Adaptación del popular videojuego
homónimo de Ubisoft, Assassin´s Creed nos introduce en
una trama en donde gracias a una tecnología revolucionaria que permite el
acceso a los recuerdos genéticos, CallumLynch (Michael Fassbender) revive
las aventuras de Aguilar, un antepasado suyo que vivió en la España del siglo
XV. Es así como descubre que es descendiente de una organización secreta, los
Asesinos, que posee las habilidades y las características necesarias para
enfrentarse a la poderosa y temible orden de los Templarios en la época actual.
El film está dirigido por el director
australiano Justin Kurzel, que ya
colaboró con Michael Fassbender en Macbeth
(2015) adaptación de la famosa obra de William Shakespeare, y que debutó con el
drama criminal Snowtown (2011) sobre un joven que acaba siendo arrastrado por
su padrastro a un mundo de fanatismo y violencia. Un gran debut con formidables
interpretaciones. Assassin´sCreed tiene previsto su estreno para
la Navidad de este mismo año, con lo que está prácticamente asegurado el
pelotazo taquillero. Cuenta con un guión escrito a tres manos por Adam Cooper,
Bill Collage y Michael Lesslie, la música está compuesta por Jed Kurzel y la
impresionante fotografía corre a cargo de Adam Arkapaw. Acompañan a Michael
Fassbender en el reparto MarionCotillard (que fue también su pareja en
Macbeth),
Ariane labed, JeremyIrons y BrendanGleeson.
Retirado del cine desde que firmara esta
película, tal vez muchos aficionados ignoren que el director británico Adrian Lyne (Peterborough, 1941) debutó
detrás de la cámara con un film titulado Zorras (1980) que protagonizado por
una jovencísima Jodie Foster trata sobre unas amigas que comparten apartamento
en Los Ángeles y que seducen, humillan, adoran y se hacen amigas de los hombres
sin que su amistad se vea afectada. Lyn, uno de los directores clave para
entender el cine de los 80 con títulos como Flashdance (1983), 9
semanas y media (1986) y Atracción fatal (1987), continuó
dirigiendo en los años 90 y regalándonos momentos de buen cine con la película
de culto La escalera de Jacob (1990) y obteniendo gran éxito de público
con Una
proposición indecente (1993). Su decadencia llegó cuando la crítica y
el público dieron la espalda a su versión de la novela de Nabokov Lolita
(1997), un irregular drama romántico que ni mucho menos resulta despreciable.
Si atendemos a los títulos que conforman
su filmografía, Lyne siempre ha tenido debilidad por el cine erótico bien sea
fusionado con el thriller o el drama romántico, pero siempre marcándose unos
férreos límites. Así, no es nada extraño que se interesara por realizar un
remake del excelente film de Claude Chabrol La mujer infiel (1969),
con una temática que se repite machaconamente en su filmografía: la infidelidad,
y que a la postre puso fin a su carrera porque desde entonces no volvió a
situarse detrás de la cámara. Infiel gira en torno al matrimonio
compuesto por Edward (Richard Gere)
y Connie (Diane Lane) que parece
discurrir de una manera feliz: tienen dinero, buena posición social, un hijo y
una bonita casa residencial en las afueras de Nueva York. Pero un día, Connie
conoce a Paul (Olivier Martínez) un
joven y atractivo coleccionista de libros de origen francés con el que comienza
una relación adúltera.
Sin embargo, Adran Lyne es un erotómano
muy puritano, un calientabraguetas que nunca se atreve a ir más allá del puro
esteticismo sensual en unos relatos teñidos de un falso costumbrismo. La burguesía
retratada como una farsa que esconde secretos inconfesables, emociones
reprimidas, vidas vacías y tentadas por los deseos prohibidos. Historias en las
que siempre se ve enredado un triángulo clásico y fatal del que brota un mar de
insatisfacciones y engaños. Tal vez Infiel
no refleje con auténtica naturalidad el derrumbe del matrimonio cuando un
extraño se interpone en el predecible itinerario de una relación convencional
para dinamitar sus débiles esquematismos, pero se impone como un ejercicio
efectista que condena la dudosa moral de todos los personajes, lo que acaba
haciendo derivar la trama hacia una dolorosa intriga de perdición y muerte.
Connie, dueña de una vida
aburrida y carente de estímulos, transgrede las reglas, cruza el límite de lo
prohibido y la infidelidad enajena sus sentidos al mismo tiempo que la llena de
vergüenza, pero nada parece poder contener la atracción que siente por el bello
bohemio al que da oxígeno Olivier Martínez, una máquina sexual que la arrastra a un mundo clandestino de deseos salvajes. Todo
sin dejar de ser mujer de un solo hombre y madre de familia que, con el amante
desplazado de su entorno cercano, convierte su infidelidad en un capricho
morboso con la culpa como un sentimiento punzante y latente.
Con 38 años cuando rodó esta película,
Diane Lane jamás lució con tanto sex
appeal y magnética sensualidad, una interpretación llena de matices,
tremendamente humana, física, elegante y sofisticada a pesar de su rol de mujer
corriente envuelta en un torbellino de pasiones. Lo que imprime más morbo a sus
atolondradas peripecias buscando siempre excusas para viajar a la ciudad y
entregarse a los brazos del seductor librero. Claramente dividida
en dos partes: una primera que narra las causas de la infidelidad (furor
uterino, mayormente) y su efusivo progreso; y una segunda en la que el marido
(un contenido, incluso inexpresivo Richard Gere) descubre el pastel y la acción
discurre por el territorio del suspense, Infiel parte de una premisa nada
original y nos aboca a un final previsible. Se puede alegar que la infidelidad debería
tener un trasfondo más determinante, que las secuencias eróticas están excesivamente
constreñidas, pero aun así Lyne se las apaña para dejarnos momentos de buen
cine: la vuelta en tren de Connie tras consumar el pecado y un final abierto en
el que vemos a la pareja en su coche saltándose un semáforo en rojo sin
advertir la presencia cercana de un policía. Un calculado melodrama con una
memorable actuación de Diane Lane.
Independence Day (Roland Emmerich,
1996) no es para para este cronista un film reivindicable más allá del gran
trabajo técnico de montaje y unos efectos visuales y de sonido espectaculares que
resultaron novedosos para la época. Su argumento simplón estaba revestido por
un halo de serie B pero con un presupuesto de primera división. Sólo en los
Estados Unidos la película llegó a recaudar 300 millones de dólares. Al frente
del reparto estaba el socarrón Will Smith, un actor con mucho gancho en aquella
década debido al éxito de la serie El
príncipe de Bel-Air y de la comedia policíaca Dos policías rebeldes
(Michael Bay, 1995).
Como el film seminal dejó en mi poco poso,
albergaba pocas esperanzas de que esta secuela dirigida también por el director
alemán RolandEmmerich consiguiera por fin atraparme. La historia nos sitúa en la
época actual transcurridos veinte años desde la última invasión alienígena y
las naciones han desarrollado un programa de defensa global. Tras aquella
guerra, el ex presidente ThomasWhitmore (Bill Pullman) sufre
pesadillas con los alienígenas y está seguro de que volverán a atacar,
alertando a su hija Patricia (Maika
Monroe) e incluso a la nueva mandataria estadounidense, ElizabethLanford (Sela
Ward). Sus temores acaban concretándose y no parece que nada pueda frenar la
avanzada y demoledora fuerza de los alienígenas, tan sólo el ingenio de unos
pocos valientes como JakeMorrison (Liam Hemsworth) y Dylan Hiller (Jessie T. Usher), el hijo
del capitán que salvó hace veinte años a la humanidad, intentarán salvar un
planeta que se encuentra al borde de la extinción total.
El cine, como ocurre con la música y otras
expresiones artísticas, es un universo lleno de nostálgicos, sólo así se
explica la recepción entusiasta de este artefacto por parte de un puñado de críticos
que han desdeñado apuestas de ciencia ficción infinitamente superiores estrenadas
en las últimas décadas. Independence Day: Contraataque es un
blockbuster veraniego para ver y olvidar pergeñado por uno de los máximos
destroyers de Hollywood con permiso de Michael Bay, una estrambótica cinta con
pésimos diálogos y profusión de efectos visuales que además de anclar la fecha
del 4 de julio en la conciencia colectiva de las nuevas generaciones
estadounidenses, encadena una serie de chascarrillos infantiles y consignas
patrioteras que inflaman el sentimiento del espíritu nacional. No olvida,
claro, diseminar algunos guiños a clásicos del género como Encuentros en la tercera fase
(Steven Spielberg, 1977) de ahí la prescindible inclusión de la francesa
Charlotte Gainsbourg como remedo de aquel ufólogo al que daba vida François
Truffaut.
Independence Day: Contraataque está recomendada para los espectadores que les gusta el cine como
simple evasión (que no es poco), como entretenimiento y escapismo. Profundizar más
carece de sentido en lo que sólo es una verbena disparatada de efectos
digitales (abuso de CGI) por donde desfilan una colección de jóvenes y bellos
actores en su misión de salvar a la humanidad de la invasión de unas huestes
muy agresivas y heavys de alienígenas. Como no podía ser de otro modo, el diseño
de producción es impecable, las naves lucen una estética imponente, están dotadas
de la más alta tecnología y el ataque de los extraterrestres ya no se produce
con aquella antigualla de platillos volantes sino como una especie de amenaza
mastodóntica, infinita, total, que avanza lentamente como una plaga. Dibujando un panorama actual
astronómicamente más avanzado del que disfrutamos, el contraataque alienígena sólo
puede ser contrarrestado gracias a que la población terrestre (renacida tras un
clima de trauma universal) que ha sabido aprovechar la tecnología
extraterrestre en beneficio propio. Estamos ante un ejemplo de Sci-Fi popular, una fiesta para los sentidos del
espectador palomitero: caos, explosiones, destrucción, romance, acción y buenas
dosis de valor y patriotismo de andar por casa. De la chatarra argumental,
mejor no hablamos.