La actriz JENNIFER
ANISTON (California, 11 de febrero de 1969) fue más conocida en un tiempo
por ser la esposa de Brad Pitt que por su fecunda y astrosa carrera. Un matrimonio
que se fue al carajo cuando el “Sr. Pitto” le puso los cuernos con Angelina
Jolie durante el rodaje de Sr. y Sra. Smith. De rasgos helénicos heredados de
su padre, un mediocre actor nacido en la isla de Creta, y ahijada del calvorota
Telly Savalas, aquel televisivo Kojak,
Aniston compaginó sus estudios de dramaturgia con la participación en producciones
de poco recorrido y trabajos de teleoperadora y mensajería.
Instalada en
Hollywood, consiguió algunos papelitos en series televisivas y telefilms. Su carrera
no avanzaba y en algún momento pensó en abandonar la actuación, pero todo
cambió cuando tras una audición fue seleccionada para protagonizar la serie de
la NBC Friends, todo un exitazo que provocó que la actriz ganara fama
y reputación en todo el mundo, convirtiéndola en la intérprete mejor pagada de
todos los tiempos, con un salario de un millón de dólares por episodio en la
décima temporada.
En el cine su
carrera se inició con Laprechaun (La noche del duende,
1993) un film de terror serie B absolutamente infumable. Es casi imposible
encontrar otra actriz que tenga rodados más truños por kilómetro de celuloide. Atención
a los títulos: Ella es única, Novio de alquiler, Hasta
que te encontré, Mucho más que amigos, Como
Dios, Dicen por ahí, Separados, Una pareja de tres, ¿Qué
les pasa a los hombres? Exposados, Un pequeño cambio, Sígueme
el rollo, Cómo acabar con tu jefe, Sácame del paraíso. Salvo el
aceptable thriller Sin control (Michael Hafström, 2005) en donde tenía como pareja
a Clive Owen y el drama de Miguel Arteta The good girl (2002) toda su
filmografía se puede prender fuego sin que este cronista derrame una sola
lagrimita.
Jennifer Aniston tiene algo que me pone. No sé,
la veo y siento como la vecina de al lado con la que nunca te confiesas
y no tienes que fingir reproches. No lo dices, pero piensas “si pudiera acurrucarte
entre mis brazos esta noche”. Sólo lo piensas, aunque telepáticamente notas con
qué calor, rubor y gozo es acogido ese deseo. Yo sufro el mal de la
ausencia, por eso oteo horizontes, abrazo farolas y dibujo corazones heridos en
la arena. Vivo en la incertidumbre y visto de gala la apariencia. Tengo un
burro viejo que se llama “Dos pasos” porque mueve la cola y hasta ahí llega. Soy
dueño de las cosas más inútiles y bellas. No niegues, Jennifer, que hay algo
detrás de los espejos que nos une, la derrota más amarga es no saber dar sentido a
esa certeza.
.jpg)






.jpg)



















