sábado, 6 de junio de 2015

THAYS LEÃO, LA MUSA COLORADA


       Un seguidor brasileño de mi blog me envía unas fotos de Thays Leao, una modelo brasileña nacida en Porto Alegre, la ciudad más importante del estado de Río Grande, el 8 de diciembre de 1984. Como información me sirve que estudió en los Estados Unidos una licenciatura de Secretaría Trilingüe, que su color de pelo es negro y sus ojos verdes, sus medidas son 97-64-102. Su piel no se ve menospreciada con ningún tatuaje aunque luce un piercing en el ombligo.


      
     No hay mucho más, sólo que ahora trabaja de promotora de patrocinadora de modelos y promotora de eventos, que es una apasionada del deporte rey y que fue elegida Musa Colorada, que vete a saber tú qué es eso… Ah, sí, le pregunto mi a migo y me dice que es la musa representante del equipo de fútbol de Porto Alegre. Ella se mantiene en forma haciendo pesas tres veces a la semana, también practica pilates y yoga. Sigue a rajatabla las instrucciones de su nutricionista y de vez en cuando se somete a algún tratamiento de belleza.
     

       
      En fin, sus pechos no me resultan muy naturales, pero eso no le resta un ápice de esplendor a su hermosura ¿o sí? No lo sé, ponerse tetas está ya tan extendido que algunas de las chicas que conozco me advierten ya de antemano que lo suyo es todo original. Thays se define como guerrera, leal y orgullosa, y además del fútbol, confiesa que le apasiona el automovilismo, ha trabajado de modelo publicitario y le encanta el marketing. No necesitamos saber nada más. Para los hombres que amamos la belleza y la simpatía, Thays es un incomparable monumento al encanto de la naturaleza femenina.



viernes, 5 de junio de 2015

MIS PELÍCULAS FAVORITAS: "HAPPINESS"

HAPPINESS
Comedia Dramática - USA, 1998 - 134 Minutos.
DIRECTOR: TODD SOLONDZ.
INTÉRPRETES: JANE ADAMS, LARA FLYNN BOYLE, DYLAN BAKER, PHILIP SEYMOUR HOFFMAN, CYNTHIA STEVENSON, BEN GAZZARA.


    Todd Solondz nació en Newark (New Jersey) cursa estudios en la escuela de cine de Nueva York, donde realiza varios cortometrajes, uno de ellos, Schatt last shot (1985) le lanza a firmar directamente un contrato para escribir tres películas para la Fox. En 1989 rueda su primer largometraje, Fear anxiety and depression, que resulta un gran fracaso. Decepcionado abandona el cine y se gana la vida impartiendo clases de inglés para inmigrantes rusos. Pero un día, a través de una amistad, consigue el dinero suficiente para realizar una película de bajo presupuesto y toma la decisión de desempolvar el guión de Bienvenidos a la casa de las muñecas (1995) un libreto escrito varios años atrás y que siempre le había gustado. La película gana el Premio del Jurado en el Festival de Cine Independiente de Sundance, obtiene una buena acogida crítica y le da el espaldarazo definitivo. 


    La sinopsis de una película como ésta resulta siempre complicada de explicar a todos aquellos que de la misma deseen obtener una referencia que les pueda servir. De todos modos diré que el film de Solondz está configurado alrededor de la vida de tres hermanas: Joy (Jane Adams) la menor de ellas, es sensible, soñadora e intenta tener éxito en el mundo de la canción folk, algo para lo que no está precisamente dotada; Trish (Cynthia Stevenson), feliz ama de casa con una vida “estable” y orgullosa de su matrimonio con Bill (Dylan Baker); Helen (Lara Flynn Boyle) una escritora de éxito, inteligente y sumamente atractiva.



    Pero Solondz no frena, porque alrededor de la vida de las tres hermanas existe un sinfín de relaciones cruzadas y personajes que entran y salen continuamente en pantalla, todos ellos con un claro desajuste moral y unos evidentes trastornos emocionales y sexuales. Psicopatías perfectamente camufladas con disfraces cotidianos: Bill, el psiquiatra, modelo de padre y marido, es en verdad un salido pederasta incapaz de controlarse, hasta el punto de narcotizar a un niño con la “sana” intención de follárselo. Helen, la egocéntrica, tiene a un individuo como vecino que su mejor pasatiempo es realizar llamadas pornográficas que le sirven de estímulo mientras se masturba. A su vez, los dos tienen una vecina que asesinó al portero por quien fue violada. Joy, la solitaria, quien tras un desengaño amoroso inicia una relación con un inmigrante ruso que maltrata a su mujer. El eslogan de la película reza: “Encontrar la felicidad puede ser una trágica comedia”. Brutal diría yo, y si me apuran, realmente sangrante, porque la felicidad no existe. Todd Solondz traza su devastador discurso con un tono hilarante, ácido y pesimista, lo hace desde una visión periférica que desnuda, a la vez que contamina el tejido social sobre el que se edifica el cínico status quo americano. Preocupado por la marginación -como diera muestras en su anterior película- y por la pérdida progresiva de las relaciones sinceras, el autor tiene el valor de recrearse en el dolor y la humillación en materias tan lacerantes como son la pedofilia, la violencia doméstica y los desengaños amorosos. Humillar al perdedor, adorar al triunfador, no son reacciones tan raras, por el contrario, demasiado corrientes, y que están ancestralmente insertadas en las culturas y tradiciones universales, pero es en Estados Unidos donde su reflejo es más fiel y feroz, donde se hace más patente esa cruda dicotomía. 


       Cruel radiografía de sentimientos apagados, Happiness es un film donde la risa es un mecanismo instintivo ante el asco, en el que quedan dibujadas escenas magistrales tan desoladoras como la del psiquiatra que compra una revista infantil para masturbarse frenéticamente poco después mirando las fotos en el coche; o tan amargas como la de los compañeros de trabajo preguntándose mutuamente cómo era ese compañero de trabajo -el cual ha estado sentado cerca de ellos todos los días- recientemente fallecido. Para terminar, una mínima muestra de la punzante línea de diálogos de la película que se produce entre Helen y Joy estando toda la familia reunida:
     
 - No nos estamos riendo de ti, Joy, nos estamos riendo contigo.
 - pero si yo no me estoy riendo.

Grandiosa película de reacciones dolorosamente encontradas, engendrada por una mente tan enferma como la mía. La película obtuvo el Premio de la Crítica en Cannes’98, y el de Mejor Película en el Festival de Toronto.  



martes, 2 de junio de 2015

CRÍTICA: "TOMORROWLAND: EL MUNDO DEL MAÑANA"

TOMORROWLAND: EL MUNDO DEL MAÑANA êêê
DIRECTOR: BRAD BIRD.
INTÉRPRETES: GEORGE CLOONEY, BRITT ROBERTSON, HUGH LAURIE, RAFFEY CASSIDY, JUDY GREER.
GÉNERO: CIENCIA FICCIÓN / EE. UU. / 2015  DURACIÓN: 130 MINUTOS.   

      Tomorrowland fue una de las últimas áreas (también conocidas por Tierras) construidas por Disney Imagineering de las cinco que tenía el parque temático de Disneyland en su inauguración en 1955. Su temática es la tecnología y el mundo futuro. Así, los viajes espaciales, los progresos en el ámbito científico y tecnológico son los elementos básicos de atracciones como la montaña rusa Space Mountain, cuyo recorrido está ambientado en un viaje espacial. Con un presupuesto de 190 millones de dólares, la productora Disney confía en Brad Bird (El Gigante de Hierro, Los Increíbles, Ratatouille, Misión Imposible: Protocolo Fantasma) para situarse detrás de las cámaras de un proyecto cuyo guión está firmado por Damon Lindelof, Jeff Jensen y el propio director y cuyo equipo de rodaje se trasladó a Valencia para rodar algunas escenas en la Ciudad de las Ciencias.
     

      
     Tomorroland: El Mundo del Mañana gira en torno a Frank (Thomas Robinson de niño y George Clooney de adulto) un tipo desencantado que de niño fue un soñador, uno de esos niños prodigio con un cerebro privilegiado para la ciencia. Tras asistir con uno de sus inventos a la Feria Mundial de 1964, Frank viaja a un lugar que parece el mejor del universo y está convencido de que el mundo será mejor gracias a ese descubrimiento. Pronto se dará cuenta de lo equivocado que estaba y se convierte en un ser cínico, por lo que se aísla en una granja de su familia para pasar allí el resto de su vida. Se tendrá que enfrentar a su pasado cuando conoce a la joven Casey (Britt Robertson) que dará con la localización de Tomorroland, una sociedad paralela que se ha ido desarrollando de manera distinta al resto del mundo y donde los inventos y los progresos científicos y tecnológicos parecen haber sido creados por los mayores genios de la humanidad. Pero Tomorrowland es ahora un mundo decadente debido a tipos como David Nix (Hugh Laurie) con un sentido errático de la investigación que lleva camino de destruir a la Humanidad.
       
      
      El proyecto largamente acariciado por Pixar y publicitado como la primera película no animada del estudio se evaporó hace mucho tiempo como las señales de humo de alguna reserva india, siendo ahora presentado por Disney como una producción de coste elevado e irregulares resultados. Un primer tramo que promete, en donde la aventura infantil nos retrotrae a la magia del cine ochentero y donde son visibles los universos con sello spilbergianos, una atmósfera fascinante que impregna el relato con el esplendor y la fantasía de películas míticas como Exploradores, Los Goonies e incluso Regreso al futuro. Un toque nostálgico y naif para un film de ritmo acelerado que aunque transita senderos ya trillados está rodada con gusto y sentido del espectáculo, y que si no es una obra mayor es debido a lo innecesario de su extenso metraje, un guión enredado, el plano perfil de algunos personajes y unas subtramas que se me antojan excesivas. Un impecable diseño de producción y unos resultones efectos especiales no son suficientes para lograr el estatus de excelencia para un film cuya amalgama de referencias y citas (entre la autopía y la distopía) acaban creando un magma confuso que Bird quiere remediar con una cansina verborrea explicativa.


       La búsqueda de un mundo mejor, más habitable y luminoso, el optimismo ancestral de la era espacial, es un anhelo inherente a la ciencia ficción y que en demasiadas ocasiones nos ha deparado la sombría visión del desencanto, de un futuro apocalíptico. La mayor parte del film no sucede en la Tierra del futuro sino aquí y ahora, un presente asaltado por androides de aspecto muy humano y aviesas intenciones, pero Tomorrowland: El Mundo del Mañana nos presenta una alternativa distinta al oscuro y amargo concepto del apocalipsis, desarrollando un juego de ingenios entre el niño prodigio de aquellos años sesenta caído en desgracia cuando es adulto (George Clooney con el piloto automático) y una adolescente que le iguala en talento y que de forma providencial activará la chispa de la aventura al toparse con un viejo pin conmemorativo. Insisto, el ritmo de la función resulta trepidante y el gran problema de Bird es el no haber sabido cohesionar todas las piezas de un libreto desmadejado que contiene aciertos considerables (toda la secuencia de la torre Eiffel utilizada de lanzadera), abocando al espectador, esta vez sí, a un final esperanzador en el que el esfuerzo, el trabajo y la fe serán recompensados con una armonía vital muy cercana a la felicidad.