Recordemos a Cristina Del Basso (Varese, 3 de mayo
de 1987) la modelo y bailarina italiana que saltó a la fama tras concursar en
2009 en el reality show Gran Hermano 9 del canal 5 de la televisión italiana,
en donde se clasificó en tercer lugar. Bien es cierto que en 2008 había
participado en el programa Veline y en Uomini e donne, pero fue su
participación en el popular reality el trampolín que la lanzó al estrellato
televisivo, y a partir de entonces participó en varios programas como
anfitriona y comentarista en cadenas como Mediaset o la RAI.
En el verano de 2009, fue fotografiada por
Bruno Bisang para el calendario sexy del semanario Panorama, y al mismo tiempo
intervino en la MTV realizando una versión veraniega de la serie TRL con el
título Fiesta. Su rostro, y sobre todo su cuerpo, se hicieron muy cconocidos
para el público italiano y la agenda de la modelo acogió múltiples citas para
colaborar en programas como Poker1Manía, un programa de póker de la televisión
italiana, o en talk show como Salsa Rosa y La vita in diretta.
Pero Cristina
Del Basso también ha participado en algunas películas de cine como las
comedias A Natale mi sposo (2010), I 2 soliti i idioti (2012) y Una vita
di sogno (2013). Imperdibles son sus posados para la revista Playboy Italia de abril de 2012, en
donde Cristina muestra con todo su esplendor sus más admirados atributos. Unas
tetas enormes y apetecibles en la tradición de las clásicas y adoradas actrices
italianas, una tierra fértil que siempre ha sabido dotar a sus mujeres de una
enorme pechonalidad. De ahí que esta morena nos recuerde a mitos sagrados como Sophia
Loren, Gina Lollobrigida, Claudia Cardinale, Virna Lisi, Maria Grazia Cucinotta
y Monica Belucci. ¡Madre mía! Ni imaginar quiero.
Dirigida por los desconocidos Devon Downs y Kenny Cage, Anarchy Parlor, también conocida por
Parlor
(2015) es un film que plagia descaradamente la obra cumbre de Eli RothHostel
(2005) un film que va ganando prestigio y adeptos con el tiempo, y que nos
narra las correrías de un grupo de amigos de vacaciones por la Europa del Este
(concretamente Lituania), en donde todo es fiesta, alcohol y sexo. Al llegar a
su primer destino, se verán atrapados por unos maníacos lugareños con un
negocio muy poco corriente.
Podemos entender
esta cinta como un ritual de iniciación de unos amantes del gore y el torture
porn en un intento de rendir homenaje (10º aniversario) al mítico título
anteriormente citado, una pretensión que queda alejada del resultado final y
las copias son sólo eso, a pesar de que se ha querido maquillar la trama con el
asunto del tatuaje como trasfondo. La excusa perfecta para que los amigos se
separen y dos de ellos desaparezcan con el señuelo de una escultural chica y caer
así en los dominios de TheArtist (Robert LaSardo), un asesino
tatuador con un aspecto imponente que si te lo encuentras caminando por la
calle su sola presencia hace que te cambies de acera.
El gancho, la
seducción está (observen bien las fotos) en exuberantes mujeres como Joey Fisher, Beth Humphreys (post dedicado a ella en este blog) y Sara Fabel, verdaderos alicientes de la
función. Anarchy Parlor es un título rodado con un presupuesto bajo, que
no logra su objetivo de epatar y con escasa capacidad de sorpresa. Lo mejor
está en la interpretación de Lasardo, que poco a poco se está abriendo un hueco
partiendo del cine Z (debido a su alarmante aspecto físico y el cuerpo
totalmente tatuado que luce puede aspirar a poca cosa más) y en su aprendiz, Uta, la verdadera psicópata de la
función y que interpretada por Sara Fabel (que no es actriz aunque sí una de
las tatuadoras más reconocidas del mundo) aporta el tono de maldad loca y salvaje. Eso sí,
el cóctel puede resultar sabroso para el aficionado gore: tortura,
despellejamientos, violencia irracional, sangre, alguna secuencia imaginativa y
tías macizorras mostrando sus enormes atributos. Lituania, que debe ser para
los norteamericanos el tercer mundo, sirve de impresionante escenario y eco de
resonancias para el insufrible griterío (algo cargante), creando una atmósfera tenebrosa
que sólo hace más acusada la sensación déjà vu.
Tras la compra
en 2012 por parte de Walt Disney de LucasFilm por un montante superior a los
4.000 millones de dólares, un negocio que supuso la retirada de George Lucas de
la industria cinematográfica y que abría una nueva etapa para la franquicia Star
Wars, somos muchos los que hemos dado por supuesto que Lucas, sin
vínculo creativo o empresarial con los nuevos proyectos, ha supervisado desde
la distancia la toma de decisiones. Lo cierto es que estamos ante la séptima
entrega de La Guerra de las Galaxias, primera de la tercera trilogía, un
film que dirigido por el talentoso J. J.Abrams (Super 8, Star
Trek, Monstruoso) vuelve a contar con el concurso de un ya muy veterano
Harrison Ford en su última aparición
en la franquicia y que no aparecía en ella desde su participación en La
Guerra de las Galaxias VI: El retorno del Jedi (1983).
Han pasado más de
30 años desde la caída del Imperio Galáctico, derrotado por la Alianza Rebelde.
Luke Skywalker (Mark Hamill) ha
desaparecido, pero existe un mapa que rebela dónde se encuentra el último
guerrero Jedi con vida. Muchos de los antiguos héroes: Han Solo (Harrison Ford), Leia
(Carrie Fisher), Chewbacca, R2-D2 y C-3PO, están cautivos y luchan por la resistencia. La galaxia se
encuentra todavía en guerra y una nueva República ha surgido aunque su gobierno
es un mero títere. Ante el convulso panorama político, un misterioso guerrero, Kilo Ren (Adam Driver) está obsesionado
con acabar con los Jedi y amenaza la paz. Ren pertenece a la Primera Orden, una
fuerza leal a la memoria de Lord Vader y Palpatine. Frente a esa amenaza, el
único recurso es un androide: BB-8,
pues en él se encuentra el mapa para localizar a Luke Skywalker. Entregar esta
valiosa información será el objetivo de dos nuevos personajes: el soldado
imperial, Finn (John Boyega) que
reniega del ejército imperial y Poe
Damaron (Oscar Isaac), un piloto enviado por Leia (Carrie Fisher) para una misión importante. En su huida, los
pilotos se estrellan en el desierto de Jakku. Allí, aparecerá un nuevo
personaje: Rey (Daisy Ridley) una
joven chatarrera, de gran fortaleza, que ha aprendido a valerse por sí misma.
El encuentro cambiará sus vidas y les embarcará en un intenso viaje para
encontrar al más poderoso guerrero de la galaxia, el Maestro Jedi Luke
Skywalker.
No soy un gran
fan de esta incombustible saga y, como era previsible, Star Wars: El despertar de la
Fuerza alojará poco poso en mí saturada memoria. No obstante, he
seguido la carrera de J. J. Abrams desde Misión Imposible III (2006) y me
parece un director mitómano realmente interesante. Con un guión en el que ha
participado Lawrence Kasdan, el artefacto no aburre -que ya es mucho decir-
aunque casi todo me suena a ya visto, una sensación déjà vu que nada molestará
a sus fanáticos e iconoclastas seguidores, y que supongo es lo que el director
persigue. Como se esperaba, el diseño de producción es fastuoso y el alarde de
imaginería visual absolutamente aplastante, con el objetivo de recuperar la
esencia de la saga y hacer babear a los fans de cuatro generaciones distintas.
La función es muy previsible, pero el ritmo vertiginoso que imprime Abrams
logra que el relato no decaiga en ningún momento, y en las escasas secuencias de
calma, ahí está el adorable androide BB-8 -y su potente lazo con la heroína
Rey- para protagonizar los momentos más cómicos y tiernos de la función. La séptima entrega de la saga se impone
como un sentido homenaje realizado por un fanático rendido del universo Star Wars, y es por eso que toda la
historia es una caja de resonancias, un eco que resuena en el túnel del tiempo,
con una media hora magnífica con la presentación y el encuentro de los
personajes.
John Williams incide en la clásica banda sonora, una sinfonía mítica que todo el mundo asocia con la saga y que inflama la pasión de millones de fieles. Pero en esta fiesta-homenaje, o medido ejercicio de reciclaje, muchos espectadores echarán en falta una evolución más profunda de la trama (que siempre lleva implícita una denuncia a los sistemas totalitarios) sin despreciar el tono nostálgico, y se quedan con la miel en los labios preguntándose por los nuevos derroteros por los que transitarán los personajes y la historia. Teniendo en cuenta que el argumento arranca varios años después del fin de El retorno del Jedi, resulta importante señalar que los personajes veteranos de la franquicia quedan integrados en la acción de forma muy natural, y Harrison Ford (Han Solo) que es de todos ellos el que goza de más minutos, no desentona nunca vistiendo su legendaria cazadora, con su inseparable Chewbacca protagonizando uno de los momentos más emocionales del film. Star Wars: El Despertar de la Fuerzarememora estilemas clásicos e intenta un difícil equilibrio aportando toda la artillería tecnológica para subliminar las sucesivas batallas y esos sugerentes cambios de escenario (el desierto, el valle, la montaña) que consiguen rejuvenecer la saga y hacer más soportable el ritmo a los más pequeños. La película no es un prodigio, pero sirve para relanzar la franquicia, y sobre todo, para que estas navidades se vendan millones de muñecos BB-8.