miércoles, 15 de abril de 2015

JESSICA DAVIES, LA MÁS BELLA REINA DEL SELFIE


        La modelo de glamor galesa Jessica Davies nació en Aberystwyth el 11 de abril de 1993 y fue finalista de Miss Gales 2n 2010. Es conocida por sus apariciones en revistas masculinas como Nuts, Zoo y FHM, también claro está, porque es una de las reinas más hermosas del selfie, y para demostrarlo podemos bucear por instagram y buscar en las miles de fotos diseminadas por la red. Ella sólo quería ser modelo, pero debido a sus impresionantes curvas sabía que sólo podía a aspirar a ser modelo erótica, de modo que los hombres hetero hemos salido ganando.



         Cuando se denudó por primera vez estaba un poco nerviosa, algo a lo que, como todo en la vida, se ha ido acostumbrando con el tiempo. Fue durante su etapa en el instituto cuando se le ofreció la posibilidad de posar desnuda en sesiones dirigidas a las revistas para hombres, pero legalmente había que esperar a cumpliera 18 años para poder hacerlo. Estudia sociología en la Universidad de Gales, pues es consciente que la carrera de modelo es corta. Reside en Londres y confiesa que la profesión de modelo es dura porque las sesiones pueden resultar muy largas y fatigosas.


      Jess mide 1´68 cm, pesa 50 kg, tiene el cabello rubio, los ojos azules y una deliciosa piel de nata. Está considerada una de las mejores modelos de glamour de Gran Bretaña, y su éxito fue inmediato y arrollador, tanto que su agenda se inundó de suculentas ofertas de trabajo. Ella tiene su propio calendario erótico, se siente cómoda en su trabajo porque cuenta con el apoyo de su familia y amigos. Sinceramente, creemos que su morbosa belleza y la excitante proyección de su macizo y escultural cuerpo (muy alejado del de las tísicas y enfermizas modelos de pasarelas) en poses muy provocativas, la hacen muy deseada por los hombres que nos volvemos locos por las curvas.
                                             


lunes, 13 de abril de 2015

CRÍTICA: "EL CAPITAL HUMANO"

O eres dinero o no eres nada
EL CAPITAL HUMANO  êêêê
DIRECTOR: PAOLO VIRZÌ.
INTÉRPRETES: VELERIA BRUNI TEDESCHI, FABRIZIO BENTIVOGLIO, VALERIA GOLINO, FABRIZIO GIFUNI, LUIGI LO CASCIO, GIOVANNI ANZALDO, MATILDE GIOLI.
GÉNERO: DRAMA / ITALIA / 2014  DURACIÓN: 109 MINUTOS.   
        

      El director italiano Paolo Virzì (Livorno, 1964) debutó en 1994 con la comedia La bella vitta, un relato sobre la problemática relación de un matrimonio en una pequeña ciudad italiana. Tras una carrera que comprende una docena de títulos integrados en el mismo género, adapta muy libremente la exitosa novela homónima del escritor y crítico de cine Stephen Amidon para construir una crítica social sobre las causas y las consecuencias de la crisis financiera, dando forma así a una de las mejores películas italianas de los últimos años. “El capital humano” es el nombre que se da a los distintos elementos a tener en cuenta por las compañías aseguradoras y que, basándose en ciertos parámetros, sirven para calcular lo que esas compañías tienen que pagar  a sus clientes  para saldar su póliza de seguro de vida. El desguace de la sociedad del bienestar y la extinción de la clase media durante la actual crisis económica que estalló de forma patente en 2008 pero que venía gestándose desde mucho tiempo antes, trituró los sueños y aspiraciones de millones de personas abocando sus vidas a la más denigrante precariedad: o eres dinero o no eres nada.
     

        En la víspera de Navidad, un ciclista es arrollado por un todoterreno que se da a la fuga. El desgraciado accidente cambiará el destino de las tres familias que se ven involucradas: la del millonario Giovanni Bernaschi (Fabrizio Gifuni), un especulador que ha creado un fondo opaco que ofrece un 40 por ciento de interés anual atrayendo y esquilmando a los ingenuos inversores; la de Dino Ossola (Fabrizio Bentivoglio), un ambicioso agente inmobiliario cuya empresa está al borde de la quiebra y que tiene aspiraciones de ascender en la escala social al precio que sea, y Luca Ambrosini (Giovanni Anzaldo), un joven huérfano que tras pasar un tiempo en el reformatorio vive con su irresponsable tío.


        Se me hace imposible comentar El capital humano sin rememorar aquella desoladora obra maestra escrita y dirigida en 1955 por Juan Antonio Bardem titulada Muerte de un ciclista. Cruda crónica sobre la corrompida clase burguesa de la época, sobre su culpa y remordimientos manchados por los lodos de la pasada guerra, y la esperanza de una nueva generación que comenzaba a mirar el futuro sin odio, sin mirar al retrovisor y dispuestos a luchar por las injusticias sociales. Si en el film de Bardem  la víctima es un obrero ciclista que es atropellado camino del trabajo por una pareja de amantes burgueses, aquí es un camarero que se dirige en bicicleta a su casa para descansar tras una fatigosa jornada de trabajo. 


       No obstante, en las dos películas, el atropello sirve de detonante para levantar acta sobre el estado de las cosas. Paolo Virzì toma como escenario las ciudades de Varese y Como (que tienen el PIB más alto de Italia y cuyos orgullosos habitantes se enfadaron mucho con el rodaje) para recrear la obscena cotidianidad de esa clase riquísima que vive aislada en una burbuja ajena a la ruina del país y sus diarias miserias, y través de la cual se puede desmontar esa falacia de que la muerte nos iguala a todos, pues la muerte tendrá el mismo valor que tu capital en el banco. Así, la función cumple el objetivo de enervar al espectador por el enfoque tan realista como hiriente del carácter miserable de esa clase adinerada y señalarla como la máxima responsable de la deriva económica de un país y a la que sólo le importa mantener su envidiable estatus.


      El espectador cinéfilo también algunas similitudes argumentales con uno de los episodios de Relatos salvajes (2014), el aclamado film del argentino Damián Szifrón donde también una serie de personajes se ven relacionados a causa de un atropello. De narración fragmentada en capítulos que encajan como piezas de un puzle perfecto, El capital humano no sólo resulta eficaz en su retrato de los sucios juegos del poder, de una sociedad podrida  por los desmanes de tiburones financieros sin escrúpulos y trepas de insaciable codicia, pues de igual modo se impone como reveladora de ese dolor agudo e íntimo que te hace ver que la balanza de la derrota se inclina siempre para el mismo sitio, apuntando a los parias del nuevo siglo, a los que la justicia poética sólo regala la fugaz luz del amor para sobrellevar sus desdichas. 


     Y Sí, dentro de esa burguesía degenerada hasta los extremos más perversos de la hipocresía, también es posible encontrar algún alma sufriente condenada a convivir con sus frustraciones en una jaula de oro. Como ese personaje al que da vida maravillosamente Valeria Bruni Tedeschi, que rodeada de un lujo asiático se afana en camuflar su fracaso matrimonial sin poder realizar su gran sueño: rehabilitar un viejo teatro para dar rienda suelta a sus ínfulas de actriz. En una última conversación con su marido (un Fabrizio Gifuni colosal dando oxígeno a un tiburón financiero) y como preámbulo de una fiesta en su mansión, le dice:
-Si a tus invitados les dieras comida para perros te admirarían igual. Mira qué contentos están.
-¿Deberían estar tristes?
- No, claro que no. Las cosas les van tan bien. Apostaron por la ruina de este país y ganaron.
  


domingo, 12 de abril de 2015

CONTROL: IAN CURTIS IN MEMORY

Oda al ídolo roto
CONTROL êêêê
DIRECTOR: ANTON CORBIJN.
INTÉRPRETES: SAM RILEY, SAMANTHA MORTON, ALEXANDRA MARIA LARA, JOE ANDERSON, JAMES ANTHONY PEARSON.
GÉNERO: BIOPIC / REINO UNIDO / 2007  DURACIÓN: 122 MINUTOS.        


      
      “La belleza de nuestra angustia, lo sublime de lo horrible
                                         (Joy Division)
     
      A su manera pidió ayuda, pero nadie supo interpretar sus desangelados, dolorosos y crípticos mensajes. El 18 de mayo de 1980, tras ver una de sus películas favoritas, “Stroszek”, de Werner Herzog (film en el que un artista atormentado se suicida), Ian Curtis, el torturado vocalista, letrista y líder del grupo post-punk Joy Division (alumbrados inicialmente bajo el nombre de Warsaw), acabó con su vida ahorcándose con una cuerda de tender la ropa en la cocina de su casa de Manchester, mientras en el tocadiscos daba vueltas “The Iditot” de Iggy Pop. Tenía sólo 23 años y su temprana muerte acrecentó la leyenda  de uno de los más grandes poetas malditos del rock, convirtiéndole en mártir y héroe de una generación que comenzaba a escribir las crónicas de sus propios fracasos. Con la excusa del estreno de CONTROL, film con el que debutó en la dirección de largos el fotógrafo holandés Anton Corbijn, fan incondicional de la banda que filmó el clip póstumo del grupo, “Atmosphere”, y responsable de la concepción visual de bandas como Depeche Mode y U2, tengo que incidir en algo por lo que muchos jóvenes lectores de estas páginas me preguntan constantemente y que tiene que ver con el epígrafe de cabecera de mi tribuna en el Semanario Vegas Altas y la Serena en donde desde hace más de 15 años escribo sumergiéndome en la actualidad cinematográfica: el título de esta sección, Interzone, nace de dos influencias fundamentales en mi vida, la literatura de William Burroughs y su espléndida obra “El almuerzo desnudo”, y la música del grupo británico Joy División, que con su canción “Interzone” rindieron tributo a ese reputado representante de la llamada Generación Beat. Aclarado.     
     

      
      Tomando como base el libro “Touchin from a distance” escrito por la viuda de Ian, Deborah Curtis, y estrenada en nuestro país con dos años de retraso, CONTROL es un poderoso biopic que sigue la vida de Ian Curtis (encarnado magistralmente por Sam Riley) desde que era un adolescente e iba al colegio, la creación de Joy Division en 1976 y el encuentro con su futura esposa, Deborah (Samantha Morton), matrimonio del que nació su única hija, Natalie. A medida que el relato avanza somos testigos de los incontrolables ataques de epilepsia que sufre el ídolo musical, de su paulatino abandono personal y la desintegración de su familia tras iniciar un romance con la periodista belga Annick Honoré (Alexandra Maria Lara), todo lo cual precipitó su suicidio, en vísperas de la primera gira norteamericana de la banda que iba a ser clave para su repercusión internacional.
       
      
        Pioneros de la música Dark neogótica, Joy División cultivaban una puesta en escena con ecos expresionistas y un estilo gélido, oscuro, depresivo e ideológicamente ambiguo, lo que hacía que a sus conciertos acudiera un público heterogéneo entre los que se mezclaban por igual punkis, neogóticos, jóvenes de estética New Wave y cabezas rapadas neonazis (de hecho, su nombre, “División del placer”, hace referencia al grupo de mujeres usadas como esclavas sexuales en los campos de concentración nazis), cuestión que les llevó a ser tildados estúpidamente de neofascistas por algún periodista. Con sólo dos álbumes en su haber, el clásico de la escena post-punk “Unknown pleasures” (1979), y el póstumo y hechizante “Closer” (1980), sus inicios, la vida, la enfermedad y la muerte de Ian Curtis ya habían sido tratados de forma intrascendente en la por otra parte divertida 24 hour party people, crónica efervescente de la escena musical del Manchester de la segunda mitad de los 70 y principio de los 80 que filmó Michael Winterbotton en un tono fiestero que molestó al propio Corbijn y mosqueo a los fanáticos seguidores de la banda. A la contra, Anton Corbijn filma en un impecable y tétrico blanco y negro que desbroza las tinieblas del personaje para mostrar las entrañas de un ser reflexivo, autodestructivo y muy dado a la poesía tenebrista, intentando descifrar su convulso mundo interior, seguir las huellas de su frágil existencia. Tras el preámbulo de los años adolescentes de Curtis, CONTROL deriva en un relato denso e intimista donde los intérpretes se muestran siempre contenidos sin caer en la parodia bufa ni en el mimetismo de los personajes que les sirven de referente.
     

      
      Los espectadores quedan hipnotizados al ver a un inmenso Sam Riley modular una funesta, sinuosa y profunda voz pegando los labios al micrófono, bailar con movimientos espasmódicos en señal reminiscente de los ataques de epilepsia que sufría el magnético Curtis, incluso en los escenarios. Riley da oxígeno al mito, le hace resucitar en una actuación concisa y angustiosa que nos deja boquiabiertos y le abre camino a un brillante futuro. Nos dicen que son los intérpretes los que cantan e interpretan los temas musicales, lo que no deja de resultar prodigioso, pero me gustaría hacer una mención especial a la arrebatadora Samantha Morton que junto a Alexandra Maria Lara es la más conocida del elenco, su sobria y cada vez más sufriente actuación no pasa desapercibida a pesar de la grisura del segundo plano. 

        El film discurre con un ritmo medido apoyado en un guión hermético y si fisuras, impelido por el respeto y la fidelidad necrófila de Corbijn hacia el mito (ha financiado la mitad del proyecto con su dinero), manteniendo el pulso firme sin perder la perspectiva de que Curtis, aun siendo un tipo enigmático y fascinante, sólo era un hombre con graves problemas que poco a poco fue cayendo en una espiral obsesiva/depresiva, con la percepción de haber fracasado como padre y esposo, enredado en una relación al margen de su matrimonio y perturbado por el erróneo tratamiento de la epilepsia que padecía. Incapaz de hacer frente a esos escollos, atrapado en una vía muerta llena de insatisfacciones, no sintiéndose preparado para superar las exigencias emocionales que implicaban a su familia ni las expectativas artísticas de su banda, sucumbió víctima de una desgarradora soledad y decidió culminar su proceso de decadencia suicidándose de manera tosca y nada impulsiva.
     

      
       El realizador holandés logra transmitir los sentimientos, la encrucijada vital, la aflicción y la dimensión poética que ambiciona, cada fotograma está revestido de un aura deslumbrante, de un lirismo decadente, penetrante y exquisito, no sólo por el acertado tratamiento visual, la soberbia fotografía y la exuberante configuración de los encuadres, pues del mismo modo nos atenaza la recreación de los momentos más descarnados, desoladores e intensos de uno de los iconos imperecederos de la música inglesa y su fatal caída a los negros abismos de la depresión, de la desesperanza. Más tarde, ante la imposibilidad de restañar la herida, el resto de la banda se refundó con éxito bajo el nombre de New Order… pero eso es otra historia.