martes, 7 de febrero de 2017

JESSICA CHASTAIN EN “JOLENE” (2008)

   
 
  Son muchos los aficionados que me comentan que sin estar considerada por casi nadie una de las actrices más bellas del Olimpo hollywoodiense, Jessica Chastain (Sacramento, California, 24 de marzo de 1977) es, a punto de cumplir los 40 años, una de las actrices que más verriondos les pone. Tal vez sea por su pelo de fuego, su piel de nata, tal vez porque además de su escultural (y natural) anatomía física, todos amamos a una de las actrices con mayores dotes dramáticas de todo el panorama actual.


Lo cierto es que Jessica es una gran actriz de teatro, cine y televisión que apareció allá por 2005 en un capítulo de la serie Ley y orden, y ha participado en films tan potentes como La deuda (John Madden, 2011), Take Shelter (Jeff Nichols, 2011), El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011), Sin ley (John Hillcoat, 2012), La noche más oscura (Kathryn Bigelow, 2012) por cuya actuación obtuvo el Globo de Oro a la Mejor Actriz, El año más violento (J. C. Chandor, 2014), Interstellar (Christopher Nolan, 2014) y Marte (Ridley Scott, 2015).

     
    Jolene es un film aseado que sigue a una huérfana de quince años, Jolene (Jessica Chastain) que habiendo crecido en casas de acogida, emprende un largo viaje de diez años a través de todo el país, cosechando experiencias en busca del amor, padeciendo por el camino la angustia y enfrentándose a las pruebas que le pone la vida. Película desconocida para el gran público pero que se impone como un apreciable drama sobre la odisea vital de una preciosa adolescente que ha pasado su infancia en hogares de acogida, y que una vez llegada la primera juventud, vagabundea sin rumbo, tratando de dejar atrás su proceloso pasado. Dirigida con buen pulso por Dan Ireland y escrita por Dennis Yares según una obra de E. L. Doctorow, Jolene se ve surcada por una serie de personajes interesantes que la joven se encuentra a su paso a lo largo de un tormentoso itinerario existencial. Entre ellos un peculiar matrimonio formado por Theresa Russell y Dermot Mulroney, una celadora lésbica interpretada por Frances Fisher y un Chazz Palminteri en un personaje de mafiosillo que se le ajusta como un guante. Si eres un fan de Jessica, Jolene es la película en la que más hermosa aparece.

  

domingo, 5 de febrero de 2017

CRÍTICA: "PATERSON" (Jim Jarmusch, 2016)


La belleza más profunda se encuentra en las pequeñas cosas
PATERSONêêêê


     Paterson es una ciudad que cuenta con cerca de 150.000 habitantes y que está situada en el condado de Passaic (New Jersey, Estados Unidos). Conocida como la ciudad de la seda, en ella se encuentra la gran catarata del río Passaic y sus habitantes presumen de que en esta ciudad, fundada en 1831, han nacido personajes tan famosos como el poeta Allen Ginsberg y el actor Lou Costello, entre otros. El siempre peculiar Jim Jarmusch, firmante de títulos míticos del cine independiente como Bajo el peso de la ley (1986), Mistery Train (1989) y Noche en la tierra (1991) y de ese extraño e hipnótico western titulado Dead Man (1995), sitúa en esa ciudad su última y hermosa película que sirve de homenaje a las personas que, aun en tiempos tan malos para la lírica, saben apreciar las cosas sencillas y hermosas.

    
    Paterson (Adam Driver) trabaja como conductor de autobuses en Paterson (Nueva Jersey). Cada mañana se levanta temprano y ejecuta la misma rutina: sin utilizar el despertador se despierta y consulta su reloj de muñeca, da un beso a su mujer, su amada Laura (Golshifteh Farahani), desayuna, camina hasta su lugar de trabajo, conduce el autobús y escribe en una libreta algunos poemas. Por la noche pasea al perro (Marvin, un personaje más de la función) y visita el bar de su amigo, en donde se rinde homenaje a figuras clave de la ciudad, se toma una cerveza y otra vez de vuelta a casa. Paterson, poeta en su tiempo libre, vive tranquilo en su cotidiana existencia. Las repeticiones marcan su diario discurrir, y su único compromiso es escribir unos poemas que proyectan su visión del mundo, mientras vive una bella historia de amor junto a su mujer.

    
    Mentiría si dijera que la nueva criatura de Jim Jarmusch resulta accesible para toda clase de público, porque el asiduo espectador de multisalas saldría echando sapos y culebras por la boca tras su visionado. Paterson es una ciudad de Nueva Jersey, el nombre del protagonista del film y el título de una de las obras más significativas del poeta William Carlos Williams, que vivió en Paterson aunque no nació  en esta ciudad. Por lo que al mismo tiempo la película surca un espacio geográfico particular, una filosofía de vida (la del protagonista) y un universo de inspiración lírica. Dividida en siete capítulos que se corresponden con los siete días de la semana, el espectador asiste a los ritos cotidianos de un conductor de autobuses con ínfulas de poeta que escribe poemas sobre los objetos más comunes (una caja de cerillas) o sobre las sensaciones de su relación sentimental con la mujer amada, que tras la jornada laboral le espera para contarle sus sueños e ilusiones, y que está empeñada en pintar todo lo que está a su alcance.


     Es como el día de la marmota, siempre el mismo ritual, porque en esos planos reiterativos, en la reminiscencia  e impresiones déjà vu se encuentra el latido de la vida, el embrujo profundo de las relaciones humanas, el poder los sentidos, la esencia del amor en su extracto más íntimo y perdurable. De la palabra hablada o escrita como cauce universal para servir de guía a los pensamientos y los sentimientos… y así encontrar la verdad en las cosas más simples y bellas.


       Paterson (un pluscuamperfecto Adam Driver dotando de sublimes matices a su personaje) no tiene ordenador ni teléfono móvil ni le interesa internet ni las redes sociales. Jarmusch dibuja a un hombre frente (y dentro) de su austero microcosmos: desayunando cereales, desarrollando con responsabilidad su trabajo, conversando (siempre de manera lacónica) con su mujer o el dueño del bar que frecuenta, escribiendo poemas en sus ratos libres y rara vez le interesa alguna cosa extraña a ese entorno, salvo cuando, de camino a su casa, se encuentra a una niña que como él escribe poemas. Paterson no tiene coche, camina hasta su lugar de trabajo observando la arquitectura urbana de Paterson o medita sentado frente a la gran catarata que preside la ciudad, siempre es puntual sin necesidad de utilizar el despertador, sólo obedece a los dictámenes de su corazón y aprovecha los tiempos muertos para alimentar sus sueños, sin otra pretensión que dar sentido a la existencia.

   
    Vale la pena señalar el contraste entre la parquedad y hermetismo de Paterson y la explosiva vitalidad de su mujer, siempre enérgica e inventando actividades de dudoso gusto artístico para rellenar el tiempo, que pasa tan lentamente y sin alteraciones reseñables en esa pequeña y gris ciudad con más pasado que futuro. Paterson es una excelente película que edifica su exiguo aparataje para alcanzar lo sustancial de la vida en un tiempo tan extraño como vacuo: los besos y las caricias sobre la piel cálida al despertar, el refugio del hogar, el silencio contemplativo… y los sueños, que aunque envueltos con la forma de la mentira, reflejan nuestro espíritu de la realidad.


sábado, 4 de febrero de 2017

SHAILENE WOODLEY EN “PÁJARO BLANCO DE LA TORMENTA DE NIEVE” (2014)


“WHITE BIRD IN A BLIZZARD” (Gregg Araki, 2014)
   

     
   Conocida por su papel en la serie Vida secreta de una adolescente (2008) y nominada a los Globos de Oro por sus interpretación junto a George Clooney en Los descendientes (Alexander Payne, 2011), la actriz Shailene Woodley (Simi Valley, California, 15 de noviembre de 1991) es más conocida por las generaciones de jóvenes aficionados por su papel de Tris Prior en las adaptaciones cinematográficas de la trilogía escrita por Veronica Roth Divergente. Recientemente la hemos visto en el film Snowden (Oliver Stone, 2016) cinta en la que da vida a la novia del protagonista. Woodley obtuvo también el reconocimiento juvenil  con su papel de la adolescente Hazel, que sufre un cáncer terminal en el drama romántico Bajo la misma estrella (Josh Bone, 2014).

    
     Shailene Woodley dejó atrás su inocencia al protagonizar la película de Gregg Araki Pájaro blanco de la tormenta de nieve, largo título que sitúa la acción a finales de la década de los 80 y que nos presenta a Kat Connor (Woodley), una joven de 17 años cuya vida cambia de forma inesperada cuando su madre (Eva Green), una ama de casa aparentemente perfecta, desaparece de repente sin dejar rastro. Aunque será complicado, Kat debe hacer frente a su nueva situación e intentará seguir adelante con su vida.

  
    Basada en la novela homónima de Laura Kasischke, Araki, uno de los popes de aquella corriente surgida a finales de los 80 y principios de los 90 denominada New Queer Cinema, fusiona el drama familiar (y adolescente) y la intriga detectivesca para construir una película interesante pero que está lejos de la frescura e irreverencia de su primigenio universo, debido a una temática y una narrativa más convencional que nos narra la desaparición de una madre desequilibrada y la  relación con su hija adolescente, dentro de un relato irregular, a ratos brillante y a ratos vago pero, finalmente, bastante deslavazado.

    
    Ni siquiera los flash backs, construidos más con los recuerdos de Kat que con los avances de una investigación que no aporta demasiado, ayudan en su misión de explicar el presente y la sensación de orfandad que se va adueñando de la protagonista. Pájaro blanco de la tormenta de nieve se eleva como una cinta aceptable y en cierto modo simpática por sus nulas pretensiones y sus hechuras de telefilm, por el aseado trabajo de sus máximas protagonistas, Woodley y Green, y las fabulosas secuencias oníricas dotadas de un tono inquietante, pero se ve penalizada por una premisa que incide en los conflictos familiares que en su monótono discurrir atomizan el núcleo deparando unas derivadas que atormentan a la joven Kat, que de paso irá descubriendo su sexualidad para alegría de sus fans. Buena apuesta para la tarde de un lluvioso domingo.