martes, 21 de junio de 2016

CHARLOTTE MCKINNEY, MÁS APETITOSA QUE UNA HAMBURGUESA

      

     Nacida en Orlando (Florida) el 6 de agosto de 1993, la modelo y actriz  estadounidense Charlotte McKinney abandonó los estudios secundarios a los 17 años para iniciar su carrera como modelo. El problema es que tuvo más dificultades de las esperadas para encontrar el éxito en una agencia, pues ella misma se definía  como “una bomba sexual con muchas curvas y grandes tetas”. Charlotte cuenta que sufre dislexia y que cuando cuando estaba en la pubertad fue acosada debido a su enorme desarrollo físico. Como las agencias no confiaban mucho en sus posibilidades (suelen ser bastante cegatas), Charlotte confió en sí misma y se refugió en Instagram y demás redes sociales como trampolín para su éxito posterior, un escaparate que sirvió para promocionarse y que revistas y marcas se fijaran en ella. A partir de entonces firmó con la agencia Wihelmina Models.


     El salto definitivo lo dio cuando protagonizó el spot publicitario para Carl´s Jr. All Natural Burguer, que se transmitió durante la celebración de la Super Bowl. El anuncio, que se convirtió en viral, nos muestra a Charlotte caminando por un mercado callejero de frutas y hortalizas haciendo una analogía entre los productos naturales de la huerta y los atributos también naturales de la bella modelo, que parece que camina desnuda con los objetos colocados estratégicamente a su paso pero que finalmente se nos revela que tenía puesto un bikini. 

   A partir de este imaginativo y sensual trabajo, que ha resultado trascendente en su carrera, todo vino rodado. Hasta el punto de ser señalada como la nueva Kate Upton, y, desde entonces, son muchas modelos las que están deseando salir en el comercial de la hamburguesa durante la Super Bowl.


      Charlotte McKinney mide 1´71 m de estatura, tiene el cabello rubio y los ojos azules. En cuanto a su faceta como actriz, tuvo un papelito en la infumable comedia Joe Guarro ¡Vaya pringado! (Fred Wolf, 2015) sobre un padre de familia que se ve transportado al pasado y comienza un épico viaje para regresar al presente con sus seres queridos. Su nombre también aparece en la serie británica de la BBC Doctor Foster (2015) que no he tenido la oportunidad de ver. 


  Al parecer, también interviene en una comedia que aún no se ha estrenado titulada Late Bloomer (Kevin Pollack, 2016) que aún no se ha estrenado. También sabemos que aparecerá en la adaptación cinematográfica de la serie televisiva Los vigilantes de la playa (Seth Gordon, 2017) en la que intervendrán entre otros Dwayne Johnson, Zac Efron y la preciosa Alexandra Daddario. Disfruta de este post y ten a mano el oxígeno, no vayas a terminar hiperventilando.





domingo, 19 de junio de 2016

CRÍTICA: "EXPEDIENTE WARREN: EL CASO ENFIELD" (James Wan, 2016)

Un nuevo caso para los Warren
EXPEDIENTE WARREN: EL CASO ENFIELD êêê
Director: James Wan
Intérpretes: Patrick Wilson, Vera Farmiga, Frances O´Connor, Franka Potente, Madison Wolfe, Lauren Esposito.
Género: Terror / EEUU / 2016  Duración: 133 minutos.                 


      Cuando James Wan pegó el pelotazo con Saw (2004) dejó claro que su irrupción por la puerta grande del cine de terror no era flor de un día. Que estábamos ante un director inteligentísimo y con gran pericia para construir artefactos que perduren en la memoria del aficionado hasta el punto de encender la mecha de varias sagas. Pero es que además, cuando ha querido saludar al respetable lejos del encasillamiento al que parecía abocado, como el caso de Sentencia de muerte (2007) un injustamente minusvalorado thriller de venganza con un Kevin Bacon como justiciero, salió airoso y el film hoy está siendo reivindicado. En mi opinión, es hora de abandonar la machacona temática de lo sobrenatural y las casas encantadas de Insidious y Expediente Warren por un tiempo y dar un golpe de timón para explorar nuevos horizontes, como ya hiciera con Fast & Furious (2015). Al parecer, así será también ahora, pues anda ya liado en la preproducción de Aquaman, sobre el superhéroe de DC Comics que será interpretado por Jason Momoa y que verá la luz en 2018.

    
     Claro que el cine es una industria, un negocio, y Expediente Warren llegó a recaudar 318 millones de dólares partiendo de un presupuesto de 20 millones. Para Expediente Warren: El Caso Enfield el cineasta de origen malayo se basa en caso real del Poltergeist de Enfield que nos sitúa en la Inglaterra de 1977. En la pequeña localidad londinense, una madre soltera, Peggy Hodgson (Frances O´Connor) y sus cuatro hijos asisten atónitos a una serie de sucesos paranormales que acontecen en su hogar sin ninguna explicación racional. Para investigar esos extraños fenómenos y ayudar a la familia, nos encontramos de nuevo con el matrimonio de reputados demonólogos formado por Lorraine (Vera Farmiga) y Ed Warren (Patrick Wilson) que se ponen manos a la obra para tratar de verificar estos fenómenos paranormales que parecen centrarse  en los habitantes más jóvenes de la casa. La pareja estará acompañada por la parapsicóloga alemana Anita Gregory (Franka Potente) que duda de los métodos de la pareja y de los hechos que están ocurriendo en el hogar de los Hodgson.

   
     James Wan filma de maravillas. Esto, que es algo que está fuera de toda discusión, lo sabe apreciar el aficionado al género que agradece que se trate con mimo este tipo de producciones que casi siempre han sido muy denostadas por la crítica más pureta y oficialista. El idilio de Wan con la taquilla y los aficionados (que celebran haber encontrado un nuevo maestro del terror) tiene visos de prolongarse con Expediente Warren: El Caso Enfield, que se inicia con prólogo espeluznante del caso de la familia Lutz en Amityville y la carnicería perpetrada con su familia por Ronnie DeFeo en 1974.  Con la habilidad acostumbrada para la creación de atmósferas asfixiantes y estremecedoras, Wan reproduce los esquemas del film seminal para mantener al espectador pegado a la butaca con un persistente escalofrío surcándole la espalda. La cámara impenitente recorre de manera sinuosa las estancias herrumbrosas de la casa de los Hodgson sin que sea posible evitar que a uno se le ericen los vellos, asaltado por un milimetrado ritual de sustos y sobresaltos que desde algún rincón del hogar esconde la amenaza latente, terrorífica y espectral, un bucle pesadillesco que acaba dotando de poesía la épica del sufrimiento, de la que también es víctima el matrimonio Warren, con la presencia de una monja demoníaca que les persigue.

   
     Con una cuidada ambientación setentera, un escenario desvencijado, húmedo y lo suficientemente lúgubre para que Wan pueda desplegar todo su arsenal de recursos visuales y de sonido, Expediente Warren: El Caso Enfield da otra vuelta de tuerca a la premisa “los casos Warren” desarrollada en el film seminal pero con secuencias más elaboradas, mayor profundidad dramática y más sustos, pero aportando pocas novedades, en un intento por subir la apuesta equilibrando la tensión ambiental con la empatía de la platea hacia las víctimas.

                                                                                                                                                                   
    Estamos ante una aceptable secuela con secuencias de verdadero terror muy conseguidas (el perro que se transforma en El Señor Retorcido, la imagen difuminada del anciano sentado en el sillón en la penumbra, la aparición fantasmal de la monja) y un clímax final a modo de impactante aquelarre en donde Wan demuestra toda su pericia para crear momentos electrizantes que ponen los ojos de los espectadores como platos. Un clímax que antecede a unos créditos finales sobresalientes que dotan de una sensación de verismo las sensaciones vividas por la audiencia. Sí, ya sé que muchos espectadores se preguntarán que si el meollo de toda esa fantasmal espiral estaba en el sillón, por qué no se deshicieron de él, pero ya sabemos que en estos artefactos nada es definitivo y Wan guarda un culto especial por los objetos, instrumentos que forman parte siempre de un teatro tan obsesivo como diabólico.  



sábado, 18 de junio de 2016

KATHERINE WATERSTON MOVES


    La actriz británica Katherine Waterston (Westminster, 3 de marzo de 1980) que debutó con un film aceptable sobre el drama de la prostitución titulado The Babysitters (David Ross, 2007), cuenta en su filmografía con algunos títulos en los que ha participado con mayor o menor relevancia pero cuya presencia no pasó desapercibida para el aficionado: Destino Woodstock (Ang Lee, 2009), Night Moves (Kelly Reichardt, 2013) o La desaparición de Leonor Rigby: ellos (Ned Benson, 2014). Pero no fue hasta su interpretación de la lánguida y seductora femme fatale Shasta Fay en la fallida película de Paul Thomas Anderson Puro Vicio (Inherent Vice, 2014) que su carrera parece haber tomado cierta altura. Tanto es así que compartirá protagonismo con Michael Fassbender en la secuela de Prometheus (2012) que también será dirigida por Ridley Scott y que lleva por título Alien: Covenant, cuyo estreno está previsto para 2017.


INHERENT VICE  (Paul Thomas Anderson, 2014)

     La función nos traslada a la soleada California de 1970. Doc Sportello (Joaquin Phoenix) es un peculiar detective privado de Los Ángeles. Después de mucho tiempo sin verse, su ex, Shasta (Katherine Waterston) una seductora femme fatale, solicita su ayuda para encontrar a su amante desaparecido, un magnate que pretendía devolverle a la sociedad todo lo que había expoliado. Sportello se ve sumergido así en una trama con muchas aristas.


      Como apuntaba, el calificativo “de culto” le hace a Thomas Anderson un flaco favor y le incita a atreverse con cualquier cosa, él sabe que una legión de rendidos y alucinados críticos rebozará su indigesto pestiño con el caviar de la excelencia. Puro vicio es una tomadura de pelo, una película enmarañada, confusa, rodada sin convicción y tan desordenada que se hace imposible saber de qué va el asunto; personajes apenas esbozados que entran y salen de la pantalla sin decir nada interesante y, lo que es peor, dando la impresión de estar más perdidos en la historia que los sufridos espectadores (en la sesión a la que este crítico asistió casi la mitad de los espectadores abandonaron la sala antes de que terminara la película).


    Uno se dispone a ver la película tras leer una sinopsis que le recuerda mucho, por la época y la trama, a espléndidos films inspirados en las novelas pulp de detectives como La noche se mueve (Arthur Penn, 1975) o Adiós Muñeca (Dick Richards, 1975) y lo que se encuentra es con una galería de personajes excéntricos, absurdos e histriónicos pululando por una historia laberíntica, dispersa y muy mal narrada que esconde un vacío absoluto. Su kilométrico metraje no tiene ningún sentido y lo único reseñable es la puesta en escena, la ambientación, la conseguida atmósfera de las playas hippies californianas de principio de los 70, y la visión siempre agradable de algunos cuerpos femeninos muy saludables; de ese totum revolutum que forman el detective fumeta con patillas a lo Curro Jiménez al que da vida Joaquin Phoenix, sectas a la búsqueda de percepciones extrasensoriales, policías surrealistas, diálogos que rozan la paranoia y la  anticlimática resolución del caso, mejor no hablamos. Puro vicio es un film vacuo, soporífero, un relato en el que Anderson desprecia a los personajes y la historia para poner énfasis en los escenarios y regodearse en su grimoso estilo, un pretencioso e insoportable ejercicio de estilo firmado por un director cuyo ego e ínfulas de artista único, por mucho que se empeñe su camarilla de abducidos críticos, acabará condenando al ostracismo.