La modelo norteamericana Chrissy Teigen nació el 30 de noviembre de 1985 en Delta (Utah), su
padre, que trabajó de electricista, es de ascendencia noruega y su madre
tailandesa, algo fácilmente apreciable en su exótico rostro. Chrissy vivió con
su familia una vida nómada que la llevó a vivir en Hawai, Idaho, Seattle y
Washington hasta que se instalaron definitivamente en Huntington Beach
(California) cuando ella era una adolescente. Fue allí, trabajando en una
tienda de surf, donde fue descubierta por un fotógrafo.
Actualmente,Chrissy está representada en todo el mundo por la agencia IGM
Models. En julio de 2007, ella apareció en la portada del calendario de Maxim,
y ha realizado campañas para Gillette, Olay, Nike, Skullcandy y Gap, entre
otras muchas franquicias. En la primavera de 2013 fue la anfitriona del reality
show “Model Employee”. Uno de los momentos cumbres de su carrera fue cuando
apareció en la edición de trajes de baño de Sport Illustrated en 2010, y fue
nombrada “Rookie of the year”. Fue su amiga y también modelo Brooklyn Decker
quien la presentó a la gente de la revista, y en 2014 apareció en la portada 50
aniversario de Sport Illustrated.
Chrissy también ha aparecido en portadas
de revistas como Ocean Drive, Cosmopolitan y en reportajes para Vogue, Squire,
Glamour, y Galore. Cuando no está trabajando de modelo, Teigen se dedica a la
cocina y la escritura. Es la autora del blog sodelushious.com, y amplía sus
conocimientos sobre alimentos durante sus viajes por todo el mundo. Después de
cuatro años de noviazgo, formalizó su relación con el músico John Legend, con
quien contrajo matrimonio en 2014 en una ceremonia que se celebró en Como (Italia).
Su canción “All of Me” está dedicada a ella, y permaneció durante tres semanas en
el primer puesto del Billboard Hot 100 en mayo de 2014, convirtiéndose en su
primer número uno en los Estados Unidos y vendiendo en ese país más de 5
millones de copias.
La historia de una pareja que vive una relación sexual
llevada hasta límites inimaginables en el Japón de los años 30, generó una gran
polémica en el momento de su estreno en 1976. De hecho, el film dirigido por Nagisa Oshima sigue censurado en el
país del sol naciente y sólo es posible su visionado con escenas eliminadas. Basada
en un hecho real, la acción nos sitúa en el Tokio de 1936, y narra la historia
de Sada Abe (Eiko Matsuda) ex
prostituta que trabaja como parte del servicio de un hotel. Allí conoce al
propietario del hotel, Kichizo Ishida
(Tatsuya Fuji), casado con la ama y muy activo sexualmente. Ambos se hacen
amantes de una manera tan intensa que buscan experimentar tanto en lo sexual
como en el consumo de bebidas alcohólicas y otras muchas autocomplacencias.
Coproducción franco-japonesa sobre la posesión
y el deseo llevado más allá de cualquier frontera física y moral y que se acaba
confundiendo con el dolor, una fiera representación analítica sobre Eros (el
amor) y Thanatos (la muerte) y que Oshima logra escenificar con gran lirismo
visual, una suerte de belleza plástica corporal que anuda la pasión sexual, las
obsesiones humanas y el vértigo de los sentidos. Algo que no entendió la
justicia japonesa que incluso llevó a su director a juicio pero que obtuvo un
sonoro y apoteósico triunfo en Cannes, donde se tuvieron que dar más de una
docena de pases. Amor, sexo, pasión,
lujuria, sadomasoquismo, celos, promiscuidad, locura, soledad y el escalofrío
de una pasión mortal. Morir gozando antes que perder la vida en una absurda guerra
con una carga infernal de sufrimientos y privaciones, pues recordemos que hablamos
del Japón post-feudal de la militarista década de los años 30 del pasado siglo.
Cuando vi El imperio de los sentidos siendo un adolescente, algunos intelectualoides de la época me comentaron que les resultaba aburrida. Yo les contestaba que los que seguro que no se aburrieron fueron los protagonistas, pero pensaba que gustándome tanto el caviar, si lo como en el desayuno, el almuerzo y la cena, tal vez acabe aborreciendo tan exquisito manjar. Me quedó claro que si la vida de una pareja se resume en practicar sexo continuamente sin apenas respiro, el resultado final será el que propone la película: traspasar todos los límites del placer hasta llegar al orgasmo extenuante, un éxtasis que te sitúa al borde del abismo de la muerte para cerrar el círculo del deseo. Una relación perturbadora que se acaba convirtiendo en una lucha de poder, algo paradójico en una cultura como la nipona, en la que la mujer está bajo la bota del hombre y que Oshima rueda con gran atrevimiento regalándonos escenas ya legendarias como la del huevo o la del pañuelo, y que clausura un clímax desgarrador, altamente emocional y coherente con unos seres que fagocitan a través del sexo compulsivo su enorme vacío existencial. Como curiosidad diré que recuerdo su pase televisivo en los 80 en el programa de TVE “Cine de Medianoche”, algo impensable en estos tiempos de mierda en donde los hijos son más carcas que sus liberales y vanguardistas padres.
INTÉRPRETES: MATTHEW
FOX, JEFFREY DONOVAN, QUINN McCOLGAN. AHNA OREILLY, CLARA LAGO.
GÉNERO: TERROR / ESPAÑA
/ 2015 DURACIÓN: 110 MINUTOS.
Miguel Ángel Vivas debutó en el año
2001 con el largometraje Reflejos, un thriller fallido que no
convenció a casi nadie. Tras realizar un par de cortos, da la campanada con Secuestrados
(2010), un magnífico film que encuentra su mayor virtud en el feroz
naturalismo, en los efluvios orgánicos, la fisicidad y cercanía del drama. Esa
casa donde sucede el drama que actúa como un personaje más y en donde la
tensión se puede cortar con un cuchillo, salpicándonos de lágrimas, sudor y
sangre, electrizando nuestros tímpanos con gritos desgarradores, respirando el
hálito de la desesperación y el sadismo en un hogar convertido en una brutal
coreografía del pánico no apta para un público sensible. Tras realizar el
resultón film Los tres cerditos (2014), estrena ahora Extinction, cinta que
desarrolla su acción en un futuro postapocalíptico.
Extinction arranca
nueve años después de que una infección provocada por el uso masivo de armas
químicas, haya convertido a gran parte de los seres humanos en criaturas
salvajes y sin intelecto. Patrick
(Matthew Fox), Jack (Jeffrey
Donovan) y su hija Lu (Quinn
McColgan) sobreviven solos en las afueras de Harmony, un rincón olvidado y
permanentemente nevado. Algo terrible que ocurrió entre Patrick y Jack hace que
el odio perdure entre ellos, pero cuando los infectados reaparecen adaptados al
gélido ambiente, dejarán los rencores aparte para proteger aquello que más
quieren: la pequeña Lu.
Adaptación de la novela “Y pese a todo…” del especialista en
literatura de terror y fantástica Juan de Dios Garduño, Extinction no es una propuesta novedosa en su premisa y corpus
argumental y, sin embargo, nos muestra una atractiva y peculiar visión del hombre
en el desafío de la supervivencia que mide su pánico entre un clima glacial
letal y una horda de infectados a modo de zombis con un look vampírico de
ultratumba. La figura del hombre se hace pequeña en la soledad e inmensidad de
un paisaje deshumanizado en donde el hombre es sólo una presa pasto de
depredadores, sobreviviendo a duras penas en el más despiadado aislamiento y en
permanente vigilia. Miguel Ángel Vivas opta, como sucede en la novela, por
un ritmo pausado, y las escenas de acción escasean porque al director le
interesa más la interacción de los personajes en una atmósfera de final de
civilización, que tendrán que dejar atrás sus heridas emocionales (medidos
flashbacks nos narran el por qué de su situación personal) para implicarse en
un drama que deja al descubierto las aristas de sus perfiles psicológicos ante
el infortunio de su astrosa existencia.
Extinction
es una película estimable que, eso sí, queda lejos de la excelencia de La
Carretera (John Hillcoat, 2009) film basado en la magistral novela de
Cormac McCarthy con la que guarda algunos puntos en común (estéticos,
narrativos, el abismo de desolación de los personajes y la penosa carga
existencial que soportan) con la novela de Garduño y con esta adaptación
cinematográfica de Vivas. El cinéfilo más observador encontrará algún guiño a
la sublime La Cosa (John Carpenter, 1982), aunque el arco dramático no
genera nunca situaciones verdaderamente emotivas, en parte por ciertos aspectos
inconsistentes del guión y en parte por el insípido trabajo de Matthew Fox
frente a la mayor solidez de Jeffrey Donovan y la doliente languidez de Quinn
McColgan. Frente a ellos la figura del infectado o zombi como amenaza de un
mundo en extinción, donde el hombre es, una vez más, un lobo para el hombre que
acecha y ataca sólo en puntuales momentos de la trama. La función está lejos de ser redonda aunque los 1´2 millones de euros
invertidos lucen muy bien, pero faltan explicaciones sobre esa pandemia desatada
por el uso de las armas químicas, sobran escenas soporíferas que ralentizan la
narración y el drama familiar acaba perdiendo fuerza a favor de un clima
asfixiante y la soberbia luz que nos brinda ese mago de la fotografía llamado
Josu Inchaustegui.