jueves, 14 de abril de 2016

“MADRID, 1987” (David Trueba, 2011)


     La buena vida (1996) sigue siendo la mejor película hasta la fecha de David Trueba, un espléndido drama sobre los problemas de la adolescencia protagonizado por  Fernando Ramallo y Lucía Jiménez. Claro que, uno no puede olvidarse de Soldados de Salamina (2003), adaptación de la exitosa novela de Javier Cercas con un potente trabajo de Ariadna Gil, buena ambientación de la Guerra Civil y un final de alto valor sentimental. En Madrid, 1987 (2011) Trueba nos presenta a Miguel (José Sacristán) un veterano articulista, temido y respetado, y a Ángela (María Valverde) una joven estudiante de periodismo. Ambos se quedan encerrados en el baño del apartamento de un amigo pintor de Miguel, situación que da paso a un enfrentamiento generacional. Ella se encuentra en los ochenta con una democracia consolidada, mientras que él forma parte de los privilegiados que lo habían conseguido todo.


      Antes de rodar Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013) comedia nostálgica centrada en la obsesión de un profesor por conocer a John Lennon que se encuentra en la España de los sesenta rodando una película y que consiguió 6 Goyas, David Trueba realizó este ejercicio minimalista y de formato teatral que el director hace gravitar entre la melancolía y el contraste generacional, lanzando a un precipicio sin red a dos magníficos intérpretes, Sacristán y Valverde, que en maravillosos tour de forcé, mantienen la película entre reflexiones sobre el amanecer de un tiempo nuevo y la decadencia de otro, el impulso de una generación que llega y la derrumbe y el hastío  de otra que se va; el viejo intelectual y la “lolita” aprendiz encerrados en un cuarto de baño y enredados en un debate dialectico adornado por las aristas de la amargura, el desencanto, el cansancio, las traiciones, los proyectos y  las ilusiones. Desnudos, sin comida ni whisky ni cigarrillos, Miguel siente una presión que le hace escupir una frase tras otra no para sentar cátedra, sino como desahogo ante una situación absurda en don su único deseo es follar con la apetecible Ángela que, inicialmente remisa, sólo espera que Miguel pueda ayudarla en su futuro profesional.

    
    Con un único escenario y dos personajes, Madrid, 1987, época y lugar donde transcurre la acción, no es una propuesta muy original, y su mayor atractivo es el verbo (además, claro, de la visión del cuerpo desnudo de la bella María Valverde), la palabra incendiada como arma y escudo. A los dos protagonistas, aislados del mundo exterior, del que sólo pueden ver la luz que penetra a través de una pequeña ventana del cuarto de baño, les queda eso… y tal vez el sexo, un sexo sin glamour, como una válvula de escape para calmar la tensión del asfixiante encierro, el sexo que fusiona el ánimo de dos generaciones muy distintas.


    Miguel, representante del periodismo a la vieja usanza, de máquina de escribir en viejas cafeterías, de boli y libreta, y que no sólo mira con deseo la lozanía de Ángela, también sus ansias de vivir, que envidia pero que no acaba de entender aun sabiéndose dueño de una hiriente arrogancia, de ese egocentrismo masculino y esa superioridad moral de que hacían gala los popes intelectuales de la Transición, figurantes exaltados de una época convulsa, más interesados en su ombligo que en la denuncia enérgica y efectiva.

miércoles, 13 de abril de 2016

CRÍTICA "LA INVITACIÓN" (Karyn Kusama, 2015)

Un hallazgo importante
LA INVITACIÓN êêêê
(THE INVITATION)
DIRECTOR: KARYN KUSAMA.
INTÉRPRETES: LOGAN MARSHALL-GREEN, TAMMY BLANCHARD, MICHIEL HUISMAN, JOHN CARROL LYNCH, MIKE DOYLE.
GÉNERO: THRILLER / EE. UU. / 2015  DURACIÓN: 90 MINUTOS.   

       
   Puede resultar sorprendente, pero Karyn Kusama, la directora de aquella fallida aventura distópica  protagonizada por Charlize Theron, AEon Flux (2005) y de aquel pueril invento de pseudoterror titulado Jennifer´s Body (2009), con Megan Fox como principal estrella y un estridente guión escrito por Diablo Dody, ha firmado una de las películas más inquietantes, hipnóticas y espeluznantes de la última década. Y lo ha logrado con un presupuesto ajustadísimo y una galería de buenos actores prácticamente desconocidos para el gran público. La película provocó una verdadera conmoción en el pasado Festival de Sitges, alzándose con el premio a la Mejor Película. El film está producido por Gamechanger Films, productora que basa su filosofía en la igualdad de oportunidad de géneros financiando proyectos independientes dirigidos solo por mujeres, y cuenta además con un guión escrito por el marido de la directora, Phil Hay.

      
     La historia es la siguiente: Will (Logan Marshall-Green) y Eden (Tammy Blanchard) formaban un matrimonio feliz hasta que perdieron a su hijo años atrás. El trágico suceso provocó que Eden desapareciera de la noche a la mañana sin dejar rastro. Pero Eden ha vuelto a Los Ángeles, se ha casado de nuevo y algo parece haber cambiado en ella. Es algo que Will comprobará cuando recibe una invitación de Eden para celebrar los buenos tiempos junto a ella y los viejos amigos. Will acude a la cita con su pareja, Kyra (Amayatzy Corinealdi) y una vez en la casa siente como Eden se comporta de un modo extraño, como si algo turbador e irreconocible se hubiera apoderado de ella. Will está convencido de que Eden y su marido, David (Michiel Huisman) tienen unos planes siniestros para sus invitados.
     

     La acción de la cinta transcurre casi en su totalidad dentro de las paredes de una lujosa casa situada en las colinas de Hollywood, un fascinante entorno que suele albergar a familias de clase media-alta con profesiones liberales y muy bien remuneradas. No obstante, el grupo de invitados resulta tan heterogéneo en su diversidad psicosocial como los estereotipos a los que representan: parejas interraciales u homosexuales, con problemas conyugales, el gordito impertinente y simpático, el invitado que parece fuera de lugar y de oscuro pasado,  la invitada desinhibida, la puritana que se siente incómoda cuando empiezan los jueguecitos… 
   

     Kusama disemina pistas de que algo extraño pasa desde el mismo momento en que Will y su pareja ponen los pies en la casa, marcando las pautas de una tensión que va aumentando en cada escena, in crescendo de tono surrealista y paranoico dentro de una atmósfera cada vez más asfixiante que encuentra en Will (y su profunda herida emocional) el elemento distorsionador de una velada entre amigos que dista mucho de ser un reencuentro entrañable. Kusama, con buen pulso y una excelente labor de dirección de actores, dota a la función de una ambientación claustrofóbica y alucinada jugando de manera magistral con los espacios interiores, en donde se desarrolla la catarsis sentimental de un grupo de antiguos amigos que derivará en una orgía sangrienta provocada por la locura y el fanatismo de unos  torpes y enajenados visionarios.

                                                                        
      La Invitación, además de un espléndido y terrorífico thriller sobre los peligrosos artificios que buscan los seres humanos para refugiarse y despojarse de los traumas del pasado y las insatisfacciones de la propia existencia, se eleva también como un grito de alerta, tal vez de auxilio, de una generación desnortada que busca sensaciones con las que rellenar su vacío, vidas incapaces de disfrutar de las cosas sencillas y bellas e instaladas en el capricho y el confort como válvulas de escape de una realidad deprimente. De ahí el demoledor plano final.


     Dicho está, lo mejor de La Invitación no surge de las señales, giros e imprevistos de una historia que anuncia un clímax previsible, sino de su perturbadora y delirante atmósfera, que confiere al espacio una dimensión malsana, y revela un peligro inherente tan físico como cercano, tan agobiante como amenazador. Así, la función avanza con la precisión de un reloj suizo por un laberinto de engaños y trampas en donde la incomodidad se siente con la misma presión dentro como fuera de la pantalla, hasta que la tensión acumulada estalla de manera seca, cortante y brutal, algo que podíamos intuir a través de la psicología de algunos personajes, siervos devotos y demenciales de una de esas sectas del fin de los días. Un hallazgo importante. 


martes, 12 de abril de 2016

LA PRÓXIMA VEZ APUNTARÉ AL CORAZÓN (2014)

LA PROCHAINE FOIS JE VISERAIS LE COEUR
(Cédric Anger, 2014)

   El director francés Cédric Anger (L´avocat, 2010) dirige este oscuro y glacial thriller titulado La próxima vez apuntaré al corazón que saldrá al mercado del DVD el próximo 13 de mayo y que nos narra la historia de Franck Neuhart (Gillaume Canet), un gendarme psicópata  cuyo perfil está construido a partir del caso real de Alain Lamare, “el asesino loco del Oise”, que sembró el pánico entre las jóvenes de aquella comarca entre mayo de 1978 y abril de 1979. Por supuesto, su habilidad escurridiza, el don de la ubicuidad que parecía poseer y la meticulosidad de que hacía gala en todos los asesinatos, se debía principalmente a que él mismo era policía y estaba al tanto de todas las pistas que se seguían y de la orientación de las investigaciones.


    Lo curioso es que al ser detenido, Alain Lamare llevaba consigo el retrato robot distribuido por la Brigada Criminal y que fue también repartido a todos los compañeros gendarmes de Lamare, incluido el mismo. Pues bien, el retrato se parecía a Alain como dos gotas de agua. El comandante Colson, su jefe, llevaba tiempo sospechando y con la mosca detrás de la oreja, de modo que un día, como una especie de corazonada, hizo que le tomaran las huellas al joven agente. Fue la prueba que le identificó como el ladrón de uno de los coches robados que se habían utilizado en los asesinatos. Al parecer, Alain Lamare contaba con algunas manías que le definían: odiaba a las chicas de cabello negro y piel morena, también un constante empeño por poner en jaque a la policía burlándose así de sus compañeros. 


     El film de Cédric Anger recrea con fascinación aquella época de finales de la década de los 70 en la que un asesino en serie tenía aterrorizado al tranquilo departamento de la región de Picardia, y Guillaume Canet logra un impactante trabajo, que oscila entre la contención y el exceso, dando oxígeno a un Neuhart con una doble vida. Un trabajo medido y escrupuloso, como corresponde a un gendarme modélico que ingresó en el cuerpo con sólo 19 años, encargado de detener a un escurridizo psicópata que no es otro, claro, que él mismo.


    Presentada en la edición del Festival de Sitges del pasado año, La prochaine fos je viserais le coeur es un thriller rodado sin concesiones y de duro visionado. Con su cara vulgar y sus incontrolados impulsos de violencia racista, el asesino gendarme es retratado por Anger con absoluta frialdad, una mirada que no necesita ornamentos a pesar de alguna licencia de brocha gorda como esa visión pesadillesca de los gusanos que tiene el asesino. La personalidad escindida, absolutamente insondable del personaje, un ser solitario sin apenas contacto con nadie fuera de la gendarmería, salvo un desvalido romance con una chica que limpia su casa (bellísima Ana Girardot), y a quien vemos lacerándose como si quisiera purgar sus pecados, pero dejando confesiones escritas en las que se muestra orgulloso de sus crímenes y que manda anónimamente a la policía, una escena que nos lleva a evocar los ecos de Taxi Driver en una imposible fusión con el universo provinciano y de violencia irracional de Claude Chabrol. El objetivo principal de Neuhart son chicas autoestopistas, jóvenes y solitarias, y es ahí, en escenarios abiertos, donde Anger logra sus mejores secuencias, objetivo para el que se ve ayudado por una fotografía excelente de un paisaje gélido, inhóspito y en cierto modo, desolado y espectral, que dota de un sentido alucinado a las terribles y macabras  acciones del protagonista. Un film interesante.