martes, 8 de marzo de 2016

"FÓLLAME", LA PELÍCULA FEMINISTA MÁS DESTROYER




"Día Internacional de la Mujer"
Baise-Moi (Fóllame)
(Virginie Despentes y Coralie Trinh Thi, 2000)  
      
    Un par de años antes de que se estrenara la película, leí un libro titulado “Fóllame” editado por Mondadori en su colección marginal Reservoir Books, la novela en cuestión estaba firmada por una escritora francesa desconocida llamada Virginie Despentes. Bien, pues la misma escritora codirigió junto a Coralie Trin Thi, una película basada en su novela homónima que, como no podía ser de otro modo tratándose de sexo y violencia, pero sobre todo de sexo, supuso un gran escándalo y levantó en Francia una enorme polvareda, convirtiéndose así en una de las películas más polémicas de los últimos años. Y, claro está, de aquel escándalo surgió la publicidad gratuita para Baise-Moi, su título en francés, que parece sonar más suave entre nosotros, pero sólo entre nosotros. En Francia, tras la denuncia de un abogado (uno de esos personajes mojigatos que de vez en cuando surgen desde la más siniestra oscuridad con su falaz retórica erigiéndose en defensor y altavoz de las leyes de la moral y las buenas costumbres), el film que llevaba un mes en cartel, fue retirado por el Consejo de Estado, siendo marginado a las salas del circuito porno con la calificación X. Aquí, en España, se volvió a repetir la misma historia, sin embargo, gracias a la presión y las protestas de los sectores más liberales de la cultura, el film acabó exhibiéndose en salas comerciales con la calificación no apta para menores de 18 años.


      No obstante ¿de qué trata esta película que fue presentada en nuestro país en el Festival de Gijón y que ha sido tildada en los círculos más reaccionarios de violenta, pornográfica, feminista e inmoral? Fóllame (2000) describe la huida de dos chicas, Nadine y Manu (Karen Bach y Raffaëla Anderson) unidas por el azar y que acostumbran a vivir al margen de la sociedad. Tras la salvaje violación de una de ellas, se olvidarán de los pequeños robos para llevar a cabo una vengativa orgía de sangre, dejando a su paso un reguero de cadáveres que las convierte en cazadoras sin escrúpulos. En la primera parte del film, en la que asistimos a los hechos que han dado lugar a tan tremenda violencia, el resultado se nos antoja descarnado y realista, su continuación es una espiral de matanzas gratuitas y diálogos delirantes que intentan justificar una cruel venganza contra los hombres, y que las protagonistas señalan como culpables directos de sus interminables masacres.

       
    Aunque en Fóllame hay diversas escenas de esas que pueblan el cine porno, esto jamás puede suponer una coartada para tildar el film de pornográfico, tratando, además, de enmarcarlo dentro de los parámetros de determinados códigos éticos que ciertos personajes de dudosa integridad y ánimos masturbatorios vienen denominando como políticamente incorrecto. Algo que, personalmente, me importa un pimiento, más teniendo en cuenta que el cine evoluciona hacia una fusión de géneros, en donde no tendrá que pasar mucho tiempo, para que veamos en el cine más convencional explícitas escenas sexuales. Sin embargo, no es el sexo ni siquiera la violencia lo más sorprendente de este sugerente film, pues su brutal in crescendo, acompañado de unos diálogos convertidos en una desaforada agitación lingüística nos acercan a situaciones límite que están espléndidamente expuestas y nos sacuden como descargas eléctricas. 


       Con ser una propuesta radical, no lo es tanto si intuimos que nuestras dos desbocadas heroínas han iniciado un camino de perdición arrastradas por la desesperación y un carácter nihilista y autodestructivo. Despentes y Trin Thi ponen mucho empeño en dar cierto sentido feminista a su historia y dejan que las mujeres asuman sus gustos y necesidades sexuales sin tapujos, se ven iguales que los hombres y medirán sus fuerzas con ellos. En cierto modo, es verdad que esta película huele tanto a mujer como unas bragas usadas, y queda guardada en mi memoria visual de fetichista irredento la espectacular y anfetamínica secuencia en la que Manu rompe sus pantys con rabiosa energía. Tanto directoras como protagonistas proceden del mundo del porno, y para que nos hagamos una idea de que como las gastan estas chicas, a un comentario de un periodista francés del diario Liberation, que hacía alusión a la baja calidad de la cinta, Despentes contestó “Te enculo con mi clítoris gigante”. Ahí queda eso. 



lunes, 7 de marzo de 2016

GRACIAS, HARPER LEE. DESCANSA EN PAZ.


    El pasado 19 de febrero murió Harper Lee a los 89 años mientras dormía en la residencia geriátrica de su ciudad natal, Monroeville (Alabama). Amiga íntima de Truman Capote, con quien compartió vecindario en su infancia y escritora de un solo libro, bueno, de dos, aunque “Ven y pon un centinela” publicado el pasado año es en realidad un borrador de su primera novela publicada, “Matar a un ruiseñor”, y fue escrita con anterioridad a mediados de los años 50, Lee consiguió el Premio Pulitzer con su única obra publicada durante 55 años. 


    Matar a un ruiseñor es una obra de rasgos autobiográficos que se eleva como un contundente alegato a favor de la justicia, la igualdad y contra el racismo y la discriminación. Con una trama (y varias subtramas) que sitúan su acción durante la terrible Gran Depresión en la localidad natal de la escritora (aunque en la novela y la película se cambió el nombre por el de Maycomb) y que tiene como personaje central a Atticus Finch, un abogado viudo, con dos hijos y respetado miembro de la comunidad a quien el juez encarga defender de oficio a un joven afroamericano acusado falsamente de la violación de una mujer blanca en la América sureña y racista.

    
    La novela, de obligada lectura en los colegios estadounidenses, dio lugar a una magistral película dirigida en 1962 por Robert Mulligan con Gregory Peck en el papel del íntegro abogado Atticus Finch, un trabajo que le valió su único Oscar como Mejor Actor. Narrada con la voz en off de Scout (hija de Finch y alter ego de la novelista) Mulligan consiguió una obra maestra del gótico expresionista sureño al narrar de manera prodigiosa la visión de la escritora sobre la ternura y los miedos de la infancia (representados en los hijos del abogado y su vecinito de verano inspirado en Capote) y la rectitud de un hombre para quien la honradez y la justicia social son valores que tienen que prevalecer por encima del color de la piel, la clase social y las creencias. A Atticus le escupen en la cara por defender legalmente a un “negro”, pero él mira con rabia a su agresor, se seca con un pañuelo el rostro y vuelve con su hijo a casa  dando una lección de temple y autocontrol en situaciones que cualquiera podría perder los estribos. Atticus es el héroe en un mundo rebosante de odio, envidias e intereses. Una vez concluido el juicio, la comunidad afroamericana, poniéndose en pie hasta que el abogado abandona la sala, le muestra así su respeto por haber defendido los derechos civiles de uno de los suyos.
Gracias, Harper Lee, por tu legado moral. Descansa en paz.



domingo, 6 de marzo de 2016

CRÍTICA: "CIEN AÑOS DE PERDÓN"

El mundo al revés
CIEN AÑOS DE PERDÓN êêê
(Daniel Calparsoro, 2016)

   
     Desde su impactante ópera prima Salto al vacío (1995) que para este cronista sigue siendo su mejor película, Daniel Calparsoro es de los pocos directores del cine español que ha seguido fiel a su compromiso con el cine de género, una decisión que muchos aficionados agradecemos, aplaudimos y bendecimos incluso en sus recurrentes invasiones televisivas. No me han disgustado sus últimos films; Invasor (2012) a pesar del deficiente guión, es un aceptable thriller de connotaciones bélicas con buenas interpretaciones de Alberto Ammann y Antonio de la Torre; y Combustión (2013), uno de sus mayores éxitos en los últimos años, es un artefacto entretenido con un pulcro aspecto visual, secuencias adrenalínicas, tórridas escenas de sexo, carreras de coches de gama alta y una impenitente música electrónica a cargo de Carlos Jean. Tras ver Cien años de perdón, no me cabe duda de que el cineasta acaba de firmar la segunda mejor película de su carrera tras aquel ya lejano debut protagonizado por Wajwa Nimri

       
     Con la gota fría azotando sin piedad, un grupo de ladrones profesionales con máscaras y armados hasta los dientes asaltan la sede central del banco Mediterráneo en Valencia. Parece un trabajo limpio hasta que la directora del banco revela un secreto oculto en una de las cajas de seguridad. Nada puede salir ya como estaba previsto. Los dos líderes de la banda son El Argentino (Rodrigo de la Serna) y El Gallego (Luis Tosar) con un plan estudiado que tiene como objetivo robar el mayor número de cajas de seguridad y excavar un túnel que comunica el banco con una estación de metro abandonada por donde tienen pensado huir. Todo se complica  y los enmascarados no pueden huir porque la incesante lluvia ha inundado por completo el túnel del metro. Las fuerzas de seguridad nombran finalmente a un negociador duro e implacable, el coronel Mellizo (José Coronado) que tiene como mayor objetivo evitar que se conozca públicamente el contenido de la misteriosa caja.

  
     Con un libreto de Jorge Guerricaechevarría y la notable influencia de films ya clásicos como Tarde de perros (Sidney Lumet, 1975) y Plan oculto (Spike Lee, 2006) Daniel Calparsoro pone otro ladrillo en la construcción de una idea incontestable que los buenos aficionados venimos defendiendo desde hace tiempo: el mejor cine español de los últimos años se encuadra dentro de películas de género, ya sea de acción,  thriller o terror. Por eso, mi mayor indiferencia a quienes en nuestro país desdeñan estos géneros que tantas obras maestras han aportado a la historia del cine. Calparsoro, que cada año que pasa filma mejor, logra un relato atmosférico, musculoso y tenso que además de ofrecer algo tan loable como entretenimiento, capta la atención del espectador con una intriga que hunde sus raíces en la realidad social del momento (el film está rodado en Valencia, una de las imprescindibles estaciones del mapa de la corrupción en España) y armar así una corrosiva sátira sobre la rapiña política sirviéndose para ello de la horma de un thriller de atracos. El director de Guerreros rueda con pulso y oficio una historia que sirve de espejo de las miserias y vergüenzas de una clase política sin escrúpulos que verán en la cinta reflejadas sus grotescas caricaturas.

       
   Surcando con solvencia los códigos del cine de atracos y con poderosas interpretaciones de los argentinos Rodrigo de la Serna, Joaquín Furriel y un Luis Tosar rayando al buen nivel que nos tiene acostumbrados, Cien años de perdón hila una espesa trama de intereses cruzados en donde la desconfianza y la tensión dentro y fuera del bunquerizado banco pone en jaque a unos y otros, y cada cual parece guardar un as en la manga; como una partida de póker entre tramposos en la cual quien no va de farol posee alguna carta marcada. La pocilga de la corrupción política da un nuevo sentido al estado de las cosas, un mundo al revés en el que los malos son los buenos (Asfalto cantaría: ven Capitán Trueno / haz que gane el bueno / Ven Capitán Trueno / que el mundo está al revés…) y hace bueno el refrán español “quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. La empatía del espectador hacia los atracadores viene derivada de que ven en ellos más decencia y humanidad que en los poderes fácticos, que con sus perros guardianes como arietes quieren montar una escabechina en donde pueden morir inocentes. Buena película que nos muestra que los límites entre el bien y el mal hace tiempo que fueron dinamitados por unos criminales de cuello blanco y corbata que han subvertido todas las normas éticas y morales.