jueves, 16 de mayo de 2013

JENNIFER ANISTON, LA VECINA DE AL LADO



        La actriz JENNIFER ANISTON (California, 11 de febrero de 1969) fue más conocida en un tiempo por ser la esposa de Brad Pitt que por su fecunda y astrosa carrera. Un matrimonio que se fue al carajo cuando el “Sr. Pitto” le puso los cuernos con Angelina Jolie durante el rodaje de Sr. y Sra. Smith. De rasgos helénicos heredados de su padre, un mediocre actor nacido en la isla de Creta, y ahijada del calvorota  Telly Savalas, aquel televisivo Kojak, Aniston compaginó sus estudios de dramaturgia con la participación en producciones de poco recorrido y trabajos de teleoperadora y mensajería.   


     
     Instalada en Hollywood, consiguió algunos papelitos en series televisivas y telefilms. Su carrera no avanzaba y en algún momento pensó en abandonar la actuación, pero todo cambió cuando tras una audición fue seleccionada para protagonizar la serie de la NBC Friends, todo un exitazo que provocó que la actriz ganara fama y reputación en todo el mundo, convirtiéndola en la intérprete mejor pagada de todos los tiempos, con un salario de un millón de dólares por episodio en la décima temporada.



       En el cine su carrera se inició con Laprechaun (La noche del duende, 1993) un film de terror serie B absolutamente infumable. Es casi imposible encontrar otra actriz que tenga rodados más truños por kilómetro de celuloide. Atención a los títulos: Ella es única, Novio de alquiler, Hasta que te encontré, Mucho más que amigos, Como Dios, Dicen por ahí, Separados, Una pareja de tres, ¿Qué les pasa a los hombres? Exposados, Un pequeño cambio, Sígueme el rollo, Cómo acabar con tu jefe, Sácame del paraíso. Salvo el aceptable thriller Sin control (Michael Hafström, 2005) en donde tenía como pareja a Clive Owen y el drama de Miguel Arteta The good girl (2002) toda su filmografía se puede prender fuego sin que este cronista derrame una sola lagrimita.
    

        Jennifer Aniston tiene algo que me pone. No sé, la veo y siento como la vecina de al lado con la que nunca te confiesas y no tienes que fingir reproches. No lo dices, pero piensas “si pudiera acurrucarte entre mis brazos esta noche”. Sólo lo piensas, aunque telepáticamente notas con qué calor, rubor y gozo es acogido ese deseo. Yo sufro el mal de la ausencia, por eso oteo horizontes, abrazo farolas y dibujo corazones heridos en la arena. Vivo en la incertidumbre y visto de gala la apariencia. Tengo un burro viejo que se llama “Dos pasos” porque mueve la cola y hasta ahí llega. Soy dueño de las cosas más inútiles y bellas. No niegues, Jennifer, que hay algo detrás de los espejos que nos une, la derrota más amarga es no saber dar sentido a esa certeza. 

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