La modelo de glamor galesa Jessica Davies nació en Aberystwyth el
11 de abril de 1993 y fue finalista de Miss Gales 2n 2010. Es conocida por sus
apariciones en revistas masculinas como Nuts, Zoo y FHM, también claro está,
porque es una de las reinas más hermosas del selfie, y para demostrarlo podemos
bucear por instagram y buscar en las miles de fotos diseminadas por la red.
Ella sólo quería ser modelo, pero debido a sus impresionantes curvas sabía que
sólo podía a aspirar a ser modelo erótica, de modo que los hombres hetero hemos
salido ganando.
Cuando se denudó por primera vez
estaba un poco nerviosa, algo a lo que, como todo en la vida, se ha ido
acostumbrando con el tiempo. Fue durante su etapa en el instituto cuando se le
ofreció la posibilidad de posar desnuda en sesiones dirigidas a las revistas
para hombres, pero legalmente había que esperar a cumpliera 18 años para poder
hacerlo. Estudia sociología en la Universidad de Gales, pues es consciente que
la carrera de modelo es corta. Reside en Londres y confiesa que la profesión de
modelo es dura porque las sesiones pueden resultar muy largas y fatigosas.
Jess mide 1´68 cm, pesa 50
kg, tiene el cabello rubio, los ojos azules y una deliciosa piel de nata. Está considerada
una de las mejores modelos de glamour de Gran Bretaña, y su éxito fue inmediato
y arrollador, tanto que su agenda se inundó de suculentas ofertas de trabajo. Ella
tiene su propio calendario erótico, se siente cómoda en su trabajo porque
cuenta con el apoyo de su familia y amigos. Sinceramente, creemos que su
morbosa belleza y la excitante proyección de su macizo y escultural cuerpo (muy
alejado del de las tísicas y enfermizas modelos de pasarelas) en poses muy
provocativas, la hacen muy deseada por los hombres que nos volvemos locos por
las curvas.
INTÉRPRETES:
VELERIA BRUNI TEDESCHI, FABRIZIO BENTIVOGLIO, VALERIA GOLINO, FABRIZIO GIFUNI,
LUIGI LO CASCIO, GIOVANNI ANZALDO, MATILDE GIOLI.
GÉNERO: DRAMA /
ITALIA / 2014 DURACIÓN: 109 MINUTOS.
El director
italiano Paolo Virzì (Livorno, 1964)
debutó en 1994 con la comedia La bella vitta, un relato sobre la
problemática relación de un matrimonio en una pequeña ciudad italiana. Tras una
carrera que comprende una docena de títulos integrados en el mismo género,
adapta muy libremente la exitosa novela homónima del escritor y crítico de cine
Stephen Amidon para construir una crítica social sobre las causas y las
consecuencias de la crisis financiera, dando forma así a una de las mejores
películas italianas de los últimos años. “El capital humano” es el nombre que
se da a los distintos elementos a tener en cuenta por las compañías aseguradoras
y que, basándose en ciertos parámetros, sirven para calcular lo que esas
compañías tienen que pagar a sus
clientes para saldar su póliza de seguro
de vida. El desguace de la sociedad del bienestar y la extinción de la clase
media durante la actual crisis económica que estalló de forma patente en 2008
pero que venía gestándose desde mucho tiempo antes, trituró los sueños y
aspiraciones de millones de personas abocando sus vidas a la más denigrante
precariedad: o eres dinero o no eres nada.
En la víspera de
Navidad, un ciclista es arrollado por un todoterreno que se da a la fuga. El desgraciado
accidente cambiará el destino de las tres familias que se ven involucradas: la
del millonario Giovanni Bernaschi
(Fabrizio Gifuni), un especulador que ha creado un fondo opaco que ofrece un 40
por ciento de interés anual atrayendo y esquilmando a los ingenuos inversores;
la de Dino Ossola (Fabrizio
Bentivoglio), un ambicioso agente inmobiliario cuya empresa está al borde de la
quiebra y que tiene aspiraciones de ascender en la escala social al precio que
sea, y Luca Ambrosini (Giovanni
Anzaldo), un joven huérfano que tras pasar un tiempo en el reformatorio vive
con su irresponsable tío.
Se me hace imposible comentar El capital
humano sin rememorar aquella desoladora obra maestra escrita y dirigida en 1955
por Juan Antonio Bardem titulada Muerte de un ciclista. Cruda crónica
sobre la corrompida clase burguesa de la época, sobre su culpa y remordimientos
manchados por los lodos de la pasada guerra, y la esperanza de una nueva
generación que comenzaba a mirar el futuro sin odio, sin mirar al retrovisor y
dispuestos a luchar por las injusticias sociales. Si en el film de Bardem la víctima es un obrero ciclista que es
atropellado camino del trabajo por una pareja de amantes burgueses, aquí es un
camarero que se dirige en bicicleta a su casa para descansar tras una fatigosa
jornada de trabajo.
No obstante, en las dos películas, el atropello sirve de
detonante para levantar acta sobre el estado de las cosas. Paolo Virzì toma
como escenario las ciudades de Varese y Como (que tienen el PIB más alto de
Italia y cuyos orgullosos habitantes se enfadaron mucho con el rodaje) para
recrear la obscena cotidianidad de esa clase riquísima que vive aislada en una
burbuja ajena a la ruina del país y sus diarias miserias, y través de la cual
se puede desmontar esa falacia de que la muerte nos iguala a todos, pues la
muerte tendrá el mismo valor que tu capital en el banco. Así, la función cumple el objetivo de enervar al espectador por el
enfoque tan realista como hiriente del carácter miserable de esa clase
adinerada y señalarla como la máxima responsable de la deriva económica de un
país y a la que sólo le importa mantener su envidiable estatus.
El espectador cinéfilo también
algunas similitudes argumentales con uno de los episodios de Relatos
salvajes (2014), el aclamado film del argentino Damián Szifrón donde
también una serie de personajes se ven relacionados a causa de un atropello. De
narración fragmentada en capítulos que encajan como piezas de un puzle perfecto,
El
capital humano no sólo resulta eficaz en su retrato de los sucios
juegos del poder, de una sociedad podrida
por los desmanes de tiburones financieros sin escrúpulos y trepas de
insaciable codicia, pues de igual modo se impone como reveladora de ese dolor
agudo e íntimo que te hace ver que la balanza de la derrota se inclina siempre
para el mismo sitio, apuntando a los parias del nuevo siglo, a los que la
justicia poética sólo regala la fugaz luz del amor para sobrellevar sus
desdichas.
Y Sí, dentro de esa burguesía degenerada hasta los extremos más
perversos de la hipocresía, también es posible encontrar algún alma sufriente condenada
a convivir con sus frustraciones en una jaula de oro. Como ese personaje al que
da vida maravillosamente Valeria Bruni Tedeschi, que rodeada de un lujo
asiático se afana en camuflar su fracaso matrimonial sin poder realizar su gran
sueño: rehabilitar un viejo teatro para dar rienda suelta a sus ínfulas de
actriz. En una última conversación con su marido (un Fabrizio Gifuni colosal
dando oxígeno a un tiburón financiero) y como preámbulo de una fiesta en su
mansión, le dice:
-Si a tus invitados
les dieras comida para perros te admirarían igual. Mira qué contentos están.
-¿Deberían estar
tristes?
- No, claro que no. Las
cosas les van tan bien. Apostaron por la ruina de este país y ganaron.
INTÉRPRETES: SAM RILEY, SAMANTHA MORTON, ALEXANDRA MARIA LARA, JOE
ANDERSON, JAMES ANTHONY PEARSON.
GÉNERO: BIOPIC / REINO UNIDO / 2007
DURACIÓN: 122 MINUTOS.
“La
belleza de nuestra angustia, lo sublime de lo horrible”
(Joy Division)
A su manera pidió ayuda,
pero nadie supo interpretar sus desangelados, dolorosos y crípticos mensajes.
El 18 de mayo de 1980, tras ver una de sus películas favoritas, “Stroszek”, de Werner Herzog (film en el
que un artista atormentado se suicida), Ian Curtis, el torturado vocalista,
letrista y líder del grupo post-punk Joy Division (alumbrados inicialmente bajo
el nombre de Warsaw), acabó con su vida ahorcándose con una cuerda de tender la
ropa en la cocina de su casa de Manchester, mientras en el tocadiscos daba
vueltas “The Iditot” de Iggy Pop.
Tenía sólo 23 años y su temprana muerte acrecentó la leyenda de uno de los más grandes poetas malditos del
rock, convirtiéndole en mártir y héroe de una generación que comenzaba a
escribir las crónicas de sus propios fracasos. Con la excusa del estreno de
CONTROL,
film con el que debutó en la dirección de largos el fotógrafo holandés Anton Corbijn, fan incondicional de la
banda que filmó el clip póstumo del grupo, “Atmosphere”,
y responsable de la concepción visual de bandas como Depeche Mode y U2, tengo
que incidir en algo por lo que muchos jóvenes lectores de estas páginas me
preguntan constantemente y que tiene que ver con el epígrafe de cabecera de mi tribuna en el Semanario Vegas Altas y la Serena en donde desde hace más de 15 años escribo sumergiéndome en la
actualidad cinematográfica: el título de esta sección, Interzone, nace de dos influencias fundamentales en mi
vida, la literatura de William Burroughs y su espléndida obra “El almuerzo desnudo”, y la música del
grupo británico Joy División, que con su canción “Interzone” rindieron tributo a ese reputado representante de la
llamada Generación Beat. Aclarado.
Tomando como base el libro “Touchin from a distance” escrito por la
viuda de Ian, Deborah Curtis, y estrenada en nuestro país con dos años de
retraso, CONTROL es un poderoso biopic que sigue la vida de Ian Curtis (encarnado magistralmente
por Sam Riley) desde que era un adolescente e iba al colegio, la creación de
Joy Division en 1976 y el encuentro con su futura esposa, Deborah (Samantha Morton), matrimonio del que nació su única hija,
Natalie. A medida que el relato avanza somos testigos de los incontrolables ataques
de epilepsia que sufre el ídolo musical, de su paulatino abandono personal y la
desintegración de su familia tras iniciar un romance con la periodista belga AnnickHonoré (Alexandra Maria Lara), todo lo cual precipitó su suicidio,
en vísperas de la primera gira norteamericana de la banda que iba a ser clave
para su repercusión internacional.
Pioneros de la música Dark neogótica, Joy
División cultivaban una puesta en escena con ecos expresionistas y un estilo gélido,
oscuro, depresivo e ideológicamente ambiguo, lo que hacía que a sus conciertos
acudiera un público heterogéneo entre los que se mezclaban por igual punkis,
neogóticos, jóvenes de estética New Wave y cabezas rapadas neonazis (de hecho,
su nombre, “División del placer”, hace referencia al grupo de mujeres usadas
como esclavas sexuales en los campos de concentración nazis), cuestión que les
llevó a ser tildados estúpidamente de neofascistas por algún periodista. Con
sólo dos álbumes en su haber, el clásico de la escena post-punk “Unknownpleasures” (1979), y el póstumo y hechizante “Closer” (1980), sus inicios, la vida, la enfermedad y la muerte de
Ian Curtis ya habían sido tratados de forma intrascendente en la por otra parte
divertida 24 hour party people, crónica efervescente de la escena musical
del Manchester de la segunda mitad de los 70 y principio de los 80 que filmó
Michael Winterbotton en un tono fiestero que molestó al propio Corbijn y
mosqueo a los fanáticos seguidores de la banda. A la contra, Anton Corbijn filma en un impecable y tétrico blanco y
negro que desbroza las tinieblas del personaje para mostrar las entrañas de un
ser reflexivo, autodestructivo y muy dado a la poesía tenebrista, intentando
descifrar su convulso mundo interior, seguir las huellas de su frágil
existencia. Tras el preámbulo de los años adolescentes de Curtis, CONTROL deriva en un relato denso e
intimista donde los intérpretes se muestran siempre contenidos sin caer en la
parodia bufa ni en el mimetismo de los personajes que les sirven de referente.
Los espectadores quedan
hipnotizados al ver a un inmenso Sam Riley modular una funesta, sinuosa y
profunda voz pegando los labios al micrófono, bailar con movimientos
espasmódicos en señal reminiscente de los ataques de epilepsia que sufría el
magnético Curtis, incluso en los escenarios. Riley da oxígeno al mito, le hace
resucitar en una actuación concisa y angustiosa que nos deja boquiabiertos y le
abre camino a un brillante futuro. Nos dicen que son los intérpretes los que
cantan e interpretan los temas musicales, lo que no deja de resultar
prodigioso, pero me gustaría hacer una mención especial a la arrebatadora
Samantha Morton que junto a Alexandra Maria Lara es la más conocida del elenco,
su sobria y cada vez más sufriente actuación no pasa desapercibida a pesar de
la grisura del segundo plano.
El film discurre con un ritmo medido apoyado en
un guión hermético y si fisuras, impelido por el respeto y la fidelidad necrófila
de Corbijn hacia el mito (ha financiado la mitad del proyecto con su dinero),
manteniendo el pulso firme sin perder la perspectiva de que Curtis, aun siendo
un tipo enigmático y fascinante, sólo era un hombre con graves problemas que
poco a poco fue cayendo en una espiral obsesiva/depresiva, con la percepción de
haber fracasado como padre y esposo, enredado en una relación al margen de su
matrimonio y perturbado por el erróneo tratamiento de la epilepsia que padecía.
Incapaz de hacer frente a esos escollos, atrapado en una vía muerta llena de
insatisfacciones, no sintiéndose preparado para superar las exigencias
emocionales que implicaban a su familia ni las expectativas artísticas de su
banda, sucumbió víctima de una desgarradora soledad y decidió culminar su
proceso de decadencia suicidándose de manera tosca y nada impulsiva.
El
realizador holandés logra transmitir los sentimientos, la encrucijada vital, la
aflicción y la dimensión poética que ambiciona, cada fotograma está revestido
de un aura deslumbrante, de un lirismo decadente, penetrante y exquisito, no
sólo por el acertado tratamiento visual, la soberbia fotografía y la exuberante
configuración de los encuadres, pues del mismo modo nos atenaza la recreación
de los momentos más descarnados, desoladores e intensos de uno de los iconos
imperecederos de la música inglesa y su fatal caída a los negros abismos de la
depresión, de la desesperanza. Más tarde, ante la imposibilidad de restañar la
herida, el resto de la banda se refundó con éxito bajo el nombre de New Order…
pero eso es otra historia.