En el año 2002 el director Steven Shainberg sorprendió con una ácida y original película de corte independiente que tenía como objetivo la provocación y satisfacer el lado oscuro del espectador. Secretary es una sátira social que nos narra la historia de la torpe y emocionalmente sensible Lee Holloway (Maggie Gyllenhaal), que sale del hospital psiquiátrico tras un grave incidente de automutilación. Hija menor de una familia disfuncional y a pesar de su pésimo currículum, encuentra trabajo de secretaria en el bufete del excéntrico abogado Edward Grey (James Spader). Al obsesivamente enfermizo Grey le irrita profundamente los errores y la falta de profesionalidad de su nueva secretaria, no obstante, comienza a excitarse por su comportamiento sumiso. Tras pedirle que deje de autolesionarse, ambos entablan una relación sadomasoquista, una relación apasionante que haría sonrojar a cualquier jefe de personal.
Ganadora del Premio Espacial del Jurado en el prestigioso Festival de Sundance, en el póster reza la leyenda “Asume tu posición”, y sin ser demasiado explícita –salvo en un par de escenas -¡ay, esos azotes!- el espectador siente curiosidad por la evolución de esta comedia de humor negro con tintes eróticos que se desarrolla en una oficina con más pinta de burdel o baño turco, durante la cual asistimos a una sucesión de jueguecitos perversos dentro de una relación de posesión-sumisión con un tratamiento romántico hasta límites insospechados.
En Secretary los protagonistas encuentran en ellos mismos la horma de su zapato (irresistible Maggie Gyllenhaal en su papel de seductora, inocente y mártir) y abren puntos de luz hacia fantasías fetichistas y pasiones inconfesables. “En la cama me gusta que me azoten y me aten”, acaba de confesó la cantante Rihanna a la revista Rolling Stone, y yo me pregunto, nena, ¿quién no se ofrecería para saciar tu insana sed de flagelación?
La modelo y vedette argentina Erika Mitdank (Buenos Aires, 17 de junio, de 1990) pasó su infancia en la ciudad de Moreno al lado de sus padres y sus cuatro hermanos. Descendientes de alemanes, su infancia no fue un camino de rosas debido a que su madre padecía de esquizofrenia desde antes de que ella naciera, y esta penosa situación dinamitaba constante mente la armonía del hogar. De hecho, la misma Erika ha contado en alguna ocasión que su madre la maltrataba, amenazaba e insultaba constantemente debido a su enfermedad. Como consecuencias de ese problema, su padre acabó abandonando el hogar y ella, con sus hermanos mayores independizados, resistió con otro hermano hasta que su padre regresó. Cuando tuvo edad de comenzar a trabajar no se lo pensó dos veces y al terminar la secundaria encontró trabajo en una tienda como vendedora y más tarde como cajera.
Con el paso del tiempo y más experiencia, decidió probar con el mundo del modelaje y las pasarelas participando en algún desfile y producciones. Posteriormente trabajó para la televisión y participó en programas como Un domingo de locos, Tendencia y Si quieres reír, ríe. Un día recibió una llamada de la agencia para la que trabajaba para avisarla de que se iba a celebrar un casting para el empresario Ricardo Fort. Cuando llegó, se dio cuenta de que la llamada no era para participar de bailarina, sino para convertirse en novia de Fort.
Por supuesto, Erika fue seleccionada y apareció en Showmatch. Tras la presentación comenzó a lanzar besos a Fort y terminó por conquistarlo. El nuevo romance cambió completamente su vida y su imagen, se operó los pechos, se tiñó el cabello y su vida se vio rodeada de lujos. Algo que ella ni en sueños hubiera imaginado. Pero la relación de Erika con Ricardo no duró mucho, tampoco la que mantuvo con Matías de Chiara, que se rompió a pocos pasos del altar.
Para lo que sí le sirvió su relación con Fort fue para que se le abrieran muchas puertas y hacerse popular. Ahora vive una vida cómoda y se puede permitir algunos lujos, debido a su fama y a las ofertas de trabajo que recibe constantemente, ha posado para Playboy y se ha convertido en una de las mujeres más sexys de Argentina. Mide 1´70 m, pesa 52 kilos, sus medidas son de 85-60-90. Una belleza que me apetece presentar a mis compatriotas españoles.
Un ejemplo más de las estúpidas leyes que rigen en la sociedad estadounidense. El magnífico documental de Marc Silver nos sitúa en Jacksonville (Florida) en el Viernes Negro (el día después de Acción de Gracias) de noviembre de 2012, cuando cuatro muchachos afroamericanos que viajan en una camioneta roja entran en la tienda de una gasolinera después de haber estado charlando con unas chicas en un centro comercial. Con el equipo de música a todo volumen reproduciendo música rap, un chico sale del coche y entra en la tienda a comprar chicles y cigarrillos. A los pocos minutos, un hombre, Michael Dunn, y su novia, Rhonda Rouer, estacionan el coche junto al de los chicos para comprar una botella de vino. La mujer entra en la tienda y al poco tiempo se oyen unas detonaciones cuando el conductor del segundo coche pide a los chicos que bajen el volumen de música. 3 ½ minutos y diez balas más tarde, uno de los muchachos afroamericanos, Jordan Davis, de 17 años, está muerto.
3 ½ minutos, diez balas (3 ½ Minutes, Ten Bullets) se nos presenta como una nueva introspección sobre el problema de la violencia y el racismo en la sociedad estadounidense, un asunto que cada vez adquiere mayor frecuencia, notoriedad y gravedad. El film documental se centra en disquisiciones legales sobre la polémica ley aprobada en 2005 en Florida “Stand Your Ground” (traducido a nuestro idioma: “Mantén tu posición” o “Defiende tu posición”) que es, en realidad, una “licencia para matar legalmente”, pues la persona que se sienta agredida puede permanecer en el lugar donde legalmente se encuentra sin necesidad de retirarse o huir antes de poder defenderse.
Así pues, prevalece el derecho legal a estar en un sitio legítimamente sobre cualquier otra consideración aunque esto lleve consigo una acción letal sobre el presunto agresor. Aunque es una ley aberrante -impensable en un país como España- que ofrece cobertura legal a cualquier individuo para que pueda disparar sobre una persona escudándose en una excusa peregrina y marcharse del lugar con toda la tranquilidad del mundo, esto no fue lo que paso en el caso de Jordan Davis aquel día fatídico en la gasolinera Gate, ya que Michael Dunn disparó sobre Jordan sin que ni él ni ninguno de los ocupantes de la camioneta roja en la que se encontraban estuvieran armados. La citada ley es la única base de la defensa con la que contaba el abogado de Dunn, y aunque en un primer juicio el cargo por homicidio en primer grado quedó anulado al no resolver el jurado con un veredicto unánime, un segundo juicio acabó condenando a Dunn a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.
Pero podría haber ocurrido como en el juicio contra George Zimmerman, que también en Florida, asesinó al muchacho afroamericano de 17 años Trayvon Martin y salió absuelto a pesar de que Martin se encontraba desarmado. Marc Silver plantea una severa reflexión sobre la ley “Stand Your Ground”, que sólo sirve para echar gasolina sobre el fuego de una sociedad enfrentada por las tensiones raciales, ofreciendo un estudio sombrío sobre la pequeña chispa que puede hacer saltar la violencia irracional en un país con más armas que libros. En el caso Jordan la chispa fue una discusión sobre lo molesto que le resultaba a Dunn el alto volumen de la música que él mismo tildó de “música de maleantes” o “basura rap”.
El fundamento de las alegaciones de la defensa comienza a desmoronarse cuando la policía fue incapaz de encontrar la más mínima evidencia de un arma de fuego en el vehículo ocupado por los jóvenes, y hasta la novia de Dunn, Rhonda Rouer, admitió que nunca había oído hablar a Dunn de un arma aunque él afirmó que se lo repitió en varias ocasiones. Silver lanza una mirada tan profunda como serena sobre el caso desmenuzando los procedimientos judiciales, los testimonios de los testigos, la policía y el acusado, y firma un documento oportuno y necesario que sirve de espejo para el reflejo de la cruda realidad de la Norteamérica actual, y levanta acta sobre un drama que deja un poso de amargura y compasión sobre todos los involucrados. Pero, viendo el film, resulta evidente que el condenado cometió un asesinato racista y debe pagar por ello, y que si los chicos hubiesen sido blancos escuchando música country a todo volúmen, Dunn, con una sonrisa, les hubiera felicitado por ello.