miércoles, 21 de septiembre de 2016

“MONAMOUR” (2006), LA DESPEDIDA DE TINTO BRASS


   Marta (Anna Jimskaia) es una mujer casada que un día conoce a León (Ricardo Marino) un gigoló con quien tiene un encuentro sexual en un museo, la presencia de visitantes hace que los amantes se separen para encontrarse  después en una fiesta donde ella acude con su marido, Darío (Max Parodi). Terriblemente colgada de León, se prestará a sus juegos sexuales, incluso a practicar sexo con dos hombres a la vez. Pero la situación se complica cuando el marido de Marta descubre su diario, donde relata sus apasionados encuentros con su amante. Última película dirigida por Tinto Brass, que no creemos que, debido a su avanzada edad, se vuelva a situar detrás de la cámara.


       En Mon amour late el impulso y la esencia de sus primeros y más logrados trabajos, y tiene su mayor aliciente en el modo de radiografiar la pérdida de la pasión después del matrimonio. Anna Jimskaia está como un queso, y si el film se merece un visionado es debido a su presencia y porque el director se empeña en dar sentido y sofisticación a la puesta en escena. Aun así, no está nada mal que el mítico director lombardo se haya querido despedir realizando una contrarosca para volver a las esencias de su cine primigenio. Hay que destacar el morbo intrínseco que provoca su protagonista, la uzbeca Anna Jinskaia, toda una derramaplaceres que nos regala unas poses absolutamente libidinosas.

  
     Como siempre, Brass cruza todos los límites de lo políticamente correcto no sólo en el tema del erotismo carnal, también en el verbal con unos diálogos que en ocasiones se regodean en su flamígera grosería. Los celos, está demostrado, pueden actuar de estímulo, de explosivo afrodisíaco. Es lo que le ocurre a Marta, que harta de sentirse descuidada por su marido, mantendrá una relación con un francés abocada al territorio de la lujuria. Porque, aunque al principio ella se hace la ofendida, pronto se dará cuenta del placer que le produce la relación prohibida. 


     Es la consecuencia de que su marido, Darío, jamás se haya preocupado de que su mujer disfrute y alcance el orgasmo. Y claro, todo tiene un límite. Sabemos que los glúteos son la parte de la anatomía femenina que más le gusta a Tinto Brass, en esta ocasión Anna Jinskaia nos regala una colección de poses con varios grados de desnudez y rezumando deseos lúbricos, desdibujando las luces y las sombras entre el amor y la necesidad del placer, dentro de un triángulo que acabará ardiendo hasta las cenizas de la pasión. Por cierto, bonito el póster, eh.

Bonus regalo: Yuliya Mayarchuk en "Trasgredire" (Tinto Brass, 2000)


lunes, 19 de septiembre de 2016

CRÍTICA: "TARDE PARA LA IRA" (Raúl Arévalo, 2016)

Posiblemente el mejor debut de un director español
“TARDE PARA LA IRA” ★★★★
Director: Raúl Arévalo.
Intérpretes: Antonio de la Torre, Luis Callejo, Ruth Díaz, Manolo Solo, Alicia Rubio, Raúl Jiménez, Font García.
Género: Thriller, 2016. España Duración: 92 minutos.


     El actor Raúl Arévalo ni siquiera ha tenido que foguearse dirigiendo cortos antes de firmar su excelente ópera prima, aunque confiese que de pequeño grababa junto a su hermana algunas películas domésticas con la cámara de vídeo de su padre. Le ha bastado con su amplia cultura cinematográfica y con todo lo aprendido en su bagaje como intérprete para poder realizar su sueño. Un sueño que llevaba fermentando durante ocho años hasta que, con todas las dificultades que conlleva la empresa, por fin se ha hecho realidad. Reconozcamos que para tratarse de un debut, el proyecto era ambicioso, por lo que se ha tenido que rodear de sus amigos, de un equipo técnico y artístico elegido por él para que todo el proceso resultara satisfactorio.

  
    Tarde para la ira se inicia en Madrid en agosto de 2007 cuando Curro (Luis Callejo) el único detenido por el atraco a una joyería, cumple su condena en la cárcel. Ocho años después, su novia, Ana (Ruth Díaz) espera, junto al hijo de ambos, a que Curro salga de la cárcel tras cumplir su condena. Así, Curro abandona la prisión con la esperanza de comenzar una nueva vida junto a su familia. Pero todo ha cambiado en muy poco tiempo, y se encuentra con una mujer confundida y con un hombre que le romperá todos los esquemas, pues no sabe hasta qué punto José (Antonio de la Torre) un hombre hermético y solitario al que Ana siente como un refugio para su angustia, va a cambiarle la vida y enfrentarle con los fantasmas del pasado. Curro y José emprenden un viaje de tres días salpicado de violencia y abocado al abismo de la venganza.


     Raúl Arévalo, al que siempre se le comparado físicamente con Sean Penn, ha firmado uno de los thrillers más turbios y viscerales de la historia de nuestro cine. Y lo que es más importante, la historia te la crees a pesar de que hay momentos en que la acción parece estar demasiado medida. Es fácil adivinar que Arévalo, además de un actor competente, ha visto mucho cine, de ahí que se apoye en los estilemas y fórmulas de directores con los que ha trabajado como Alberto Rodríguez (La isla mínima) pero también en popes sagrados de nuestro cine como Carlos Saura (El séptimo día) y en la gelidez formal del cine polar francés, en donde la venganza siempre tiene su lógica interna.


      Tarde para la ira se desarrolla en espacios físicos agobiantes y pegajosos (el bar del barrio, la fría habitación de un hospital, carreteras solitarias sin apenas vida, sin calor humano) acordes con unos personajes tocados por la fatalidad, dueños de una vida atormentada, alienados y sin horizontes. Una vez más el cine español fija su mirada en las tripas de una sociedad enfangada en sus ritos costumbristas desde donde brota una violencia salvaje encarroñada durante años por la cólera de la venganza, la ira ciega que surge volcánica, incontenible, de vidas vulgares y derrotadas por su aciago destino, y siempre víctimas del contexto político-social que les ha tocado vivir.

  
    En el itinerario infernal que emprenden José y Curro (un duelo tenso y muy físico), Ana representa el contrapunto dulce y cálido al borde siempre de la más negra angustia existencial, y acaba imponiéndose como el elemento magnético y pasional que une a dos seres que jamás serán libres, acorralados por los demonios de su pasado y perseguidos por el aliento amargo de la muerte. Arévalo huye de la autocomplacencia y la cursilería poniendo banda sonora a la rutina grasienta de los barrios periféricos (Los Chunguitos, José Manuel Soto) que forma parte de nuestra memoria musical colectiva; las partidas de cartas en el bar, la celebración doméstica de una comunión, el cotilleo vecinal, trayectos por secarrales quemados por un sol de justicia, que dotan a la acción del tono de veracidad necesario y que tendrá su cénit en la mejor secuencia de la función, esa que protagoniza un superlativo Manolo Solo en el sótano de un gimnasio, que aunque comienza con acento de vodevil, finaliza con una violencia impactante y bestial.

  
    Tarde para la ira es una espléndida película sobre una venganza que como una herida infectada resulta imposible de sanar hasta que se hace uso de una cirugía drástica que corte el mal de raíz, y José, corroído por ese sentimiento tan humano sabe que no será posible mitigar la gangrena de su sufrimiento hasta que los verdugos causantes de su desgracia paguen por ello. Piensa que nunca es “tarde para la ira” cuando esto es lo único que le mantiene en pie y da sentido a su existencia. Un debut importante. 



viernes, 16 de septiembre de 2016

CRÍTICA: “TRAIN TO BUSAN” (Yeon Sang-ho, 2015)

Nota: Como la política intransigente y absolutamente repugnante de la DMCA no nos deja poner imágenes de esta película, lo que al parecer ha dado lugar al cierre de 91 resultados, me remito solamente a dejar el enlace del vídeo. Al fin y al cabo, entiendo que a mis lectores lo que les interesa es mis impresiones sobre esta magnífica película, y no la mierda de política intolerante de los que comercian y se enriquecen obscenamente con la cultura y les molestan los que como yo difundimos de manera altruista y sin ánimo de lucro este maravilloso arte llamado cine.

TRAIN TO BUSAN ★★★★
  
Mucho más que una película de zombies
  
   Del especialista en cine anime, el director surcoreano Yeon Sang-ho, nos llega este film de terror que supone su primera incursión en el cine con personajes reales y que nos narra cómo un desastroso virus golpea a Corea del Sur. Los pasajeros de uno de los trenes KTX que viaja desde Seúl a Busan tendrán que luchar por su supervivencia.
     
   Train to Busan se estrenó en la Sección de Largometrajes del pasado Festival de Cannes fuera de concurso, y supone una nueva incursión en el cine de pandemias y zombies que centra su atención en algunos personajes como Seok Woo, un bróker que se mueve en el mercado de valores y que como padre divorciado cuida de su hija Soo Ahn. En el tren también viaja una pareja que esperan su primer hijo, una estudiante de secundaria fan de un equipo de béisbol  y novia de uno de los componentes del equipo que también viajan en el KTX. Todos ellos se verán inmersos en la catástrofe de un bestial apocalipsis zombie atrapados en el tren.   
    
    Yeon Sang-ho nos presenta la mejor película de zombies desde Amanecer de los muertos (Zack Snyder, 2004) y una de las mejores de la historia dentro de este subgénero del terror. Cansado estaba uno de ver auténticas mediocridades como Guerra Mundial Z (Marc Foster, 2013). Su última película de animación, la magnífica Seoul Station (2016), le ha servido de borrador, de esbozo para dar forma a su primera película con actores reales realizando una pieza de cámara sobre esta temática que pasará a ser una referencia indiscutible para el aficionado a este tipo de cine, entre los que me cuento.
     
     Aclaremos algo: Train to Busan no huye de los tópicos pero nos ofrece mucho más que una vulgar exploración de los lugares comunes del subgénero dotando al relato de una deriva emocional que no es demasiado común asociar con este tipo de inventos: El carácter egoísta y depredador del ser humano y su implacable máxima del “sálvese quien pueda” que genera una serie de situaciones imprevistas aunque creíbles que producen desazón y vergüenza ajena.
      
    Contando con un presupuesto considerable para una producción surcoreana, un reparto competente, una maravillosa puesta en escena y una dirección impecable, en la función encontramos reminiscencias a la magnífica Snowpiercer (Bong Joon-ho, 2013), con los aditamentos propios del cine de zombies y catástrofes, un relato en el que se nota que el director ha mimado el perfil de los personajes protagonistas y sus relaciones afectivas (padre/hija, marido/mujer, novio/novia…) para que los espectadores empaticemos con ellos y hacernos partícipes del intenso, desgarrador drama emocional que acabarán sufriendo.
        
    Train to Busan avanza sin pausa por los tremendos raíles del drama infernal, de un terror físico indómito y salvaje para construir el andamiaje de un espectáculo entretenidísimo y de máxima tensión; acción constante y ritmo vertiginoso, tanto que sorprenderá a los puristas que piensan que las legiones de zombies se tienen que mover al mismo ritmo que un desfile de cojos, aunque en esta ocasión el punto está en que a los infectados les paraliza la oscuridad, lo que da lugar a algunas secuencias curiosas e hilarantes. Con un look visual absolutamente deslumbrante y desplegando una violencia no excesivamente sangrienta pero sí implacable y terrorífica, Yeon Sang-ho logra, sin abusar de los efectos digitales, una experiencia única, con esa montonera de zombies apresados a la cola de la locomotora, el empuje espeluznante de los infectados apelotonados en los vagones o cayendo del cielo y rompiéndose los brazos y las piernas o formando grandes cadenas para cazar a sus presas.
    
    Train to Busan rompió todos los récords de taquillas en Corea del Sur, nada extraño porque su director ha creado mucho más que una simple película de zombies, un entretenimiento superlativo a la vez que una espléndida fábula moral que nos induce a reflexionar sobre los aspectos más repugnantes del ser humano, su insolidaridad y su poso de maldad intrínseca… pero también arroja un  rayo de luz y esperanza poniendo el foco en la generosidad, la fuerza del amor y el sacrificio en un clímax final que se me antoja más triste que un entierro. Película totalmente recomendable.