La modelo erótica
californiana Jessa Hinton (Los
Ángeles, 10 de abril de 1984) luce una envidiable estatura de 1´73 cm y pesa 55
kg, elementos cardinales que la hacen destacar en sus posados con una elegancia
extraordinaria. A pesar de ello, nos cuenta que creció como un marimacho
manejando con pericia armas de fuego, vistiendo siempre con chándal o vaqueros
y camisetas. Sin embargo, desde que fue elegida Playmate del mes de julio de
2011, le gusta más mostrar su faceta femenina más seductora. El primer día que
tuvo que posar desnuda se sintió un poco cohibida y nerviosa… el segundo, la
bata se deslizaba hasta el suelo con increíble naturalidad.
Jessa Lynn
Hinton se declara bisexual, de hecho ha tenido novias y novios formales. Siendo
apenas una niña, con 13 años, era ya plenamente consciente de su bisexualidad.
Poniéndola en la disyuntiva de tener que elegir a un hombre y una mujer para
ver desnudos, ella se decanta por el futbolista David Beckham y la actriz Mila
Kunis. Confiesa (y esto es un mantra repetido por todas las conejitas) que
formar parte de Playboy es formar parte de una gran familia, y que en la
mansión de Hugh Hefner nada es artificial y todo resulta muy agradable. Esta
rubia de intensos ojos azules y pechos grandes, dice notar cómo los hombres se
sienten inseguros cuando están ante ella, pero no tiene problemas para robarles
el corazón.
Jessa, que en
2009 fue Ciber Chica del Mes de Octubre de 2009, tiene como ambición crear su
propia línea de moda y disponer de un programa de televisión. No soporta el mal
aliento y el carácter agrio. Le gustan los deportes de riesgo como el puenting,
el paracaidismo, las carreras de coches y practicar surf, es decir, todo lo que
produzca un subidón de adrenalina. Nacida en el soleado sur californiano, fue
descubierta a los 14 años durante una boda por un cazatalentos, lo que le
procuró sus primeros trabajos en spots publicitarios. Con 18 años comenzó a
desfilar y su imagen apareció en revistas y carteles. Actualmente, hace sus
pinitos como entrevistadora en eventos pugilísticos y en la web
victorypoker.com
Incluso para
alguien como yo, que manejo un blog de cine y erotismo, resulta difícil
entender un fenómeno que ha convulsionado el imaginario colectivo femenino sin
discriminación de clases en nuestra sensible sociedad. Más si uno piensa que,
ausente del relato y, por supuesto de la película, el acto de la sodomización
(tan ligado al ritual del BDSM) y eliminada la escena comprometida del tampón
que Chistian Grey le quita a Anastasia como preámbulo de una de sus tibias sesiones
sadomaso, todo queda en un sonrojante teatro adornado con ataduras y unos
azotes. Vamos, en un pueril gatillazo. Y es que, amigos lectores, son mujeres
el público principal en la mayoría de las salas, un reflejo del perfil de
lectores de que devoró la trilogía de E. L. James, dejando alojadas en lo más
íntimo de sus mentes unas fantasías infantiles muy poco transgresoras. Ellas
serán testigos de cómo en esta adaptación a la pantalla grande se han
dulcificado y descontextualizado algunas secuencias eróticas hasta despojarlas
de cualquier cariz impío y embriagarlas con el perfume de un cuento de hadas. Como
apuntaba, no sé lo que la gente busca en este pastelazo en un mundo atiborrado
de porno. No lo sé, pero si algo consigue la película es usurpar al sexo de su
deliciosa chispa y su disfrute natural y espontáneo.
Anastasia Steele (Dakota Johnson) es
una estudiante de literatura de la Universidad de Washington (Seattle) que
recibe el encargo de entrevistar al popular y joven empresario Christian Grey (Jamie Dornan) un
millonario de 27 años que deja a Anastasia impresionada con su fuerte atractivo
y magnetismo. La inocente e inexperta Ana intenta olvidarlo, pero no lo
consigue. Cuando la pareja, por fin, inicia un tórrido romance, a Ana le
sorprende las peculiares prácticas eróticas de Grey, al tiempo que descubre los
límites de sus más oscuros deseos.
Todo eso, entre
comillas. Siendo sincero, pocas cosas pueden sorprender a alguien que, como el
abajo firmante haya crecido en las salas de cine viendo El último tango en París,
El
imperio de los sentidos, Crash, Fóllame o las más
recientes El Anticristo o Ninphomaniac. La directora Sam Taylor-Johnson, que demostró
talento en su anterior película Nowhere Boy (2009) un magnífico
biopic sobre la infancia y adolescencia de John Lennon, templa en exceso el pulso
para que la película puede ser degustada hasta por las más ancianas mamás, y se
supone que la coartada es el sexo, pero eso es algo que aquí está muy diluido,
tanto como la forma rácana, fugaz de mostrar los desnudos en el gozo de unas
prácticas sexuales poco abruptas y nada estimulantes. Que ningún espectador
busque en Cincuenta sombras de Grey la descriptiva representación de un sexo
guarro, aquí todo huele a perfume caro, a spot largo e insufrible, nadie gime de
forma bestial ni chorrea placer, las bragas están impolutas y los planos de
genitales brillan por su ausencia, y si uno espera que encontrar a los
personajes exhaustos tras alcanzar el límite del paroxismo, Christian Grey le
sorprenderá con un magistral solo de piano, así de sibarita es este macho alfa.
¿De dónde la viene la inspiración? No importa, sabe camuflar sus traumas, tiene
mucho dinero y toda reticencia, incluso la nula química entre la pareja, acaba
vencida por ese don, el verdadero fundamento de toda esta mierda.
Cincuenta
sombras de Grey es un film aburrido, que es lo peor que se puede decir
de una película, superficial y ridículo en incontables tramos de su extenso
metraje, que tiene el mérito de convertir a la en su tiempo tan polémica como
mediocre 9 semanas y media en una obra maestra. Tan cruel y hortera en su esteticismo rimbombante como plomiza es su
línea de diálogos, verborrea sincopada de una relación que se inicia como un
contrato de mínimos y máximos de unos juegos sadomasoquistas convertidos en
toda aspiración de unas vidas mediocres que se aferran a la única rama del
acantilado para no enfrentarse al vacío
de su existencia; el masoquismo lo sufre el que se sienta en la butaca y el
sadismo lo ejerce la mano que te sirve el ticket de la entrada. Luego están los
intérpretes, con un Jamie Dornan excesivamente pétreo y el torso desnudo para
presumir de musculatura pues tiene imposible hacerlo de sus dotes artísticas; y
una Dakota Johnson (que no tiene, precisamente, lo que se podría calificar como
un cuerpo de infarto) penalizada en su rol por sus esfuerzos de contención en
su afán de representar a una chica apocada, frágil y cohibida, sin darse cuenta
de que cuando más nos gusta es cuando se emborracha, extravía su mirada, se
muerde el labio y sus gestos se contraen dejando entrar en erupción su volcán uterino.
Me la trae al pairo lo que piensen sobre
el asunto del bondage y la sumisión las asociaciones feministas, lo que me molesta
es la asepsia quirúrgica de la función, que todo resulte tan falso y tramposo,
su carencia absoluta de oscuridad y quebranto… Nada que ver con el espectáculo grotesque que protagonizaron Carmen de
Mairena derramando placeres sobre un Dinio confundido.
INTÉRPRETES: CHANNING TATUM, MARK RIFFALO, STEVE CARREL,
VANESSA REDGRAVE, SIENNA MILLER.
GÉNERO: DRAMA /
EE. UU. / 2014 DURACIÓN: 134 MINUTOS.
El director
estadounidense Bennet Miller (Nueva
York, 1966) debutó allá por 1996 con el documental inédito en nuestro país The
Cruise, un film que documenta la dura vida de un peculiar guía
turístico de la ciudad de Nueva York que fue filmado con pequeñas cámaras
digitales y un presupuesto de guerrilla. Miller es un cineasta con una carrera
escasa y lacónica, y no es hasta 2005 cuando estrena su primer largometraje de
ficción con actores profesionales, el espléndido drama biográfico Capote,
que con una magistral interpretación del finado Philip Seymour Hoffman que,
metido en la piel de Truman Capote, nos relata el periplo del genial escritor
en un pueblo perdido de Kansas para
narrar el sangriento asesinato de los cuatro miembros de una familia que dio
lugar a su gran obra maestra A sangre
fría. Tampoco estuvo nada mal Moneyball: Rompiendo las reglas
(2011), un relato protagonizado por Brad Pitt en la piel del director general
de un equipo modesto de béisbol que consigue grandes éxitos empleando métodos
estadísticos a través de un ordenador.
Foxcatcher
sitúa la acción en 1987, tres años después de que los hermanos Mark y David Schultz (Channing Tatum y Mark Ruffalo) hayan ganado la
medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en sus respectivas
categorías de lucha grecorromana. Mark no atraviesa su mejor momento: vive solo
en un destartalado apartamento atestado de trofeos, se alimenta de comida basura
y gana 20 dólares por impartir unas conferencias en colegios. Pese a todo,
sigue entrenando junto a su hermano David, quien parece disfrutar de una vida
plena junto a su mujer y sus dos hijos. Mark se muestra como un tipo
introvertido, apocado y parco en palabras; el reverso de su hermano, que
muestra un carácter abierto, sociable y gran apasionado de la teoría y la
práctica de la lucha o Wrestling. Un día, Mark recibe la llamada de un rico
heredero de una compañía de la industria química, John Du Pont (Steve Carrell), un tipo misterioso, inquietante y
aficionado a la lucha que le contrata para crear en su mansión un campo de
entrenamiento de alto rendimiento en el que preparar a un equipo para los
Juegos Olímpicos de Seul de 1988. Las razones que llevan a Mark a aceptar son
conseguir concentrarse en los entrenamientos y evitar que su hermano le supere
como siempre. Da comienzo entonces una tormentosa relación entre Mark y Du Pont
que tendrá graves consecuencias para David.
Foxcatcher
es una película de actores, una triste y enorme película con sublimes
interpretaciones. Una historia basada en hechos reales a la que vale la pena
acercarse sin saber nada y conectar de manera envolvente con su sinuosa y
perturbadora trama, una de esas absurdas crónicas negras que de vez en cuando
saltan a las páginas de sucesos de la prensa norteamericana. Todo gira en
torno a un singular y magnético triángulo formado por los hermanos Mark, tan
reservado, solitario, arisco y maleable; su hermano Dave Schultz, hermano,
padre y mentor del que Mark necesita sus abrazos para no viajar a la deriva en
un mundo que parece asustarle y en el que se siente perdido; y John Du Pont,
cobrando vida a través de un soberbio Steve Carrell con enorme apéndice nasal dando
oxígeno a un tipo vulgar, egocéntrico, inútil, patriotero y trastornado,
heredero de una fortuna y que está obsesionado por la lucha aunque su mayor
anhelo es que su anciana, venerable y rigurosa madre se sienta orgullosa de él
y dejar una huella indeleble en una familia de raigambre ancestral, una
cuestión complicada debido a su evidente patetismo y porque a ella no le
interesa nada la lucha, sólo los caballos. Todos ellos buscan el afecto, el
respeto, el prestigio y el reconocimiento y se sienten incapaces de desbordar
sus traumas, sin ser conscientes de la factura tan cara que el éxito te hace
pagar por encontrar un lugar en el sol.
A Bennett Miller
le interesa mucho menos los ritos, la liturgia y coreografía de la lucha que la
introspección psicológica de unos personajes marcados por las reacciones torpes
e insensatas (David Schultz parece ser el único capaz de aportar un poco de
cordura en el relato) y que llevan la herida del sufrimiento grabada como un
tatuaje íntimo. Así, entre la melancolía, el infortunio y la decadencia,
sentimos la vulnerabilidad de todos ellos tras sus fachadas de virilidad, que
sólo esconden un trasfondo de fragilidad y desesperación. La mayor habilidad de Miller consiste en captar de manera traslúcida las
angustias existenciales y los desolados parajes por donde transitan las almas
de los personajes, sus silencios, sus enfermizas relaciones, tan tensas que
parece inevitable que con la presión del enrarecido ambiente y las
personalidades en conflicto purguen sus celos y frustraciones con la venganza. Foxcatcher es ante todo una película
sombría y por momentos escalofriante que aun con su ritmo letárgico resulta tan
incómoda y turbia como predecir el futuro a través de los posos del sueño
americano o asomarse a los oscuros abismos de la condición humana. Muy
recomendable.