viernes, 20 de enero de 2017

NATALIE PORTMAN EN “HOTEL CHEVALIER” (2007)


"HOTEL CHEVALIER" (Wes Anderson, 2007)
    

    En el año 2007 Wes Anderson estrenó una comedia tan ácida como dramática titulada Viaje a Darjeeling (The Darjeeling Limited) que nos narra la historia de tres hermanos, Francis, Peter y Jack (Owen Wilson, Adrien Brody y Jason Schwartzman) que con el tiempo se fueron distanciando y ya ni siquiera se hablan. La muerte del padre es el detonante que les vuelve a reunir con la voluntad de estrechar los lazos familiares. A Francis, el mayor, no se le ocurre mejor idea para ello que un viaje en tren por la India a bordo del Darjeeling Limited, la línea ferroviaria que recorre el país de un extremo a otro. Una vez en el tren, comienzan pronto las disputas verbales e incluso físicas. Y su comportamiento llega a tal extremo que incluso son obligados a apearse del tren. Así, abandonados a su propia inventiva, comienza para los tres un viaje que nunca habían imaginado.


      Hotel Chevalier es un cortometraje que actúa de prólogo de esta irregular y por momentos ingeniosa comedia, una rara avis si no estuviera firmada por ese perro verde llamado Wes Anderson, que consiguió armar un artefacto hermoso visualmente y punteado por algunos gags muy ingeniosos. Bill Murray tuvo una aparición estelar en la función, y el título en español provoca el equívoco porque Darjeeling no es ningún lugar sino un tren legendario. Hotel Chevalier, que nos muestra la relación entre Jack Whitman (Jason Schwartzman) y su extraña novia (Natalie Portman) es una precisa y en cierto modo preciosa pieza introductoria rodada con un tono intimista tan parca en diálogos como cálida en los gestos de la pareja protagonista y la escenografía, pincelada con un extasiante cromatismo en el que domina el amarillo.

    
    El escenario es una habitación de un lujoso hotel de París, y en el cortometraje aflora el absurdo, la impostura, el surrealismo  y la mordacidad inherentes al universo del director, que sólo necesita del andamiaje de una peculiar historia de amor para lanzar a la deriva de los sentimientos una espiral de amores y desengaños, de pasión y recelos. Y aunque todo ello late con sutileza en los 13 minutos de metraje, la lacónica propuesta es todo un tesoro que cincela con maestría sublime la belleza y sensualidad de Natalie Portman. Todo ello condimentado con algunos apuntes técnicos prodigiosos (medidos travellings, el uso del ralentí y el ojo de pez…), una hipnótica fotografía y una música envolvente.

miércoles, 18 de enero de 2017

“TEENAGE COCKTAIL” (John Carchietta, 2016)


TEENAGE COCKTAILêê
        

     No abrigaba grandes expectativas cuando me dispuse a ver la ópera prima de John Carchietta tal vez debido a que su premisa desprendía un tufillo déjà vu para alguien que, como este cronista, ha visto ya demasiadas películas sobre la misma temática. Teenage Cocktail nos presenta a Annie (Nichole Bloom) una adolescente que acaba de mudarse a una pequeña ciudad y no tiene amigos, aunque a su madre le gustaría ser su amiga. En el instituto, tras ser acosada por una matona, conoce de manera fortuita a Jules (Fabianne Therese) que en ese momento se encuentra bailando danza. Entre las dos se enciende una chispa y pronto se convierten en inseparables. La amistad da paso a algo más íntimo en la privacidad de los dormitorios y nos sirven alguna secuencia de bollería fina aunque sin demasiada pasión y sin apenas enseñarnos nada. El sueño de Jules es marcharse a Nueva York, que considera el epicentro del universo, pero no tiene dinero para tal aventura, por lo que le enseña a Annie su modo de ganar dinero fácil posando para una webcam y anima a su amiga para formar una pareja. El método no les proporciona la pasta que necesitan y apuran los límites, pero el camino que van a transitar ahora es peligroso y las consecuencias pueden ser dramáticas.


      Película rodada en 17 días, cine independiente realizado con pocos medios y que propone un tema muy trillado: la incendiaria fusión de internet y juventud. Carchietta no juzga a los personajes ni cuando experimentan con las drogas, el sexo y el alcohol ni cuando toman la temeraria decisión de prostituirse para conseguir el dinero que necesitan para su huida a Nueva York, un salto cualitativo que incluye un chantaje sin medir las consecuencias. Porque Teenage Cocktail es ante todo una historia de amour fou de dos adolescentes separadas de sus padres por un abismo de incomunicación sin puentes para el entendimiento. De ahí que el momento más sentido sea el largo abrazo que Annie le da a su madre en lo que para ella es una despedida.


      Annie y Jules viven en una burbuja adolescente alejadas de la realidad, sin importarles lo que ocurra mañana. La pregunta que se impone es ¿qué hacen los adolescentes cuando no están cerca? Pero Annie parece una chica con una vida convencional hasta que se cruza con Jules, ella es el detonante y su embrujo va mucho más allá de los sentimientos, dueña de una turbiedad que para Annie resulta tan tentadora y emocionante como aterradora. En el último tramo la función bucea por la marea tormentosa del thriller cuando las chicas entran en contacto con un tipo casado e insatisfecho que descubre a las dos gatitas en un sitio web. Esa mala decisión puede destruir sus vidas, su futuro. Ni mucho menos estamos ante una película redonda, pero tampoco el debut resulta desdeñable.


martes, 17 de enero de 2017

CRÍTICA: “IRRÉPROCHABLE” (Sébastien Marnier, 2016)


“IRRÈPROCHABLE” êêê
     

    El debut del director francés Sébastien Marnier centra su trama en Constance (Marina Foïs) una mujer de mediana edad que tras ser despedida de su trabajo en París, regresa a su ciudad y a la casa familiar con la excusa de cuidar a su madre que se encuentra enferma y hospitalizada. En realidad, no tiene a dónde ir ni a quién acudir, por lo que intenta trabajar de nuevo en la pequeña agencia inmobiliaria donde comenzó su carrera. Cuando se presenta en la agencia, su antiguo jefe le dice que su lugar lo ocupa ahora Audrey Pailleron (Joséphine Japy) una joven hermosa y competente, pero ella está convencida de que recuperará su antiguo trabajo debido a su experiencia y comienza a obsesionarse con Audrey.


      La ópera prima de Marnier se sostiene gracias al gran trabajo de Marina Foïs, dando oxígeno a una mujer perturbada que tras tener diversas aventuras sexuales, acosa a los hombres con los que se acuesta e intenta chantajearlos cuando sólo obtiene de ellos la indiferencia o el desprecio. Constance cree que regresando a su ciudad natal puede recuperar su vida, que las cosas no han cambiado y que allí todo sigue igual porque el tiempo pasa más lentamente. De ahí que intente recomponer las relaciones que abandonó hace más de un lustro e incluso se viste con la ropa que dejó en el hogar familiar cuando se marchó. Se equivoca, ya nada es como antes y pronto lo comprobará en carne propia con su naufragio sentimental y profesional.


      Constance regresa en tren y tras la primera mirada que cruza con uno de los pasajeros, un asesor fiscal llamado Gilles Lenquin (Benjamin Biolay, un tipo que se parece mucho a Benicio del Toro) se ve enredada en un volcánico encuentro sexual, pero cuando él no quiere saber nada de ella, le acosa amenazándole con contarle a su mujer su aventura con ella. El espectador detecta enseguida que algo no funciona en la cabeza de Constance en su manía de espiar a la gente, en su disciplina casi militar para mantenerse en forma, en su manera de tratar a su madre que se encuentra en un aparente estado vegetativo y en su retahíla de mentiras. Es entonces cuando nos damos cuenta de que no se va a detener ante nada, ni siquiera ante una acción criminal, con tal de conseguir su objetivo. Con la influencia de Escalofrío en la noche (Clint Eastwood, 1971) y Atracción fatal (Adrian Lyne, 1982), Marnier sostiene bien el interés de la trama que irá transitando por el terreno del cine social para llegar hasta los más oscuros páramos del drama criminal, y aunque su argumento pueda resultar previsible esto no resta ningún interés a la acción. Puede que la ansiedad de Constance acabe traicionándola… o tal vez no.