La espectacular modelo de glamour británica Sophie Reade (Cheshire, 18 de mayo de
1989) fue la décima ganadora del reality show Gran Hermano de la televisión
inglesa en su edición de 2009. Fue a raíz de su concurso que posó para la
revista Playboy y apareció en Hot Shots Calendar. Reade recibió el mayor
porcentaje de todos los ganadores de Gran Hermano, con un 74´4 por ciento
superó el récord que ostentaba Nadia Almada. Cuando el programa concluyó,
Sophie abandonó la casa entre grandes aplausos de una multitud que la esperaba
coreando su nombre y que supo apreciar su personalidad rebelde.
Según los tabloides, Sophie mantuvo
una relación con el polémico futbolista Mario Balotelli, un asunto que terminó
mal con el deportista acusándola de ser muy superficial. También se especuló
que tuvo un affaire con Cristiano Ronaldo cuando jugaba en el Manchester
United, aunque el portugués desmintió lo que sólo fueron meros rumores. Sus
escarpadas curvas ayudaran a Sophie a
dar el salto de la televisión a las revistas masculinas, convirtiéndose así en
una de las modelos de glamour más deseadas, que nos hace babear con su
explosivo cuerpo y su chispeante simpatía. Su 1´68 cm de estatura, sus 57 kg de
peso (que en un porcentaje considerable cubren sus enormes pechos) y su pelo
rubio, hacen de ella un monumento al deseo sexual irrefrenable para los
fetichistas de esa golosa parte de la anatomía femenina.
Tremenda fue su aparición en la revista
Playboy con sólo 20 años. En la actualidad se ha convertido en una entusiasta
de los maratones y ha participado en el Virgin londinense. Mención aparte
merecen sus posados para la revista Nuts, en la que a nuestra musa le da por
hacer guarrerías con la leche. Fue una sesión en la que Sophie encarnaba una de
las fantasías más clásicas: la chacha o criada sexy. Esto y su excepcional
volumen de pectorales nos llevó a una asociación de palabras tontamente
coherentes: leche-tetas grandes-chacha sexy. Sobre todo cuando declaró: “Tener
las tetas grandes ayuda en las labores del hogar”. ¿Cómo? ¿De qué manera?
Supongo que se olvidó de los dolores de espalda a la hora de hacer las camas y
cargar la lavadora. En fin…
Muchos aficionados
jóvenes desconocen que Kim
Basinger (Athens, Georgia, 8 de diciembre de 1953) logró un Oscar como
mejor actriz de reparto y el Globo de Oro en la misma categoría por su papel en
L.
A. Confidential (Curtis Hanson, 1997). Porque Kim Basinger, además de
ser uno de los más grandes mitos eróticos surgidos de la pantalla grande, ha
demostrado en contadas ocasiones ser también una actriz competente. Yo la
conocí allá por 1983 como chica Bond en aquella nueva versión de Operación
Trueno (1965) titulada Nunca digas nunca jamás (Irvin
Kershner), un film que marcó el regreso de Sean Connery a la saga después de
que en 1971 afirmara que nunca más volvería a interpretar a James Bond.
Kim también estuvo nominada al Globo
de Oro como mejor actriz de reparto por su participación junto a Robert Redford
en El
Mejor (Barry Levinson, 1984), una película de temática deportiva. Pero fue
su papel protagonista en 9 semanas y media (Adrian Lyne,
1986) dando oxígeno a la a la galerista divorciada Elizabeth, el que consiguió
elevar a la actriz a un lugar preferente en el Olimpo de las más deseadas sex
symbol de Hollywood, consagrándola como un mito erótico imperecedero, una bomba
sexual, una hermosa rubia de 1´69 cm de estatura que regaló para la posteridad
uno de los más celebrados stripteases de
la historia del cine. El film, ya saben, cuenta la relación sexual que vive una
pareja formada por Elizabeth y un bróker de Wall Street al que da vida Mickey
Rourke. Una relación apasionada, vertiginosa, tórrida y hasta cierto punto
peligrosa. Basinger nos ha brindado otras escenas ardientes en films como The
Getaway (Roger Donaldson, 1994), 8 Millas (Curtis Hansen, 2002) y en Una
mujer difícil (Tod Williams, 2004), pero siempre será recordada por su
exuberante papel en el mítico film ochentero de Adrian Lyne cuando al ritmo
candente de “You Can Leave Your Hat On” con la desgarrada voz de Joe Cocker se
quedó sólo con el sombrero puesto.
Una película, de un erotismo calculado, de diseño, pero de
indudable atractivo para una década realmente fascinante, alimentó las
fantasías sexuales de muchas parejas que salpimentaron sus devaneos eróticos
con los más deliciosos postres de nata, mermelada y frambuesa. Kim Basinger fue
elegida Miss Georgia a la edad de 16 años y se empezó a ganar muy bien la vida
como modelo fotográfica y de alta costura. Como actriz debutó en la televisión
y su debut en el cine llegó de la mano de David Greene en el film HardCountry
(1981), lo demás es historia. Ha estado casada en dos ocasiones; la primera en
1980 con el maquillador Ron Britton, del que se separó en 1988; la segunda con
el actor Alec Baldwin, padre de su hija Ireland y del que se separó en
2001. Kim es vegana y activista por los
derechos de los animales. En 1993 protagonizó el spot navideño del cava
Freixenet, felicitando las fiestas a todos los españoles. Su último film
estrenado hasta la fecha es el fallido drama I Am Here (Anders
Morgenthaler, 2014).
Sigo sin
encontrar mucho sentido a este tipo de secuelas (remakes, precuelas, reebots)
más allá de los réditos en taquilla -que cada vez serán menos debido al
cansancio del respetable- y lo que suponen como evidencia de la falta de ideas
de Hollywood. Terminator Génesis puede ser entendida como un sentimental homenaje
a las primeras entregas de la saga porque intenta captar la atmósfera y esencia
del film seminal y al mismo tiempo está aderezada con el chute de acción que
nos propuso la segunda entrega. El problema es que queda muy lejos de una y
otra debido a un guión incongruente atiborrado de diálogos tontos,
espectaculares escenas de persecución y superficiales secuencias de acción. El tono
de serie B de la película original se perdió en las múltiples secuelas de la
franquicia, y sólo queda el artificio de un invento inane para ese público de
multisalas tan adicto a los afectos especiales.
Año 2032. En plena
guerra del futuro, un grupo de humanos tienen al sistema de inteligencia
artificial Skynet contra las cuerdas. Jason
Connor (Jason Clarke) es el líder de la resistencia, y Kyle Reese (Jai Courtney) es su fiel soldado, criado entre las
ruinas de una postapocalíptica California. Para salvaguardar el futuro, Connor
envía a Reese a 1984 para salvar a su madre, Sarah (Emilia Clarke) de un Terminator programado para matarla con
el fin de que no llegue a dar a luz a John, aunque a su lado tiene a un T-800 (Arnold Schwarzenegger) cuidando
de ella. Pero lo que Reese encuentra al otro lado no es como él esperaba.
Apuntaba que el
tono pulp del film original se ha demostrado difícil de mantener a pesar de los
continuos guiños a la misma. Sin embargo, era fácil de adivinar que la lucha
entre humano y Skynet cada vez más intrincada se vería enfangada por una trama
con muchas lagunas, farragosa e inverosímil, un galimatías argumental que
penaliza la función hasta el punto de tener la sensación de que muchas cosas
suceden porque sí, sin más explicaciones, o cuando éstas se producen resultan a
todas luces incomprensibles. Si a esto le sumamos el débil perfil de los
personajes (la participación de Schwarzenegger resulta grotesca, sobre todo
cuando hace uso de esos gags tontos) y la alternancia de líneas temporales
acaban por agotar al espectador que asiste al espectáculo con la distancia que
produciría la visión de un vulgar parque temático. Todo para que en los sueños
premonitorios de Reese aparezca una innovadora app informática llamada Génesis
que le otorga el poder total a Skynet pensando en la aniquilación y el éxtasis
de otro Día del Juicio Final. El
director Alan Taylor denota un cierto respeto por la saga, pero no ha sabido
demostrar esa emotividad con su desprecio por la magia y el carácter de culto
de la premisa original inclinándose por un absurdo juego de pirotecnia.
No toda la
culpa es suya, el enrevesado libreto no ayuda en modo alguno, tampoco los
repetidos momentos de una inútil e indigesta verborrea científica y/o
tecnológica, y por supuesto, hubiera sido de agradecer una mayor interacción
emocional entre los personajes, entregados a sus roles mecánicos de héroes
salvapatrias en su misión, trillada, cansina, vomitiva, de evitar un nuevo
apocalipsis, como si de se tratara de pasar las fases de un vulgar videojuego. Terminator Génesis tiene ese aire de
popurrí, de menestra en la que puedes apartar con el tenedor los tropezones de
las hortalizas que no te gustan, y tal vez se pueda disfrutar de unos
prodigiosos efectos digitales, de algunas escenas frenéticas (el autobús y el
Golden Gate), de un montaje acelerado y unos geniales efectos de sonido… Y nos
olvidemos de la velada denuncia sobre el actual uso excesivo, adictivo de la
tecnología y la esclavitud del consumismo desaforado. La escueta escena incrustada entre los créditos finales abre la puerta a
una nueva entrega, pero más de lo mismo siempre es menos, y una sensación
general de decepción se apodera de uno cuando una bonita idea original va
degenerando con el tiempo sin necesidad, de manera incoherente. Más allá del
esmerado aspecto técnico/visual, ningún logro hará que esta película perdure en
el tiempo, y será recordada como un simple ejercicio de auto-reciclaje que
constata que en Hollywood las ideas siguen estancadas.