Premio al mayor truño del año
PURO VICIO ê
DIRECTOR: PAUL THOMAS ANDERSON.
INTÉRPRETES: JOAQUIN PHOENIX, JOSH BROLIN, KATHERINE
WATERSTON, OWEN WILSON, REESE WINTHERSPOON, BENICIO DEL TORO.
GÉNERO: INTRIGA /
EE. UU. / 2014 DURACIÓN: 148 MINUTOS.
He de reconocer
que nunca me he sentido atraído por la literatura de Thomas Pynchon y recuerdo que me costó horrores terminar su obra más emblemática, El arco iris de la gravedad (1973). Un texto
que se ve asaltado por un amplísimo elenco de personajes y que trata de forma
farragosa materias como la química, las matemáticas y la religión, temáticas
que, siendo sincero, me interesan muy poco. Desde luego no me quedaron ganas de
leer más libros de este gurú de la postmodernidad y la contracultura. Pienso que
cuando a un artista se le cuelga la etiqueta “de culto” es como si se le
estuviera concediendo una licencia para epatar con cualquier bodrio. Es el caso
del escritor y también de Paul Thomas Anderson,
al que le reconozco dos películas magníficas (Boogie nights, Magnolia),
otras dos solamente aceptables (Sidney, Pozos de
ambición) pero también algunos pestiños que provocan vergüenza ajena, The
Master,
Embriagado
de amor y el film que nos ocupa, Puro vicio, cinta que adapta la novela
que Pynchon escribió en 2009.
La función nos
traslada a la soleada California de 1970. Doc
Sportello (Joaquin Phoenix) es un peculiar detective privado de Los
Ángeles. Después de mucho tiempo sin verse, su ex, Shasta (Katherine Waterston) una seductora femme fatale, solicita
su ayuda para encontrar a su amante desaparecido, un magnate que pretendía
devolverle a la sociedad todo lo que había expoliado. Sportello se ve sumergido
así en una trama con muchas aristas.
Como apuntaba, el calificativo “de culto”
le hace a Thomas Anderson un flaco favor y le incita a atreverse con cualquier
cosa, él sabe que una legión de rendidos y alucinados críticos rebozará su
indigesto pestiño con el caviar de la excelencia. Puro vicio es una tomadura de
pelo, una película enmarañada, confusa, rodada sin convicción y tan desordenada
que se hace imposible saber de qué va el asunto; personajes apenas esbozados
que entran y salen de la pantalla sin decir nada interesante y, lo que es peor,
dando la impresión de estar más perdidos en la historia que los sufridos
espectadores (en la sesión a la que este crítico asistió casi la mitad de los
espectadores abandonaron la sala antes de que terminara la película).
Uno se dispone a
ver la película tras leer una sinopsis que le recuerda mucho, por la época y la
trama, a espléndidos films inspirados en las novelas pulp de detectives como La
noche se mueve (Arthur Penn, 1975) o Adiós Muñeca (Dick Richards, 1975) y lo que se encuentra es con una
galería de personajes excéntricos, absurdos e histriónicos pululando por una
historia laberíntica, dispersa y muy mal narrada que esconde un vacío absoluto.
Su kilométrico metraje no tiene ningún sentido y lo único reseñable es la
puesta en escena, la ambientación, la conseguida atmósfera de las playas hippies
californianas de principio de los 70, y la visión siempre agradable de algunos
cuerpos femeninos muy saludables; de ese totum revolutum que forman el detective
fumeta con patillas a lo Curro Jiménez al que da vida Joaquin Phoenix, sectas a
la búsqueda de percepciones extrasensoriales, policías surrealistas, diálogos que
rozan la paranoia y la anticlimática
resolución del caso, mejor no hablamos. Puro vicio es un film vacuo, soporífero,
un relato en el que Anderson desprecia a los personajes y la historia para
poner énfasis en los escenarios y regodearse en su grimoso estilo, un
pretencioso e insoportable ejercicio de estilo firmado por un director cuyo ego e ínfulas de artista único, por mucho que se empeñe su camarilla de abducidos críticos,
acabará condenando al ostracismo. Si eres capaz, amigo lector, de llegar al
final de esta inconexa y tediosa tontería, te mereces un premio. Todavía ando jodido
por esas dos horas y media perdidas de mi valioso tiempo que jamás recuperaré.




















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