Aunque nació en Guayaquil (Ecuador) el
8 de agosto de 1985, la modelo Natalia
Vélez se trasladó a Colombia con sus padres cuando era un bebé de sólo 8
meses de vida. Su carrera comenzó siendo una adolescente y desde entonces ha
realizado múltiples campañas publicitarias para marcas como Avon, Coca-Cola,
Pantene, Pepsi y Samsung. También realizó un anuncio de la Super Bowl en 2012. Una
aparición suya en Sports Illustrated recogió tal número de demandas de los
lectores que la revista se vio obligada a incorporar más fotos suyas.
Según la revista corpoybelleza.com, llegó
a estudiar ingeniería de diseño de productos y es modelo desde los 13 años. La hemos
podido ver en unas fotos muy jugosas en la edición mexicana de Maxim y posar en
lencería para la firma colombiana Bésame. Natalia, a la vista está, es una
modelo deliciosa con su 1´77 m de estatura, sus perfectas medidas de 92-60-90,
sus ojos de color café y su hermoso pelo castaño, atributos dentro de una
personalidad muy femenina que enamora allá por donde va.
La modelo se vio envuelta en una polémica
sobre un vídeo íntimo en el que supuestamente aparece ella y que se hizo automáticamente
viral. Los que han visto el vídeo (entre los que me cuento) comparan la
manchita que tiene en el trasero la modelo con la mujer que aparece la
grabación, así como la estrella tatuada en el pie izquierdo. Si tuviera que
decantarme, diría que es ella.
A Natalia le gustan los deportes de
riesgo como el esquí acuático, el paracaidismo
y la lucha libre. Cuentan que la primera vez que se puso delante de una
cámara fue para hacerle un favor a un amigo que andaba rodando un spot
comercial. El resto, vino rodado. Con su tiempo dividido entre la ciudad
colombiana de Medellín y Miami, al parecer mantiene una relación sentimental
con el futbolista Radamel Falcao. Natalia es muy activa en Twitter, y recoge
refranes inspirados en algunos tweets como “la gente rara vez tiene éxito a
menos que se diviertan con lo que hacen”. Estamos seguros de que ella se
divierte mucho con lo que hace.
El
reputado guionista de la saga Arma Letal, Shane Black, debutó en el año 2005 con aquella deliciosa mezcla de
comedia, thriller y acción titulada Kiss Kiss Bang Bang, que contaba con
el protagonismo de Robert Downey Jr., Val Kilmer y Michelle Monagan. El destino
quiso que se cruzara de nuevo con Downey Jr. en la aceptable IronMan
3 (2013), en lo que representó su segundo largometraje detrás de la
cámara. Actualmente enredado en la secuela de Depredador (1987) que
tiene previsto su estreno para el año 2018, nos presenta esta comedia de tono
neo-noir que ha tenido una gran recepción crítica en los Estados Unidos.
La acción nos sitúa en la ciudad de Los
Ángeles en la segunda mitad de los años 70, con una trama que gira en torno al
detective privado HollandMarch (Ryan Gosling) y al matón a
sueldo JacksonHealy (Russell Crowe), los cuales se ven obligados a colaborar para
resolver el caso de una joven desaparecida, AmeliaKuttner (Margaret
Qualley) una activista ecologista con veleidades con el porno y que tiene mala
relación con su madre, JudithKuttner (Kim Basinger), jefa del
departamento de justicia de la ciudad. La investigación se complicará con la
muerte de una estrella del porno y una conspiración criminal que conduce hasta
las altas esferas.
He de reconocer que
debido al sugerente tráiler y las expectativas creadas a raíz del éxito crítico
en Cannes y los Estados Unidos, me esperaba más de Dos buenos tipos, pero
encuentro justo señalar que la función, como homenaje camp y nostálgico a una
época irrepetible, compensa con creces el precio que el espectador paga por la
entrada. Película en formato buddy movie (película de colegas) elaborada con
esa fusión entre la comedia, la acción y
cine negro que tanto le gusta a su director, y una fastuosa ambientación
setentera tanto en los escenarios de la acción, los colores chirriantes de la
tonalidad cromática (atención al opening con una panorámica de la ciudad y los
créditos en neón) y la música funky que envuelve la atmósfera de la película, elementos
que sirven para armar un argumento que, con sus giros y retruécanos surrealistas,
adivinamos pronto sólo esconde un McGuffin, con la intención de desplegar una
serie de gags más o menos afortunados. La temprana muerte de la actriz porno en
un inicio impactante (de lo mejor del film), la desaparición de la activista y
tal vez actriz porno y su vínculo con altas instancias del poder judicial,
importan mucho menos que el encadenado de chistes que demuestran las dotes para
el slapstick de Gosling y Crowe.
Estoy seguro que Shane Black y todo el
equipo se lo han pasado muy bien rodando esta desprejuiciada y psicodélica
farsa policial, tan enrevesada en sus constantes narrativas como eficaz en su
iconografía pop, y que se ve afectada por múltiples referencias que van desde
los míticos, Abbot and Costello, pasando por Bud Spencer/Terence Hill y Starsky
& Hutch, hasta clásicos como Chinatown,
el film de culto BoogieNigths o la más
reciente InherentVice, un cóctel con esencias proteínicas
para dar encaje a dos tipos que se imponen como las caricaturas lisérgicas de
Philip Marlowe, Sam Spade o Mike Hammer.
La chispeante y
hedonista Los Ángeles, ciudad del pecado y los excesos, con el submundo
hollywoodiense, la emergente industria del porno, y la larga agonía del
movimiento hippy y la contracultura, sirve de paisaje urbano para el retrato de
una Norteamérica decadente y rebosante de traumas por donde asoma el espectro
de Nixon, como símbolo de la pérdida de la inocencia y los jueguecitos pueriles
de una nación en una época convulsa. Con menos gags ingeniosos de los que
cabría esperar, con una pareja que funciona sorprendentemente bien y destilan
buena química cada vez que aparecen juntos en la pantalla, Dos buenos tipos se ve
beneficiada por la presencia de Angourie
Rice dando vida a la hija de Ryan Gosling, que acompaña al dúo de sabuesos
para ponerlos en evidencia y demostrarles que es más inteligente y madura que
los dos juntos. Sería conveniente que el
espectador no se preocupara en exceso de una trama alambicada que nos sumerge
sin profundizar en la corrupción, el cine X y la pulsión socio-política de
aquella década, pues lo recomendable es centrarse en unos personajes
autoparódicos que se ríen de sí mismos en un nostálgico ejercicio de estilo
rodado con buen ritmo, un puñado de gags gamberros y el alocado itinerario de
dos buenos tipos que pueden arreglar a mamporros cualquier problema desde la
barra de un bar.
Les dejo con un estimulante vídeo en slow motion de Murielle Telio, que es la chica que aparece desnuda en la impactante secuencia inicial del accidente. Espero que lo disfruten y sepan agradecermelo.
El director francés Frédéric Schoendoerffer no puede presumir de una filmografía
excelente, su película más conocida en nuestro país es AgentesSecretos
(2004) un irregular thriller protagonizado por Vincent Cassel y Monica Bellucci
sobre unos agentes elegidos para llevar a cabo una misión de sabotaje en
Marruecos. Le Convoi sigue a siete hombres que, repartidos en cuatro
coches, escoltan un alijo de 1.400 kilos de cannabis desde Málaga hasta Creil,
en las afueras de París. Pero para Alex
(Benoît Maginel), Yacine (Amir El
Kacem), Majid (Foëd Amara) y el
resto, lo que debería haber sido una misión ordinaria se convertirá en fatal. Por
el camino secuestrarán a Nadia (Rem Kherici) una joven turista francesa que
viaja hacia Marruecos. A lo largo de casi dos horas, nos sumergiremos en la
tensión y el tráfico de drogas y los hombres que la llevan a cabo.
Con reminiscencias a la irregular Go
Fast (Olivier Van Hoofstadt, 2008), esta nueva apuesta del director galo en formato de road movie resulta sorprendente por lo poco que se ha esmerado el guionista en los
diálogos, que generalmente carecen de interés y que en demasiados momentos
resultan ridículos. Y eso qué, todo el trayecto desde España hasta Francia está
salpicado por una intrascendente verborrea y escasos momentos de tensión
derivados de los controles que la Guardia Civil tiene montados a lo largo de la red de autopistas españolas.
Así, vamos conociendo las inquietudes y
los distintos puntos de vista de los ocupantes de los automóviles que forman el
convoy, y cómo la paranoia, derivada de una tensión que va in crescendo, se va
apoderando de alguno de ellos. Schoendoerffer, que se postula como amante y
especialista en cine policíaco polar, centra su interés en la resistencia
psicológica de los miembros de la caravana, siempre dispuestos para hacer frente a
cualquier incidente y al borde de un ataque de nervios. Salvo Alex, un
taciturno y contenido Benoît Maginel que impone su carisma y presencia viajando
solo en su vehículo.
Con una iluminación que juega con el
amarillo quemado del día y el tono azulado de la noche, en la acción no parece tener mucha
importancia el personaje al que da vida Reem Kherici, absolutamente innecesario
y que no aporta nada a la trama más allá de poder contar con una presencia
femenina y que protagoniza algunas escenas prescindibles como esa en que obliga
a Alex a hacer una parada con la excusa de evacuar su vejiga, aunque luego se
le quiere dar más protagonismo en una secuencia que tiene lugar en túnel. Salvo
esta escena y el tiroteo con la Guardia Civil de Tráfico, el itinerario
transcurre sin demasiados sobresaltos.
Desde los vehículos y través de los
teléfonos móviles (varios por cada vehículo) los líderes al cargo de la misión calman la crisis nerviosa de
algunos integrantes del convoy y controlan la ruta, con la ayuda también de los GPS
por si, como consecuencia de alguna incidencia tienen que atravesar paisajes que desconocen.
1.800 km que deben completar en 12 horas con 1.400 kilos de resina de cannabis
a bordo y siete kilos de coca no previstos. Una mercancía valiosa y peligrosa,
sobre todo por lo que les espera a la vuelta si algo sale mal. Con el lastre de la poca acción y unos
pobres diálogos, Schoendoerffer lo fía todos a la traca final, un brutal
enfrentamiento con armas de fuego rodado con mucha energía y realismo, pero
para entonces nos hemos desentendido ya de la trama y el destino final de sus personajes. (êê).