sábado, 5 de diciembre de 2015

2 BOMBAS SEXUALES DE LEYENDA

BRGITTE BARDOT Y MARILYN MONROE
     

      Si uno tuviera que realizar un ranking de las más legendarias bombas sexuales de la historia del cine, en un lugar privilegiado de ese Olimpo estarían Brigitte Bardot y Marilyn Monroe.


     La francesa Brigitte Bardot nació en París en 1934, y fue uno de los rostros (y cuerpos) más visibles y venerados del cine europeo de la posguerra debido a su innata belleza y sensualidad, convirtiéndose pronto en un símbolo sensual y de la moda. Debutó en el cine con un papelito en la película Le trou normand (1952), y su matrimonio cinéfilo con el director Roger Vadim fue el trampolín que la lanzaría definitivamente a la fama con películas como Y Dios creó a la mujer (1956), aunque entonces ya había realizado algunas películas con títulos tan sugerentes como La chica del bikini (1952). Títulos como La pícara colegiala (1956), El amor es un oficio  (1958), La femme et le pantin (1959), ¿Quiere usted bailar conmigo? (1959), Una vida privada (1962) o El desprecio (1963), lograron que esta hermosísima actriz y cantante dotada de un erotismo salvaje forme parte del imaginario colectivo de varias generaciones de cinéfilos impenitentes que veían en ella el reflejo de la vecina de al lado, tan deseada y cercana como inalcanzable. Conocida por las iniciales “BB”, la secuencia en la que en presencia de Jean-Louis Trintingnant baila descalza sobre una mesa en Y Dios creó a la mujer, sigue siendo considerada como una de las más eróticas de la historia del cine.


                                 

 
      Norman Jeane Baker Mortensen, más conocida artísticamente por el nombre de Marilyn Monroe nació en Los Ángeles el 1 de junio de 1926 y falleció en extrañas circunstancias el 5 de agosto de 1962. Considerada uno de los iconos imperecederos y populares del Séptimo Arte en el siglo XX, en cuya primera mitad reinó tanto en el cine como en el papel couche siendo objeto del deseo de millones de aficionados en el mundo. Casada en tres ocasiones, la primera de ellas para evitar ser internada en un orfanato, la segunda vez con el ídolo del beisbol Joe DiMaggio y la tercera con el dramaturgo Arthur Miller, mientras estaba trabajando en una fábrica de municiones, un fotógrafo la retrató en su puesto de trabajo y la instantánea aparecida en la revista Yank, the Army Weekly en 1944, lo le ofreció la oportunidad de ganarse la vida como modelo. Tras el divorcio de su primer marido, James Dougherty, se presentó a varios castings, y uno de los ejecutivos de Twenty Century Fox la contrató como extra. Él fue quien le propuso el pseudónimo que la haría eterna convirtiéndola en un icono pop.


        Tras breves papelitos en películas como Amor en conserva de los hermanos Marx, interpretó a Ángela, la viuda de un abogado en el film noir La jungla de Asfalto (John Huston, 1950), y en ese mismo año participó en la película Eva al desnudo (Joseph L. Mankiewicz, 1950) junto a Bette Davis. Su consagración definitiva le llega con el papel protagonista en Niágara (Henry Hathaway, 1953), sustituyendo a Anne Bancroft por deseo expreso del presidente de la Twenty Century Fox, Darryl F. Zanuck. Aunque su papel recibió algunas críticas, fueron muchos más los que quedaron eclipsados con su indomable y natural belleza.



     Además de ser dos los mitos sexuales más recordados, Brigitte Bardot y Marilyn Monroe tienen otra cosa en común: las dos aparecieron posando en la más popular de las revistas masculinas, Playboy, y no es que Marilyn posara expresamente para esta publicación, pero el listo Hugh Hefner compró unas tórridas fotografías de 1949, cuando era prácticamente una desconocida, y aprovechó el momento para explotar el creciente estrellato de la actriz. Películas como Los caballeros las prefieren rubias (Howard Haks, 1954) junto a Jane Russell, Rio sin retorno (Otto Preminger, 1954), La tentación vive arriba (Billy Wilder, 1955) Con faldas a lo loco (Billy Wilder, 1959)  y Vidas rebeldes (John Huston, 1961) han hecho de ella una figura inmortal, cuya enigmática muerte, oficialmente por ingestión de una sobredosis de barbitúricos, continúa siendo discutida por investigadores y exégetas. Pero, eso es otra historia.            



jueves, 3 de diciembre de 2015

MIS PELÍCULAS FAVORITAS: "BOWLING FOR COLUMBINE" (2002)

BOWLING FOR COLUMBINE
Documental - USA, 2002 - 123 Minutos.
DIRECCIÓN Y GUIÓN: MICHAEL MOORE.


     Hace tiempo que vengo reflexionando sobre la violencia en el cine contemporáneo, cavilaciones que, espero, se vean en un futuro consolidadas con un ensayo sobre el tema. Hay autores -Olivier Mongin en la editorial Paidós- que tienen publicados ya excelentes trabajos sobre esta cuestión, pero, personalmente, lo que más me interesa analizar, introduciendo un elemento distorsionador sobre la opinión generalizada, es la escasa relación que encuentro entre el ejercicio de la violencia real y la ficción puramente cinematográfica. No es sorprendente que la realidad supere a la ficción, por eso no siempre sucede que las películas son la fuente de inspiración de alguien que comete brutales villanías, por el contrario, es el cine el que en multitud de ocasiones se retroalimenta vampirizando hechos reales que han sido anteriormente difundidos y amplificados hasta el hartazgo por los mass media, en su afán demoledor por elevar el rating y, de paso, saciar el morbo y la sed de sangre de una bestia que en estado de shock, sentada en un sillón delante de la tele, en chándal y en zapatillas, masca su fracaso, su desorientación y sus pesadillas, consumiendo su ración diaria de éxtasis infernal.
  
      
      Por lo tanto, más que un canal simbiótico, el cine, como toda expresión artística, es un espejo donde quedan reflejadas todas las miserias sociales, insatisfacciones personales, frustraciones laborales y efímeras ambiciones que, acompañadas del retrato más o menos efectista de inadaptados, marginados y psicópatas, dilucidan nuestro tic-tac cotidiano, el pulso siempre incontrolado y lleno de obstáculos de nuestra trayectoria vital, no pudiendo predecir en qué segundo de esa placentera y aburrida vida se producirá el cortocircuito. Bowling for Columbine, la cinta del genial Michael Moore, intenta dar respuesta a una -aparentemente- sencilla pregunta: ¿estamos locos por las armas o simplemente estamos locos? Teniendo en cuenta que 11.000 personas mueren en Estados Unidos víctimas de las armas de fuego, la otra pregunta que se impone es ¿tan diferente es ese país del resto del mundo?.

       La tragedia que ejerce de hilo conductor en este espléndido film documental y el más vivo ejemplo de la tesis de Moore, la sirve la matanza ocurrida el 20 de abril de 1999 en el Instituto Columbine de Littleton (Colorado) cuando los quinceañeros Eric Harris y Dylan Klebod, tras jugar una inocente partida de bolos, entraron armados hasta los dientes y acabaron con la vida de 12 compañeros y un profesor antes de suicidarse, más de veinte personas quedaron heridas entre las mesas, sillas, escaleras y pasillos del colegio. Es, tal vez, la secuencia más espeluznante de esta película estrenada en el Festival de Cannes: dos siluetas en blanco y negro, armadas y ávidas de sangre, buscando entre las mesas del comedor posibles víctimas. Disparos, gritos y sombras tratando de esconderse y que presienten que van a morir. Imágenes que fueron captadas por las cámaras de seguridad del recinto escolar.

    
     Bowling for Columbine consiguió el Oscar al mejor documental. Se lo merecía, sobre todo por el ingenioso y expresivo método que utiliza para levantar acta sobre los estúpidos, irracionales y carpetovetónicos comportamientos vigentes en una parte de la sociedad estadounidense, haciéndose eco de la locura de una comunidad generadora de violencia, enferma y miedosa, un temor insano que les lleva al fatal uso de las armas de fuego. Para que nos hagamos una idea, este preciso y necesario golpe de inteligencia y osadía comienza de la siguiente manera: sucursal bancaria en un pequeño pueblo al norte de Michigan. El periodista Michael Moore entra en sus oficinas. Se dirige a uno de sus empleados: “He venido para abrir una cuenta bancaria”. “¿Qué tipo de cuenta?”, le pregunta el oficinista. “La que regalan un rifle”, responde incrédulo Moore. “En cuanto comprobemos su identidad, le daremos el rifle”. “¿Acaso no piensan que resulta un poco peligroso que un banco vaya repartiendo rifles?”. 


      Aun en la convicción de la gravedad de la denuncia de este estricto documento, se hace más soportable por la causticidad de su sentido del humor, por eso es impagable la presencia “Aparición” de esa ruina humana llamada Charlton Heston, que enfermo de alzheimer sigue presidiendo la poderosa Asociación Nacional del Rifle, agrupación que cuenta con cuatro millones de miembros descerebrados adoradores de la muerte súbita, y que sigue tan intocable como la industria que la da vida. “En Estados Unidos estamos dispuestos a SACRIFICAR vidas con tal de preservar el derecho a portar armas”, se lamenta una madre que perdió a su hijo abatido en un tiroteo en Nueva York. Un derecho recogido, como sabemos, en la Constitución de esa gran nación en permanente guerra civil. Lo que nos incita a pensar que, además de la ignorancia, sólo la imbecilidad humana carece de límites. Así, los componentes de esa secta capitaneada por el siniestro Charlton Heston como sumo sacerdote, cuyos miembros se vanaglorian de poder excitarse acariciando un rifle, deberían preguntarse si todas esas armas no acabarán destripando algún día los cuerpos de sus hijos, vecinos y colegas. Y, si es así ¿qué más da? De nuevo se cumple la máxima: perro come a perro.


martes, 1 de diciembre de 2015

CRÍTICA: "EL PUENTE DE LOS ESPÍAS" (2015)


El mejor film de Spielberg de la última década
EL PUENTE DE LOS ESPÍAS êêêê
DIRECTOR: STEVEN SPIELBERG.
INTÉRPRETES: TOM HANKS, MARK RYLANCE, AMY RYAN, ALAN ALDA, SCOTT SHEPHERD, SEBASTIAN KOCH.
GÉNERO: ESPIONAJE / EE.UU. / 2015  DURACIÓN: 135 MINUTOS.    

Con un guión en el que han colaborado los hermanos Coen junto a Matt Charman, el prestigioso Steven Spielberg vuelve a sumergirse en los grandes avatares históricos de su país para narrar un episodio basado en hechos reales y contando de nuevo con el protagonismo de Tom Hanks en lo que supone su cuarta colaboración para la pantalla grande con el director de El diablo sobre ruedas. Sabido es el respeto mutuo que se tienen ambos y la franca amistad que mantienen. Lo cierto es que desde Munich (2005), ninguna película de Spielberg me ha resultado tan interesante como El puente de los espías, a pesar de que ni La guerra de los mundos (2005) ni Lincoln (2012) sean películas desdeñables dentro de esos saltos genéricos a los que nos tiene acostumbrados el realizador.


     
      La acción nos sitúa en la década de los 60 en plena Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. El 1 de mayo de 1960, un avión U-2 espía norteamericano es derribado por el ejército enemigo cuando sobrevolaba territorio soviético. Sorprendentemente, el piloto Francis Gary Powers (Austin Stowell) logra escapar en paracaídas del siniestro. Pero, cuando ya se creía a salvo, es capturado por los soviéticos. Tras el suceso, el abogado especializado en seguros James B. Donovan (Tom Hanks) es reclutado por la CIA como encargado de negociar la liberación del soldado. Ante el peliagudo encargo, el abogado se ve súbitamente inmerso en las entrañas de la Guerra Fría, pues su misión supone llevar a cabo intensas negociaciones para canjear el piloto capturado por Rudolph Abel (Mark Rylance), espía del Kremlin atrapado por el FBI en el Brooklyn de 1957. Teniendo como objetivo hacer lo justo y correcto, este hombre ordinario y padre de familia, tendrá que enfrentarse a situaciones extraordinarias y arriesgarlo todo en defensa de valores como la integridad, el patriotismo y la honradez.
     

     
   A contracorriente de la actual cartelera, resultan muy dignos estos ejercicios de revisionismo históricos que de vez en cuando nos presenta Spielberg, en un loable intento por acercarnos al pasado para arrojar luz sobre algunos de los enigmas que encierran las claves del presente. Estimando el esfuerzo y el alto grado moral del artista detrás de la cámara, El puente de los espías se eleva así como una pieza coherente dentro del decálogo ético y el carácter pedagógico que persigue el director para que entendamos mejor la sociedad en la que vivimos. Gran potenciador de la imagen y magnífico creador de atmósferas, Steven Spielberg, logra un arranque soberbio de la acción para sumergir al espectador en una época tenebrosa en la que la tensión de la Guerra Fría y el peligro nuclear hacía gravitar la paz mundial sobre dos ejes principales; las democracias occidentales lideradas por Estados Unidos y los regímenes comunistas y totalitarios de la Europa del Este encabezados por la URSS.



     
    Un comienzo en el que la sobria presentación de los personajes protagonistas, el abogado de seguros James Donovan, tan familiar, y la soledad del espía soviético Rudolph Abel (y su imagen en el óleo y el espejo que sirven de metáfora a las múltiples máscaras) logra proyectar todas las constantes definitorias del cine realizado con oficio: elegancia, exquisita ambientación y maestría formal, conceptual, visual y narrativa. No exenta de un cierto maniqueísmo, representado en el diferente trato que reciben los espías detenidos a uno y otro lado del Telón de Acero, la película nos habla del honor, de la dualidad del ser humano, del idealismo, de la integridad, de la convicción de un hombre decente para hacer lo justo y correcto aunque esto le procure severos inconvenientes contra las instituciones del sistema.



      El puente de los espías está dividida en dos partes; una primera que se cimenta en el caso judicial del espía ruso y su relación cada vez más humana con su abogado, venciendo así los iniciales prejuicios; y una segunda tamizada por todos los códigos y claves del cine de espías, potenciada por el clima de luz expresionista cortesía del gran Janusz Kaminski y una reconstrucción histórica admirable. Spielberg nos entrega un thriller de espías a la vieja usanza en el que podemos encontrar los ecos de John Le Carre, y levanta acta sobre las tensiones de un tiempo en donde la política era tan afilada y letal como la hoja de un cuchillo. Gran película.