miércoles, 6 de julio de 2016

TRÁILER DE “ASSASSIN´S CREED” (2016), EL PELOTAZO TAQUILLERO DE LA PRÓXIMA NAVIDAD.


      Adaptación del popular videojuego homónimo de Ubisoft, Assassin´s Creed nos introduce en una trama en donde gracias a una tecnología revolucionaria que permite el acceso a los recuerdos genéticos, Callum Lynch (Michael Fassbender) revive las aventuras de Aguilar, un antepasado suyo que vivió en la España del siglo XV. Es así como descubre que es descendiente de una organización secreta, los Asesinos, que posee las habilidades y las características necesarias para enfrentarse a la poderosa y temible orden de los Templarios en la época actual.


      El film está dirigido por el director australiano Justin Kurzel, que ya colaboró con Michael Fassbender en Macbeth (2015) adaptación de la famosa obra de William Shakespeare, y que debutó con el drama criminal Snowtown (2011) sobre un joven que acaba siendo arrastrado por su padrastro a un mundo de fanatismo y violencia. Un gran debut con formidables interpretaciones. Assassin´s Creed tiene previsto su estreno para la Navidad de este mismo año, con lo que está prácticamente asegurado el pelotazo taquillero. Cuenta con un guión escrito a tres manos por Adam Cooper, Bill Collage y Michael Lesslie, la música está compuesta por Jed Kurzel y la impresionante fotografía corre a cargo de Adam Arkapaw. Acompañan a Michael Fassbender en el reparto Marion Cotillard (que fue también su pareja en Macbeth), Ariane labed, Jeremy Irons y Brendan Gleeson.


martes, 5 de julio de 2016

JOYAS DEL CINE ERÓTICO: “INFIEL” (ADRIAN LYNE, 2002)

   

   
    Retirado del cine desde que firmara esta película, tal vez muchos aficionados ignoren que el director británico Adrian Lyne (Peterborough, 1941) debutó detrás de la cámara con un film titulado Zorras (1980) que protagonizado por una jovencísima Jodie Foster trata sobre unas amigas que comparten apartamento en Los Ángeles y que seducen, humillan, adoran y se hacen amigas de los hombres sin que su amistad se vea afectada. Lyn, uno de los directores clave para entender el cine de los 80 con títulos como Flashdance (1983), 9 semanas y media (1986) y Atracción fatal (1987), continuó dirigiendo en los años 90 y regalándonos momentos de buen cine con la película de culto La escalera de Jacob (1990) y obteniendo gran éxito de público con Una proposición indecente (1993). Su decadencia llegó cuando la crítica y el público dieron la espalda a su versión de la novela de Nabokov Lolita (1997), un irregular drama romántico que ni mucho menos resulta despreciable.
    

    Si atendemos a los títulos que conforman su filmografía, Lyne siempre ha tenido debilidad por el cine erótico bien sea fusionado con el thriller o el drama romántico, pero siempre marcándose unos férreos límites. Así, no es nada extraño que se interesara por realizar un remake del excelente film de Claude Chabrol La mujer infiel (1969), con una temática que se repite machaconamente en su filmografía: la infidelidad, y que a la postre puso fin a su carrera porque desde entonces no volvió a situarse detrás de la cámara. Infiel gira en torno al matrimonio compuesto por Edward (Richard Gere) y Connie (Diane Lane) que parece discurrir de una manera feliz: tienen dinero, buena posición social, un hijo y una bonita casa residencial en las afueras de Nueva York. Pero un día, Connie conoce a Paul (Olivier Martínez) un joven y atractivo coleccionista de libros de origen francés con el que comienza una relación adúltera.

    
    Sin embargo, Adran Lyne es un erotómano muy puritano, un calientabraguetas que nunca se atreve a ir más allá del puro esteticismo sensual en unos relatos teñidos de un falso costumbrismo. La burguesía retratada como una farsa que esconde secretos inconfesables, emociones reprimidas, vidas vacías y tentadas por los deseos prohibidos. Historias en las que siempre se ve enredado un triángulo clásico y fatal del que brota un mar de insatisfacciones y engaños. Tal vez Infiel no refleje con auténtica naturalidad el derrumbe del matrimonio cuando un extraño se interpone en el predecible itinerario de una relación convencional para dinamitar sus débiles esquematismos, pero se impone como un ejercicio efectista que condena la dudosa moral de todos los personajes, lo que acaba haciendo derivar la trama hacia una dolorosa intriga de perdición y muerte.
      

    Connie, dueña de una vida aburrida y carente de estímulos, transgrede las reglas, cruza el límite de lo prohibido y la infidelidad enajena sus sentidos al mismo tiempo que la llena de vergüenza, pero nada parece poder contener la atracción que siente por el bello bohemio al que da oxígeno Olivier Martínez, una máquina sexual que la arrastra  a un mundo clandestino de deseos salvajes. Todo sin dejar de ser mujer de un solo hombre y madre de familia que, con el amante desplazado de su entorno cercano, convierte su infidelidad en un capricho morboso con la culpa como un sentimiento punzante y latente.
    

   Con 38 años cuando rodó esta película, Diane Lane jamás lució  con tanto sex appeal y magnética sensualidad, una interpretación llena de matices, tremendamente humana, física, elegante y sofisticada a pesar de su rol de mujer corriente envuelta en un torbellino de pasiones. Lo que imprime más morbo a sus atolondradas peripecias buscando siempre excusas para viajar a la ciudad y entregarse a los brazos del seductor librero. Claramente dividida en dos partes: una primera que narra las causas de la infidelidad (furor uterino, mayormente) y su efusivo progreso; y una segunda en la que el marido (un contenido, incluso inexpresivo Richard Gere) descubre el pastel y la acción discurre por el territorio del suspense, Infiel parte de una premisa nada original y nos aboca a un final previsible. Se puede alegar que la infidelidad debería tener un trasfondo más determinante, que las secuencias eróticas están excesivamente constreñidas, pero aun así Lyne se las apaña para dejarnos momentos de buen cine: la vuelta en tren de Connie tras consumar el pecado y un final abierto en el que vemos a la pareja en su coche saltándose un semáforo en rojo sin advertir la presencia cercana de un policía. Un calculado melodrama con una memorable actuación de Diane Lane. 



lunes, 4 de julio de 2016

CRÍTICA: "INDEPENDENCE DAY: CONTRAATAQUE" (Roland Emmerich, 2016)

    


INDEPENDENCE DAY : CONTRAATAQUE êê
    
    Independence Day (Roland Emmerich, 1996) no es para para este cronista un film reivindicable más allá del gran trabajo técnico de montaje y unos efectos visuales y de sonido espectaculares que resultaron novedosos para la época. Su argumento simplón estaba revestido por un halo de serie B pero con un presupuesto de primera división. Sólo en los Estados Unidos la película llegó a recaudar 300 millones de dólares. Al frente del reparto estaba el socarrón Will Smith, un actor con mucho gancho en aquella década debido al éxito de la serie El príncipe de Bel-Air y de la comedia policíaca Dos policías rebeldes (Michael Bay, 1995).

    
     Como el film seminal dejó en mi poco poso, albergaba pocas esperanzas de que esta secuela dirigida también por el director alemán Roland Emmerich consiguiera por fin atraparme. La historia nos sitúa en la época actual transcurridos veinte años desde la última invasión alienígena y las naciones han desarrollado un programa de defensa global. Tras aquella guerra, el ex presidente Thomas Whitmore (Bill Pullman) sufre pesadillas con los alienígenas y está seguro de que volverán a atacar, alertando a su hija Patricia (Maika Monroe) e incluso a la nueva mandataria estadounidense, Elizabeth Lanford (Sela Ward). Sus temores acaban concretándose y no parece que nada pueda frenar la avanzada y demoledora fuerza de los alienígenas, tan sólo el ingenio de unos pocos valientes como Jake Morrison (Liam Hemsworth) y Dylan Hiller (Jessie T. Usher), el hijo del capitán que salvó hace veinte años a la humanidad, intentarán salvar un planeta que se encuentra al borde de la extinción total.

  
    El cine, como ocurre con la música y otras expresiones artísticas, es un universo lleno de nostálgicos, sólo así se explica la recepción entusiasta de este artefacto por parte de un puñado de críticos que han desdeñado apuestas de ciencia ficción infinitamente superiores estrenadas en las últimas décadas. Independence Day: Contraataque es un blockbuster veraniego para ver y olvidar pergeñado por uno de los máximos destroyers de Hollywood con permiso de Michael Bay, una estrambótica cinta con pésimos diálogos y profusión de efectos visuales que además de anclar la fecha del 4 de julio en la conciencia colectiva de las nuevas generaciones estadounidenses, encadena una serie de chascarrillos infantiles y consignas patrioteras que inflaman el sentimiento del espíritu nacional. No olvida, claro, diseminar algunos guiños a clásicos del género como Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977) de ahí la prescindible inclusión de la francesa Charlotte Gainsbourg como remedo de aquel ufólogo al que daba vida François Truffaut.

     
    Independence Day: Contraataque está recomendada para los espectadores que les gusta el cine como simple evasión (que no es poco), como entretenimiento y escapismo. Profundizar más carece de sentido en lo que sólo es una verbena disparatada de efectos digitales (abuso de CGI) por donde desfilan una colección de jóvenes y bellos actores en su misión de salvar a la humanidad de la invasión de unas huestes muy agresivas y heavys de alienígenas. Como no podía ser de otro modo, el diseño de producción es impecable, las naves lucen una estética imponente, están dotadas de la más alta tecnología y el ataque de los extraterrestres ya no se produce con aquella antigualla de platillos volantes sino como una especie de amenaza mastodóntica, infinita, total, que avanza lentamente como una plaga. Dibujando un panorama actual astronómicamente más avanzado del que disfrutamos, el contraataque alienígena sólo puede ser contrarrestado gracias a que la población terrestre (renacida tras un clima de trauma universal) que ha sabido aprovechar la tecnología extraterrestre en beneficio propio. Estamos ante un ejemplo de Sci-Fi popular, una fiesta para los sentidos del espectador palomitero: caos, explosiones, destrucción, romance, acción y buenas dosis de valor y patriotismo de andar por casa. De la chatarra argumental, mejor no hablamos.