La modelo erótica rusa Helga
Lovekaty (San Petersburgo, 07 de abril de 1992) posee uno de los cuerpos
más deseados por los internautas de todo el mundo. Aunque es de una zona tan
fría como la región de Leningrado su piel, de natural blanca, luce bronceada
por el sol de las playas mediterráneas. Tiene el cabello castaño, los ojos
marrones y una graciosa nariz respingona. Sus otros atributos físicos también
están a la vista; una preciosa muñeca rusa. Helga suele deleitarnos con poses
sencillas y espontáneas, ya sea posando desnuda, en bikini o en lencería. La
primera vez que vi algunas fotos y vídeos de esta mujer me quedé ojiplático y
me enamoré instantáneamente, dejándome con la duda de si en verdad me había
topado con la modelo más bella del mundo. Aunque, como me conozco, sé que lo
mismo pensaré con de la próxima modelo que me enamore.
Y es que Helga Lovekaty representa
la perfección, tanto que parece un deseo generado con un ordenador, pero me
aseguran que es real: mide 1´73 cm de estatura, pesa 52 kg repartidos en una
escultural figura (90-60-92) que captó a la perfección el objetivo del
fotógrafo Alekxander Mavrin para la web Bella da Semana. Ella practica deportes
(pesas, natación, snowboard) para mantenerse en forma y confiesa ser muy
tímida, una timidez que tiene que dejar de lado a la hora mostrarse como su
madre la trajo al mundo en sesiones fotográficas que captan su inmarcesible
belleza y en grabaciones que nos enseñan sus encantos 100 % naturales.
Con sus
posados se ha marcado el objetivo de conseguir su primer millón (¿de euros? ¿De
dólares?), y nos comenta que la mujer debe ser sexy de manera natural, pues es
lo que hace ella para que sus poses no parezcan nunca impostadas. Seguro que
muchos hombres (bueno, también algunas mujeres) sueñan con conquistar a Helga…
y soñar es barato y no tiene nada malo. Por lo pronto aquí tenéis su cuenta de
instagram, @helga_model, que cuenta ya con un millón de seguidores. También
podéis seguirla en Twitter por si os apetece decirle algunas cosas bonitas
aunque no entiende ni papas de español. Como despedida, me recuerda: “haz el
amor y no la guerra”. Sí, jajajaja, John Lennon estaría muy satisfecho con mi
sección.
INTÉRPRETES: ETHAN
HAWKE, EMMA WATSON, DAVID THEWLIS, DAVID DENCIK, AARON ASHMORE, DEVON BOSTICK.
GÉNERO: THRILLER
/ ESPAÑA / 2015 DURACIÓN: 106 MINUTOS.
Lo he repetido en
múltiples ocasiones:el cine de Alejandro Amenábar no me gusta.Pienso que es un director muy
sobrevalorado sobre el que se crearon grandes y fundadas expectativas a raíz de
su interesante ópera prima, Tesis (1996), una película realizada
con cuatro chavos que, aunque no llega a ser redonda, resiste bien nuevos
visionados gracias a su frescura narrativa y habilidad técnica, sin molestarse
en camuflar notorias influencias de cineastas como Brian De Palma o Darío
Argento. Algo que no ocurre con el resto de su obra; Abre los ojos(1997), película que desfallece a mitad
de su metraje debido a ciertas incoherencias argumentales y un ritmo plomizo y
descompensado que hace que finalmente nos importe poco la tragedia existencial
sufrida por un guaperas triunfador; no la he vuelto a ver, pero tampoco me
emocionó la supertaquillera Los Otros (2001), film-plagio donde
los haya que atesora todos los clichés y recursos técnicos mil veces vistos en
el subgénero de casas embrujadas, y que basa todo su efecto en una no tan original
pirueta final; ni siquiera la oscarizada
Mar
adentro (2004), llegó a conmoverme más allá de la sentida e impecable
actuación de Javier Bardem en la encrucijada vital y degradación moral de una
enfermedad irreversible; no hablemos de Ágora (2009) un artefacto puramente
mecanicista de excesiva y fría retórica con olor a cartón piedra.
Lo sorprendente
en este joven director es su manifiesta incapacidad para plasmar sentimientos y
desgarros emocionales. Lo vuelve a demostrar en su nuevo film, donde los
tremendos dramas narrados no proyectan la mínima empatía hacía ninguno de los
personajes. Regresión nos sitúa en una localidad de Minnesota en el año
1990. El detective Bruce Kenner (Ethan Hawke) investiga el caso de la joven Ángela
(Emma Watson) que acusa a su padre, John
Gray (David Dencik) de abusar de ella, por lo que se refugia en la iglesia.
Cuando John, de forma inesperada, admite que puede ser culpable aunque no se
acuerda de nada, el experimentado psicólogo, Dr. Raines (David Thewlis) se incorpora el caso para ayudarle a
revivir sus recuerdos reprimidos. Lo que descubre desenmascara una siniestra
conspiración.
Ante todo,
pediría que algunos remamahuevos de esos que untan con vaselina hasta las
meteduras de pata más grandes de Amenábar, me trataran de explicar qué tiene de especial
esta película que no nos hayan contado ya antes mil veces mejor. Con la
referencia inexcusable de La semilla del diablo (Roman
Polanski, 1968), La Profecía (Richard Donner, 1976) e incluso la magistral 1ª
temporada de True Detective y, como casi siempre, tomando descaradamente como modelo una
modesta película para la televisión estadounidense titulada Forgotten
Sins (Dick Lowry, 1996), basada en el caso real de Paul Ingram que narra la historia del sheriff de
un condado que es acusado por su hija de abusos, una historia que deriva en
rituales satánicos que al protagonista (John Sea) acaban por hacerle dudar de
su inocencia, hoy queda meridianamente claro que Amenábar es muy poca cosa sin
el complemento esencial del guionista de sus primeros trabajos, Mateo Gil.
Y no
es que a mí este guionista me parezca descollante (sólo me satisface el libreto de Tesis)
pero es verdad que las historias carecen de la más mínima sustancia sin su
participación. En Regresión Amenábar se limita a crear una pulcra atmósfera y una
exuberante ambientación apoyadas ambas en la excelente fotografía de Daniel
Aranyó, todo lo demás es abusar de los efectos de sonido e idear algún giro tan
pueril como previsible. Pero si esto es malo, hay que estar atentos al
zarrapastroso trabajo de su nefasto reparto, con un Ethan Hawke que cada día que pasa parece peor actor y que no tiene un solo momento acertado. Dándole réplica, una estreñida
Emma Watson, sin duda una de las peores actrices de su generación.
Regresión
esconde un enigma impostado, como esos regalos de pega envueltos en cincuenta
cajas de cartón, que comete el error de querer ser trascendente y original, de
tomarse muy en serio a sí misma como si de un ejercicio de estilo se tratara. Pero
yo estoy harto de ver cientos de películas mejores con la misma temática que ni
siquiera se llegan a estrenar en las salas, lo que también hubiera ocurrido
con esta cinta si no llega a estar firmada por el director de Mar
adentro. Algo que ni sus palmeros llegarán a negar aunque siempre estén
dispuestos a aplaudir con las orejas cualquier cosa que haga el niño mimado de
José Luis Cuerda.
Estos alegan que la película está bien filmada. faltaría más,
después de haberse gastado 50 millones de dólares para lo que no es nada más
que un olvidable telefilm de sobremesa y teniendo un bagaje de media docena de
largometrajes rodados. Debutantes como Dani de la Torre filman tan bien como él
y saben dotar a la acción y el tablero dramático de mayor emoción y enjundia. Elementos
que el realizador de origen chileno confunde aquí con verborrea, psicología
barata y sobreexplicaciones. Para colmo, es un film que no contiene ningún
susto eficaz; subimos el volumen y al carajo. ¿Dónde está aquí el misterio? ¿En
el tipo que toma fotos con la polaroid? ¿En que se busca a un hombre con "capucha”? Regresión no tiene grandeza, es una película aburrida, plana y por
momentos sonrojante, un collage confeccionado con retales de obras mayores,
con un guión soso que intenta imitar las pautas de Shyamalan y que nos aboca a
un final anticlimático, acorde, eso sí, con lógica interna de un pastiche insípido que no admite defensa.
Johnny Depp no está, ni de lejos, entre
mis actores favoritos, pero si tuviera que elegir entre la sobreactuación y el
catálogo de tics y aspavientos que nos regala en sus colaboraciones con Tim
Burton (con la salvedad de esa obra maestra titulada Ed Wood) o en la
pesadísima saga Piratas del Caribe y sus contados protagonismos en películas de
temática gangsteril (Donnie Brasco, Enemigos públicos, Black
Mass) sin duda me quedo con estos últimos sin que ninguna de los tres
films citados me parezcan magistrales. El competente director Scott Cooper, firmante de una de las
mejores películas del año 2013, Out of the Furnace, cinta que ni
siquiera se ha llegado a estrenar en nuestro país, y de Corazón rebelde (2009)
por la que Jeff Bridges se alzó con el Oscar al Mejor Actor, nos relata ahora
la andanzas de James “Whitey” Bulger, jefe de la mafia irlandesa de Boston que
llenó de ignominia y deshonra al FBI, culpable en gran medida de sus desmanes
criminales.
Black Mass nos
sitúa en la ciudad de Boston de la década de los 70. El agente del FBI John
Connolly (Joel Edgerton) convence al mafioso irlandés James “Whitey” Bulger
(Johnny Depp) un delincuente con el que creció en el mismo barrio del sur de
Boston y que acaba de salir de la cárcel, para que colabore con el FBI
eliminando a un enemigo común: la mafia italiana. De esta manera se formará una
extraña y nefasta alianza que provoca una espiral de violencia fuera de
control, permitiendo a “Whitey” Bulger escapar de los tentáculos de la ley,
consolidar su poder y convertirse en uno de los más poderosos gángsteres de la
historia de Boston.
Como curiosidad
apuntaré que este gánster irlandés ya fue caracterizado por Jack Nicholson
(adoptando incomprensiblemente el nombre italoamericano de Jack Costello) en el
magnífico y oscarizado film de Martin Scorsese Infiltrados. El crimen,
al igual que la política es un negocio muy rentable (en demasiadas ocasiones lo
uno es sinónimo de lo otro), y Black Mass, película de impecable
atmósfera setentera y exuberante fotografía, relata los infames sucesos reales
ocurridos en Boston que, para vergüenza del FBI del maldito J. Edgar Hoover,
destaparon una trama de conexiones criminales
entre los bajos fondos y agentes de la oficina federal del Departamento
de Justicia. Una trama ideada por el agente John Connolly (Joel Edgerton en el
film) que había compartido su infancia con el delincuente “Whitey” Bulger,
hermano del senador por el Estado de Massachusetts William Bulger. Y todo ¿para
qué? Para acabar con la mafia italiana con la que el agente Connolly estaba
obsesionado. Una chapuza de dimensiones siderales que situó a Bulger en la cima
del crimen. Mafia, política y corrupción
policial. Lugares comunes surcados por innumerables películas (entre las mejores
la citada Infiltrados y La noche es nuestra, de James Gray, dos
obras con las que Black Mass comparte
muchos puntos en común) que nos muestran de manera descarnada la invisible
línea que separa el bien del mal en ciudades en donde las instituciones están
sumidas en el fango de la corrupción. Scott Cooper demuestra que le interesa
mucho más la dirección de actores y el contundente y cuidadoso perfil de los
personajes que los derroteros de una narración filmada de manera sobria aunque
excesivamente formal y academicista.
Black
Mass es una película de actores, y entre ellos sobresale su
protagonista casi absoluto, un Johnny Depp que nos entrega la mejor
interpretación desde Donnie Brasco (Mike Newell, 1997),
capaz de modular registros que van desde la ternura y el cariño que siente ante
sus allegados (madre, hijo, hermano e incluso las ancianitas de su barrio),
pasando por la conmoción y tristeza ante la pérdida de un ser querido, los
accesos de ira y la frialdad de que hace gala para liquidar a sus rivales en
acciones estrictamente criminales. Su actuación contenida y apoyada en una
transformación física envidiable (calvo, con kilos de más, envejecido con el
látex, teñido de rubio, ropa setentera y lentillas de un penetrante azul claro),
ayudan a dibujar la impronta de un personaje impredecible que se mueve entre
los impulsos psicóticos y los sentimientos sinceros. Es en esos perturbadores
bandazos en donde la mirada insondable de la bestia se hace más insondable y su
caricia más heladora (atención a la secuencia en que intenta seducir a la mujer
de Connolly). Una actuación de esas que se recuerdan.
Aunque Edgerton y Cumberbatch cumplen sin problemas con sus roles, es Depp quien impide que la película caiga en olvido como tantas de temática similar. Y no es que lo que cuenta Cooper no interese, es que existen demasiadas películas que nos han contado ya lo mismo mucho mejor, con menos anestesia y otorgando mayor énfasis al arco dramático. Black Mass no es una gran película debido al trazo lineal de su narrativa, pero sí un atractivo ejercicio de evocación sobre los dominios de Bulger en el Boston de los años 70 y 80, aunque la sombra de Scorsese sea tan larga e imponente que obliga a Cooper a claudicar y recordar quién es el maestro.