domingo, 18 de octubre de 2015

JOYAS DEL CINE ERÓTICO: LA MUJER PÚBLICA (1984)



La mujer pública (Femme publique, Andrzej Zulawski, 1984)        

      Cine de “auteur” que se decía entonces, en la época de los cines de arte y ensayo y vídeoclubs en donde reinó (décadas de los 70 y 80) el director polaco Andrzej Zulawski, de quien sólo recuerdo un par de películas notables, el drama romántico Lo importante es amar (1975) y la original y terrorífica La posesión (1981), una cinta que contiene algunas de las secuencias más recordadas e impactantes del cine de terror. La mujer pública nos narra la historia de la joven y bella Ethel (Valérie Kaprisky), una aspirante a actriz que acepta el papel protagonista en una película que adapta un texto de Dostoievski. Descontento con su actuación, el excéntrico y dominante director, Lucas Kessling (Francis Huster) somete a la actriz a una presión que la deja mentalmente exhausta, incapaz de distinguir el mundo real y su papel en la película. Paralelamente, Ethel mantiene una relación con Milan Mliska (Lambert Wilson) un expatriado checo cuya anterior mujer fue musa de Kessling.


       Cuando en mis dorados años de juventud asistí al estreno de esta película, lo único que saqué en limpio fue la constatación de que la belleza de la actriz Valérie Kaprisky era tan asombrosa como inmarcesible. Una actriz que, recordemos, compartió protagonismo con Richard Gere en el resultón remake de Al final de la escapada de Godard firmado por Jim McBride y titulado en nuestro país Vivir sin aliento (1983). Tras rodar La mujer pública, Valérie cayó en una profunda depresión, ya que el film, rebosante de una taimada misoginia, provocó en ella un terrible desgaste como consecuencia de las drásticas exigencias del director y de tener que exponer sus intimidades sin reservas. Una exposición física y una presión psicológica que acabarían dinamitando la resistencia de la actriz que todavía hoy reniega de un título que en su momento tuvo una aceptable acogida crítica y fue un éxito de público. No nos engañemos, La mujer pública es un film fallido solamente soportable por alguna recordada secuencia como la del frenético baile de Valérie Kaprisky totalmente  desnuda durante una sesión fotográfica, en una interpretación lamentable y condicionada por la inseguridad y la presión que sufrió.


     Su belleza es lo único reseñable de una película muy irregular que incide en una de las obsesiones de los cineastas franceses (o afrancesados, como es el caso) de la época: el cine dentro del cine, un ejercicio de metaficción que aborda como excusa el rodaje de una obra de Dostoievski para desplegar las constantes de un nuevo triángulo amoroso tan banal como irritante. Un film excéntrico, por momentos sórdido y siempre estridente en donde la mujer queda expuesta como una ilusión sin voluntad, voluble, maleable y rodeada de personajes grotescos con la innata capacidad de desquiciar a cualquiera. La folletinesca historia se debate entre la perversidad y el romanticismo dentro de la deriva volcánica de un trío de histriones; con un Francis Huster a modo de aborrecible remedo de Klaus Kinski; y un Lambert Wilson dando oxígeno a un tipo colérico que intenta convertir a Ethel en una figuración de su desaparecida mujer y antigua musa de Kessling. Sólo al final, terminado el rodaje, Zulawski parece redimirse de los grandes brochazos sacando a las espectrales calles de París al director, actores y equipo técnico, que saludan a la cámara y al público. Momento en que, tras el tormentoso itinerario de un rodaje que la ha vaciado, se vislumbra un resquicio de luz en Ethel.



jueves, 15 de octubre de 2015

CRÍTICA: "MARTE (THE MARTIAN)"

Mientras hay vida hay esperanza
MARTE (THE MARTIAN) êêê
DIRECTOR: RIDLEY SCOTT.
INTÉRPRETES: MATT DAMON, JEFF DANIELS, JESSICA CHASTAIN, MICHAEL PEÑA, KATE MARA, CHWETEL EJIOFOR, SEAN BEAN.
GÉNERO: CIENCIA FICCIÓN / EE.UU. / 2015  DURACIÓN: 142 MINUTOS.   

      Adaptación de la magnífica novela homónima de Andy Weir, Marte (The Martian) estaba ideada para ser dirigida por el autor del libreto, Drew Goddard, que decidió abandonar el proyecto cuando se le presentó la oportunidad de dirigir la adaptación para la pantalla grande de la novela gráfica Sinister Six. Fue entonces cuando el proyecto le fue encomendado a Ridley Scott que, recordemos, pasará a la historia por haber firmado dos de las mejores películas de ciencia ficción de la historia, Alien, el octavo pasajero (1979) y Blade Runner (1982). Lo que llama la atención es que el director apenas se haya tomado licencias artísticas y siga el al pie de la letra el texto de Weir en lo que representa una adaptación fidelísima de una novela a la que el guionista sólo ha rebajado la verborrea técnica logrando captar el espíritu de una aventura en donde todo lo que pasa parece tener una sólida base científica.


      Queda apuntado, Marte (The Martian) es una aventura espacial que nos narra cómo el astronauta Mark Watney (Matt Damon) es dado por muerto tras una feroz tormenta y abandonado por la tripulación. Pero Watney ha sobrevivido en un planeta hostil. Con escasos suministros, deberá recurrir a su ingenio e instinto de supervivencia para comunicar a la Tierra que sigue vivo.
     

      
    No voy a afirmar, como seguramente harán otros colegas, que Marte (The Martian) es la mejor película de Scott en muchos años porque soy un fiero defensor de El consejero (2013), un film incomprensiblemente infravalorado sobre el mal en su representación más gráfica y cruel y el poder como arma de control. Pero estoy de acuerdo en que es el mejor film de ciencia ficción que el director ha rodado desde Blade Runner teniendo en cuenta el resultado de la irregular Prometheus. Eso sí, la nueva apuesta se impone como una película más impersonal que las citadas, porque en Marte hay mucho del Robert Zemeckis de Náufrago –incluso de Contact- y del Alfonso Cuarón de Gravity, un relato de supervivencia entretenido que mantiene al espectador pegado a la butaca desde la primera escena, rebosante de planos de una belleza sublime y fantásticos efectos visuales. Un paisaje marciano y enigmático en donde el bueno de Matt Damon (que se postula para el Oscar) tendrá que utilizar todo su ingenio para sobrevivir en un tour de forcé dramático que alterna a la perfección el humor, el temor, la emoción y la solidaridad, convirtiéndose, a la postre, en una historia insólitamente optimista para estar firmada por el director británico. Marte (The Martian) es ante todo una historia vitalista, de autosuperación, una llamada a la esperanza, que nos presenta a un astronauta botánico que a modo de moderno Robinson Crusoe nos incita a vivir una experiencia visual y sensorial por las rojizas dunas y cráteres de Marte como nunca antes había sido explorado en una pantalla de cine.

 
      Es también un ejercicio nostálgico para los espectadores que añoramos al Ridley Scott rumbo al infinito y rompiendo la barrera del sonido, ahora que sabemos que Blade Runner 2 será dirigida por el talentoso director canadiense Denis Villeneuve. Durante el primer tercio de la cinta, Matt Damon es el protagonista absoluto en un espléndido one man show que es la parte más interesante de la función, un personaje que enseguida empatiza con la platea y que va evolucionando desde que se produce el accidente hasta que durante su proceso de experimentación, racionalización y supervivencia -gracias a sus conocimientos de botánica-, logra contactar con la Tierra. Un papel muy goloso para un actor notable a través de cual puede desarrollar sus grandes dotes interpretativas y su indiscutible carisma, con estados de ánimo que fluctúan entre el humor y la esperanza, la angustia y el drama.


       En el resto del metraje nos es presentado el equipo de la NASA en labor de rescate, la parte menos dinámica del film y más farragosa debido a algunas líneas de diálogos con ciertas explicaciones de carácter técnico o científico, que pueden servir como orientación y relleno pero resultan de lo más aburrido. Difícilmente podemos evaluar la presencia de Jessica Chastain, Kate Mara y Michael Peña por los escasos minutos de que gozan como componentes de la tripulación, aunque algo más provechoso es el concurso del veterano y eficaz Jeff Daniels al frente del equipo de la NASA. Marte (The Martian) es un film honesto, desenfadado, entretenido y positivista al que le sienta muy bien la incisiva, por momentos celestial, banda sonora a cargo de Harry Greg-Williams, que se eleva como un canto al compañerismo y una invitación para huir de la desesperación, tratando de captar el lado bueno de las cosas y superar así los momentos difíciles, pensando que mientras hay vida hay esperanza. 

martes, 13 de octubre de 2015

IRINA SHAYK, NI MOROS NI CRISTIANOS

      

      Supongo que desencantada con el inmenso e insufrible ego del muy sobrevalorado futbolista y modelo de calzoncillos Cristiano Ronaldo, la modelo rusa Irina Shayk (Yemanzhelinsk, 6 de enero de 1986), mandó al carajo su relación con el deportista portugués porque estar a su lado la hacía sentirse “fea e insegura”. Soltando más hilo del carrete, confiesa: “Quiero a un hombre fiel, honesto, un caballero que sepa cómo respetar a las mujeres. No creo en los hombres que nos hacen caer y sentirnos infelices porque eso no es de hombres sino de críos. Pensé que había encontrado a ese hombre ideal… pero no”. Irina, coño, le diría yo, cómo va a ser un hombre ideal un tipo tan hortera que le gusta un cantante detestable como Kevin Roldán y que declara que la gente le tiene envidia porque es “rico, guapo y gran jugador”, y que se impone como el  estereotipo perfecto de estos tiempos abominables en donde se valora más presumir de abdominales que el poseer un amplio bagaje cultural. Si hubiera añadido a la frase “inteligente” me hubiera descojonado, pero ahí frenó, tal vez consciente de que cualquier Ferrari de los que conduce se lo pondría difícil en una apuesta.


          De modo que Irina se fue a lucir palmito a Hollywood, le dieron un papelito insignificante en la película Hércules (Brett Ratner, 2014) y desde principios de este año vive una relación sentimental con el reputado actor Bradley Cooper. Su aspecto exótico se lo debe a su padre, de origen tártaro, y sus bonitos ojos verdes son una herencia de su madre. La carrera de Irina se inicia tras ganar un concurso de belleza local en 2004, cuando alguien le aconsejó que se dedicara a la moda y un año más tarde estaba trabajando en París. Tras firmar con la agencia Elite Barcelona en 2007, se convirtió en la nueva rookie de la revista Sport Illustrated Swimsuit. Después todo vino rodado: portada en multitud de revistas y campañas publicitarias para las mejores firmas.



               Irina mide 1´78 cm de estatura, pesa 58 kg y sus equilibradas medidas 86-58-88 le hacen ser una de las modelos más reconocidas, demandadas y pagadas y una presencia insustituible en la red, donde cuenta con millones de búsquedas. Así, se ha podido comprar un apartamento en el West Village de Nueva york que le ha costado 2 millones de dólares. Tras romper el pasado 14 de enero con el antipático “crack” portugués, la nueva vida de Irina dentro del exclusivo y frívolo mundo de Hollywood, ha hecho que la modelo se nos muestre más sexy y provocativa, algo que siempre es de agradecer para los que amamos la belleza femenina. Tampoco creemos que con su ruptura haya perdido mucho en un plano económico, pues su nueva pareja, Bradley Cooper, es el tercer actor mejor pagado de Hollywood, con 36,2 millones de dólares ganados el pasado año, y además, juntos forman una de las parejas más atractivas y glamourosas de la meca del cine.