En el año 1999 la
directora estadounidense Kimberly Peirce
nos presentó una cruda e interesantísima película que le brindó su primer Oscar
a esa espléndida actriz que responde por el nombre de Hilary Swank, que por entonces tenía 25 años, su título BOYS
DON´T CRY. No tardaría en conseguir su segunda estatuilla por su
magistral interpretación en la oscarizada película del maestro Clint Eastwood Million
Dollar Baby (2004).
La historia se eleva como un retrato durísimo de la
América profunda que nos sitúa en Lincoln (Nebraska), en donde seguimos las
vicisitudes de Barton Teena (Hilary Swank), una chica de 21
años que vive en una caravana con su hermano, que no siente ningún afecto por
ella. Teena es simpática y siempre ha deseado ser un chico, pero su condición
homosexual le acarrea muchos problemas con los novios de las mujeres con
quienes intima.
Decidida a sentir con plenitud su homosexualidad, se corta el
cabello, viste con ropa de chico, se hace llamar Brandon y se traslada a Falls
City, donde traba amistad con los jóvenes del lugar, viviendo así los mejores
días de su vida. Un día conoce a Tisdel
(Chlöe Sevigny), la chica más popular del lugar, y queda absolutamente prendada
de ella. Brandon vive de pequeños hurtos y se divierte con sus amigos, pero
cuando se descubra su secreto toda su vida se derrumbará.
Basada en un
suceso real y ópera prima de su realizadora, BOYS DON´T CRY (título
sacado de un magistral tema homónimo de The
Cure), se erige como un tremendo alegato a favor de la libertad individual
a través de la figura de una chica que está pasando por una crisis de identidad
sexual, y que disecciona de forma quirúrgica los males endémicos de esta
sociedad obtusa, retrógrada, primitiva (los prejuicios sociales, la
intolerancia, la homofobia, el sectarismo, la discriminación, la incultura, la
estupidez,…), todo un camino de espinas cimentado para impedir que la
fascinante protagonista del relato encuentre la felicidad, truncando el
esplendor, el goce de sus órganos sensoriales y su realización personal.
La
hipocresía de la condición humana se ve plasmada cuando por un déficit de
educación y una plétora de absurdos prejuicios se acaba estigmatizando al personaje más adorable y cautivador de la
comunidad, fariseísmo en estado latente y febril desde el principio de los
tiempos, son los riesgos de mostrarse como uno es o desearía ser en medio de
una jauría de lobos. Un film excelente de gran calado social.
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