miércoles, 12 de octubre de 2016

JUSTICIEROS DEL SIGLO XXI

Los efectos de una justicia podrida


LA EXTRAÑA QUE HAY EN TI” (Neil Jordan, 2007)


     Muy polémica resultó esta película dirigida con nervio por el irlandés Neil Jordan que nos presenta a Erica Bain (Jodie Foster) una locutora de radio neoyorquina cuya vida da un giro dramático cuando una noche, en plena calle, ella y su prometido (Naveen Andrews) reciben una brutal paliza a raíz de la cual él muere. Incapaz de superar la tragedia, Erica sigue rondando la zona en la que sufrieron el ataque, buscando pistas que la lleven hasta los responsables. Un agente de policía (Terrence Howard) intuye sus intenciones y trata de evitar que se tome la justicia por su mano.

    
   Película muy entretenida, bien dirigida por Jordan y excelentemente interpretada por Jodie Foster que desarrolla un discurso nada amable que se caga en lo políticamente correcto, en las normas y leyes de los pusilánimes estados de derecho que siempre se arman de argumentos para defender a los verdugos y desprecian el dolor de las víctimas. La extraña que hay en ti derrama autenticidad (de ahí que fuera tildada de peligrosa), se aleja de artificios y efectismos y refleja a la perfección los miedos íntimos tras el gran trauma post 11-S, laminando la creencia de una sociedad que se sentía segura dentro de su país en un mundo donde la seguridad es una entelequia.


      Sí, el film indignó a muchos garantes de la moral y el civismo. Y está bien que así sea, porque mucho más se indignan los que no tienen ninguna confianza en el sistema judicial (sobre todo en el estadounidense). Así, el relato defiende sin medias tintas el derecho de cualquier persona que es agredida a tomarse la justicia por su mano, una cuestión peliaguda cuando empatizamos con el sufrimiento de la víctima y su impotencia al comprobar que muchos agresores y asesinos son reincidentes en sus crímenes y se encuentran campando a sus anchas, con sus derechos protegidos mientras a las víctimas sólo les queda la resignación y una pena honda, tal vez, eterna. La venganza siempre conlleva su propia lógica interna y el mensaje incendiario que se desprende de  La extraña que hay en ti deriva de una sociedad hipócrita y cobarde, que se aferra a los grandes valores sin atreverse a confesar que en situaciones extremas y de injusticias evidentes puede despertar la bestia que todos llevamos dentro. 

"SENTENCIA DE MUERTE" (James Wan, 2008)


     El director de origen malasio James Wan consiguió  un gran éxito con Saw (2004), sorprendente, exitoso y -para bien o para mal- muy influyente film iniciador de una saga que, rodado con un ínfimo presupuesto, llegó a recaudar más de 100 millones de dólares en todo el mundo. Con su tercer largometraje se apunta a ese subgénero del cine de justicieros, vigilantes y venganzas personales del que hemos tenido un ejemplo reciente con la injustamente infravalorada La extraña que hay en ti (Neil Jordan, 2007) magnífica cinta en la que Jodie Foster se ve impelida a tomarse la justicia por su mano cuando unos delincuentes asesinan a su novio, tras haber propinado una paliza brutal a la pareja cuando paseaban tranquilamente por un parque. Sólo el tiempo dirá si estos dos ejemplos pueden ser el vagón de partida de una nueva corriente dentro de esta temática, lo que no puedo evitar, para disgusto de los progres de distinto pelaje que sé que me leen, es sentirme persuadido por este tipo de cine que desprende un inconfundible tufo reaccionario, y que generalmente nos narra la historia de una familia idílica que ve derrumbarse toda su existencia cuando unos delincuentes matan a uno o varios miembros de su clan, momento en el que el cabeza de familia se convierte en ángel de venganza. Por encima de la saga protagonizada por Charles Bronson, metido en la piel del arquitecto justiciero Paul Kersey, hay dos films que recuerdo con especial cariño: El expreso de Corea (John Flynn, 1977) y Vigilante (William Lustig, 1982).
     
     
    Sentencia de muerte nos presenta a los Hume, una familia perfecta que lleva una vida sin sobresaltos. El padre, Nick (Kevin Bacon) tiene un trabajo estable como agente de seguros; su esposa, Helen (Kelly Prestron) le ama y resulta encantadora; el hijo mayor, Brendan (Stuart Lafferty) es un ídolo que planea marcharse a Canadá a fin de convertirse en una estrella del hockey; y el más pequeño, Lucas (Jordan Garrett) siente por él una completa admiración. Una noche, tras un partido, Brendan y su padre se paran a repostar combustible en una gasolinera, y mientras el chico se encuentra comprando unas chucherías, una pandilla de delincuentes atracan la estación de servicio matando al dueño y degollando a Brendan. Nick, que no ha llegado a tiempo para salvar a su hijo, logra, tras un forcejeo, ver la cara del asesino, Joe (Matt O´Leary) que será arrestado por la policía al ser atropellado por un coche en su huida. Cuando se celebra el juicio y sólo existe la posibilidad de que sea condenado a un máximo de cinco años, Nick se retracta y dice ahora no conocer al inculpado. Nadie comprende por qué ha dejado escapar al asesino de su hijo, pero es que Nick piensa hacer justicia con sus propias manos, lo que no mejorará las cosas pues su reacción despertará la ira del resto de la banda.
     
     
      Estamos ante una de esas típicas películas que la crítica más purista y “docta” despelleja sin piedad, mientras, hacen piruetas verborreicas para elevar hasta las nubes derramando almíbar sobre truños que no interesan a nadie, como los últimos pestiños premiado en Cannes o Berlín. Yo, que me fumo un puro asqueado de tanta ñoñería y babosería, siempre busco un hueco para disfrutar de una función donde algo más fuerte y satisfactorio que el amor, la venganza de un alma herida, hará llegar salpicones de sangre hasta la última fila de la platea. Sobre todo si el ciego y salvaje justiciero está encarnado por Kevin Bacon, actor por el que siento una gran afinidad y que hasta en los momentos de mayor dramatismo es incapaz de desprenderse de su genuina mordiente cínica. Ni que decir tiene que el argumento del film está más que trillado, de hecho se basa en una antigua novela de Brian Garfield, el mismo autor  que escribió el texto que sirvió de base para El justiciero de la ciudad (Michael Winner, 1974) creadora de toda una serie que encorsetó a Bronson en papeles de vengador, de modo que el desarrollo de la trama  está cargado de tópicos y clichés que se repiten de forma convencional; abriendo en canal la herida, yendo directo al grano y ofreciendo el remedio para su cicatrización (recuerden a Stallone en Cobra: el crimen es una enfermedad y yo soy el remedio). Aunque el bueno de Wan, igual que hiciera Neil Jordan en la mencionada cinta, eleva la voz de la conciencia –la detective Willis- para que a nuestro héroe le aguijonee el sentimiento de culpabilidad.
      
     
    Una película tiene que buscar la reacción del público -da igual si positiva o negativa-, lo que no puede resultar es aburrida, y Wan despliega una violencia sin límites buscando obscenamente esa reacción en nuestras almas sensibles, sabe como manejar con habilidad las trepidantes escenas de acción que hacen aflorar muecas de desagrado, los signos del horror (espeluznante el asalto de los pandilleros a la casa de los Hume, o ese enfrentamiento final, homenaje al referenciado Scorsese, entre Nick y Billy), diseñando una febril puesta en escena cuyo desvaído tono cromático engendra tensión ambiental, dejando retazos de gran cine que no olvidaré fácilmente (de infarto el magistral plano secuencia de la persecución en el parking). Lo más flojo es, sin duda, la chirriante y atolondrada banda sonora, tan descompensada como el jodido péndulo emocional que el cineasta se empeña en hacer oscilar entre la acción y el drama, como si por el hecho de situarse detrás de la cámara quedara manchado por la culpa. Entretenida película de rebelión civil fascistoide, no tan políticamente incorrecta por su ambiguo mensaje moral sobre el “ojo por ojo”, que hubiera resultado redonda si su director, con mirada estrabica, no se deleitase mirando con un ojo la terrible masacre y con el otro la llama de la conciencia alumbrando algún mandamiento de la ley de Dios. 

"UN CIUDADANO EJEMPLAR" (F. Gary Gray, 2009)


     Un ciudadano ejemplar narra la historia de un hombre, Clyde Shelton (Gerard Butler) a quien todo su mundo se le derrumba cuando su mujer y su hija son brutalmente asesinadas en su propia casa y en su presencia sin que pueda impedirlo. Transcurridos diez años, uno de los culpables está en la calle como consecuencia del pacto que establece con el fiscal del distrito, Nick Rice (Jamie Foxx). Incapaz de soportar tanta injusticia, Clyde comienza a cometer una serie de asesinatos que nadie parece poder detener. Por supuesto, los criminales serán las primeras víctimas de una venganza magistralmente diseñada.        
     
    
    Tanto el director F. Gary Gray (Negociador) como el guionista Kurt Wimmer (Equilibrium) nos suelen ofrecer propuestas estimulantes dentro de los parámetros del cine de evasión, esta película es una buena muestra de ello además de representar una contundente denuncia sobre el absurdo funcionamiento de un sistema judicial inoperante, enredado en tecnicismos, subterfugios legales y una espesa burocracia que parece buscar más la gracia del delincuente que alcanzar la meta que se le supone. Como siempre que asistimos al estreno de una película de vigilantes o justicieros, algunos críticos carcomidos por los complejos y víctimas de una educación castrante, eructan la misma sinfonía para tildarla de “fascista”, ignorantes ellos de que el rasgo más representativo de un justiciero es su carácter celosamente individualista que le deja al margen de esa sociedad que pretende defender, considerándose él mismo un luchador por la libertad. Que les den, mi lado hedonista me lleva a recomendar esta entretenida película a mis lectores porque, aunque todos somos conscientes de que nuestra sociedad está regida por unas leyes para que no nos vayamos matando los unos a los otros como en el salvaje Oeste, el espectador empatiza con el protagonista, que tras el cruel asesinato de sus seres queridos, ha pasado de ser un feliz y tranquilo padre de familia a convertirse en un minucioso asesino sin escrúpulos, un sociópata tarado emocionalmente al que sólo el deseo de venganza ha mantenido en forma, y que cuando estaba necesitado de ella, la justicia le falló. Es el retrato de un extraño antihéroe al que Gerard Butler dota de la ambivalencia moral y los suficientes claroscuros como para resultar atractivo y perturbador.
     

      
    Ceñida a ese subgénero tan popular ya de las venganzas personales, la desasosegante Un ciudadano ejemplar está filmada con una factura profesional impecable y una premisa que capta inmediatamente la atención del espectador desde su abrupto comienzo; una impactante escena de violencia que aun con la medida utilización del fuera de campo resulta dolorosa y difícil de digerir. He dejado escrito en varias ocasiones que la venganza actúa como un mecanismo que adquiere su propia lógica, y aunque no soy partidario de legitimar el “ojo por ojo”-la violencia se retroalimenta y sólo genera más violencia-, todos esos samaritanos de la buena moral y la integridad que nos gobiernan deberían de reflexionar sobre la necesidad de endurecer las penas y velar porque no se produzca un uso fraudulento de la ley. Como defensor de la ley, el orden y la justicia, este cronista se quedaría más tranquilo. 


    El film no se entretiene demasiado en escudriñar tras los biombos de la justicia, en donde abogados de prestigio hacen tratos contra toda ética y moral, un salto temporal de diez años nos traslada desde el momento en que aquel padre coraje derrotado e impotente se ha transformado en un genio maquiavélico sumamente inteligente y cerebral, en una especie de superagente inmortal que ha diseñado un plan maestro, de resonancias bíblicas, que si bien resulta desmesurado y contra la lógica de la acción, hace fluir la testosterona con sus ingeniosas ejecuciones para erradicar el Mal. Gary Gray sabe como dosificar las sorpresas, y llegados al extravío final, que lamentablemente parece restablecer el orden de las cosas, todavía resuena en mi caja cerebral una frase lapidaria pronunciada por el desgraciado Clyde Shelton, que perdió su fe en la justicia: “La justicia tiene que ser dura, sobre todo para aquellos que se la niegan a otros”. Lo comparto absolutamente. 

lunes, 10 de octubre de 2016

CRÍTICA. "UN MONSTRUO VIENE A VERME" (J. A. Bayona, 2016)

El tormento y el monstruo
UN MONSTRUO VIENE A VERME ★★
DIRECTOR: J. A. Bayona.
INTÉRPRETES: Lewis McDougall, Felicity Jones, Sigourney Weaver, Liam Neeson, James Melville, Toby Kebbell.
GÉNERO: Fantástico / España / 2016  DURACIÓN: 108 MINUTOS.   

   
     Al igual que muchos aficionados pienso que el cine de J. A. Bayona (director que goza de mucho predicamento entre la crítica oficialista) luce de una manera impecable, con una pulcritud sin mácula, intachable tanto en el aspecto visual como en su precisión narrativa. Sucedió con aquel refrito rebosante de tópicos titulado El orfanato (2007) aunque todavía sigue intrigándome cómo se le puede practicar el boca a boca a alguien que no tiene mandíbula, y sucedió con Lo imposible (2012) en donde Bayona confiere a la historia un tratamiento insano, sensiblero y manipulador para construir un melodrama pueril, efectista y lacrimógeno. Un monstruo viene a verme cierra la trilogía sobre la maternidad y la muerte con las mismas virtudes y defectos que encontramos en las obras anteriores.
       

    
    La trama sigue a Connor (Lewis McDougall) un chico de 12 años que tras la separación de sus padres tendrá que ocuparse de llevar las riendas de su casa, pues su madre (Felicity Jones) está enferma de cáncer. Connor intentará superar sus miedos y fobias con la ayuda de un monstruo (voz original de Liam Neeson), pero sus fantasías se enfrentarán con la realidad, y con su fría y calculadora abuela (Sigourney Weaver).


     Puedo comprender que nadie diga –aunque lo piense- que Un monstruo viene a verme es una película flojita, que más allá de su aspecto formal todo suena a déjà vu (incluso el monstruo, idéntico a Groot de Guardianes de las Galaxias y a Living Elemental, una de las figuras del juego de rol Mage Knight), que si traspasas su hábil y mágica nebulosa lo que queda es un excesivo melodrama que apela de manera tan obscena como facilona a las emociones con cosas tan trascendentes como la muerte y el refugio íntimo de la fantasía. Eso sí, todo está narrado de un modo intenso y una espectacular puesta en escena que intenta camuflar la carencia de profundas esencias discursivas. Entre el drama de ese monstruo llamado cáncer que devora a la joven madre de Connor, el maltrato que él recibe por parte de sus compañeros de clase, la tensa relación con su abuela (Sigourney Weaver imponiendo su oficio) y la escasa empatía con su padre, avanza una historia que sitúa al protagonista al borde del abismo para ser salvado por un monstruo surgido de la febril imaginación de un ser abocado a la más severa angustia existencial, un monstruo que le pide que le revele algo tan tremendo como “la verdad”; la aceptación del sufrimiento y el lacerante desgarro de la muerte.

   
    De acuerdo que la película contiene momentos brillantes (la secuencia en la que Connor intenta evitar que su madre se despeñe por un precipicio) y la pericia del director se deja ver en la forma que el protagonista visualiza a través de la ventana ese mundo alternativo como puerta de acceso para escapar de una realidad asfixiante y al mismo tiempo buscar respuestas y soluciones ante el terrible avance la enfermedad de su madre, un bálsamo que amortigüe su angustia e inabarcable dolor.

      
    Un monstruo viene a verme despliega una belleza visual apabullante (el húmedo paisaje de la campiña, el detalle puntilloso en los interiores, la azulada y neblinosa luz bañando los misterios de la noche, la colosal primera aparición del monstruo), y no  desentonan ninguna de las tres historias animadas que puntúan el relato y que el monstruo le cuenta a Connor a cambio de que él le cuente la suya. Pero si algo bueno vuelve a demostrar Bayona  es su habilidad  para dirigir a niños actores, y Lewis McDougall se aprovecha de ello regalándonos una sentida y sólida actuación. Si recargado de acontecimientos trágicos encontramos el discurrir cotidiano del protagonista: un mero saco de boxeo para sus compis de clase, la irreversible enfermedad de la madre… insoportable cuando de lo que hablamos es de una desmedida carga dramática en la realidad vivida por un niño de 12 años, todo parece quedar fagocitado por la fantasía, o por los sueños de la razón y el tormento que producen monstruos, porque lo mejor de la función son los encuentros de Connor con ese gigantesco e imponente árbol, encuentros que sirven de vía de escape para sobrellevar su funesta existencia a tan temprana edad, y templar el espíritu ante una pérdida irreparable que le llena de amargura. Un monstruo viene a verme es un film irregular, excesivo, cargante en su vena melodramática, también una ingenua introspección sobre la pérdida de la inocencia a través de un fantástico viaje emocional.