domingo, 6 de noviembre de 2016

CRÍTICA: "SULLY" (Clint Eastwood, 2016)

Un relato plano, sin emoción, sin alma
SULLY êê
Director: Clint Eastwood.
Intérpretes: Tom Hanks, Aaron Eckart, Laura Linney, Autumn Reeser, Sam Huntington.
Género: Drama / EEUU / 2016  Duración: 96 MINUTOS.   

      
    Soy de los que piensan que Clint Eastwood debería haber guardado la batuta de director tras el estreno de la magnífica Gran Torino (2008), nada de lo que ha realizado posteriormente me ha interesado y hubiera sido un broche de oro para clausurar una carrera como director que, con sus altibajos (El principiante, Space Cowboys) es una de las más sólidas y atractivas de un director norteamericano en las cuatro últimas décadas. En su empeño por seguir activo para seguir vivo, el octogenario cineasta nos ha entregado a partir de aquel último clásico una serie de películas planas, aburridas y, para quien esto firma, absolutamente prescindibles: Invictus, Más allá de la vida, J. Edgar, Jersey Boys y El francotirador, que a pesar de ser la película que mejor ha funcionado de todas las dirigidas por el director californiano en la taquilla de los Estados Unidos, sólo es un alegato belicista y patriotero tan banal como aburrido.


     Con Sully mejora poco la cosa. Veamos: Chesley “Sully” Sullenberger (Tom Hanks) es un piloto de una aerolínea comercial que en el año 2009 se convirtió en un héroe cuando a los pocos minutos de despegar, su avión se averió al chocar con una bandada de pájaros destrozando los dos motores de su Airbus 320, y aun así logró realizar un amerizaje forzoso sobre el río Hudson de Nueva York sin que se produjeran víctimas. Algo que fue tildado de milagroso pues a bordo viajaban 155 pasajeros.


      Basada en hechos reales narrados en un libro por el mismo protagonista de la historia, la función nos sitúa en aquel 2009 cuando el majestuoso aparato pilotado por Sully acaba de despegar del aeropuerto de La Guardia de Nueva York teniendo como destino el de Charlotte en Carolina del Norte. Tras la hazaña de Sully, el suceso copó las portadas de todos los periódicos e informativos del planeta. De modo que el hecho, reconozcámoslo, contiene todos los ingredientes para captar el interés cinematográfico dentro de la épica de esos héroes anónimos que tanto gustan al pueblo estadounidense. El problema es que, a diferencia del logro conseguido por Robert Zemeckis con El vuelo (2012), magnífico film con el que guarda muchas similitudes pero en el que sí estaba muy conseguida la azarosa y desgarradora progresión dramática del héroe caído, Sully no logra emocionarme ni en el proceso de reconstrucción de la hazaña ni en la posterior investigación a la que tendrá que hacer frente Sully para dilucidar si su decisión fue la correcta o, como otros creen, fue un error que puso en peligro la vida de los pasajeros y la tripulación.

   
    Sully es un film excesivamente academicista, formulario y desprovisto de emoción, una narración lineal y sin garra que sólo mantiene un mínimo interés debido a la buena labor de los intérpretes, pues ni siquiera las conclusiones a las que llega la comisión de investigación del suceso suponen una sorpresa para nadie. Lo milagroso no es que Sully lograra aterrizar el avión sobre el río Hudson sin que se produjera ninguna víctima, lo realmente increíble es que Eastwood haya necesitado 95 minutos partiendo de una premisa tan limitada sobre un hecho que duró varios minutos, de ahí las escenas intrascendentes de relleno (Sully, haciendo running, conversando por teléfono con su mujer o confesándose con su copiloto, buen trabajo también de Eckart) y con el héroe enfrentado a la lupa de la administración y la terrible burocracia.

       
    Una vez más el cine hollywoodiense rinde tributo al buen americano, al hombre sensato, al valor decisivo del factor humano ante cualquier contingencia. Y para esto nadie mejor que Tom Hanks (en la línea de meta para conseguir otro Oscar), el hombre bueno contra el sistema que lo primero que hace es preocuparse por el estado de salud de los 155 pasajeros y al que los buitres de las aseguradoras y la aerolínea le quieren endosar las pérdidas económicas del desaguisado. Sully está muy lejos de las mejores películas del Clint Eastwood director, el guión es un encefalograma plano, ni los momentos de mayor tormento del protagonista están rodados con énfasis para que se haga latente su dolor, confusión y abatimiento. No sería justo comparar el clímax final de la citada y excelente El vuelo (con la confesión redentora y purificadora del piloto encarnado magistralmente por Denzel Washington), con la simpleza resolutiva de Sully, clausurada por Eastwood como quien finiquita de manera mecánica un expediente. Un film insustancial, y por lo tanto, fácilmente prescindible.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

MAGNÍFICA SERIE “LA CAZA” (THE FALL)

       
   
    Espléndida serie de la BBC escrita por Allan Cubitt y dirigida por él mismo y Jacob Verbruggen que se estrenó en el año 2013 y se mantiene en la actualidad. La trama nos sitúa en Irlanda del Norte, un escurridizo asesino en serie, Paul Spector  (Jamie Dornan) acecha a sus víctimas en los alrededores de Belfast. Para intentar atraparlo, la policía de Londres envía a la talentosa detective Stella Gibson (Gillian Anderson), pues las autoridades creen que es la persona idónea para darle caza.


      Jamie Dornan es mucho mejor actor dramático de lo que demuestra en ese pastelazo titulado Cincuenta sombras de Grey y en sus frívolos devaneos como modelo de Calvin Klein, la prueba para quien lo dude es el magnífico trabajo que desarrolla en esta magnífica serie que sin demasiadas pretensiones logra competir en la liga de las grandes series. La Caza (The Fall) tiene como premisa principal las espeluznantes hazañas de un asesino en serie. Un serial killer magnético y muy peculiar: psicólogo de profesión, metódico, extremadamente inteligente, muy atractivo, despiadado y padre de familia que tiene la ciudad de Belfast aterrorizada con sus crímenes. Siguiendo sus pasos está la detective criminalista Stella Gibson, a la que da oxígeno de manera convincente Gillian Anderson (la inolvidable agente Scully de Expediente X), rodeada de ineficaces subordinados, de sexualidad abierta, impecablemente vestida y peinada, arrogante, sofisticada, mandona y con un punto psicótico. El juego del gato y el ratón está servido.


        La húmeda y ancestral Belfast sirve de escenario a una acción que trata de marcar distancias con las series estadounidenses con las que comparte temática: un retrato más cercano y físico de los personajes y el latido de un ritmo de vida y una rutina más reconocible para el espectador europeo. Pero los ingredientes que conforman el núcleo de la función son los mismos: la violencia, el sexo, el poder, las falsas apariencias, la ambición, la vanidad, la corrupción… El asesino esconde sus crímenes tras el amparo de una vida familiar estable, con su abnegada esposa trabajando de enfermera y una hijita a la que mima.


         Todo es un teatro urdido para llevar a cabo sus fechorías, una coartada que aporta traza de cotidianidad en una sociedad en la que el odio entre católicos y protestantes, británicos e irlandeses está todavía latente. Paul siempre tiene una excusa para sus salidas nocturnas, y su esposa, tal vez debido a su absorbente trabajo, traga con ellas hasta llegar a un débil punto de sospecha. Por supuesto, la serie cuenta con otras subtramas que no desvelaré y que van tejiendo un guión perfectamente estructurado que funciona como un reloj suizo. El elemento de mayor interés de La Caza (The Fall) son los puntos en común que tienen la detective y el asesino, en principio tan aparentemente tan distintos y, finalmente, tan parecidos. En una atmósfera de gran tensión, ambos recorrerán un frío y terrorífico itinerario abonado por un reguero de cadáveres. Muy recomendable.
   

martes, 1 de noviembre de 2016

CRÍTICA: "QUE DIOS NOS PERDONE" (Rodrigo Sorogoyen, 2016)

Almas en la hoguera
QUE DIOS NOS PERDONE êêêê
Director: Rodrigo Sorogoyen.
Intérpretes: Roberto Álamo, Antonio de la Torre, Javier Pereira, Luis Zahera, José Luis García Pérez, Mónica López, María Ballesteros.
Género: Thriller / España / 2016  Duración: 125 MINUTOS.   
      
     
     Tras foguearse dirigiendo episodios de series de televisión como Impares, La pecera de Eva, Vida loca, Frágiles o la más reciente Rabia y firmar junto a Peris Romano la comedia romántica 8 citas (2008), el verdadero punto de inflexión en la carrera de Rodrigo Sorogoyen fue Stockholm (2013) un drama romántico minimalista producido por el sistema de crowdfunding y que protagonizado de manera primorosa por Aura Garrido y Javier Pereira consiguió un puñado de premios en varios festivales y se convirtió en la auténtica sleeper del cine español aquella temporada. El director madrileño juega ahora en la liga de primera división con este policíaco en donde demuestra su amor por el género con un magnífico guión escrito por él mismo  e Isabel Peña.
     
   
     Que Dios nos perdone sitúa la acción en el verano del año 2011 en Madrid. La ciudad está sumergida en una convulsa actividad y una crisis económica que parece tocar fondo. Además de la ebullición del  movimiento del 15-M, un millón de peregrinos esperan la llegada del Papa en el Madrid más caluroso, violento y caótico que nunca. En este contexto, dos inspectores de policía, Alfaro (Roberto Álamo) y Velarde (Antonio de la Torre), deben encontrar cuanto antes y sin hacer mucho ruido a un asesino en serie de ancianas. Una carrera contrarreloj que les hará reflexionar sobre algo inquietante: ninguno de los dos es tan diferente al asesino que persiguen.

    
   Con lejanos ecos a las “hazañas” de uno de los asesinos más populares de nuestra crónica negra, el serial killer José Antonio Rodríguez Vega “El Mataviejas”, la influencia del cine norteamericano de asesinos en serie y el thriller surcoreano, Sorogoyen firma una buddy movie (película protagonizada por amigos) sobre dos colegas policías que no se soportan y con la circunstancia inaudita de que ninguno de los dos avivan ninguna empatía en el espectador. Pero si hacemos caso a lo que dijo Einstein: “El mundo no está en peligro por las malas personas sino por aquellos que permiten la maldad”, los inspectores Alfaro y Velarde cumplen con su misión envueltos en una atmósfera irrespirable bajo la presión institucional y la caldera climática. El perfil de cada uno de los personajes está perfectamente dibujado gracias a la gran dirección de actores y las superlativas interpretaciones de Roberto Álamo y Antonio de la Torre: Alfaro es policía pero bien podría ser un vulgar chuloputas, un tipo violento, un macarra esquinado, un garrulo bebedor que se odia a sí mismo y a todo lo que le rodea y que utiliza como arma la amenaza y la fuerza; Velarde, en cambio, es un tipo asocial, un profesional, un policía reflexivo que, sin embargo, camina con el alma torturada por las heridas de la infancia y vive acomplejado por su tartamudez.

    
    En realidad, las dos almas en la hoguera están condenadas a vivir sobre las baldosas de su angustia y entre las paredes de su soledad. Ellos son testigos de la cara más sucia y fea del incontinente drama humano, pateando callejones sórdidos y pisos destartalados de renta antigua para oler la sangre en la escena del crimen, la desastrada y repulsiva normalidad de la muerte. Porque la anomalía en esta película es la existencia misma que va a conectar a tres personajes de vidas escindidas y personalidades psicóticas, da igual si a uno u otro lado de la ley.


    En ese puchero apestoso que es Madrid en verano, un asesino utiliza su encanto (soberbio Javier Pereira) para dar matarile a ancianas solitarias sobre las que descarga  su ira, sus complejos y traumas. Un asesino en posesión de cierto atributo físico como único signo reconocible de su anodina existencia, tan gris e insustancial como esos escenarios en donde el polvo, el sudor, la humedad, la mugre y el desamparo producen una opresión insufrible, una asfixia con olor a orina y cuerpos mustios, sin hálito ni sueños.


    Sobre esa pegajosa turbiedad se asientan los cimientos de una trama que escanea la materia necrosada de una sociedad alienada y cruel que hace tiempo que rompió la brújula y el reloj en su tránsito por un mundo en donde el dolor es lo único que activa el termómetro de la supervivencia. Que Dios nos perdone es un thriller que abre en canal el vientre de la castiza Madrid para que se pudra al sol junto a un revoltijo de protestas tan estériles como pueriles y de peregrinos de fe exaltada, de demonios imprecados desde el silencio o la fiebre, desde la atroz certeza de que no hay nada que defina mejor al ser humano que la maldad. Como dijo Chesterton: “Soy un hombre. Y por lo tanto llevo dentro de mí todos los demonios”.