Tal
vez mis lectores no conozcan a SARA
CORRALES (Medellín, Colombia, 27 de diciembre de 1985), yo tampoco la
conocía hasta que me la presentaron, y desde entonces, no he dejado de pensar
en ella. La colombiana es una reconocida actriz de telenovelas que se hizo
famosa al aparecer en Todos quieren con Marilyn, serial de
2004 que le valió el premio a la revelación del año.
Hasta hoy ha
intervenido en cerca de una docena de telenovelas para cadenas como RCN
Televisión, Caracol Televisión y Telemundo. Su labor de actriz la compagina con
el modelaje y el baile, aunque también ha hecho sus pinitos como cantante
interpretando la canción Acaríciame
en versión discotequera, un tema que hizo famoso María Conchita Alonso hace 25
años. Actualmente es modelo de ropa interior para la marca Chamela y participa
en la telenovela El señor de los cielos, que desde el pasado mes de abril emite la
cadena Telemundo.
Para el cine
sólo ha realizado la película, Mi gente linda, mi gente bella (Harold
Trompetero, 2012) en la que actúa de protagonista y que narra el trato
diferente que reciben los colombianos en el extranjero y los extranjeros en
Colombia, que descubren que, sin lugar a dudas, lo mejor de Colombia son las
colombianas.
Se acabó el pastel, Sara, ya sólo queda el poema. Llega la oscuridad
y toca adorar a la Bestia, sedienta de sangre de los caídos y que el demonio ha
mandado con ira (Iron Maiden dixit). Lameré
tus costras y buscaré para ti un mañana donde el resplandor nos guíe errantes
lejos del naufragio vivido, atravesando las llamas del último tramo del
infierno. La expiación nos abordará con los estertores de un mundo que ya se
adivina remoto. Acariciarte en silencio es el plan que tengo para el resto de
mis días. Y es que ahora me ha dado por despreciar las palabras, que desnudo
utilicé como balas, y sólo dejo que hablen mis manos, mis labios, mi lengua muda,
mi sexo como prolongación salvaje de la ternura de nuestros corazones. Vivamos nuestro
tiempo como en aquel inolvidable vídeoclip de Chris Isaak (Wicked Game) donde en un playa
paradisíaca, las nubes pasaban muy deprisa como triste metáfora de la fugacidad
del amor.










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