Ya
sabemos que DEMI MOORE (Roswell, 11
de noviembre de 1962) es una de las peores actrices de las últimas tres
décadas, aun así (por su belleza) su carrera es larga aunque artísticamente
poco estimulante. Sus padres se separaron antes de que ella naciera, y su
padrastro, que cambiaba frecuentemente de trabajo, obligó a su familia a llevar
una vida nómada con 40 cambios de domicilio.
Fue su entonces amiga Natassja Kinski la
que la convenció para que dejará la escuela a los 16 años para convertirse en
actriz. Tras trabajar como modelo fotográfica, su gran oportunidad le llega en
1982 con un papel en la popular serie de
la ABC Hospital General, lo que dio un vuelco a su situación económica y llevo a
nuestra Demi a desmadrarse en fiestas interminables regadas con alcohol y
cocaína. Tanto que el director Joel Schumacher la echó del rodaje de la
generacional St. Elmo, punto de encuentro (1985), cuando llegó al plató
totalmente colgada. Después de tres años consumiendo drogas, un eficaz
tratamiento de desintoxicación la devolvió limpia y su vida dio un giro. La
película que le sirvió de trampolín, Lío en Río (Stanley Donen, 1984),
sólo fue una comedia tonta de ambientación tropical protagonizada por Michael
Caine, pero causó el efecto de que todos se fijaran en ella.
Durante
un tiempo, los años 90, fue la actriz mejor pagada de Hollywood, encadenando
éxitos con la ñoña Ghost (1990), la resultona Algunos hombres buenos (1992), la
birriosa Una proposición indecente (1993) y la insufrible Acoso
(1994). No obstante, su carrera se vio afectada cuando Coacción a un jurado
(1996), Striptease (1996) y La teniente O´Neil (1997),
resultaron un fracaso. Sus últimas apariciones en pestiños como Los
Ángeles de Charllie: Al límite (2003), En la tiniebla
(2006) o Un plan brillante (2007), no han aportado una pizca de
prestigio a su carrera.
Casada con el cantante Freddy Moore en
1979, con la estrella cinematográfica Bruce Willis en 1987 y con el también
actor Ashton Kutcher (15 años más joven) en 2005, he querido recuperar unas
fotos de una Demi jovencísima cuando aún que no se depilaba, no se había puesto
tetas, su rostro no se veía hinchado por el botox ni se le había descolgado la
piel de las rodillas. Voilà.
Me lo paso bien contigo en Twitter, Demi,
pero hace tiempo que no me conecto porque estoy en esa fase en que quiero hacer
frente a mi sufrimiento para expandir mi conciencia. Toma de conciencia que
como un abrazo en la niebla convierte mis emociones en una isla, rememorando
ausencias, horas y batallas perdidas, vidas que prostituí y rituales
prohibidos. Pero siempre fui feliz, disfruté como un cerdo en el barro y el
dolor siempre tuvo en mí un cierto fulgor de hipocresía, como una guitarra
endiablada incapaz de emitir informe sobre el goce o la rabia. Y trato de que
la felicidad sea lo más parecido a la guerra: una amenaza continua, un
tormento, el orgasmo del apocalipsis.









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