en su cotidiana existencia. Las repeticiones marcan su
diario discurrir, y su único compromiso es escribir unos poemas que proyectan
su visión del mundo, mientras vive una bella historia de amor junto a su mujer.
Mentiría si dijera que la nueva criatura de Jim Jarmusch
resulta accesible para toda clase de público, porque el asiduo espectador de
multisalas saldría echando sapos y culebras por la boca tras su visionado. Paterson
es una ciudad de Nueva Jersey, el nombre del protagonista del film y el título
de una de las obras más significativas del poeta William Carlos Williams, que
vivió en Paterson aunque no nació en
esta ciudad. Por lo que al mismo tiempo la película surca un espacio geográfico
particular, una filosofía de vida (la del protagonista) y un universo de
inspiración lírica. Dividida en siete capítulos que se corresponden con los
siete días de la semana, el espectador asiste a los ritos cotidianos de un
conductor de autobuses con ínfulas de poeta que escribe poemas sobre los
objetos más comunes (una caja de cerillas) o sobre las sensaciones de su
relación sentimental con la mujer amada, que tras la jornada laboral le espera
para contarle sus sueños e ilusiones, y que está empeñada en pintar todo lo que
está a su alcance.
Es como el
día de la marmota, siempre el mismo ritual, porque en esos planos reiterativos,
en la reminiscencia e impresiones déjà
vu se encuentra el latido de la vida, el embrujo profundo de las relaciones
humanas, el poder los sentidos, la esencia del amor en su extracto más íntimo y
perdurable. De la palabra hablada o escrita como cauce universal para servir de
guía a los pensamientos y los sentimientos… y así encontrar la verdad en las
cosas más simples y bellas.
Paterson (un pluscuamperfecto Adam
Driver dotando de sublimes matices a su personaje) no tiene ordenador ni
teléfono móvil ni le interesa internet ni las redes sociales. Jarmusch dibuja a
un hombre frente (y dentro) de su austero microcosmos: desayunando cereales,
desarrollando con responsabilidad su trabajo, conversando (siempre de manera
lacónica) con su mujer o el dueño del bar que frecuenta, escribiendo poemas en
sus ratos libres y rara vez le interesa alguna cosa extraña a ese entorno,
salvo cuando, de camino a su casa, se encuentra a una niña que como él escribe
poemas. Paterson no tiene coche, camina hasta su lugar de trabajo observando la
arquitectura urbana de Paterson o medita sentado frente a la gran catarata que
preside la ciudad, siempre es puntual sin necesidad de utilizar el despertador,
sólo obedece a los dictámenes de su corazón y aprovecha los tiempos muertos
para alimentar sus sueños, sin otra pretensión que dar sentido a la existencia.
Vale
la pena señalar el contraste entre la parquedad y hermetismo de Paterson y la
explosiva vitalidad de su mujer, siempre enérgica e inventando actividades de
dudoso gusto artístico para rellenar el tiempo, que pasa tan lentamente y sin
alteraciones reseñables en esa pequeña y gris ciudad con más pasado que futuro.
Paterson es una excelente película
que edifica su exiguo aparataje para alcanzar lo sustancial de la vida en un
tiempo tan extraño como vacuo: los besos y las caricias sobre la piel cálida al
despertar, el refugio del hogar, el silencio contemplativo… y los sueños, que
aunque envueltos con la forma de la mentira, reflejan nuestro espíritu de la
realidad.