domingo, 17 de mayo de 2015

CRÍTICA: "MAD MAX: FURIA EN LA CARRETERA"

Obra maestra de incalculable valor cinematográfico
MAD MAX: FURIA EN LA CARRETERA êêêêê
DIRECTOR: GEORGE MILLER.
INTÉRPRETES: TOM HARDY, CHARLIZE THERON, NICHOLAS HOULT, HUGH KEAYS-BYRNE, ZOE KRAVITZ, ROSIE HUNTINGTON-WHITELEY.
GÉNERO: ACCIÓN / AUSTRALIA / 2015  DURACIÓN: 120 MINUTOS.    
              
      
      Cuando en 2012 tuve conocimiento del retorno de la franquicia de Mad Max, dos factores influyeron para que se inflamaran mis ansias y expectativas por comprobar el resultado de un proyecto cuya catalogación tendría que ir mucho más allá del simple homenaje nostálgico. Por una parte, al frente de la producción se encontraba George Miller, el hombre que en 1979 con Mad Max: salvajes de la autopista creó in icono de la cultura popular, puso a Australia en el mapa cinematográfico con una película de tintes postapocalípticos rodada sólo con 400.000 dólares que a partir de entonces sería imitada hasta la nausea y lanzó a la fama a un actor desconocido llamado Mel Gibson en un papel memorable, el del policía Max Rockatansky. Un film que recaudó más de cien millones de dólares y fue automáticamente etiquetado como de culto dando lugar a un par de secuelas, Mad Max: el guerrero de la carretera (1981) y Mad Max: más allá de la Cúpula del Trueno (1985), las dos dirigidas también por Miller; el otro factor importante fue la confirmación de la atractiva pareja protagonista, el británico Tom Hardy al que califiqué hace tiempo como el mejor intérprete actual y una Charlize Theron que, además de ser una actriz impecable, también es para este cronista la más hermosa.
     
       
        Mad Max: furia en la carretera se desarrolla, como las anteriores entregas, en un desolador y árido paisaje postapocalíptico, en donde Max Rockatansky (Tom Hardy), un hombre de acción y pocas palabras perseguido por su pasado, cree que la mejor forma para sobrevivir por un mundo devastado es ir solo. Sin embargo, en su huida se ve forzado a formar parte de un convoy que huye a través del desierto y que está liderado por Emperatriz Furiosa (Charlize Theron), una guerrera que ha robado al malvado Inmortan Joe (Hugh Keays-Byrne) su tesoro más preciado: cinco mujeres con quienes pretendía perpetuarse. Enfurecido, el Señor de la Guerra moviliza a todas sus bandas y persigue implacablemente a los rebeldes desatando el infierno en la carretera, una guerra incendiada con altas revoluciones en donde necesitarán el conocimiento que Max tiene del desierto para huir de las huestes de Inmortan y llegar a una zona segura.
       
       
      Pertenezco a la generación de los 80, mi infancia y adolescencia transcurrieron entre las décadas de los 60 y 70, viví en una gran urbe durante todos esos años empapándome de buen cine y tuve la oportunidad de asistir al estreno de muchas películas que iban a marcar un hito en la historia del cine convirtiéndose en clásicos o películas de culto. Películas que estábamos seguros que serían reivindicadas por generaciones futuras a través de la influencia de sus padres y de toda la mitología popular creada en torno a ellas. Mad Max: salvajes de la carretera fue un fenómeno mundial que por su peculiar e inquietante atmósfera, su esquema narrativo cercano al western, su desoladora ambientación postapocalíptica, su tratamiento visceral, sádico de la violencia y su estética gótica y punk revolucionó el panorama cinematográfico de la época partiendo de una premisa muy simple: un policía en busca de venganza tras asistir al asesinato de su familia a manos de una banda de forajidos motorizados.


       Más de tres décadas y media después de que se estrenara el film seminal, Max Rockatansky sigue su huida hacia adelante por un desierto en cuya yerma tierra enterró hace mucho tiempo su rabia y sus ansias de venganza, un penoso itinerario en el que se ve abrumado por los pecados cometidos y los fantasmas del pasado. George Miller (que tiene 70 años y supera en creatividad a muchos cineastas jóvenes) no ha gastado demasiado tiempo en pergeñar una sólida línea de diálogos, algo a todas luces innecesario para la definición de unos personajes abocados a un virulento frenesí que tiene como único faro la huida y la supervivencia.


  Mad Max: furia en la carretera es cine en su más alto concepto, un espectáculo volcánico y delirante que engancha al espectador desde su brutal arranque con el rapto de Max para servir de bolsa de sangre a los condenados de Inmortan. Un musculoso preámbulo que sirve de alerta para la feroz aventura que vamos a vivir, muy alejada de la inane condición de todas esas franquicias de superhéroes. En la cinta toma forma el empoderamiento de la mujer, con una magnífica Charlize Theron liderando a un grupo de féminas que demuestran una resistencia titánica en la salvaje lucha contra la desigualdad y su carácter de mujeres objeto. Estamos, amigo lector, ante una película que resulta imprescindible disfrutar en una sala: la sublime labor de iluminación a cargo de John Seale con una habilidad prodigiosa para jugar con los filtros y dotar a las distintas tonalidades cromáticas de poesía y sentimiento: un magistral trabajo de montaje que acopla con vertiginosa pulcritud la fisicidad de la acción y el desvarío de una sociedad distópica: su naturaleza de sentido homenaje a films legendarios y magistrales como La Diligencia (John Ford, 1939), Caravana de mujeres (William A. Wellman, 1951) y El Maquinista de la General (Buster Keaton, 1926). Mad Max: Furia en la carretera es una golosina visual, un regalo para los sentidos, un endiablado chute de adrenalina, cine de acción en su estado más puro, la magia del cine en una algarabía de motores en un paisaje yerto y con olor a gasolina, una obra maestra de incalculable valor cinematográfico.  


               

jueves, 14 de mayo de 2015

CRÍTICA: "MARFA GIRL"

Larry Clark da una nueva vuelta de tuerca a su universo
MARFA GIRL êêê
DIRECTOR: LARRY CLARK.
INTÉRPRETES: ADAM MEDIANO, MERCEDES MAXWELL, DRAKE BURNETTE, JEREMY ST. JAMES, MARY FARLEY, INDIGO RAEL.
GÉNERO: DRAMA / EE. UU. / 2012  DURACIÓN: 106 MINUTOS.    
        

        
        La nueva película del fotógrafo y director de cine Larry Clark (Tulsa, 1943), que saltó a la fama con Kids (1995) crónica sobre un grupo de adolescentes neoyorquinos que consumen drogas y mantienen relaciones sexuales compulsivas con los cuervos del sida sobrevolando sus cabezas, resulta muy coherente con su trayectoria  fílmica (Bully, Ken Park), al retratar la vida de dos jóvenes, Adam (Adam Mediano) e Inez (Mercedes Maxwell) que viven en Marfa, una ciudad polvorienta de Texas cercana a México en la que conviven la comunidad blanca local, los descendientes de los inmigrantes mexicanos, un grupo de artistas y los policías de la frontera.
     

      
      A Clark siempre se le acusa de hacer la misma película, algo que no es del todo exacto si recordamos que debutó con un drama sobre un músico de jazz (Passing Through, 1977), que realizó un brutal, sangriento y notable drama sobre un grupo de desarraigados enganchados a la droga, Al final del edén (1998) y buceó por las tremendas diferencias de clases tomando como vehículo a un grupo de jóvenes marginales latinos de South Central que realizan una intensa incursión en Beverly Hills (Wassup Rockers) (2006). Claro, la adolescencia, el sexo y las drogas en un ambiente de skaters y surferos conforman la temática más recurrente de este peculiar realizador al que tantas veces se ha tachado de polémico, inmoral y pedófilo que se deleita con la visión de la carne joven, pero al igual, por ejemplo, que la mafia ha sido una temática recurrente en la filmografía de Scorsese. Ganadora del premio a la Mejor Película en el Festival de Roma, con Marfa Girl  el director se aleja de las grandes urbes y concentra su atención en una población texana en donde la policía de frontera tiene un cuartel general y tomando como guía al joven Adam nos retrata la pulsión de un lugar que se mueve por sus propios códigos: todavía se azota a los alumnos en el instituto, el toque de queda se utiliza por costumbre con toda normalidad y es posible asistir, como reminiscencia de la cultura india y latina, a los rituales de una curandera.


       Por supuesto, en ese particular y enrarecido microclima no podía faltar la figura del policía perturbado que le hace la vida imposible a alguien. Pero si hay un personaje de toda la variopinta fauna que nos presenta Clark ese es Marfa Girl, a quien da oxígeno maravillosamente Drake Burnette, una joven artista de mentalidad abierta y sexualidad frenética que debido a su condición de chica fácil despierta entre el público sentimientos encontrados. Sin embargo, es en su espíritu indómito en donde la palabra libertad alcanza una inmarcesible dimensión, su condición de chica blanca y rica que trabaja con una beca en la ciudad nos obliga a mirar el entorno con una mirada pícara no exenta de extrañeza. En Marfa Girl late como fondo el racismo severamente entroncado en la sociedad estadounidense (jodida esa escena en la que una camarera negra cree tener una cita con cena romántica con un policía que le confiesa sin tapujos que sólo la quiere follar), pero dentro de esta crónica social subyacen muchos de los males endémicos de la América profunda: la violencia e ignorancia de las comunidades cerradas, una policía a la que hay que temer más que a los delincuentes y un inquietante paisaje, magníficamente fotografiado por David Newbert, que esconde tantas miserias como falsas ilusiones.


martes, 12 de mayo de 2015

MIS PELÍCULAS ESPAÑOLAS FAVORITAS: "LA CAJA 507"

LA CAJA 507
Thriller - España, 2002 - 112 Minutos.
DIRECTOR: ENRIQUE URBIZU.
INTÉRPRETES: ANTONIO RESINES, JOSÉ CORONADO, GOYA TOLEDO, DAFNE FERNÁNDEZ, SANCHO GRACIA.


    La caja 507 es el segundo thriller rodado por Enrique Urbizu tras Todo por la pasta (1990) y la verdad es que no había vuelto a rayar a tanta altura desde entonces. Tras el film que nos ocupa, rueda La vida mancha (2002) también con José Coronado, otro buen ejemplo del magnífico estado de forma en que se encuentra el cineasta. Empeñado en adaptar la novela de Bernardo Atxaga “Esos cielos”, el realizador bilbaíno se retiró una temporada a la Costa del Sol para trabajar en el guión de la misma, y como la financiación para esa película se demostró una empresa harto difícil, con sólo observar la realidad circundante surgió el argumento de la presente cinta, un libreto coescrito junto a Michel Gaztambide. La trama de este notable film muy resumida es la siguiente: por un lado tenemos al director de una sucursal bancaria en la Costa del Sol, Modesto (Antonio Resines) a quien un mal día atracan y, para más desazón, descubre en unos documentos guardados en una caja de seguridad -la 507- que el incendio en que murió su hija (Dafne Fernández) fue provocado. Modesto, que tiene a su mujer en coma (Mirian Montilla) decide que la hora de la venganza ha llegado. Por otra parte nos encontramos a Rafael (José Coronado) un expolicía que atraviesa malos momentos, y a su novia alcohólica (Goya Toledo). Modesto entra en su mundo de corrupción, observa sus relaciones con la mafia, comprenderá que la vida de la pareja depende de esos documentos, y él está ahí para ajustar cuentas.
    
      
      Con un tratamiento ejemplarizante del suspense y genial en el dibujo de los dos personajes principales, Urbizu nos propone una película que, aunque con momentos de acción, se centra primordialmente en los conflictos ético-morales de las dos personalidades enfrentadas: el trabajador anodino que se levanta cada día a las 7 de la mañana y que por azar encuentra razones para lanzarse al barro y ejecutar su particular venganza. Enfrente, un encallecido killer que tras dejar la policía se ha situado al margen de la ley. Concatenación de sucesos, unos más imprevisibles que otros, La caja 507 recrea una realidad contemporánea, no sé si universal, pero sí fácil de situar localmente.  La ciega avaricia, especulaciones urbanísticas, extorsiones, mafias internacionales en negocios turbios, corrupción política, mentiras, vendettas sangrientas... Es la España del nuevo amanecer, la cruda y espeluznante visión de una sociedad y su tiempo, la espesa negrura subterránea que acaba salpicandolo todo, un lodazal contaminado cuyos virus son ampliados, devastadoramente potenciados por la cámara del director vasco, una mirada inteligente, un lenguaje escueto, seco, punzante.  


      Con pulso firme, enérgico, Enrique Urbizu ha realizado una película que será muy difícil de olvidar, tiene la inmediatez de un reportaje -para lo que el cineasta ha llevado a cabo una gran labor documental- pero al mismo tiempo resulta imperecedera porque glosa el escarnio, la rapiña salvaje, también la aflicción y desolación del hombre moderno, su trama proyecta una brutal metáfora de los males que ensucian la vida española en las primeras escalas del nuevo siglo. Se adivinan todas las tragedias y la imposible esperanza en ese inquietante escenario triangular -Marbella, Gibraltar y Tánger- que escupe desde sus cloacas personajes que se cruzan y se encuentran y desencuentran hasta el choque final: Antonio Resines,  magnífico como casi siempre, lastrado por una vida llena de golpes y heridas, lacerado por el dolor más grande, el desgarro más íntimo. José Coronado -magistral como nunca- malo, malísimo, granítico, sólo respeta a su compañera y va lanzado a una tortuosa huida hacia delante, dando por finiquitada, tal vez, una existencia amarga y desaprovechada.



       Magistral elocuencia: “uno busca al otro, y el otro busca al uno, hasta que se encuentran, y por el camino se desentraña una trama que acaba muy arriba, en la sede de un banco suizo. Al final de todo siempre hay un banco. Las víctimas inocentes están en la arena de Tánger”. Lo dice Urbizu, un banco, nuestra encrucijada vital tiene su epicentro en un banco, y como su potente thriller puede que también languidezca jalonada de fracasos. El itinerario convulso y desgraciado de un nuevo adalid, un hombre bueno cargado de razones, de rabia, capaz de todo ante la imposibilidad de alcanzar un quimérico ideal. Un espejismo llamado paz. Un thriller puro, emocionante, una excelente película.