domingo, 17 de marzo de 2013

CRÍTICA DE "SPRING BREAKERS"

Certera radiografía de una juventud bailando en el vacío
SPRING BREAKERS êêêê
DIRECTOR: HARMONY KORINE.
INTÉRPRETES: SELENA GÓMEZ, VANESSA HUDGENS, RACHEL KORINE, ASHLEY BENSON, JAMES FRANCO.
GÉNERO: THRILLER / EE. UU. / 2013  DURACIÓN: 92 MINUTOS.   


     Este cronista estaba verdaderamente hastiado de cazadores de vampiros, brujas, gigantes y demás tonterías infantiloides dentro de la actual y pesada corriente de adaptaciones de cuentos clásicos. De modo que nada mejor para cambiar el chip que ver la última cinta firmada por el inimitable Harmony Korine, que ya tiene cuarenta años pero siempre será recordado como el enfant terrible que escribió el polémico guión de Kids (Larry Clark, 1995), iniciando posteriormente una carrera como director en los márgenes que dio comienzo con Gummo (1995), crónica sobre una galería de frikis de la América profunda, a la que siguieron Julien Donkey-Boy (1999), Mister Lonely (2007) y Trash Humpers (2009), que lograron que su nombre sonara con fuerza en los circuitos alternativos, rodeado siempre de un círculo fiel adoradores de la cultura trash más disfuncional.

      Puede sorprender que para su último invento, SPRING BREAKERS, cuente con la participación de algunas estrellas de la Disney como las no tan inocentes Selena Gómez y Vanessa Hudgens, en el que es hasta la fecha su film más comercial y mejor distribuido: En los Estados Unidos el término spring break se utiliza para denominar a la pausa primaveral que se lleva a cabo en escuelas y universidades (en España coincide con la Semana Santa) y que los estudiantes aprovechan para trasladarse a los estados que gozan de mejor clima y en donde se liberan de las tensiones en interminables juergas regadas con drogas y alcohol.
     
      Korine toma como punto de partida ese contexto para contarnos la aventura vivida por cuatro chicas, Candy (Vanessa Hudgens), Brit (Ashley Benson), Faith (Selena Gómez) y Cotty (Rachel Korine), que cometen un atraco en un restaurante para poder irse de juerga a las costas de Miami. Una vez allí, son sorprendidas por la policía en una casa llena de drogas y van a parar a la cárcel. No tardan en salir bajo fianza gracias a un traficantes de armas y drogas, Alien (un James Franco irreconocible en plan gángster rapero con trenzas y dientes de plata), que tomará bajo su protección a las chicas y las utilizará para sus intereses criminales.  

      Si dicen que el cine es una chica y una pistola, esa fue la primera imagen que tuvo Korine para dar forma al proyecto: unas chicas en bikini con pistolas. Realmente, el cineasta californiano consigue su objetivo creando una magnética experiencia audiovisual en donde la lírica está en los sugerentes escenarios, en el saturado cromatismo, en la simbiosis de la imagen festiva y la música electro-house, en la parca  y nada convencional narrativa, carente de todo mensaje moralista. 

      SPRING BREAKERS es ante dodo un film esteticista  de imágenes muy elaboradas, que sirve como certera radiografía de una generación  nihilista y vacía danzando en su universo pop, una generación, la actual, que se sumerge en las drogas, el alcohol, el sexo, la música y vive con la ambición de conseguir dinero rápido sin importar cómo, que se alimenta de iconos desechables para construir un mundo hueco de fantasía cuya meta última es la perdición. La vida como una fiesta interminable donde los padres y adultos no tienen cabida con sus prosaicas preocupaciones, y que se sentirían espeluznados al comprobar como sus hijos tiran sus vidas a la basura.

       Con estilizado tono pulp, esta metáfora sobre la vida hedonista llevada al límite se impone como una punzante película generacional, de ahí que me parezca apropiado que unas princesitas Disney encarnen ese modelo de frivolidad de una juventud para la que la imagen lo es todo.

        La espléndida banda sonora a cargo de Clift Martínez y Skrillex pone énfasis a un ejercicio de estilo que nos deja momentos memorables, como ese espectacular plano secuencia del atraco, aunque tal vez no se entienda que su estética de videoclip, el abuso del slow motion, los impenitentes flash backs y su caótico montaje, son efectos buscados por el director para hacer más indigesto el explosivo cóctel que mantiene en éxtasis a esta generación perdida, el culto y el mantra (“spring brakers siempre, zorras”) que proyecta el nihilismo existencial y autodestructivo de estas jóvenes en bikini en un fondo hortera de neones y colores chillones. Son las tinieblas en versión naïf del “gran sueño americano” representadas con taimada exactitud, un cuento ácido sobre la modernidad más voluble, el placer sintetizado en la pasión por las bagatelas y el vértigo del abismo. Un film excelente.


viernes, 15 de marzo de 2013

NADIE POSA COMO SABINE JEMELJANOVA



      La modelo y actriz SABINE JEMELJANOVA (Jelgava, Letonia, 10 de junio de 1991) comenzó a hacerse conocida por sus posados en la famosa página 3 del diario sensacionalista inglés The Sun. Posteriormente apareció en diversas galerías en revistas  para hombres como Nuts o Loaded. Sabine llegó a Inglaterra para estudiar inglés, pero no tardó mucho en ser descubierta como modelo.

     
       Recomiendo a mis lectores el portafolio con sus posados que aparece en TheLeek.com o que eche un vistazo a las cientos de imágenes diseminadas por la red, comprenderán por qué es para este cronista una de las diosas del erotismo que mejor luce en topless dentro del actual panorama. Pero Jemeljanova también ha hecho sus pinitos como actriz participando en un bodrio titulado Strippers vs Werewolves (Jonathan Glendening, 2012), un film de serie B absolutamente infumable que nos cuenta cómo un hombre lobo muere en un club de striptease, y las chicas del local sólo tienen de plazo hasta la última luna llena para ponerse a salvo de una manada de sanguinarios licántropos en busca de una venganza asesina.

     Amada Sabine, la insuperable banda alemana de música electrónica Karftwerk, en su tema “Das Modell” incluido en su magistral álbum de 1976 The Man Machine, nos cantan sobre “una modelo que siempre bebe champagne en clubs nocturnos y que tiene a todos los hombres a sus pies”. También nos narran que la chica “se exhibe como un producto de consumo y es observada por millones de ojos”. Tal vez, Sabine, el retrato te resulte cercano, tú comprendiste mejor que nadie que la vida es consumo y nos consume. 

      Se me hace difícil resistir lo que me gustas en esta etapa pasajera de mi vida que se consume. Nos salva el hedonismo, el placer instantáneo que nos distancia de la muerte y nos hace más llevadero el desahucio del alma. Ser felices y vivir un amor irreal en cada encuentro. Reír y adornar la elasticidad del sexo con la simetría de los cuerpos. Vivir entre figuraciones incendiando las madrugadas. Reír con las pupilas dilatadas, ser felices como asesinos.       
      

martes, 12 de marzo de 2013

MARLON BRANDO: LA CARNE Y EL ESPÍRITU DEL MÉTODO



Aborrecía la fama, echaba pestes de su profesión, de la que sólo le gustaba el dinero. Vivía desde hacía tiempo recluido, apartado del mundo en su casa de California o en su atolón Tetiaroa, en las islas de Tahití. La mole de 150 kilos en que se había convertido le provocaba problemas cardíacos y respiratorios, una obesidad incontenible que apenas le permitía caminar. Las heridas del alma, esas cuchilladas profundas que asesta la vida sin compasión, le dejaron en la ruina y anímicamente desfondado; un cadáver con permiso en un cerco de soledad. 

       Fue en 1990 cuando se gastó una fortuna en la defensa de su hijo Christian, condenado a 10 años de cárcel por el asesinato del novio de su hermanastra Cheyenne. Cinco años más tarde, Cheyenne se suicidó. El mito bajó la guardia, ya nada volvería a ser lo mismo. Se le recuerda llorando  en el juicio contra su hijo, lamentando, con una tristeza inabarcable, no haber sido un buen padre. Su vida en las últimas décadas fue un desastre.

        Marlon Brando, el actor más importante de la historia (lo de el mejor es para mí muy discutible) el hombre que dinamitó las formas de la dramaturgia en el Séptimo Arte, murió el 1 de julio de 2004 en un hospital de Los Ángeles. Podía ser un hombre arisco, celoso de su intimidad, lleno de contradicciones y fobias, pero nadie borrará de mi insustituible memoria cinematográfica algunas de sus memorables interpretaciones. Casi todas surgidas de una carnalidad salvaje e indomable, de las mil formas de retorcer el alma y modular los sentimientos.

       Nacido el 3 de abril de 1924 en Omaha (Nebraska), perteneciente a una familia humilde, tras ejercer diferentes oficios debuta en el teatro en 1944, siendo descubierto por los críticos un par de años más tarde. El escritor y dramaturgo Tennessee Williams le seleccionó personalmente para interpretar al volcánico Stanley Kowalski para el estreno teatral de su obra Un tranvía llamado deseo, que en 1951, a las órdenes de Elia Kazan, inmortalizó en la pantalla grande.

      Debutó en el cine metido en la piel de un parapléjico de la Segunda Guerra Mundial en Hombres, de Fred Zinnemann, y nada más poner los pies en Hollywood dio comienzo su leyenda, convirtiéndose en uno de los acores más solicitados y aclamados de su generación. Kazan confía de nuevo en él  para dar vida al legendario guerrillero mexicano en ¡Viva Zapata! de 1952, y sobre todo, para la formalmente magistral La ley del silencio (1954), encarnando al torturado e inolvidable boxeador Terry Malloy, enfrentado a una organización mafiosa que controla los muelles de Nueva York, el lirismo de algunas de sus escenas, su lucha por la dignidad y la autoestima nos acongoja poniéndonos un nudo en la garganta. Su recordada actuación le reportó el primer Oscar de su carrera y son muchos los que piensan que en ella quedó grabado su mejor trabajo.

       Brando interiorizó  y dio validez como nadie  al hondo realismo del método Stanislavski, que Lee Strasberg y su profesora Stella Adler importaron de Rusia y pusieron en práctica en el famoso Actor´s Studio. En 1966 protagoniza La jauría humana, obra firmada por Arthur Penn en la que da oxígeno a un Sheriff íntegro, incorruptible, que se opone al linchamiento de un preso pese que accedió al cargo gracias a las personas que desean la muerte del fugitivo.
         
      Algunas de sus memorables interpretaciones de la década de los 70 marcan un punto de inflexión en mi voraz cinefilia, en el seguimiento obsesivo que personalmente dediqué al actor. Cómo olvidar al Vito Corleone de El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972), el tenebroso jefe de la mafia de voz tenue, maneras nobles y gestos pausados que incluso desde la penumbra impone su presencia y gobiernal el clan. Es el año más dulce de Brando, el absoluto desarraigo moral de Paul en El último tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972), personaje excéntrico y decadente lastrado por el suicidio de su mujer, que le ha dejado tocado, y dotado de un atractivo animal, nihilista, perverso y enigmático que siempre me lleva a recordar aquella corrosiva escena -cuyos diálogos me sé de memoria- en que Paul sodomiza a Jeanne (Maria Schneider) forzándola a repetir: “Santa familia, templo de los buenos ciudadanos, los niños son torturados hasta que confiesan su primera mentira, donde la libertad se quiebra bajo la represión, donde la libertad es asesinada por el egoísmo. Familia, me dais asco, me cago en vosotros, maldita familia”.

      Cómo me gusta el final de esta obra maestra, la mirada sin horizonte de ese apátrida narcisista y autodestructivo pegando el chicle en la barandilla de la terraza antes de desplomarse. Por último, cómo olvidar al endiosado, megalómano y sádico coronel Kurtz de Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1976) su enorme mano de dedos romos acariciando su brillante clava, como un rey en un pudridero humano, otorgando a un film de dimensiones operísticas las claves de la conciencia americana, la culpa y la redención. La presencia de Brando me acompañará siempre aun con melancolía, como quien recuerda sus primeros juguetes desde la más absoluta decadencia.