lunes, 4 de enero de 2016

ALINE RISCADO, BAILAR PARA ALCANZAR LA PERFECCIÓN

      

    La modelo de fitness y bailarina brasileña Aline Riscado (Río de Janeiro, 12 de octubre de 1987) ganó notoriedad al formar parte del grupo de baile de Domingão Faustão, un programa de la televisión brasileña. Formada en el ballet clásico, comenzó a bailar a los 3 años, y cuando dejó el referido programa en 2014 tras tres años participando, declaró que tenía intención de abrir una tienda de ropa y participar en un programa de variedades en internet junto a su entonces marido, Rodrigo Strike, un luchador de la MMA del que se separó en octubre del pasado año.

        
      Aline aparece aquí porque me gusta y además son muchos los lectores que les gustan este tipo de mujeres, musculadas, tatuadas y morenitas. Un estereotipo que Riscado cumple a la perfección. En el verano de 2015, la modelo brasileña impacto con su presencia en un cartel publicitario de una cerveza. También ha colaborado como reportera en el programa de humor “CQC”, edemás de aprovechar su escaso tiempo para tomar clases de interpretación con el actor Adriano Garib con la intención de debutar como actriz. Tiene un hijo de, Nathan, fruto de los siete años de matrimonio con el luchador anteriormente citado.


      Aline dedica casi todo su tiempo a la danza. Siempre ha destacado por tener un gran talento para la danza y ser dueña de una belleza innegable. Su éxito en primera página le llegó tras aceptar una oferta de la revista masculina Playboy Brasil en el número de junio de 2012. Su estampa en la portada fue todo un impacto, así como la galería de fotos que ilustraban el reportaje, en donde muestra la increíble flexibilidad de su cuerpo, una elasticidad que dota de vida y dinamismo a un cuerpo extraordinariamente esculpido, y cuyas medidas 88-68-98 conforman un equilibrio perfecto. Disfrutad de este post, tal vez coincidamos en que ninguna maravilla arquitectónica puede igualar la belleza sublime del cuerpo perfecto de una hermosa mujer.    

      

sábado, 2 de enero de 2016

LAS MEJORES PELÍCULAS DE 2015

1- MAD MAX: FURIA EN LA CARRETERA (George Miller)


     Mad Max: furia en la carretera se desarrolla, como las anteriores entregas, en un desolador y árido paisaje postapocalíptico, en donde Max Rockatansky (Tom Hardy), un hombre de acción y pocas palabras perseguido por su pasado, cree que la mejor forma para sobrevivir por un mundo devastado es ir solo. Sin embargo, en su huida se ve forzado a formar parte de un convoy que huye a través del desierto y que está liderado por Emperatriz Furiosa (Charlize Theron), una guerrera que ha robado al malvado Inmortan Joe (Hugh Keays-Byrne) su tesoro más preciado: cinco mujeres con quienes pretendía perpetuarse. Enfurecido, el Señor de la Guerra moviliza a todas sus bandas y persigue implacablemente a los rebeldes desatando el infierno en la carretera, una guerra incendiada con altas revoluciones en donde necesitarán el conocimiento que Max tiene del desierto para huir de las huestes de Inmortan y llegar a una zona segura.


    Estamos, amigo lector, ante una película que resulta imprescindible disfrutar en una sala: la sublime labor de iluminación a cargo de John Seale con una habilidad prodigiosa para jugar con los filtros y dotar a las distintas tonalidades cromáticas de poesía y sentimiento: un magistral trabajo de montaje que acopla con vertiginosa pulcritud la fisicidad de la acción y el desvarío de una sociedad distópica: su naturaleza de sentido homenaje a films legendarios y magistrales como La Diligencia (John Ford, 1939), Caravana de mujeres (William A. Wellman, 1951) y El Maquinista de la General (Buster Keaton, 1926). Mad Max: Furia en la carretera es una golosina visual, un regalo para los sentidos, un endiablado chute de adrenalina, cine de acción en su estado más puro, la magia del cine en una algarabía de motores en un paisaje yerto y con olor a gasolina, una obra maestra de incalculable valor cinematográfico.  

2- IT FOLLOWS (David Robert Mitchell)


      El film nos presenta a Jay (Maika Monroe) una estudiante de 18 años en su primer año de universidad que ha quedado con su novio, Hugh (Jake Weary) para ir al cine. En la sala, una perturbadora figura inquieta a Hugh, que le pide a Jay abandonar la proyección, aunque ella no ha visto nada. Al día siguiente, la pareja vuelve a quedar y practican sexo en la parte trasera del coche, este hecho aparentemente inocente lleva a  que la situación se torne extraña y Hugh narcotiza a su novia. Al despertar, Jay amanece maniatada a una silla en una localidad abandonada. Hugh le explica que lo que hizo la noche anterior fue para ahuyentar unos espíritus que le acosan. A partir de entonces, Jay será la que sufra las consecuencias de ese acoso y Hugh le cuenta que la acaba de pasar “una maldición” que la acompañará hasta que consiga pasársela a otro desafortunado.


     Con un prólogo tan espeluznante como desconcertante que concluye con una imagen macabra en una playa desierta, lo que parece uno más de los muchos relatos de terror teen que cada año asaltan las carteleras, discurre de manera alarmante por los más tenebrosos e inexplorados páramos en donde una amenaza contra la que no se puede luchar, asalta y persigue a la víctima aislada e indefensa. Una víctima como contenedor de un mal imposible de descifrar. Y si la transmisión de esa incatalogable maldición que se produce a través de las relaciones sexuales puede entenderse como una metáfora sobre la culpa y los peligros de la promiscuidad y las enfermedades venéreas, su sutil final nos invita a reflexionar sobre un peligro mayor: el riesgo mortal de la transmisión del miedo. Obra maestra brutal.

EL CLUB (Pablo Larraín)


    El chileno Pablo Larraín firma una de las mejores películas del año al narrarnos la historia de cuatro curas recluidos en una casa de un tranquilo pueblo costero bajo la atenta mirada de una cuidadora. Intentan purgar sus pecados, pero su rutina se rompe cuando llega un quinto sacerdote que, atormentado, hace revivir a los huéspedes un pasado que creían que habían olvidado. Un film de dolorosa visión que proyecta una cruel y perturbadora mirada sobre los abusos sexuales y la pederastia en el seno de la iglesia. Larraín, desplegando a veces un humor negrísimo, hurga en la herida de forma tan afilada y siniestra como realista y necesaria. Gran película que se abisma en los misterios del alma humana para iluminar un drama absolutamente desgarrador.


4- EL CLAN (Pablo Trapero)
    
 
      Basada en el caso policial de el Clan Puccio, que conmocionó a la sociedad argentina de los 80, el film de Trapero nos presenta a esta típica y tradicional familia del barrio bonaerense de San Isidro, tras la que se oculta un clan dedicado en cuerpo y alma al secuestro y el asesinato de personas adineradas. Arquímedes (Guillermo Francella) es el patriarca que lidera y planifica los operativos. Alejandro (Peter Lanzani) es el hijo mayor y estrella mediática de un club de rugby. Alejandro se somete a la voluntad de su padre para fijar objetivos y se sirve de su popularidad y atractivo para no levantar sospechas. Todos los integrantes de esta familia son cómplices en mayor o menor medida de una espiral macabra que les reporta jugosos beneficios a costa del sufrimiento y los rescates pagados por los familiares de los secuestrados


    Historia sacada de la crónica negra argentina que espeluzna a todos los que conocieron u oyeron hablar de aquella familia que secuestraba a la gente rica que escondían en su casa, cobraban los rescates y luego asesinaban a las víctimas y se deshacían de los cadáveres. Centrada en la relación entre el respetado padre y el idolatrado hijo (la llave que abre las puertas del crimen con toda naturalidad, eso que la gente mediocre llama normalidad), integrados perfectamente en el entorno, que gozaban de la protección de la policía y eran envidiados por todos aquellos que les conocían. Claro, está la culpa colectiva, la larga y siniestra sombra de los generales y la sociedad que los amparó y miró para otro lado. Pero Trapero, que demuestra oficio en la dirección de actores, acierta congelando la maldad escondida en la mirada neutra de Francella para incitar al escalofrío  y la sentencia real de que los monstruos también pueden lucir una imagen exuberante. Soberbio film.

5- EDEN (Mia Hansen-Love)


      Eden puede ser entendida como un manifiesto generacional que arranca en los primeros años de la década de los 90, momento en que la música electrónica se desarrolla a gran velocidad y los disc jockeys comienzan a tener un importancia suprema para poner el punto de ebullición a las largas noches en los grandes templos de la música dance. En la excitante vida nocturna parisina, Paul (Félix De Givry) intenta abrirse paso como DJ rodeado de sus amigos artistas y sin ningún control sobre el sexo y las drogas.


      Según parece, Eden está realizada como homenaje al hermano mayor de Hansen-Love, Sven, que vivió una trayectoria similar a la del protagonista de la cinta. Con una cámara inquieta, una portentosa banda sonora y gran pericia para construir bellos planos secuencia, la historia la siento muy cercana porque refleja experiencias semejantes a las que yo viví en los tan mágicos como chispeantes años 80, si cambiamos el escenario de París por el de Barcelona, pero a la que pertenecen temas cruciales de la película como aquel himno titulado “Promised Land” del gran Joe Smooth. La música electrónica, el house y la escena musical “garage” alcanzaron la efervescencia necesaria para que unos jóvenes soñadores, trashumantes de cada fiesta rave, pudieran ilusionarse con la idea de que la música lo podría cambiar todo.


    Si los 80 fueron plástico, los 90 fueron éxtasis, y como cualquier década estuvo colmada de héroes y mártires, sólo que en esa época casi todos eran anónimos, la ausencia de potentes iconos referenciales nos lleva a evocar más las sensaciones que los símbolos, percepción que eleva la magnitud de lo vivido a un gozoso, prosaico, hiriente eco sentimental, un frío análisis sobre los estragos del tiempo, un cuchillo que abre en canal cualquier pasión autodestructiva.

6- CITIZENFOUR (Laura Poitras)
         

    
    En enero de 2013, la documentalista norteamericana Laura Poitras comienza a recibir correos electrónicos cifrados firmados por un tal “Citizenfour” que le asegura que tiene pruebas de los programas de vigilancia ilegales dirigidos por la NSA en colaboración con otras agencias de inteligencia de todo el mundo. Cinco meses más tarde, junto a dos periodistas, voló hacia Hong Kong para el primero de muchos encuentros con un hombre anónimo que resultó ser Edward Snowden. En esos encuentros, viajó siempre con una cámara, la película resultante este excepcional documental sobre los abusos de poder, la invasión de las libertades colectivas e individuales y la paranoia justificada.


     A muchos se nos cayó la cara de vergüenza cuando Obama declaró que Snowden no era un patriota. Fue entonces cuando nos quedó claro que desde la era Reagan hasta la era Obama, lo único que ha cambiado es el color de piel del inquilino de la Casa Blanca, y que sólo por eso, por su color de piel, se alzó con un inmerecido Nobel de la Paz. Rodada a modo de thriller de espionaje, Citizenfour nos muestra los argumentos y la valentía de un héroe que prescindió de todo para luchar por algo tan básico y fundamental como nuestro derecho a la  privacidad.


7- EL PUENTE DE LOS ESPÍAS (Steven Spielberg)


      La acción nos sitúa en la década de los 60 en plena Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. El 1 de mayo de 1960, un avión U-2 espía norteamericano es derribado por el ejército enemigo cuando sobrevolaba territorio soviético. Sorprendentemente, el piloto Francis Gary Powers (Austin Stowell) logra escapar en paracaídas del siniestro. Pero, cuando ya se creía a salvo, es capturado por los soviéticos. Tras el suceso, el abogado especializado en seguros James B. Donovan (Tom Hanks) es reclutado por la CIA como encargado de negociar la liberación del soldado. Ante el peliagudo encargo, el abogado se ve súbitamente inmerso en las entrañas de la Guerra Fría, pues su misión supone llevar a cabo intensas negociaciones para canjear el piloto capturado por Rudolph Abel (Mark Rylance), espía del Kremlin atrapado por el FBI en el Brooklyn de 1957. Teniendo como objetivo hacer lo justo y correcto, este hombre ordinario y padre de familia, tendrá que enfrentarse a situaciones extraordinarias y arriesgarlo todo en defensa de valores como la integridad, el patriotismo y la honradez.


       Un comienzo en el que la sobria presentación de los personajes protagonistas, el abogado de seguros James Donovan, tan familiar, y la soledad del espía soviético Rudolph Abel (y su imagen en el óleo y el espejo que sirven de metáfora a las múltiples máscaras) logra proyectar todas las constantes definitorias del cine realizado con oficio: elegancia, exquisita ambientación y maestría formal, conceptual, visual y narrativa. No exenta de un cierto maniqueísmo, representado en el diferente trato que reciben los espías detenidos a uno y otro lado del Telón de Acero, la película nos habla del honor, de la dualidad del ser humano, del idealismo, de la integridad, de la convicción de un hombre decente para hacer lo justo y correcto aunque esto le procure severos inconvenientes contra las instituciones del sistema. El puente de los espías está dividida en dos partes; una primera que se cimenta en el caso judicial del espía ruso y su relación cada vez más humana con su abogado, venciendo así los iniciales prejuicios; y una segunda tamizada por todos los códigos y claves del cine de espías, potenciada por el clima de luz expresionista cortesía del gran Janusz Kaminski y una reconstrucción histórica admirable. Spielberg nos entrega un thriller de espías a la vieja usanza en el que podemos encontrar los ecos de John Le Carre, y levanta acta sobre las tensiones de un tiempo en donde la política era tan afilada y letal como la hoja de un cuchillo. Gran película.

8- DEL REVÉS (Pete Docter, Ronnie Del Carmen)


      La mejor producción Pixar del año nos narra la historia de Riley, una chica que disfruta o padece de toda clase de sentimientos. Aunque su vida ha estado marcada por la alegría, también se ve afectada por otro tipo de emociones. Lo que Riley no entiende muy bien es por qué tiene que existir la Tristeza en su vida. Una serie de acontecimientos hacen que Alegría y Tristeza se mezclen en una peligrosa aventura que dará un vuelco al mundo de Riley. Un film dotado de una sensibilidad y una ternura conmovedoras. Un prodigio de imaginería visual y humor inteligente.



9- YOUTH (Paolo Sorrentino)


     La juventud (Youth) nos presenta a Fred Ballinger (Michael Caine), un gran director de orquesta que está pasando unas vacaciones en un hotel de los Alpes con su hija, Lena (Rachel Weisz) y su viejo amigo Mick (Harvey Keitel), un director de cine al que le está costando terminar su última película. Fred hace tiempo que ha renunciado  a su carrera musical, pero hay alguien que quiere que vuelva a trabajar, desde Londres llega un emisario de la reina Isabel, que debe convencerlo para dirigir un concierto en el Palacio de Buckingham, con motivo del cumpleaños del príncipe Felipe.


     Y resulta realmente conmovedor ver trajinar a esos dos venerables ancianos, con sus achaques físicos, narrar sus desvelos, sus amores y desengaños, lo que pudo haber sido y no fue, los momentos de gloria, las concesiones, el sentimiento de culpa y el miedo a sumergirse en la soledad absoluta. En el, tal vez, último verano de su descontento, el músico retirado al que da oxígeno Caine, lanza una triste mirada retrospectiva a una carrera  exitosa que ahora adivina intrascendente desde la desolación y el vacío que siente; con su mujer  perdida en una enfermedad mental insondable y su hija siendo abandonada por su pareja, precisamente el hijo de su gran amigo y cómplice Nick. Un Harvey Keitel de vital energía que cree poder recuperar los laureles del pasado y sortear los obstáculos en donde lo absurdo se impone a lo racional.


      Pero hay heridas que no restañan y por las que si uno se asoma sólo ve muerte. Los dos serán testigos de un instante de belleza al contemplar  el cuerpo totalmente desnudo, bello y perfecto, de una mujer joven, porque dotando de sentido al título, nadie añora tanto la juventud como quien carece de ella. Y es que la vida, como el trozo de papel celofán que frota con los dedos Caine para armonizar el latido del tiempo, tiene una cadencia caprichosa y absurdamente trágica. 

10- SOUTHPAW (Antoine Fuqua)


    Tal vez sea el libreto (que no es desdeñable aunque pueda ser tildado de esquemático y convencional) lo más débil de un film que nos narra la historia de un boxeador, el citado Billy Hope (Jake Gyllenhaal) que pese a que ha gozado de la gloria y de los títulos en el pasado, ha caído en desgracia. Sin embargo, no se ha rendido y ha tomado la decisión de reverdecer viejos laureles y mejorar su imagen por el bien de su mujer, Maureen (Rachel McAdams) y de su hija, Leila (Oona Lawrence). Pero la tragedia hará que todo se derrumbe cuando su ira le juega una mala pasada entrando al trapo de una provocación que tendrá consecuencias fatales para su mujer haciendo que se derrumbe toda su existencia y la de su familia.


       Todos estaremos de acuerdo en que el argumento sobre el ascenso, caída y redención de un ídolo deportivo está ya muy trillado tanto en la literatura como en el cine, y el film de Fuqua transita todos los lugares comunes utilizando los clichés de la fórmula tradicional de temática boxística: la historia de un boxeador que llega a la cima, lo pierde todo, momento en el que le abandonan las sanguijuelas que le estaban chupando la sangre, se reinventa con la ayuda de un entrenador honesto e inspirador y víctima de la carcoma de la nostalgia, vuelve a saborear las mieles del éxito y a recuperar a su familia, es una trama que no sorprenderá a nadie por su originalidad. Pero hay que ver a Gyllenhaal comiéndose la pantalla tanto en su particular descenso a los infiernos como entablando sobre la lona del cuadrilátero una lucha feroz y sangrienta en planos de imponente verosimilitud y perfectamente coreografiados, dando oxígeno a un alma torturada por una pérdida de la que se siente culpable y en un proceso de expiación para el que sólo le mueve el amor por su hija. A pesar de lo manido de la historia que nos cuenta, Southpaw es un espléndido film porque Jake Gyllenhaal desborda la ficción del personaje echándose la película a sus espaldas para convertirla en una dolorosa y cercana tragedia que necesita ser vivida.  

viernes, 1 de enero de 2016

CRÍTICA: "PALMERAS EN LA NIEVE" (2015)

Superproducción con buena factura técnica pero sin alma
PALMERAS EN LA NIEVE êê
DIRECTOR: FERNANDO GONZÁLEZ MOLINA.
INTÉRPRETES: MARIO CASAS, BERTA VÁZQUEZ, ADRIANA UGARTE, EMILIO GUTIÉRREZ CABA, MACARENA GARCÍA, ALAIN HERNÁNDEZ, LAIA COSTA.
GÉNERO: MELODRAMA / ESPAÑA / 2015  DURACIÓN: 163 MINUTOS.   
                      
                                                
      Estaba cantado que el best seller escrito por Luz Gabás contaría más pronto que tarde con su adaptación cinematográfica. Más que nada porque el público potencial de la voluminosa novela es femenino (al igual que lo fue 50 sombras de Grey) y las féminas suelen acudir fielmente  a las salas para ver las versiones en imágenes de las obras literarias que han devorado… y de paso arrastrar a un puñado de amigas o familiares que ni siquiera han leído el texto pero que entienden que el cine siempre es una buena excusa para romper la monotonía. Personalmente, sólo puedo hablar de la película y las sensaciones que me ha provocado su visionado. Dirigida por Fernando González Molina, un director procedente del medio televisivo que ha obtenido éxitos tan clamorosos en la pantalla grande como 3 metros sobre el cielo (2010), su secuela Tengo ganas de ti (2012) y comedias tan populares como Fuga de cerebros (2009), que además de representar su debut cinematográfico recaudó casi 7 millones de euros. Un director del que nada puedo decir respecto a su carrera televisiva, que desconozco, pero  sí de una filmografía que hasta la fecha no ha aportado al medio nada relevante. Es joven, tiene tiempo.


      El film nos sitúa en el año 1953. Dos hermanos viajan desde los Pirineos de Huesca hasta la colonia española de Fernando Poo (actual Bioko) en la isla de Guinea Ecuatorial, para trabajar en una plantación de cacao. Allí, Kilian (Mario Casas) se enamora de una nativa, Bisila (Berta Vázquez) un amor prohibido en una época en la que algunas barreras no se podían traspasar. Medio siglo después, Clarence (Adriana Ugarte) descubre accidentalmente una carta olvidada durante años que la lleva a viajar desde las montañas de Huesca a Bioko. Su misión es visitar la tierra en la que su padre, Jacobo (Alain Hernández) y su tío Kilian pasaron la mayor parte de su juventud, y así resolver los enigmas familiares y desvelar los secretos de lo ocurrido. En las entrañas de un territorio tan exuberante y seductor como peligroso, Clarence desentierra el secreto de la historia de amor imposible enmarcada en unas turbulentas circunstancias históricas cuyas consecuencias alcanzarán el presente.
     

      
     Lo más destacable de esta larguísima película que apenas me ha dejado poso es la temática del colonialismo español durante la dictadura franquista, un tema poco explorado por el cine y la literatura. 10 millones de euros es una cifra considerable –casi desorbitada- para una producción española en 2015. Y el dinero invertido se nota en el diseño de producción, el departamento de arte, los variados escenarios (Gran Canaria, Huesca, Colombia), las labores de ambientación, decorados y vestuario. Otra cosa es que la película resulte rentable al final de su recorrido comercial teniendo en cuenta que la gran mayoría del público masculino se va a abstener. González Molina se las ve y se las desea para mantener el ritmo de una superproducción de metraje elefantisíaco y armar un melodrama folletinesco al estilo David Lean barnizado por un erotismo bochornoso y blandorro, un quiero y no puedo que tiene como fondo exóticos paisajes selváticos y como figuras protagonistas a un mediocre Mario Casas luciendo musculitos y a una Berta Vázquez (pareja en la vida real) que junto a Emilio Gutiérrez Caba y Laia Costa  se convierten en los más preciados alicientes de la función; la actriz ucraniana, de nombre artístico español y origen etíope, se clava en la retina del espectador en ese momento en que canta con el rumor de la cascada. Por supuesto, el film pasa de largo  por las cuestiones políticas para centrarse en los códigos  del melodrama clásico en donde el deseo, los tabúes, la envidia y el poder arden en la hoguera de la pasión sin dejar apenas cenizas.


      Que nadie busque en la función cualquier atisbo de introspección o denuncia severa sobre el estado de dominación/sumisión, las responsabilidades del colonialismo y la derivada moral de los personajes protagonistas, el director lo fía todo a un sentimentalismo elemental de culebrón romántico y los ancestrales cauces de la herencia sanguínea. El espectador puede disfrutar de la correcta puesta en escena, de la cuidada ambientación, de la atmosférica ambientación de un paisaje tropical idílico, pero dudo de que se deje atrapar por un discretísimo arco dramático sin alma que surca dos generaciones sin lograr profundizar en los dilemas emocionales, pasando de puntillas por las tensiones sociales y el contraste cultural. Insisto, el empaque técnico de la película es muy digno y tanto la música de Lucas Vidal como la iluminación cálida y de  colores quemados de Xavi Giménez aportan el toque de nostalgia que la trama demanda y que, supongo, la novelista mantiene latente en su obra, escrita con la melancolía de su propio árbol genealógico. Es precisamente la majestuosidad y la impecable factura de esta película-río lo que nos hace añorar una dirección más audaz, tanto en el apartado político-social como en el aspecto épico y emocional de una historia en la que los retratos se difuminan pronto y los dramas resultan más cursis que desgarradores.