La modelo erótica norteamericana Kaylia
Cassandra (Grand Forks, Dakota del Norte, 23 de marzo de 1990) llevó una
vida nómada en su infancia cambiando continuamente de Estado ya que su madre
pertenecía al ejército. Viviendo en pequeños pueblos, Kaylia trabajó para poder
hacerse un nombre como modelo y realizar así sus sueños. Soltera y sin
compromisos, cuenta que tiene debilidad por los tipos duros, musculosos,
tatuados y que proyectan una bonita sonrisa. Ella mide 1´68 cm de estatura,
pesa 51 kg, tiene el pelo negro y los ojos marrones, y aunque ya había
realizado algunos trabajos publicitarios, nunca había posado desnuda hasta la
sesión en Playboy a la que accedió a través de la convocatoria de un casting.
A Kaylia lo mismo
la vemos en un cartel del Festival Bang, en un calendario Bud Light Fantasy o
en la web Cybergirl de Playboy. Preciosa en una sesión fotográfica retro a
cargo de Sasha Eisenman, ella pasó de Cybergirl en 2012 a Playmate del mes de
junio de 2015, una serie de sugerentes fotos en las que aparece con un kimono
suelto y zapatos de tacón. Kaylia tiene duende, una simpatía natural que fusiona
con la excitante sensaciones que despierta su cuerpo en forma de reloj de arena,
su tez morena, delgada pero con unas curvas muy bien perfiladas, de suaves y
calientes caderas y unos ojos de mirada serena que proyectan cercanía y paz.
Kaylia y su familia se establecieron
eventualmente en Hershey (Pensilvania) y como una chica de pueblo peleona nos
dice que “la única persona con la que no competirá jamás es consigo misma”. Entre
sus aficciones se encuentra el fútbol, el snowboard, el senderismo y pasar las
noches tranquilas en su casa jugando con su cachorro de perro labrador. También
nos dice que no es una mujer que necesite mucho lujo para pasarlo bien, le
basta con una copa de vino y estar cómodamente sentada en el sofá… sin
descartar que esa armonía se rompa por algo atractivo y sexy. Cuida mucho de su
cuerpo porque, dice, sólo tenemos uno para trabajar, divertirnos y, en definitiva,
vivir vida intensamente.
Primera incursión
del director norteamericano Philip
Kaufman en un film de temática erótica a la que seguirán Henry
& June (1990) sobre el triángulo formado por el novelista Henry
Miller, su mujer June y su amante Anaïs Nin en el bohemio París de los años 30;
e el biopic sobre el Marqués de Sade Quills (2000). Adaptación de la
novela homónima del escritor checo Milan Kundera, La insoportable levedad del ser
nos sitúa en la Praga inmediatamente anterior a la invasión soviética de 1968. Tomás (Daniel Day-Lewis) además de
cirujano es un hombre mujeriego que sólo tiene como aspiración encontrar una
felicidad que no se vea alterada por cuestiones como la libertad, el
compromiso, el consumismo… lo que le provoca conflictos existenciales,
sentimentales y sexuales. Su vida se debate entre su esposa, Teresa (Juliette Binoche) que sufre las
infidelidades de su marido pero se resigna a aceptarlas por temor a perderle; y
Sabina (Lena Olin) su eterna amante,
que es quien verdaderamente siente la levedad, la ligereza de las cosas, sin
otorgar importancia a la infidelidad y a casi ninguna cosa, consecuencia de su
actitud amoral y anodina.
Ni mucho menos me decepcionó esta
traslación a la pantalla grande que realizó Kaufman de uno de los libros más
comentados y populares de la década de los 80, una empresa ciertamente
arriesgada. Rodeado de un potente elenco (no muy conocido en aquel tiempo), una
soberbia ambientación, sugerentes cambios cromáticos y dotando a la acción de
ciertos matices históricos-políticos que nos sumergen en un tiempo y un lugar
tan apasionantes como convulsos, logra una obra perdurable de la que aún se
recuerdan escenas y detalles jugosos. Tomás se erige en el km 0, el tótem
de un triángulo en donde convergen las vidas de dos mujeres antitéticas:
Teresa, su mujer, soñadora, introvertida, romántica y poseedora de una belleza
pura provinciana; y Sabina, su amante, desinhibida, despreocupada, sofisticada,
estereotipo de la mujer sexy y urbana.
La insoportable levedad del
ser no está exenta de lirismo, de tristeza y fracaso (la invasión
soviética de un país, Checoslovaquia, que estaba dando los pasos adecuados para
situarse en los parámetros de la socialdemocracia europea) y la naturaleza
liberadora, catártica, del sexo, o, probablemente, la más dulce forma de la
esclavitud. Tal vez, en el film las escenas de sexo se nos muestren
excesivamente contextualizadas por el componente dramático derivado por la
esencia opresora del comunismo y el carácter sórdido de la existencia que
inflige. El elemento más sensual y dinámico lo aporta la bella actriz sueca
Lena Olin, dueña de una exuberancia sideral sin caer nunca en la vulgaridad. Despojada de la complejidad intelectual del
texto de Kundera, en la cinta (que incluye secuencias sugerentes como la de
Sabina y el sombrero) quedan bien definidas las vías en litigio del dilema
existencial: la levedad (la vida hedonista o disipada, la falta de compromiso y
responsabilidad, el desenfreno sexual, el extravío, la inmoralidad); y el peso
de la existencia (las ataduras del matrimonio, el orden, la angustia vital, la responsabilidad,
los celos, el estado de las cosas). Pero por encima de todo está el miedo a
perder la libertad, de ahí que el desfile de tanques soviéticos ponga fin los
sueños evanescentes, a la levedad, obligando a los protagonistas a guardar sus
vidas en una maleta y emigrar a otros lugares, amanecer bajo otro cielo donde vivir
no sea un martirio perpetuo.
Como rezaba el lema de una excelente serie de televisión
española, la historia de Hollywood es también la historia de sus crímenes. Dororhy Stratten nació en Vancouver
(Canadá) el 28 de febrero de 1960 en el seno de una familia humilde. Su vida
quedó marcada por el encuentro en 1978 con un chuloputas que se movía por los
alrededores de Beverly Hills, Paul
Snider, en una cafetería de Vancouver, en donde ella trabajaba por horas de
camarera. El vulgar y apuesto proxeneta vio enseguida el potencial de la chica
y en sus kilométricas piernas dos torres petrolíferas que le podían
proporcionar dinero a paladas. Nada extraño, todos los hombres que se acercaban
a Dorothy, que entonces tenía 18 años, quedaban hipnotizados por su belleza.
Snider comenzó a agasajarla con golosos regalos, pero su mente no dejaba de
pensar en el dinero que podía ganar explotando a aquella voluptuosa rubia de
1´75 cm de estatura.
Un día, Paul
Snider contrató a un fotógrafo para que retratara su rostro y su cuerpo desnudo
y envió una serie de fotografías a Playboy.
Hugh Hefner, el dueño del imperio
Playboy, la citó enseguida para una prueba cuyos resultados fueron fantásticos
debido a la excelente fotogenia de la joven canadiense. Así, Dorothy comenzó a
trabajar como conejita en el club Playboy de Los Ángeles hasta su celebrada
aparición en las páginas del ejemplar de agosto de 1979 de la popular revista.
Su belleza no pasó desapercibida para nadie en la ciudad de los oropeles y las
bambalinas. Snider y Dorothy se fueron a vivir a una casita de estilo español
situada en el Boulevard Santa Mónica, próxima a Bel Air, lugar de residencia de
artistas, productores y directores de cine. Entre ellos, Peter Bogdanovich, con debilidad por las chicas rubias, altas y
hermosas, y al que conoció en el programa “Roller disco and pijama party”, una
fiesta televisiva celebrada en casa de Hug Hefner que resultó una bacanal
visual. Sin importar sus dotes interpretativas, bastaba con su presencia para
encandilar los ojos de millones de espectadores en series como La
isla misteriosa, Buck Rogers en el siglo XXV o en
películas como Galaxina (William Sachs, 1980) o Todos rieron (Peter Bogdanovich,
1981).
Snider
intentaba mantener a Dorothy al margen de su sórdida vida como promotor de toda
clase de putiferios, pero la mantenía a raya con unas normas estrictas: no la
dejaba fumar ni tomar café para que no se mancharan sus dientes, le controlaba
el alcohol que bebía y le enseñaba como deshacerse de los moscones que zumbaban
a su alrededor en el club o la mansión Playboy. Se habían casado por lo civil
en 1979 en Las Vegas en contra de los deseos de Playboy poco antes de que
apareciera el número de agosto de 1979 con Dorothy como principal reclamo.
Snider decoró la casa con fotografías de su musa y se compró un lujoso Mercedes
con una matrícula en la que se leía “STAR80”. Snider, un tipo narcisista, celoso
y machista recalcitrante, comenzó a tener celos de las atenciones de Hugh
Hefner hacia su mujer en forma de carísimos regalos y sentía que ya no
controlaba su carrera. Lo peor es que Snider se tenía que preocupar también de
Bogdanovich que se había encoñado con Dorothy a quien veía como la mujer
perfecta. Durante el rodaje de Todos rieron en Nueva York, nadie se
enteró de que Dorothy se había trasladado a la suite que el director ocupaba en
el Hotel Plaza.
A Snider le
llegó el mazazo cuando ella canceló las cuentas bancarias que tenían en común y
llegó la notificación legal de divorcio. Deslumbrado por Dorothy, Bogdanovich
pasó 15 días inolvidables con ella en Londres y luego se trasladaron a la
lujosa residencia del director en Bel Air. El viernes 8 de agosto de 1980 se
citó con su marido para recoger algunos vestidos y trató de convencerla para que
volviera con él. Ante la negativa, Snider quedó abrumado y se obsesionó con
conseguir un arma, una escopeta Mossberg que decía era para su protección. El
jueves siguiente se produjo una nueva cita para llegar a un acuerdo financiero
definitivo. Dorothy llegó a la casa de Snider al mediodía en su viejo Ford
Mercury. Una modelo amiga de Paul, Patty, pasó por la casa sin encontrar a
nadie y halló extraño que el dormitorio de Snider estuviera cerrado. Más tarde
telefoneó insistentemente sin obtener respuesta, por lo que decidió llamar a la
policía.
Cuando llegó la
policía, una hilera de hormigas les condujo hasta el dormitorio donde se
encontraban sus ocupantes, desnudos y muertos. La Chica del Año Playboy 1980
(Playmate of the Year 1980, número de junio de ese año) estaba en completo
rigor mortis tendida sobre la alfombra y tenía el rostro destrozado por un
disparo. Paul Snider se encontraba sentado con la espalda apoyada sobre la
pared, con la mejilla derecha abrasada por un disparo a bocajarro y los sesos
desparramados. Sobre sus piernas descansaba la escopeta Mossberg y en una de
sus manos conservaba todavía un mechón de pelo rubio, una señal de que el
asesinato-suicidio se había producido tras una pelea salvaje. El trágico suceso
hizo que se tambaleara el imperio Playboy, no sólo porque Dorothy era la actual
Playmate, también porque de entre todas ellas era la que más prometía
convertirse en una fulgurante estrella de Hollywood, uno de los sueños más
anhelados de Hugh Hefner.
El sueño acabó convirtiéndose en
pesadilla y un desquiciado Bogdanovich culpó a Hefner por la explotadora
destreza de su maquinaria sexual. Sin embargo, está claro que fueron los celos
de Snider el motor que generó la tragedia, pues viendo que perdía su fábrica de
dinero pensó que si Dorothy no era para él no sería para nadie, y en todo caso,
sería Bogdánovich una pieza importante de ese puzzle maldito al convertirse en
amante encoñadísimo de la exuberante Dorothy. Una chica hermosa y una muerte
fea. Como publicó la revista People: “Tan hermosa que
parecía resplandeciente; como si la luz surgiera de su interior”. Una belleza sólo indestructible en el recuerdo indeleble de los que un
día la conocieron. En el año 1983 Bob Fosse llevó al cine esta nueva crónica de un fracaso, un
relato nada inocente del cruel e inmoral mundo del estrellato con el título Star 80 y el protagonismo de Mariel Hemingway y Eric Roberts, fue el último film dirigido
por Fosse e inspirado en un artículo que ganó el premio Pulitzer.