domingo, 22 de marzo de 2015

CRÍTICA: PASOLINI (ABEL FERRARA)

El mito y la prolongación del dolor
PASOLINI  êêêê
DIRECTOR: ABEL FERRARA.
INTÉRPRETES: WILLEM DAFOE, NINETTO DAVOLI, RICARDO SCAMARCIO, VALERIO MASTANDREA, ADRIANA ASTI, MARIA DE MEDEIROS.
GÉNERO: BIOPIC / ITALIA / 2015  DURACIÓN: 86 MINUTOS.    
     
  
   Controvertido director de cine, guionista, escritor, poeta, marxista, católico, homosexual, transgresor, provocador, pederasta, pornógrafo son algunas de las profesiones y epítetos que nos hacen evocar a una de las figuras intelectuales esenciales de la segunda mitad del pasado siglo: Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 5 de marzo de 1922 – Ostia, 2 de noviembre de 1975), un artista total, genuino, prolífico y multidisciplinar que supo plasmar en su obra las constantes de una vida trágica y cuyo carácter descarnado quedó marcado por su ciudad natal, la izquierdista Bolonia, su condición de homosexual, que le llevó a ser expulsado del Partido Comunista Italiano tras ser acusado de corrupción de menores cuando impartía clases en un colegio, y por su familia: odiaba con ferocidad a su padre, Carlo Alberto Pasolini, un militar fascista colérico, alcohólico y maltratador que fue quien identifico y detuvo al joven anarquista de 15 años Anteo Zamboni cuando el 21 de octubre de 1926 intentó asesinar a Mussolini durante el desfile de la Marcha sobre Roma. Zamboni erró el disparo e inmediatamente fue atacado y linchado por los fascistas que dejaron los despojos de su cuerpo agujereado por 14 puñaladas, un balazo y signos evidentes de estrangulamiento; Pasolini veneraba a su madre, una maestra de escuela sensible y dulce descendiente de una familia campesina; la muerte de su hermano Guido, a los 20 años, abatido en 1945 cuando combatía con la Resistencia en la Segunda Guerra Mundial, alojó en él y en su madre, un terrible vacío. Pasolini murió el 2 de noviembre de 1975 salvajemente asesinado por un chapero de 17 años, Giuseppe “Pino la rana” Pelosi, y su cuerpo desfigurado quedó abandonado en una playa de Ostia, cerca de Roma.  
     

       Las circunstancias de la muerte siguen sin estar claras, y al aficionado se le hace necesario ver como complemento de este film de Ferrara, la película de Marco Tullio Giordana Pasolini, un delito italiano (1995), donde la pregunta que se impone es ¿pudo Pelosi asesinar solo a Pasolini? Un suceso que sigue siendo un enigma a día de hoy, pero que siempre se ha especulado que su condición de homosexual altivo, su ideario comunista, su carácter libérrimo y su postura muy crítica con algunos políticos de la época, acabaron condenando al intelectual más odiado y amado en la agitada Italia de aquellos tiempos.


      Abel Ferrara, muy perdido en los últimos tiempos y que parece querer dar un nuevo impulso a su carrera con films como Welcome to New York (2014), sobre el affaire Dominique Strauss-Kahn, y la cinta que nos ocupa, traza un maravilloso ejercicio de síntesis narrando las últimas horas de vida del tan recordado como llorado director: la noche del 2 de noviembre de 1975, Pier Paolo Pasolini es asesinado en una playa de Ostia de una brutal paliza. Convertido en icono revolucionario en su lucha contra el poder, sus escritos resultan escandalosos, y sus películas, son perseguidas por la censura. Ese día, Pasolini (Willem Dafoe) había pasado sus últimas horas con su adorada madre y con sus amigos, por la noche se lanza a la calle en busca de aventuras. Al amanecer, es encontrado su cadáver tumefacto, como una marioneta rota, en una playa de Ostia.


        Si la personalidad de Pasolini resulta difícil de descifrar por su facultad poliédrica, al menos se ha conseguido encontrar a un actor de rostro anguloso y marcadas arrugas gestuales que con gafas oscuras todavía guarda más parecido físico con el director de Mamma Roma, Willem Dafoe, que mimetiza su imagen y confiere a la función un carácter cotidiano, de calma y equilibrio. Pasolini es el mejor y más sentido trabajo de Ferrara en muchos años, poniendo en práctica un estilo elegante y sencillo nos presenta un film caleidoscópico que nos muestra el pálpito y retazos de los últimos pasos en la vida del mito de la herida abierta. Y lo hace a modo de salmo o elegía con estampas dispersas en donde su figura, dotada de una emocionante fisicidad, se agiganta: entrevistas a raíz de su última película, Saló o los 120 días de Sodoma; sus reflexiones sobre el sexo, la moralidad, y su homosexualidad como un acto de resistencia; la entrevista que concedió a Furio Colombo en vísperas de su muerte; su pasión por el fútbol que definió como una representación sagrada; sus salidas por barrios degradados en busca de aventuras con jóvenes romanos; su relación con su amada madre, su actor fetiche Ninetto Davoli y la actriz Laura Betti; y su asesinato en la playa de Ostia, que Ferrara muestra sin pasión, pero con la lacerante equidistancia del misterio, abonándose a la tesis de que fueron varios hombres los que participaron en la brutal paliza que acabó con su vida. La cámara sigue a Dafoe, la carne y el espíritu del intelectual, del artista total y universal, durante unas horas que van a desembocar en su trágica muerte, escenas de lo vivido y lo imaginado, asaltadas por personajes que crecen a la sombra del autor doliente.


      El director neoyorquino no especula en ningún momento con las causas e hipótesis de la muerte de Pasolini, algo que podría haberse considerado atrevido o irreal, mostrándose más interesado en todo lo que late en la dimensión humana del genial artista, y nos hace respirar su aliento con un fondo de convulsión política y social, Roma como un teatro violento y siniestro, la Ciudad Eterna en crisis de valores (posesión y destrucción), y sobre la que estos valiosos fragmentos de las últimas horas de vida del escritor (profesión que indicaba su pasaporte), de su pensamiento, marcan una deriva excepcional que pone en valor su incorruptible trayectoria vital, en donde el escándalo que provocan sus obras serviría de espejo para enfrentar a la podrida sociedad con su propia podredumbre, el asco del director hacia el mundo en que vivía. El inabarcable llanto de su madre, Susanna, al conocer la muerte de su segundo hijo de boca de la actriz Laura Betti, prolonga un dolor universal, un llanto colectivo de locura y derrota, una sensación de ruina y orfandad tan lacerante como ineludible.


jueves, 19 de marzo de 2015

EMILY RATAJKOWSKI Y EMILY DIDONATO PARA SPORTS ILLUSTRATED SWIMSUIT 2015


                 

                 

HOMENAJE A TINTO BRASS (Y II)

 EL HOMBRE QUE MIRA  (THE VOYEUR) (1993)


       El cabroncete de Tinto Brass traspasa todo límite de lo prohibido en El hombre que mira contando cómo en un colegio de Roma, un profesor llamado Dodo sufre una depresión y su mujer le acaba dejando por otro. El profesor quiere recuperarla  desesperadamente y comienza a tener fantasías a soñar despierto con ella, convirtiéndose en un mirón y sumergiéndose en un mundo de sexo y fantasías. Un film muy guarro en donde el director italiano se desata y que a pesar de las coartadas pseudointelectuales o de tintes psicológicos, solo logra desarrollar un film de barniz pornográfico, con un guión aberrante, diálogos obscenos aunque con una bella fotografía y sugerentes escenarios. Cinta muy superficial que nos presenta a dos bellísimas actrices, Katarina Vasilissa y Cristina Caravaglia.



CONFESIONES DE TINTO BRASS (FERMO POSTA) (1995)


       El film, tal vez uno de los menos conocidos del director, nos narra la colección de historias reales que representan las fantasías sexuales de la vida cotidiana de muchas mujeres que envían por correspondencia al realizador especialista en cine erótico. Una película floja, representativa de la decadencia a la que se veía abocada la carrera del director. Interpretada por él mismo y por un elenco de macizas actrices eróticas italianas, basa su trama en una serie de cartas, fotos y cintas de vídeo, y Tinto Brass plasma esas confesiones, fantasías y deseos secretos con una carga desinhibida de sensualidad y flagrante lujuria. Atención a la morbosa escena en la playa con las dos parejas follando y observándose.




MONELLA (1998)


       Estamos ante la historia de una joven muy sensual, Lola (Anna Ammirati)que está a punto de casarse con un hombre de costumbres tradicionales que desea que ella llegue virgen al matrimonio, pero ella siente un fuego que la quema por dentro y una gran atracción por el amante de su madre, un hombre experto en cuestiones sexuales. Una sucesión de tórridas escenas teniendo como protagonista a una mujer promiscua/ninfómana, loca por lanzarse a las experiencias sexuales que le ofrece la vida y con un novio bobo, algo que aprovechará para cumplir sus más libidinosos deseos.


TRASGREDIRE (CHEEKY, CARLA BELLA RAGAZZA) (2000)


     Trasgredire es una comedia erótica del año 2000 que nos narra las vicisitudes de Carla (Yuliya Mayarchuk), una joven y despreocupada veneciana que va a Londres para buscar un piso que compartir con su novio, Matteo (Jarno Berardi). Una vez en la capital inglesa, Moira (Francesca Nunzi), una funcionaria del estado, seduce a Carla y ella queda cautivada. Carla decide no decirle nada a Matteo, aunque él sospecha algo y se pone muy celoso al imaginar las aventuras eróticas de Carla. Matteo acabará viajando a Londres para enfrentarse a Carla, cuyas revelaciones le harán despertar.    La película, como casi todas las del cineasta milanés, es un auténtico espantajo narrativo, si bien cuenta con la absoluta trascendencia de que podemos disfrutar de los hermosos, espectaculares, epicúreos, apetitosos cuerpos de sus protagonistas, entre los que sobresale la chispeante y pasional modelo ucraniana Yuliya Mayarchuk en el rol de una mujer enardecida dispuesta a disfrutar de la vida, su atropellada sensualidad, su cuerpo esculpido por las manos de un genial artesano y su desatado instinto animal nos hace volar más allá de los límites de lo imaginable: lírica exquisita para ambientar un relajado soliloquio. 



LAS PERVERSIONES DE LIVIA (SENSO´45, BLACK ANGEL) (2000)


       La película nos traslada a la Italia fascista de los años 40. Una mujer (Anna Galiena) casada con un jerarca local mantiene relaciones con un miembro de las SS. La atracción que siente por el oficial alemán la llevará a introducirse en un mundo clandestino de perversión y juegos eróticos. Al menos aquí nos encontramos con un libreto un poco más elaborado aunque, eso sí, lo que finalmente nos interesa es contemplar desnuda a la gran Anna Galiena (con algunas incursiones en el cine español, como por ejemplo en Jamón, Jamón, La pistola de mi hermano o Cuestión de suerte). Brass, que intenta hacer un grosero homenaje a Senso de Visconti, retorna a su obsesión por los nazis y la Italia fascista de algunas de sus películas setenteras y ochenteras, para firmar un film que resulta más sórdido que erótico, y en donde el tema de la sumisión, las perversiones y el fetichismo de los uniformes se elevan como ingredientes ya muy trillados que ayudan a configurar un molesto tono melodramático.



FALLO¡ (PRIVATE) (2003)


      
       La penúltima película dirigida por Tinto Brass es una cinta sobre seis episodios basados en la sexualidad y el erotismo de una nueva generación de mujeres. Una de las películas más zarrapastrosas del realizador, un relato absolutamente chabacano y soez o deliciosamente pornográfico, según cómo se mire. Lo seguro es que el director italiano impone un erotismo hortera y en demasiadas ocasiones cómico, con escasa fuerza visual y de una sensualidad que se vende muy barata, y en donde destaca la pasarela de mujeres físicamente muy hermosas en situaciones altamente irrisorias.


MON AMOUR (2005)


      Marta (Anna Jimskaia) es una mujer casada que un día conoce a León, un gigoló con quien tiene un encuentro sexual en un museo, la presencia de visitantes hace que los amantes se separen para encontrarse  después en una fiesta donde ella acude con su marido. Terriblemente enamorada de León, se prestará a sus juegos sexuales, incluso a practicar sexo con dos hombres a la vez. Pero la situación se complica cuando el marido de Marta descubre su diario, donde relata sus apasionados encuentros con su amante. Última película dirigida por Tinto Brass, que no creemos que, debido a su avanzada edad, se vuelva a situar detrás de la cámara. En Mon amour late el impulso y la esencia de sus primeros y más logrados trabajos, y tiene su mayor aliciente en el modo de radiografiar la pérdida de la pasión después del matrimonio. Anna Jimskaia está como un queso, y si el film se merece un visionado es debido a su presencia y porque el director se empeña en dar sentido y sofisticación a la puesta en escena.