viernes, 29 de enero de 2016

JOYAS DEL CINE ERÓTICO: “SLIVER” (Phillip Noyce, 1993)


     Que Sliver (Acosada, Phillip Noyce, 1993) es una mala película nadie parece dudarlo, pero hay películas que por alguna extraña razón y desde luego por motivos más prosaicos que la excelencia artística, se han mantenido indelebles en la memoria cinéfila de muchos espectadores. Bien sea porque están asociadas a una época y el cine siempre conduce a la melancolía. No nos engañemos, Sliver sólo fue un vehículo para el lucimiento de su estrella protagonista, una Sharon Stone en la cima de su carrera y que ya había triunfado apoteósicamente el año anterior con el film de Paul Verhoeven Instinto básico (1992) junto a Michael Douglas. Aquí se intentó repetir de nuevo la fórmula contratando al mismo guionista John Eszterhas para que adaptara la novela de Ira Levin en que está basado la función y a la misma protagonista que dejó a los espectadores ojipláticos con aquel sugerente cruce de piernas durante la escena del interrogatorio policial y que con el tiempo se ha convertido en uno de los momentos más celebrados de la historia del cine. El problema es que Eszterhas firmó un libreto zarrapastroso que se tuvo que rehacer varias veces, se cometieron evidentes errores de casting y Phillip Noyce se confirmó como un director incompetente para hacer creíble cualquier secuencia de la película, con el hándicap además de contar con una pareja protagonista, Stone y William Baldwin, que no destilaban ninguna química.


      El film nos presenta a la bella editora Carly Norris (Sharon Stone) que tras divorciarse dejando atrás un matrimonio convulso, se ha trasladado a vivir a un lujoso edificio de la zona alta de la ciudad de Nueva York, donde se vienen produciendo algunos accidentes inexplicables. Entre los vecinos de Carly están Zeke (William Baldwin) un atractivo soltero, y Jack (Tom Berenger) autor de unos best sellers sangrientos sobre crímenes reales y que vive obsesionado con los misteriosos accidentes mortales acaecidos en el edificio.


     Queda claro que Sharon Stone debió de seleccionar mejor sus papeles a raíz del exitazo obtenido con Instinto básico, que William Baldwin demostró con su interpretación que nunca llegaría ser un buen actor (como su hermano Alec) y que el resultado final del artefacto, destinado en un principio a estar dirigido por Roman Polanski, nos llevó a preguntarnos qué hubiera sido de esta historia si la hubiera dirigido el realizador polaco. Dicho está; continuos cambios en el guión, un montaje final absurdo y un reparto equivocado dieron al traste con una película de la que se hace difícil salvar nada: algunas escenas de sexo (la pareja protagonista es muy atractiva) y algún destello interpretativo de un Tom Berenger algo pasado de rosca. Se trataba, en fin, de estirar el chicle y aprovechar el negocio del cine erótico que en los 90 resultó muy rentable: Instinto básico, Atracción fatal, Fuego en el cuerpo, Acoso, Nunca hables con extraños, Showgirls… En esta ocasión con la temática del voyeurismo y la morbosa invasión de la intimidad salpicando la trama, pero la cinta no consigue desatar la pasión lujuriosa del espectador, atento a las diversas cámaras situadas en varias habitaciones del edificio y al que finalmente poco le importa quién sea el asesino y aun con esa indiferencia lo adivina pronto. Siendo esto así, el mayor error de bulto de la función es presentarnos a Sharon Stone como una mujer insatisfecha que cuando alcanza el orgasmo ve el cielo abierto. Lo mejor, imaginarse a uno mismo satisfaciéndola.

jueves, 28 de enero de 2016

CRÍTICA: "LA GRAN APUESTA" (Adam McKay, 2015)

La mafia de la crisis
LA GRAN APUESTA êêê
DIRECTOR: DAN MCKAY.
INTÉRPRETES: CHRISTIAN BALE, STEVE CARRELL, RYAN GOSLING, BRAD PITT, JHON MAGARO, FINN WITTROCK.
GÉNERO: COMEDIA / EE.UU. / 2015  DURACIÓN: 123 MINUTOS.   
          
                                                            
      Hasta la fecha, al director Adam McKay sólo se le conocía por haber dirigido comedias al servicio de Will Farrell como El reportero: la leyenda de Ron Burgundy (2004), Pasado de vueltas (2006), Hermanos por pelotas (2008), Los otros dos (2010) y Los amos de la noticia (2013). Es decir, una ristra de películas irrelevantes que poco o nada han aportado a este maravilloso arte que es el cine. Es por eso que me ha sorprendido gratamente que se decidiera a dirigir la adaptación cinematográfica del libro homónimo escrito por el periodista norteamericano Michael Lewis, en donde reflexiona sobre la quiebra del sector inmobiliario que provocó la crisis económica mundial en el año 2008. Temática que ya ha sido tratada en espléndidas películas como Inside Job y Margin Call.


     El film nos sitúa a principios de los 2000. Cuatro tipos fuera del sistema de las altas finanzas predijeron la burbuja del crédito y la vivienda y descubrieron que los grandes bancos, los medios de comunicación y el gobierno se negaban a reconocer el colapso de la economía (vamos, como Zapatero). Entre estos bichos raros estaba Michael Burry (Christian Bale) un amante del heavy metal y jefe de un fondo de capital, y Mark Baum (Steve Carrell) jefe de un fondo de riesgo al que alerta una llamada telefónica equivocada. Su objetivo: hacer el negocio del siglo. Serán otros dos outsiders, los jóvenes inversionistas Charlie Geller (John Magaro) y Jamie Shipley (Finn Wittrock), quienes implorarán al banquero Ben Rickert (Brad Pitt) su ayuda para obtener un sitio en Wall Street, y así sacar provecho de la situación. Cuatro visionarios que decidieron apostar en contra de los bancos por su falta de previsión y codicia. Su arriesgada apuesta les conducirá al lado oscuro de la banca moderna, donde se pone en duda todo y a todos.
     

      
      Quien tenga la impresión de que esta interesantísima película queda emparentada -en la temática y sobre todo en la estética con resonancias al cine de los 70- con El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013) no irá desencaminado aunque La gran apuesta tiene vida propia y lanza una reflexión aún más dolorosa que ni siquiera en clave de comedia es posible desdramatizar. Y es que han sido millones de cadáveres los que ha dejado la maldita y despiadada crisis en su huracanado paso, y es precisamente el tono de comicidad lo que hace la tragedia más lacerante. Cuando se desinfló la burbuja inmobiliaria y mucha gente constató el riesgo de hipotecarse sin dinero ni avales, mientras los bancos sin escrúpulos tenían abierto el grifo de la barra libre del mercado de créditos cuya monstruosa factura hemos tenido que pagar todos, existió un grupo de gente que, previendo lo que se nos venía encima, decidieron ir a contracorriente y apostar contra los bancos. No fue una operación que estuviera movida por la honestidad, sino por sus propios y lucrativos intereses personales. Su olfato no les traicionó y cuando todo se hundió, ellos se forraron. Puede que la velocidad de los diálogos y los tecnicismos utilizados resulten indigestos para el espectador lego en ingeniería financiera como este cronista, aunque si nos fijamos bien éste no es un recurso baladí, pues a través de esa maraña de términos económicos, conceptos y subterfugios leguleyos es posible atisbar los despojos de tantas vidas que en su ignorancia fueron estafadas. Una legión de almas desastradas y patéticas que de la noche a la mañana pasaron de vivir cómodamente a transitar los centros de empleo, parques y albergues.

   
     Al menos yo, no he tenido la falsa sensación de que La gran apuesta sea sólo un ejercicio hiperbólico sobre un asunto terrible y absolutamente descarnado cuando conozco a algunas personas a las que la crisis ha cebado como a cochinos mientras los efectos del desastres vestía con harapos a los sufridos trabajadores laminando a la dinámica clase media. En ninguna otra actividad legal existen tantos mafiosos como en los vasos comunicantes de la economía y la política, y no hablamos de una práctica generalizada, pero son tantos los casos y ha sido -y es- tanta la rapiña y la repugnante impunidad de la que gozan, que el escenario que dibuja Adam McKay se impone como sumamente realista y alarmante, una propuesta radical porque va a la raíz podrida del problema para mostrar los métodos que esa delincuencia organizada de cuello blanco y corbata utilizó para asaltar los paupérrimos bolsillos de la gente, contando con la anuencia de los poderes políticos y los prensa, que nunca ejerció su papel de cuarto poder. La película resulta irritante por las dimensiones del drama, de un asqueroso negocio cimentado con una argamasa de mantequilla y que tuvo en los bonos basura, los fondos buitre, las agencias de calificación, la burbuja inmobiliaria y el mercado de las hipotecas sus actividades más rentables. Todos los actores rayan a gran altura y el ritmo de la función es verdaderamente trepidante, dotando de vértigo a una fábula moral en donde no hay nadie inocente y la verdad es un puñal en el corazón de la mala conciencia.

miércoles, 27 de enero de 2016

SOLUCIÓN A LA FOTO ENIGMÁTICA


     Hace pocas fechas lanzaba un acertijo para ver si alguien de la legión de fieles seguidores de este blog adivinaba quién es la actriz que aparece en la imagen que mostramos encima de estas líneas. Bien, como al parecer el asunto se ha demostrado altamente misterioso a pesar de que la actriz es mundialmente conocida y el film no pasó desapercibido en su época, no me queda más remedio que revelar el enigma: la actriz que aparece de manera tan sugerente en el fotograma es Juliette Binoche y el fotograma pertenece a la película Rendez-vous, que dirigida en 1985 por Andre Téchine en España se tituló La cita y nos presenta a Nina (Binoche) una joven estudiante que descubre la vida de la capital. Allí intentará encontrar el amor y triunfar en el teatro.


      Apuntar que Téchine fue galardonado con el premio al mejor director por este film en el Festival de Cannes de aquel año, y aunque la cinta no se encuentra entre lo mejor de su filmografía y tanto la actriz francesa como su partenaire en la función, Lambert Wilson, se encontraban al principio de sus respectivas carreras, tenía algunos alicientes como para los que los que la vimos en aquella época en un cine de arte y ensayo, no la hayamos olvidado. Wilson actúa como un personaje perturbador, amoral y cínico que dinamita las vidas ajenas y busca su autodestrucción o que los demás le destruyan. Un personaje atormentado que se eleva ya como un estereotipo en muchos films del veterano director surgido en la post Nouvelle Vague. Rendez-vous o La cita, en donde Juliette Binoche aparece desnuda en todas las posturas, nos habla de amores al límite y del riesgo de la búsqueda obsesiva del éxito profesional, del dolor y el sufrimiento que conlleva alcanzar la gloria. La película no está exenta de fuerza dramática aunque el guión contiene serias lagunas narrativas que diluyen las emociones y las relaciones interpersonales de los personajes. Lo innegable es que la cinta sirvió como trampolín para lanzar definitivamente la carrera de Binoche, que a partir de entonces se convertiría en una de las actrices europeas más demandadas, trabajando a las órdenes de Leos Carax, Malle, Kieslowski y Haneke, por ejemplo.